IX. Una Bala en el Tiempo.







En 1978, Will Eisner publicó su novela gráfica “Contrato con Dios”, que no es la primera novela gráfica de la historia, pero así se la recuerda.
En 1982 Kate Bush graba “A deal with God”, a la canción hubo que cambiarle el título y guar-darla por tres años antes de poder lanzarla como tal. Aún así, se volvería su canción más recordada, infinitamente mejor que su único número uno, esa colección de chillidos que es “Wuthering Heights”.
Dios, como se habrá visto, puede ser un gran socio. No en vano es el copiloto de tantos microbu-seros capitalinos. O era, antes, cuando sus máquinas eran más pequeñas, más susceptibles a necesitar ese tipo de producción.
A mí Dios no me ayudó en nada. Quizás ese fue el problema, quizás debí haber, a lo menos, ele-vado solicitud, seguir el conducto regular, un poco de papeleo para contar, a lo menos con su visto bueno. O que se diera por enterado de lo que estaba pasando. Así, años más tarde, no tendría que darle explicaciones ni hacerme cargo de su pataleta por haber hecho lo que hice. No es que me importe realmente, desde mis doce años supe lo que tenía que hacer para lidiar con cualquier dios fastidioso.
Matarlo, por supuesto. Una bala precisa en el lugar adecuado es todo lo que se necesita para cambiar la historia. Saludos a John Fitzgerald Kennedy que seguro está leyendo esto y asintiendo con su agujerada cabeza dondequiera que esté. Una bala precisa desde el momento adecuado. Una bala que fuera al revés en el tiempo, para quebrarlo, fragmentarlo y así poder quedarme con lo que estuviera detrás del vidrio. O apropiarme y volverme el dueño de un fragmento entero. Un trozo de tiempo para mí mismo. ¿Qué más se puede pedir en esta vida? No lo pienses rápido, no me salgas con una de tus moralinas. Nada más. Simple. Es la alternativa e), en caso de que te hayas tomado el tiempo de bus-carla.
Por supuesto que no siempre estuve así de claro en mis conceptos. Por supuesto que también hu-bo una época en que creía que el trabajo me haría libre o que el amor es más fuerte. Se me pasó, por suerte. O por designio. Qué importa. Si vine o me trajeron, ya estoy aquí. Eso lo aprendí la noche que estrenamos el largometraje especial a pedido, en esa finca en las afueras de Santiago. Todos esos gene-rales, presidentes, presidentes generales, hombres de la curia, mujeres multimillonarias, todo ese poder chorreando de cuerpos de materia pútrida en constante descomposición, todos tan ansiosos de ver la pantalla, tan ansiosos de verse como lo está un deficiente mental que descubre un espejo o una cámara digital. Como lo están todos los usuarios de cámaras digitales en el mundo. Como lo estamos todos. Esa noche, tras ver la película, comer la cena, beber la bebida, participar en la orgía, culear y ser culeado por ministras y mayordomos, por enfermeras y directores corporativos; tras haber inhalado la cocaína y haberme sacado el bajón con pastillas, tras todo eso, cuando ya la mitad de la concurrencia volvía a sus puestos de trabajo, a sus posiciones de poder y respeto, y mientras la otra mitad se hacía cargo de limpiar el desorden, las fecas, el moco y el vino, el deshecho humano y material de una noche con demasiado poder para caber en estas páginas sino así, como se mira de reojo un espejo que mira a otro espejo que mira a otro espejo… Mientras eso pasaba yo seguía ahí, como una suerte de anfitrión subrrogante o uno de esos huespedes que se quedan por siempre, que esperan que el dueño de casa las traiga almuerzo para irse tarde y salir en pos de una nueva casa donde pasar la noche. Miraba el techo, miraba la lámpara de lágrimas, tan cliché. ¿Por qué es que a todos los ricos les gustan siempre las mismas cosas? En el estricto plano del lenguaje, nada más triste que una lámpara de lágrimas, había dicho el poeta. Lo recordé y entonces sentí un impulso como de vómito. Pensé que no podía ser, que no vomitaba desde los ocho años y que si no había vomitado con todo lo que había visto anoche, y que incluía a varios comensales en el acto de la regurgitación violenta, no iba a vomitar nunca más. Pero no eran arcadas. Me estaba riendo nada más. Y vaya que me reía.
Me reía como sólo se ríen aquellos que han logrado salirse con la suya en una auténtica Gran Es-tafa. No estoy hablando de esas menudencias en que se inicia un juego piramidal de flujos de dinero ni esas situaciones en las que uno se va a una región remota, ignorante y supersticiosa y les ofrece algo así como unas sopaipillas pequeñas y les promete que de regarlas y cuidarlas bien se convertirán en quesos o frijoles mágicos. No, no. Estoy hablando del tipo de situación que se vive día a día, de la forma en que los medios y las grandes corporaciones se ríen del hombre común, insignificante, ignorante de su propio valor y lo ningunean, haciéndole olvidar que él es importante. Ese nivel de estafa, pero con estilo, con desplante. Nada de caritas de modelo sonriente, nada de ofertas dos por uno, ni día de la fruta y verdura, ni planes de prepago con doscientos minutos libres. Estoy hablando del tipo de estafa que es a la vez farsa, que nunca pretende ser otra cosa. Que dice “mira, te cagué” y “mira te estoy cagando” mientras al estafado no le queda otra que enojarse o reírse con la versión desesperada de esa misma risa tuya, esa que empareda los dos comentarios esos. Así me reía. Como quien Lo Ha Logrado.
Y por supuesto que lo había logrado. Mírenme. Marcel Arteaga, hijo de nadie más que un tipo con el mismo nombre, condenado por nombre y familia a ser un nadie o morir en el intento, de que-darme siempre callado para ver si me caí algún mendrugo de poder, aprender a ser amable por si al-guno de los poderosos me llegaba a amar, ahí, tumbado bajo una lámpara de lágrimas, habiendo pasa-do la noche de su vida, habiendo despertado al día de su vida, cuando todas las verdades le fueron reveladas, cuando el vidrio que contiene a la realidad, el Tiempo como un “rómpase en caso de emergencia”, se hubo efectivamente quebrado de un disparo.
El disparo lo había efectuado yo, muchos años después, naturalmente.


Cuando era niño y leí ese número de Hyper Final Adventures supe que había algo ahí que sencilla-mente era más grande que la historia. Algo real, algo que llevarme. Lo supe como uno no sabe las ra-zones por las que se queda mirando un detalle en un cuadro o una casa en una esquina. Muchos son los futuros posibles, muchas son las realidades posibles, pero las más frecuentes, las más cercanas a noso-tros en su frecuencia se nos aparecen así, con una resonancia especial. Así me pasó con el detallito ese de la bala. En el cómic, los héroes salvaban el día porque uno de ellos, el Capitán Bamf (¿y por qué es que todos los superhéroes alcanzan el rango militar de capitán nomás?) conseguía correr más rápido que la luz y desviar la bala hasta que esta se devolvía e impactaba en la espalda del villano que la había disparado desde el final del tiempo. Me caía bien ese Capitán Bamf, atorado en sus poderes de supervelocidad, vivía en el constante martirio de habitar un mundo donde todo el mundo se movía infinitamente más lento que él, lo que lo ponía en un constante mal genio. Un buen tipo.
Si me de mi dependiera esa noche, la noche que leí el número siete de Hyper Final Adventures habría cambiado mi vida entera. No era muy imaginativo, así es que fantaseaba con la susodicha bala se-parando a mis padres antes de que se conocieran o reventándole de improviso la cabeza a los tipos del curso de más arriba que tanto me molestaban. Ahora se les dice bullies, así en inglés, porque parece que el matón del español no alcanza. O será porque suena parecido a los goonies, pero en ese entonces eso era parte de la experiencia educacional nomás. No quedaba otra que aguantársela como hombre. Y esperar que alguna vez una bala perdida les reventara la cabeza.
Ya de grande, cuando hube realizado todo cuanto me había propuesto, cuando estaba en condi-ciones de convertir el más absurdo de mis pensamientos en una realidad tangible y objetivamente apre-ciable, me encargué de que cada uno de los trece matones que me agarraron y me metieron de cabeza al inodoro del baño de mujeres, tras romperme camisa, corbata y nariz, muriera en extrañas circuns-tancias, víctima de una bala que, al parecer, iba destinada a alguien más. Durante este proceso de gra-bación había aprendido que ser rico es el mejor superpoder de todos. Los años me lo habían demostra-do y comprobado con creces.
Para cambiar la historia se requiere trabajar con materiales reales, me habían dicho alguna vez. Se requiere dejar de pensar en historias y ficciones y palabritas bonitas. Se requiere entender que uno no saca nada escribiéndole poemitas a la golfa que te gusta cuando tienes quince, porque eso no afecta las cosas. Distinto es si uno le demuestra a la golfa esa que uno está dispuesto a hacer todas y cada una de las cosas que ha puesto por escrito. Distinto es cuando uno crea para poder hacer después.
El día después del estreno, yo seguía tumbado y solo en el salón de una mansión donde apenas, a lo lejos, se escuchaba el ruido de platos siendo ordenados o limpiados o quebrados. Parecía que estuviera todo lleno de sirvientes invisibles. Cuando me incorporé, caminé por instinto al despacho de mi benefactor, donde el día anterior habíamos firmado un contrato. No era un contrato con Dios precisamente, pero un contrato entre hombres como nosotros es lo más cercano que se puede estar. Seguí de largo y fue a la recámara que seguía y después a la otra, aquella exclusiva, aquella donde sabía que era el segundo ser humano en entrar. Había una nota, con una pastilla.
“Niel tónico de Alicia, ni las píldoras de Matrix (Qué mala que es Matrix). Aquí está la decisión correcta. Acá no hay lugar para dudas. Este es el comienzo de todo. Aquí viene el Mañana”.
Y me tomé la pastilla. La niñez enfermiza me había hecho dominar el arte de tragar pastillas sin líquido, eso Él lo sabía. Obvio, Él lo sabía todo. Me recosté en el que había sido hasta entonces Su diván, mirando ese cielo pintado por Él mismo. No tenía nada de sueño, sí algo de nervios. De a poco las líneas en el techo se empezaron a mover, primero oscilando, después girando, al rato se abrió una puerta en el techo, marcada por las líneas mismas.
De lo que siguió después no hablo. Sólo doy algunos detalles, imágenes confusas, fotos con advertencias de que No Lo Intente Usted en Casa. A veces digo que me raptaron los extraterrestres, otras que pasé dos semanas hablando con los ángeles. La gente se ríe, mueve los ojos incómoda por los rincones inferiores de izquierda a derecha. Cuando hago silencio, cuando se atreven a levantar la vista me preguntan, inevitablemente
– ¿En serio?
Y yo me río nomás. Por algo yo soy Marcel Arteaga y ellos no son nadie. Cómo me van a enten-der.
La única persona que no se rió del todo fue Juan Manuel. A él le alcancé a contar del punto en que sentí mi cuerpo elevarse hacia la puerta, entrar en el vacío y el momento en que vi, alejándome de la realidad convencional, como mi cuerpo era atravesado por un número infinito de agujas, una por cada poro en mi piel. Eso explicaría la sensación de relajo que nunca más volví a sentir. Nacer de nuevo es mucho mejor que nacer. No alcancé a explicarle, eso sí, de cómo esta manifestación de la conciencia cósmica me había explicado la forma en que funciona el Tiempo ni nada por el estilo, porque para entonces ya se estaba riendo y echando chistes. Así le fue después también.
Ese día y su noche y el día siguiente y la noche siguiente y todos los días que siguieron con sus noches se volvieron de ahí en más uno solo. Recordé todo lo que había pasado en mi vida hasta ese día, las fiebres, los libros, las peleas, los retos, las películas, los proyectos, las bombas, las instalaciones artísticas, la gente, la familia, mi amigo y Gabriela. Gabriela Gutierrez, la de nombre aliterado, como las esposas de los superhéroes, la chica para la que llevaba planeando tantos años, tantas cosas. Juntarla con mi amigo, tenerla orbitando cerca, estropear su relación, dejar que se estropeara sola, acercarme a ella, tomarla por razón y por fuerza de ley. Años de planes ejecutándose, que empezaron desde el momento en que entró a esa sala. ¿No me quedaba chica para el tipo que yo me estaba volviendo? ¿No era muy poca cosa para mí? No, ese es el tipo de excusa que inventan los que fracasan, los que tienen que rendir cuentas de porqué no le pudieron doblar la mano al destino.
Al destino no se le dobla la mano porque no tiene manos. Es como un riel electrificado, hay que martillarlo, quemarlo, forjarlo, y luego aplicarle corriente para generar un sistema que funcione. Harto poco consiguen en esta vida las personas que se dedican a hacerle cariño a los rieles del tren.
El primer martillazo fue convencer a Juan Manuel que se fuera a Venezuela ese verano. El se-gundo fue fomentarle pasiones que fueran en choque directo con los de la niña estudiosa. Después vi-nieron otros, no llevarla a las filmaciones, llevarla a las más complicadas. Ser bueno con ella, pero dis-tante, aparecerme de a poco en su vida, cuando estuviera buscando a alguien que fuera todo lo que Juan Manuel Urzaiz no fuera. Y se sabe que no había dos individuos más complementarios y distintos que nosotros dos. Por eso la sociedad funcionaba.
Se requiere de un objeto contundente para quebrar el vidrio que es el Tiempo, me hicieron saber estos seres en contacto con el cosmos. Nuestra vida está proyectada sobre esa superficie, como información pura, como una película sobre un telón transparente, invisible, donde apenas podemos deslizarnos de a un instante a la vez. Por eso a todos nos gusta mirarnos en la pantalla, por eso corremos a vernos en el pequeño marco de una cámara digital. Narciso tu abuela, Freud, por eso nos quedamos así, en contemplación del reflejo, porque creemos ver, por el rabillo del ojo, un espejo que refleja a otro espejo que refleja a otro espejo que refleja a otro… Un objeto contundente, como una bala en el tiempo, como ese diario mural del colegio “Bullet(in) Time” la hora del Boletín, la bala en el Tiempo. Un objeto que con el correr natural del tiempo agarrase velocidad como un objeto cayendo a tierra desde lo alto de una torre. Un objeto que se hiciera más grande con los años y que pudiera alcanzar velocidad terminal, reventando los límites entre lo que pasa y no pasa, pudiendo así viajar hacia el futuro para cambiar el pasado sin paradojas ni dudas, aprehendiéndolo todo.

Un libro, obvio.

Este libro.


Comencé por el final, comencé por escribir mi final, porque yo sabía que algo de cierto había en ese cómic y hay que irse al final de los tiempos para poder cambiar todo el tiempo. Porque es en esos momentos, cuando todos están mirando la pantallita, nadie se preocupa de cuidar la pantallita ni nada alrededor. Las cosas desaparecen, la gente desaparece, la ciudad desaparece y nadie tiene la vergüenza de apuntarlo, nadie tiene la dignidad necesaria para decir “yo también me lo perdí, yo también estaba mirando para otra parte”. Así fue como me hice de la ciudad, como hice de esta, mi ciudad, mi ciudad a secas. Después de El Evento, tan oportunamente propiciado por esa buena gente que se había ido a cambiar el mundo bajo tierra, no costó nada comprar esos terrenos, edificar, ahora sí, sólido. “Aquí otra torre Arteaga se levanta”, la leyenda escrita en cada esquina, en cada cuadra. Dos meses después le saqué el apellido, la gente no necesitaba el recordatorio expreso, todos sabían silenciosamente en terreno de quién estaban viviendo.
Después de años de proveerles ficción, de apoderarme de todo el suministro de ficción en el país, de controlar las aduanas, las tiendas donde se producía la importación extranjera, decidí cortar el su-ministro. No más producto X, ahora a consumir del producto Y, que es como el X, pero mejor. Menti-ra. Nadie quería ver tanta televisión de realidad, pero todos la vieron igual. A la gente le gusta mirar la pantallita. A la gente le gusta mirarse en la pantallita.
Mientras eso pasaba, alternativamente había que entregarles contracultura. Las revistas alternativas, las modas para los raros, para los feos, para los que se cansan de ser bonitos. Todo eso también estaba ahí, el mismo proveedor con distinta fachada. Como la Coca-Cola Company, creando la Fanta para tener algo que vender en la Alemania nazi y no parecer que el ejército del Tercer Reich sabía lo que era sentir de verdad. Así fue como empezamos a producir videojuegos, comunidades virtuales, sitios de “interacción social”. Financiamos los estudios universitarios para justificar los buenos efectos de estas nuevas tecnologías, pagamos por el espacio de aire de los curas que protestaban contra estos medios de diversión. Los curas más feos, todo lo que un joven odia del sistema. En algún momento de este trayecto dejamos de hablar en primera persona singular. Dirigir un imperio es cosa de uno, ser el estado también. Orquestar la realidad requiere de un ejército de yos. Como la canción de Bjork, pero la canción de Bjork es lo que teníamos pegado en nuestras suelas. El arte era el suelo que pisábamos.
Con tantos millones de horas (2.3 acumulados en el período de seis años, eso es más o menos el mismo tiempo que el hombre lleva erguido sobre la tierra, el momento en que el Homo Abilis pasó a ser el Homo Erectus, o cuando Prometeo robó el fuego sagrado) viviendo en una abstracción marca Arteaga, con una contraresistencia financiada por nosotros mismos, con unas cadenas de solidaridad y esperanza envíadas en forma de patética presentación de power point viral desde nuestras propias ofi-cinas, ¿quién quedaba para hacerse cargo de la realidad?, ¿quién iba a hacerse presente en esta, nuestra ciudad, desierta de gentes encerradas en sus casa comiendo de nuestra papilla?
La pregunta, en un viejo show cómico mexicano era “Y ahora ¿quién podrá defendernos?”

Nadie, por supuesto. Si estaban todos mandado mensajes de texto, esperando la llamada millonaria. La realidad, esa esquirla de realidad que se llama Santiago, que se cree que es el país entero, que bajo nuestro mando se llegó a creer la realidad entera, era Absoluta. Y. Totalmente. Mía.


Y eso que esta era sólo la primera parte de nuestro plan. De mi plan.




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A veces me pregunto si ese Magnate no era yo mismo, que había viajado en el tiempo para con-tarme estas cosas. Quizás mi hijo, como en Volver Al Futuro. Las similitudes son obvias, ahora, que el fin está más próximo que nunca: el amor por las historietas, la ciencia ficción, una mujer de por medio. Quizás Juan Manuel fuera mi hijo de algún futuro paralelo. Nunca probé tratarlo de “gallina”. Quién sabe. No le gustaba River Plate. Qué importa. En esa estadía, en esa noche de estreno y los días que la siguieron descubrí todo lo que necesitaba saber para cambiar mi vida. Aprendí sobre mis límites y mi tolerancia y entendí, como sólo se entiende bajo los efectos del DMT y la keratanina justo antes de alcanzar el Nirvana, que a veces no basta con una voluntad inclaudicable para alterar el curso de las cosas, que a veces el objeto mágico adecuado no puede enfocar tanto poder como para hacer que la vida no siga su curso, que la gente no se vaya, que la chica que te gusta no se case, que tus papás no sean un par de borrachos de la peor ley o que, sencillamente, las cosas no salgan como tú querías que salieran.
Para esos casos, lo que hay que hacer es tomar la realidad, agarrarla del volante y hacerla chocar.

Después, crear una nueva.

Porque a veces se necesita empezar de cero.
Porque a veces hay que dejar que la chica se vaya apurada una mañana.
Porque a veces hay que dejar ir aquello que se ama. Sí, para que vuelva a confirmar que era tuyo en primer lugar, tal y como lo enunciaron esos hippies asquerosos y como lo repiten año a año los espe-címenes humanos al entrar a la adolescencia.
A veces, sencillamente, hay que patear el tablero, y esperar que el próximo juego sea mejor. Estar atento desde antes. Aprender la lección y procurar estar listos para la redistribución de las mismas piezas en un orden diferente. Apocatástasis era la palabra, me parece.


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Cuando todo estuvo listo, cuando la ciudad quedó tal y cómo la había visto hacía tanto tiempo en esa miniatura, cuando nos hubimos transformado en la versión ampliada sesenta y cuatro veces de ese pequeño dictador que edificaba y construía torres en miniatura poniéndole su sello corporativo, esculpiendo la ciudad para que esta deletreara su nombre en cualquier vista zenital, para que cuando los satélites espías y los ángeles miraran a Santiago tuvieran claro el nombre de su dueño, cuando todo esta primera mitad del plan se vio por ejecutada y llevada a cabo, llegó el momento de hacer, realmente magia. Como los alquimistas antaño, disolver y juntar, juntar y disolver. Solve et Coagula rezaba la inscripción en mi Waterman 52, oro macizo, formula mágica, la pluma para reescribir la realidad. Y yo ya había disuelto una ciudad, juntado una nueva, me quedaba, sencillamente abandonarme. Así fue como dejé de usar la primera persona plural, como me expuse y dejé que la burbuja dejara de ser una bola de demolición. Abrí la puerta yo mismo para que entraran, con impecable precisión coreográfica, ni un minuto tarde a la fiesta, mis exterminadores.
De alguna forma u otra, los había creado y criado yo mismo, pero no de la forma en que había creado y criado a esa ciudad que ya pronto iba a dejar de ser mi ciudad. Al amparo de las consecuen-cias de mis actos, beneficiados por las escasas buenas intenciones que me permití tener en esos años, habían crecido albergando resentimientos, conscientes del daño que les había hecho, de todo lo que les había quitado para darles. En cualquier otro momento no me habría costado nada eliminarlos, pero no se trataba de eso, no era una muestra de poder. Todo sacrificio requiere de un verdugo. Hay que ape-drear y escupir al mártir, sino la cosa no funciona. Una vez casi escribí una novela que trataba el tema, antes, cuando era viejo y creía que la ficción inspiraba esperanza u ofrecía historias cautelares. Buenos Tiempos.
Ahora ya era tarde para eso. Fueron años de construir y reconstruir, de competir sobre un tablero conocido y gastado. De ver edificios colapsar y esforzarse en levantar dos para que tomaran su lugar. Y eventualmente uno termina cansándose. Pasa como con los chistes: a medida que uno se va poniendo viejo se ríe menos, pero eso porque ya los ha escuchado antes. Así, el paso de los años va diluyendo las películas, la música, las personas. Y uno siempre queda prefiriendo los originales. La primera persona que te empezó a caer bien después de que la odiaste a primera vista, el primer amigo con el que te atre-viste a compartir esas historias que no le habías contado a nadie. A las historias también les pasa, la primera vez las cuentas como una confesión temblorosa desde el fondo del alma, después las empiezas a repetir para que la gente sepa más de ti, sepa qué esperarse, quizás te juzguen menos; después la usas para levantar minas y cuando te funciona una, dos veces, te empiezas a aburrir de contarla, como si fuera algo que le hubiera pasado a alguien más, un recurso barato. Así, la historia comienza su camino de salida y alguna vez, años de años después, te encuentras con el amigo original, ese que la escuchó cuando todavía no le habías encontrado el ángulo perfecto, cuando no sabías de qué cosas la gente se iba a reír y qué cosas les iban a parecer increíbles. Tu amigo te ve, se las ingenia para conversar contigo y en algún punto, ya próximo a la despedida, te pregunta:
– ¿Te acordai de ese sueño que me contaste cuándo éramos chicos?
– ¿Cuál? ¿El de la playa?
– Ese mismo. No sé porqué, pero el otro día fuimos a una playa tal cuál como la que me contaste. Y casi que creí ver una serpiente. . .
Y puedes ver entonces como tu amigo ha vuelto a devolverte la anécdota, a contártela como si fuera algo que le pasó a alguien más. Así, con la personalidad entrega y retornada, te vas dando cuenta que ya es hora, que estás muy viejo para desgastarte en pelear contra cosas que en verdad no valen la pena. El momento en que dejas de nadar y te hundes, porque ya estuvo bueno de todo esto.
Esa mañana de domingo bajé a la oficina y prendí todas las pantallas. En el monitor central dis-puse el plano de la ciudad y, tras la lectura de las noticias de rigor, dejé la marca del último de los atentados del grupo de facinerosos y buenos para nada que había pasado los último veinte años tumbando uno tras otro de nuestros edificios. No había que hacer rotar mucho el mapa para darse cuenta que se podía trazar fácilmente una letra M a lo largo de esta, nuestra querida ciudad. Me sonreí, esta era un chiste que no había visto antes, por más que me lo esperara. Pensé en la cara que pondría Juan Manuel al saber quién era realmente el financista tras su pequeña bandita de bombarderos urbanos. Ese sí que era un buen chiste.
-Ahueonado. Fijo que dibujar la J antes te costó mucho – dije en voz alta, gesto inequívoco de los que han vivido mucho rato solos. Repasé el mapa y miré una vez más esa letra M, las tenazas de una mantis cerrándose sobre un punto medio. Miré la hora y me percaté de que todo siguiera su ritmo. Siempre hay una ansiedad especial antes de hacer algo que está planeado desde hace tanto tiempo. Un nerviosismo al que si le prestas mucha atención termina descarrilando todo, pero que tampoco puedes ignorar porque si no te va a venir a buscar en el peor momento. Le presté mis respetos, mirando la hora treces veces en el curso de dos minutos. Respiré profundo cuando sentí el primer golpe y vi el panel de control de los sensores de la alarma. Para transparentar todo y evitarnos una reyerta absurda, abrí la puerta de abajo, presionando el botón del intercomunicador, y abrí todas las puertas que conducían a la oficina principal, donde alguna vez estuvo emplazado mi viejo departamento. Les habría puesto flechas a seguir, pero es cruel insultar el escaso intelecto de esta gente pretendiendo que tienen algún tipo de humor. Me senté tras el viejo sillón familiar y revisé los circuitos cerrados del edificio, la cuadra, y algunos otros puntos de la ciudad, sólo para asegurarme. Escuché un golpe seco. Luego una quebrazón de vidrios. Que no puedan hacer ni esto bien. Sentí los nervios previos a salir a escena. Miré la hora otra vez.
Empecé a sentir una comezón especial, esa picazón que siempre supe les da a los que saben que van a morir luego. Una variante sobre el tema de los nervios, la ansiedad antes de hacer la Última Gran Salida a Escena. Alguna vez escribí algo al respecto. De a poco, la comezón se hizo parte de mí al punto que no podía distinguir entre mi deseo de rascarme y el aferrarme a la vida. Miré a mi pluma, donde toda esta historia quizás aún no era más que tinta informe… y el espíritu de Dios flotaba sobre las aguas… revisé las pantallas y los vi venir, al menos eran puntuales. Prendí la radio y sonaba Bizarre Love Triangle. La apagué de inmediato. No necesitaba más pruebas, esto iba a salir bien. Fui a revisar mis cajones, pensé que si encontraba mi pistola sería bueno llevarme algunos puestos antes de morir, para la cobertura noticiosa, digo. Quizás al mismísimo Juan Manuel. Doble Knock Out como en esos videojuegos que eran cosas coloridas y chillona, sin sofisticación alguna, en las que nadie más que un enfermo de epilepsia podría invertir horas de su vida. Lo dejé de lado, para qué patalear cuando lo que uno busca es hundirse. Aún así, por costumbre, llegué hasta al cajón principal del mueble y no se abrió. Estaba con llave. ¿Dónde, oh dónde habría dejado esas llaves?

Después se abrió la puerta. No venía JM. No hubo palabras, ni declaraciones de vendetta ni pro-clamas familiares. Sólo un disparo, en el lugar preciso. Todo lo que se necesita para cambiar el mundo.


Después el olor a pólvora. Después mi intento de mantener la concentración. Después te veo, de nuevo, ¿todavía leyendo esto? Está funcionando. En algún lugar Bob Dylan canta If you see her say hello. Enfoco la vista, mi mano se vuelve un puño. Alguien dice “todavía está vivo”. Dejo que el pulgar se alce. Apunto con el índice. Alguien pone un cañón frío en mi nuca. Enfoco. Apunto. Escucho. Mi oído contra el piso. Si parece que la ciudad hablara. Alguien levanta el seguro de su arma. Busco, ya no soy una persona. Mira telescópica. En otro tiempo hay un cerro con animales. En otro tiempo hay un parque con animales. En otro tiempo vemos una película con animales. Disparo, me voy. Algo choca detrás mío.








– ¿“Bang”? ¿Qué clase de últimas palabras son esas?

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