Plink, plink

Cuando leo los textos de otra gente, de cualquier otra gente pero en especial de la gente que está en el espacio entre el afelio de que no los conozca nadie y el perihelio de la publicación (o sea: espejo) existe un manejo con la palabra que hace así: plink, plink, plink, como el sonido de las cadenas de un rapero bien novato o el ruido que hace la saliva de una persona que articula forzosamente bien. Plink, plink. Es el gusto por sonar bien, por armar una frase que suene bonita, de esas que tanto impresionan a la gente que tiene un interés casual en la lectura…el equivalente de las fanfarrias de Hans Zimmer o John Williams para los que no tenemos un interés más que casual en la música. El 101 de esto del saber escribir.

Después viene el 102, o el 201 quizás, que es tener cierto manejo de estructura. Estructura, mon amour, la base que hace que lo escrito tenga solidez, lo que te puede hacer ver bien cuando ni el talento ni el trabajo arduo den frutos – y acaso no hay trabajo arduo mejor recompensado que el plantear una estructura sólida. También es uno de los primeros trucos que se aprenden en el oficio, pero es uno de los que menos se absorven o de los que más fácilmente se olvidan. A veces pienso en la estructura como las rueditas chicas de la bicicleta y la dejo de lado y después leo cosas que he escrito (el 75% de mis reseñas) y pienso qué chucha. For realz.

El nivel avanzado es el Nivel Bolaño, siento. Hace poco me leí Estrella Distante y la disfrute harto, por las mismas razones que había disfrutado 2666 hace unos ocho o nueve años ya: es gimnasia, es la cachaña de Ronaldinho (Ronaldinho estaba en el Barcelona cuando leí 2666), es el gusto del gesto plástico que no lleva necesariamente a un fin último. Es escribir mucho sin decir nada…pero está tan bien escrito que se lo perdonamos, creo. Mientras más viejo me pongo, más crece mi apreciación por la gente que dice algo en sus novelas, que plantea algo más allá de la hermosa superficialidad de tener el don y la artesanía de conectar palabras de forma ingeniosa. De a poco quedan menos de esos, siento; o de a poco son más los otros, los malabaristas. Hay un artículo de Foster Wallace que toca tangecialmente el tema, pero cuya tesis de base es esta: el malabarismo literario, como todos los malabarismos, se puede entrenar. Hay gimnasios que se llaman talleres, y hay concursos, y es, naturalmente, la parte de esto que es un oficio, en el más noble de los sentidos. Lo otro, y esto no recuerdo si lo dice Wallace o es mi choclo en este caldo, el tener una voz, va por otro lado. Implica conocerse o al menos conocer el lugar del mundo donde uno está parado. O plantearse de alguna manera. Eso es lo que tienen absolutamente todos los novelistas jóvenes y primerizos, a quienes no les podeoms pedir sapiencia ni perspectiva de la vida porque qué mierda se sabe de la vida a los veinticinco, veintiseis, veintisiete, veintiocho, veintinueve, treinta, treinta y uno, treinta y dos, treinta y tres, treinta y cuatro, treinta y cinco, treinta seis, treinta y siete, treinta y ocho, treinta y nueva, cuarenta, cuarenta y uno, o cuarenta y dos años. Una perfecta gradiente de la nada al poco. Por eso, pedirles a los jóvenes que pasen de la técnica depurada es un poquito musho.

Toda esta cháchara porque hoy me acordé de una cita de Fresán que me gusta harto, y que siempre se me pierde. Es esa que dice “(…) la inteligencia, aquello que nos separa en tribus irreconciliables y que nos hace temblar de felicidad ante el encuentro con el par” y que cuando uno ha sido un niño más bien perno, un adolescente más bien torpe y un adulto más bien todaslasanterioresandthensomemore como yo, o más bien, si alguna vez has estado en una fiesta rodeado de mongólicos pasados de edad para cantar que lo que pasó, en efecto, pasó entre tú y yo, y has tenido el gusto de irte a la cocina para encontrarte con alguien que está igual de harto que tú del ambiente por las mismas razones, sabes a lo que me refiero. En medio del retumbar de la misma línea de bajo que informa a todo el regueatón uno sienta el tintinar de Algo Más, y el mundo se compone. Pasa cuando uno conoce a una mujer inteligente, o intuye los rasgos de una amistad naciente en la mirada o en las preguntas que hace alguien. Y es un gusto.
La cosa es que la cita, que se me ha perdido dos o tres veces en la vida, no está ni Historia Argentina ni en Vidas de Santos, que son los dos libros donde parto a buscarla. Está en Mantra, novela en la que Fresán parece haber tenido claro que había chipe libre para escribir largo y se cuelga de la idea del mantra para repetir y repetir y bueno, la verdad es que le funciona: nadie le puede negar a Fresán el talento de la estructura  – tanto en su probada fórmula de encadenar cuentos en universos compartidos, como en el experimento de loop que es Esperanto y la consecución de significado mediante la repetición como es esta. Y en mi búsqueda errada me puse a releerlo a Fresán, y sentí que me gustaba menos que antes. Muchísimo menos. Sentí que todos sus textos me hacían plink, plink, plink…que había aún más artificio y menos sustancia que en Bolaño. Lo que no es necesariamente malo, pero, lo he dicho, estoy más viejo. Quiero más honestidad y menos decorado porque con los años uno aprende a ver más rápido por detrás del decorado. Lo dijo John Cleese y yo lo repito hasta el hartazgo (tuyo, al mío ya lo venció): uno se ríe menos a medida que envejece, no porque la vida sea más triste, sino porque he escuchado más chistes. Pasa en todas las cosas, todas: si uno ve toda la Twilight Zone original, se lee las Narraciones Extraordinarias de Poe y las Historias de Fantasmas de un Anticuario de MR James lo más probable es que le saqué el plot a El Embrujo IV o cualquier serie de lo paranormal que estén dando en menos de cinco minutos. Pero eso no hace que uno lo pase peor, sino, simplemente que empiece a apreciar otras cosas. Menos arreglos de cuerdas y más punk, por favor

La cita de Fresán sigue siendo suprema y como yo soy un arrogante de mierda me quedé con la parte de la inteligencia, pero es una preciosa reflexión sobre los libros y dice:

“La magia secreta de un libro ajeno -un libro escrito por alguien que no somos nosotros y que incluso, es un libro que ni siquiera nos pertenece- reside en que enseguida se vuelve nuestro y propio y nos obliga a pensar en que uno, como ciertos animales peligrosos que sin embargo se domestican fácilmente (no a partir de la fuerza, eso que nos une a todos y nos iguala, sino de la inteligencia, aquello que nos separa en tribus irreconciliables y que nos hace templar de felicidad ante el encuentro con el par), tiene algo que ganar leyendo. La prueba de esto es que las infancias con libros se recuerdan siempre como más felices que las infancias sin libros: uno puede haber tenido una niñez terrible, pero si leyó a la luz de grandes libros durante su oscuridad, a la hora de hacer memoria, se puede optar por el consuelo de recordar la alegría de las ficciones y no las tristezas de una realidad mal escrita.”

Y no me hace tanto plink, plink.

Por razones que eluden a mi capacidad para rastrear mis asociaciones libres, se me pegó esta canción mientras escribía esto. Gnarls Barkley – Who’s Gonna Save My Soul Now (creo que las razones están en la guitarra)

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