X. Púlsar








A veces todo lo que se necesita para conseguir la inmortalidad es la muerte. Porque la solución a todos nuestros problemas sueles estar precisamente afuera del sistema que configura el problema; si no, no sería un problema. Por ejemplo, si al extraviar las llaves u otro objeto cotidiano este se encontrara en algún lugar más o menos esperable, no sería realmente un objeto perdido. Sería cosa de revisar siempre arriba del refrigerador o en el mueble del televisor, detrás de la pantalla. Pero no: las llaves están en una de las repisas del closet o detrás del radiador o en medio del patio, a plena vista, donde nadie puede encontrarlas. Es por esto que la gente se precipita cuesta abajo por la espiral que lleva de la desesperación a la depresión, pasando por el descontento, la decepción, el desamparo, el desapego, y la desesperanza. Si estás triste, si sientes que nada de lo que haces en tu vida tiene sentido alguno, es bien difícil quela solución a tus apremios y agobios esté dentro de la misma rutina de eventos que te ha llevado a creer que no hay salida alguna.
Esta es la razón (o una de las razones) tras esa chispa de ilusión que surge en medio de todos los reencuentros de las ex-parejas que se vuelven a ver cinco años después. El microvistazo a lo que pudo haber sido. Si solo hubiéramos sabido entonces lo que sabemos ahora.
Pero no. No podías saber entonces lo que sabes ahora. De eso se trata vivir.
Las parejas explotan, sucumben y colapsan ante la imposibilidad de tener un futuro juntos. El mismo futuro que paradójicamente se vuelve posible ahora que han sido capaces de alejarse, desinte-grando la relación para aprender a vivir sin el otro. La muerte como condición de la inmortalidad.
A otros les va mejor con la muerte: futuros santos, mártires de todo tipo, estrellas del pop que sucumben a sus veintisiete años ahorrándose así el prospecto de saber cómo sería eso de ser viejos y arrugados. Ahorrándose el prospecto de saber nada de nada. Pequeñas estrellas que colapsan, adquieren la intensidad breve de una supernova y las vemos brillando en el firmamento noticioso día y noche. El cuatro de julio del año mil cuarenta y cinco, unos novecientos cincuenta años antes de que a Bill Pulman siquiera se le ocurriera ser el presidente volador que defendería a la Tierra de una eventual invasión extraterrestre, astrónomos chinos y árabes dejaron registro de una poderosa nueva estrella, la que se pudo ver durante siete días enteros a plena luz del día, a simple vista del ojo desnudo. Hay antecedentes que indican que incluso habrían sido veintitrés los días de este fenómeno, pero supongo que, tal y como con nuestras celebridades supernovas, la gente que proveyó aquellos antecedentes tendría, a falta de televisión por cable, la disposición y atención para buscar y encontrar lo que sabían que iba a estar ahí.Setecientos años después alguien se percató que, donde alguna vez hubo una estrella excepcionalmente brillante, ahora había una extraña figura luminosa. Incomprensible, romántica, perdida en la inmensa arena del espacio, la nebulosa del cangrejo pasó otros trescientos años antes de ser reconocida como una estrella de neutrones, un objeto superdenso, con uno de los campos magnéticos más intensos de todos los objetos conocidos y una vida prácticamente eterna.
La lección debiera ser evidente: se puede vivir breve e intensamente y vivir largo y próspero. El precio a pagar es, naturalmente, la muerte, pero quién más sino iba a ser la conductora de la Gran Transformación. Quién más iba a poder ejecutar el gran truco, tal como allá arriba en los cielos.
Porque cuando los astrónomos árabes y chinos reportaron la presencia de una auténtica “estrella invitada”, la nebulosa misma ya se había formado. El problema de vivir a mil seiscientos años luz de distancia es que las noticias se demoran un poco en llegar, pero ahí mismo yace el corazón de la opor-tunidad. En los siglos venideros, Occidente se preocuparía de pelearse entre sí, de masacrar grupos religiosos, saquear ciudades y quemar bibliotecas. Así distraídos, el truco se ejecuta más fácilmente. Algo desaparece y otra cosa toma su lugar y cuándo te empiezas a preguntar cómo es que se hace el truco, este ya está hecho. Transmutación instantánea, apoteosis automática. El mundo al instante.
Esto lo escribo ya no aquí ni allá. Lo escribo desde aquél microinstante en que el recipiente de la conciencia se quiebra y comienzas a esparcirte por el Todo hasta disolverte y volverte Uno con el Todo de la misma forma en que un balde de líquido limpiapisos se vuelve Uno con el Todo. No lo escribo para explicarte paso por paso mi trayectoria, para llevarte tras bambalinas y mostrarte cómo se hace la magia de las películas. No porque no quiera o porque le haya jurado a la Alianza de Magos no revelar jamás mis secretos profesionales. No lo hago porque sencillamente ya no puedo, y con el paso de cada instante pierdo las nociones del antes y el después, la causa y el efecto, la estrella y la nebulosa. Y todo se vuelve tanto, tanto más nebuloso.
Pero esa era la idea, esta era la idea. Había una mujer y había un hombre y había un tiempo que era imposible de recuperar. Y si algo es imposible de recuperar la única opción es crearlo de nuevo. O quizás no la única, pero la alternativa, la Gran Oscuridad, el Gran Camino No Tomado es tanto peor. La incertidumbre de no saber, dejar que los pasean y entender, recién al final de tu vida que el desgaste en tus músculos, la acreción adiposa en tus mejillas no son realmente el paso de los años, sino las dudas, las incertidumbres. Todas esas preguntas que salían de debajo de tu cama cuando te ibas a dormir y que te quitaron horas de sueño, tiempos de viaje. Los espacios intermedios.
No sé adónde voy con todo esto, adónde va a parar esto, ni cuánto queda. Cuanto me queda. De a poco voy perdiendo la noción del yo y van quedando sólo algunos restos pequeños. Sin el andamio del ego, el edificio entero de la personalidad colapsa. Quedan algunos recuerdos, sí; una risa que persigue, algunas ideas fijas, algunos jingles y slogans. Te llevarás a la tumba esos ritmo promocionales y sabrás que resucitaste cuando ya no los puedas recordar.
Una canción, un plan. Una explosión. Construir algo más con todo esto, construir ese espacio donde pudiéramos vivir por siempre el tiempo que era imposible de recuperar. Un disparo al corazón del tiempo.
Eso era.
Eso era todo.
_____________________

Cuando niño tuve un sueño que me persiguió por siempre. Estaba en una playa, solo. Una de esas playas donde las olas son tan grandes que es imposible bañarse. Una de esas playas donde uno va a ver el atardecer enamorado o a suicidarse. Yo estaba solo, a plena luz del día. Sentado cerca de la orilla, descalzo y de pantalones arremangados; las olas reventaban bien adentro, su rocío me salpicaba cada tanto. Me reía cuando pasaba, me acordaba como, de chico, jugaba a pararme lo más cerca posi-ble de la línea donde rompían las olas y, cuando venían, corría escapando de ellas antes de que me ca-yeran encima. Uno de esos juegos en que ganar y perder es igual de entretenido, de modos distintos. En el sueño lo recordaba como algo que hubiera dejado de hacer hacía muchos años, no como algo que hubiera estado haciendo el verano pasado.
Ya era viejo en mi sueño y ya era hora de volver a casa. Me paraba y de inmediato sentía que algo se movía por la arena. Al principio no le daba importancia, pero al rato me empezaba a sentir in-cómodo. Era una larga caminata por la playa y la sensación de persecución me angustiaba. Eso sí, supe de inmediato que todo lo que tenía que hacer era darme vuelta y mirar atrás, pero no lo hacía; seguía y seguía avanzando cada vez con más miedo. La playa así se volvió eterna, literalmente sin fin, y el sol dejó de avanzar del todo. El tiempo no corría y yo seguía caminando, paralizado dentro de mi movimiento perpetuo.
Hasta que finalmente, sin control alguno sobre la ciudad, me di la media vuelta. Sin atreverme a hacerlo realmente, sino simplemente haciéndolo.
Frente a mí la arena se contorsionaba, se deformaba con rapidez mercurial, retorciéndose como configurando letras extraterrestres. Al principio pensé que era un código extraño, algo que jamás logra-ría descifrar y cuya incógnita se quedaría conmigo hasta el despertar y más allá; pero el rato me di cuenta que el patrón se repetía una y otra vez y que lentamente se hacía paso en mi cabeza. Cuando lo logré entender del todo, me dí cuenta también que lo que se movía no era la arena misma sino dos ser-pientes deslizándose a una velocidad imposible, teletipos de la tierra.
El mensaje de las serpientes era “La locura protege, como la fiebre”. Lo entendí y lo repitieron y lo volví a entender y lo repitieron una, dos, tres veces. Cada vez lo repetían más rápido, cada vez lo entendía mejor.
Una vez que estuvieron seguras de que hubiera captado y retenido el mensaje, las serpientes se enroscaron entre sí, asfixiándose en algo que podía ser coito o combate. No podía moverme ni sacarles la vista de encima. Así, congelado, las vi despellejarse, destrozarse y triturarse hasta no dejar más que un sólo charco de color amarillo pústula a modo de cadáver colectivo. Sin control de mi cuerpo me acerqué a revisar los restos y encontré entre ellos una pluma fuente, un modelo clásico completamente de oro con una extraña punta doble con forma de dos serpientes enroscadas. Una pluma con la que escribir sería un parto y una agonía. Una pluma para mirar a la cámara y escribir arañando el lente.
Olvidé a propósito adonde tenía que ir y me quedé escribiendo en la arena con mi pluma nueva. Cuando desperté ya no tenía fiebre.

Ahora termino de escribir con esa misma pluma, a intervalos regulares como los de las estrellas de neutrones girando después de la explosión que les da vida, terminando con la vida de la estrella anterior, o como los horarios de transmisión de la tele, marcando que ya es hora de dormir, que ya no hay nada que ver.

Aquí termina sus transmisiones…

Aquí comienza sus transmisiones…

Aquí termina.

Aquí comienza.

Aquí,

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: