VIII.OTRA TORRE SE LEVANTA.







En otro tiempo y en otro lugar, Juan Manuel Urzaiz caía aún. Sentía que toda su vida había es-tado cayendo. O huyendo. Como su papá durante la dictadura, como él mismo, que no había conocido de residencia permanente, de amigos que no fueran hijos de otros exilia-dos/refugiados/asilados/clandestinos. Al menos no hasta que pudieron volver. Entonces vino Marcel, que no era para nada un buen tipo, pero que le llamaba la atención. Cómo a alguien podían importarle los demás tan poco sin ser un completo amargado. No se parecía en nada a la gente que lo había ro-deado toda su vida, todos siempre listos para recibir una bala por del otro, todos pendientes del bien de la causa, sin importar que a veces nadie tuviera claro cuál era la causa.
Uno siempre busca aquello que no tiene, que le es imposible tener, pensaba mientras caía esa no-che de El Evento.
Años después, con la tierra ya bien firme bajo sus pies, seguía cayendo. Parecía que había ciertos patrones que no podía evitar repetir o ciertas trampas en las que no podía evitar caer. O quizás eran trampas que él mismo se tendía, ya fuera para auto-sabotearse y así tener una excusa para su existencia, o sencillamente porque le entretenían los problemas. Como Nicole, que lo había hecho caer y lo había llevado abajo, cada vez más abajo, a lugares que él nunca se atrevió a imaginar, en todos los planos. Nicole le enseñó, en su ingenua y visceral manera, de filosofía, de armas, de sexo, de las secretas conspiraciones que mueven al mundo y de una serie cosas que Juan Manuel habría desestimado en un dos por tres si se las hubiera dicho cualquier otra persona. Pero no era cualquier otra persona, era ella la que se lo decía. Así, caía. Por ella.
Por ella habría hecho todo, habría hecho cualquier cosa. Para cuando su historia estuvo termina-da, muchos años después, en efecto habían hecho casi cualquier cosa que se les había ocurrido. Habían tomado una ciudad por asalto, habían tumbado al menos doce edificios; editado, impreso y distribuido gratuitamente cinco libros recopilatorios de sus pensamientos y vivencias del momento; juntos, lejos de hacer un recodo en la ruta donde el amor pasó, habían dinamitado cuanta estructura se les había pues-to a su paso para amarse así, desnudos a vista y paciencia de quien parase a mirar. Juan Manuel tenía catorce años más que ella, una vida entera para la primera vez que la vio, en una tienda de campa-ña/hospital del Santiago Invisible. De esa primera vez recordaría siempre la polera con el logotipo de la bomba, la vestimenta punkoide de ella, su actitud contestataria y siempre lista a insultarlo por lo que fuera. Tiempo después, en la medida en que él mismo se acostumbrara a su nuevo lugar de residencia, la conocería mejor, se fijaría en ella como una mujer atractiva. Una mujer que en otros lugares sería considerada una niña pero no ahí. Allá abajo la experimentada era ella y era él el que no sabía nada de nada.
Le asombró encontrarse con una ciudad subterránea. Le asombró porque lo había pensado algu-na vez, le asombró más aún porque ellos sí sabían de él. Porque la polera de Nicole era bien conocida y reconocida por los habitantes de esos túneles, de esas explanadas ocultas a plena vista que componían la segunda ciudad. Al parecer alguien se había tomado más en serio de la cuenta el concepto ese del Terrorismo Óntico. O quizás se lo habían tomado en la justa medida, como era la intención original de su autor.
Muchísimo tiempo atrás, más arriba en la caída de Juan Manuel, pasaban el tiempo muerto en horas de clases. Él, Gabriela y Marcel. Gabriela estudiaba, le quedaban exámenes en electivo, pero ese no era el motivo. Gabriela estaba siempre estudiando, sin importar si era época de exámenes o siquiera época de colegio, universidad, o lo que fuera. Marcel leía unas tiras cómicas y de cuando en cuando las calcaba. Usaba las poses de distintas revistas para armar una historia propia. Calcar, pegar y combinar, eran sus talentos por excelencia. Juan Manuel, en cambio, miraba el techo, caía en una suerte de trance en el que dejaba que su lápiz se deslizara por el papel siguiendo un patrón al azar, con la esperanza de hacer así un gesto de vanguardia, quizás así alguna idea original se dignara en manifestarse en sus páginas, en su desinteresado acto creativo. El porqué iba una idea original elegir manifestarse en el cuaderno de un escolar que se comportaba como el ochenta y dos por ciento de los escolares chilenos a mediados de Noviembre, pudiendo hacer su ingreso a la realidad en cualquier otro lugar, a sabiendas de que cualquier otro lugar sería más fructífero y mejor prospecto, era uno de esos misterios en los que Juan Manuel parecía no querer indagar. Como se ha dicho, el muchacho nunca tuvo mucha experiencia en eso de tener ideas.
Lo que sí tenía era un compañero muy peculiar, y de intereses tan diversos como complementa-rios a los suyos. Por esto, la más pequeña y remota de las ideas tenía la posibilidad de convertirse en un proyecto gigantesco en sus manos. Estas páginas los muestran en sus peores momentos, pero no hay que olvidarse de que Juan Manuel Urzaíz y Marcel Arteaga eran, incluso en sus años de adolescencia, un equipo de trabajo impresionante. Verlos discutir un proyecto o comentar una situación tenía algo de eléctrico, un magnetismo que no dejaba impávido a nadie. Ya se tratara de discutir la necesidad de un nuevo escudo como símbolo patrio o el porqué el Mago Oli no había tenido un retorno a la televisión desde su lamentable accidente intentando recrear los actos escapistas de Harry Houdini (Juan Manuel sostenía que era el sentido de la vergüenza propia, porque la farándula kitsch lo estaba esperando con brazos abiertos; Marcel argüía que el supuesto fracaso del mago había sido en realidad todo un éxito, que al salir semi-inconsciente de ese tanque con agua, lo que estaba haciendo era escapando a velocidad terminal, que en el caso del ser humano es la velocidad cero, el punto en que uno se desplaza única y exclusivamente porque otros lo llevan en andas. El mago, según Marcel, estaba cruzando la barrera entre la realidad televisiva y el espacio concreto que el resto de los mortales, esos que, hasta el advenimiento de la Internet, no sabían lo que era salir en pantalla, comparten. Así, ese mediodía en el programa de variedades del canal estatal, el mago Oli en efecto murió, dejando sólo a su contraparte, Gerardo Parra, libre para vivir en el tridimensional espacio mundano). Ciertamente, eran discusiones entretenidas.
Entonces de una hora de Consejo de Curso, que en realidad debió haber sido Concejo de Curso, pero la verdad es bien sabido que cuando el año escolar entra en su recta final no hay consejo que valga y el único concejo que importa es el de profesores, donde se deciden los destinos pendientes de todos los que se ven un poco complicados en esto de adaptarse al sistema educacional; era fácil hacer una sesión de improvisación. Bastaba con que Juan Manuel le mostrara sus dibujos a Marcel, con alguna teoría especial de lo que le había pasado en el proceso de hacerlo. Ese día le mostró un círculo achurado negro con una mecha, una bomba clásica, que había quedado cerca de una leyenda “SERÍA ASÍ DE FÁCIL” había garabateado Juan Manuel en la letra propia de aquellos que todo lo que escriben les queda como un logotipo profesional. De ahí a considerarlo un acto del Destino, con mayúsculas, un paso. De ahí a sugerir la confección de modelos en papel maché, para ser lanzados discretamente a los obras de edificios en construcción, otro paso. Y de ahí, cuesta abajo en la rodada, de ahí las bombas de verdad, para ser tomados en serio; de ahí a los rayados en las paredes, al movimiento masivo y la posibilidad de hacer una patrulla que creciera y se volviera un ejército miliciano, a escribir volúmenes de teoría neoanarquista, no, mejor de terrorismo pop, u ontoterrorismo pop, o algo así. Todos estos pasos se veían a veces frenados por el sarcasmo de Gabriela, que ahora estaba demasiado ocupada estudiando y que había visto en su novio el brillo en los ojos también conocido como “No Molestar. No Tiene Caso”. Se limitó a decir que ella podría quizás hacer una matriz y podrían mandar a hacer unas poleras, ella conocía a un tipo que tenía una máquina o algo. Marcel la quedó mirando, fijamente, como nunca se había permitido hacerlo hasta ahora. Era una gran idea. Mejor de lo que él mismo podía haber previsto. Y eso era harto decir.
El tipo que Gabriela conocía y que era el dueño de la máquina o algo no tuvo problemas en ven-derles una tirada de cuarenta poleras, porque según él no valía la pena prender la máquina por menos o quizás porque estaba demasiado acostumbrado a trabajar con colegios para vender por un número menor. Eso o sencillamente su preciada máquina se le había quedado atorada en el número cuarenta y todo, absolutamente todo, lo que el produjera vendría en ese número. El día que fueron a recibir las prendas, se encontraron con una señora, una clásica vieja de barrio, de esas que se pasan tardes enteras en sus antejardines dedicadas exclusivamente a reprochar con la mirada a las chicas de vestido o falda corta, con esas miradas que a veces dejen escapar un comentario del corte de “¡Suelta!” o “¡Putinga!” y que no puden dejar de timbrar las acciones de cualquier varón que no sea miembro de su familia con un “¡Qué ordinario!”. La vieja en cuestión reclamaba airadamente ante la imposibilidad de estampar una sola vez un pijama con un “Tú eres mi único amor”. La veterana parecía más ofendida por no poder hacerse de su producto que por la sugerencia de tomar treinta y nueve amantes, que fue la solución alternativa propuesta por el hombre de la máquina. Cuando hubo pasado el escándalo, Marcel, Gabriela y Juan Manuel se llevaron sus copias, habiéndolas revisado cuidadosamente antes. Venían en amarillo, rojo, rosado, morado, negro, naranja y verde oliva. Así se cubrían los espectros punk, perno, femenino, gay, gótico, rave, militar y un largo etcétera. La paleta de colores también era responsabilidad de Gabriela, que se quedó con una amarilla y una morada para futuras referencias.
La de Nicole era negra. Esa había sido la más popular, pese a que en su momento más de uno de sus compañeros había amenazado con tomarla, sacarle el dibujo y algunas letras. “Ser Así de Fácil”, le cantaban a Marcel. A Juan Manuel no le decían nada. La de Nicole era uno de los muchos artículos que ella tenía con el logotipo ese. Algunos, como la polera, eran reliquias de los días de colegio de Juan Manuel, otros, como la bomba pequeña que colgaba de su cinturón a toda hora, eran de su propia in-vención. Nicole creía ciegamente en la apropiación (“recuperación” le llamaba ella) de los espacios pú-blicos por parte de los habitantes de una ciudad. Creía con especial ahínco que las ciudades modernas no dejaban demasiado espacio para dicha recuperación, razón por la cuál había que hacerse el espacio, literalmente. Su blanco preferido, siguiendo los apuntes que había encontrado, compilado y empastado a lo largo de los años, eran los edificios construidos por grandes corporaciones inmobiliarias.
“Las inmobiliarias son el cáncer de nuestras ciudades. Realizan una expansión silenciosa, una metástasis infecta que acaba con espacios verdes, con el concepto de barrio, con la sociedad organizada en términos de ayuda entre ciudadanos”. Rezaba una amarillenta página de dicho compilado, escrita en una letra que Juan Manuel no tardó en reconocer como la de su antiguo mejor amigo.
Costaba creerlo, pero ahí estaba él, tras todos esos años de caída, tras todos esos años de incertidumbre, recuperándose de lo que parecía haber sido su toque de fondo en una especie de ciudadela subterránea, que existía en las sombras de la ciudad de Santiago y donde, más encima, los conceptos que él y sus más cercanos habían desarrollado alguna vez como juegos habían cobrado vida. En sus primeras semanas ahí abajo no supo si acaso este panorama era el mejor de los ensueños o el argumento de una de esas películas de terror donde la creación se vuelve en contra del creador.
Lo que sí tenía claro es que la chica, la pendeja casi, de la actitud punkie y el talento con las ar-mas, lo fascinaba. Lo que tampoco tenía claro era si acaso conocer la historia detrás de esas consignas, si el saberse de memoria los contenidos de ese manifiesto, compuesto mal que mal con hojas de su cuaderno, le significaría una ventaja o una desventaja a la hora de acercase a ella.
Porque acercarse a Nicole no era nada fácil. Como buena parte de las personas que realmente esconden algo, era una muchacha muy accesible, dispuesta a ayudar a quien se lo pidiera, con particu-lar entusiasmo si tenía que ver con armas o explosivos. Siempre estaba dispuesta a discutir sobre el rol que le correspondía al Santiago: Invisible en el nuevo orden de las cosas, posterior al terremoto y por lo general se podía conversar con ella. Siempre sobre algún tema, eso sí. Nunca sobre ella misma. La con-versación casual no le sentaba y la personal parecía repugnarle.
Como todo el mundo, Juan Manuel intentó conocerla con la excusa de necesitar un curso breve en el manejo de explosivos. No dejaba de ser cierto, en todo caso, porque habrían pasado diez años pero el seguía con la idea de echar abajo esos edificios que cortaban la vista de su comuna. Y seguía sin saber cómo hacerlo. Si bien su padre había estado vinculado a la vía armada durante los setentas, por lo mismo había procurado criar a su hijo lo más lejos de las armas posibles. La primera vez que usaron una bomba real había sido siguiendo las investigadas instrucciones de Marcel. Y no había salido nada de bien. Juan Manuel había pedaleado, amparado bajo el viejo prejuicio que reza que un ciclista nunca anda en nada malo, llevando una bomba armada en el cesto de la bicicleta de Gabriela, que no se ha-bía dado por enterada de nada de esto porque, sí, estaba ocupada estudiando. Cuando el accidente sa-lió en las noticias, las imágenes de la bicicleta en llamas ensartada contra el panel de madera de un edi-ficio en construcción, Juan Manuel ya estaba en su casa, todavía jadeando de correr todas esas cuadras, tras lanzarse de una bicicleta ardiente. El susto todavía no se la pasaba del todo, pero no le quedaba el suficiente para no sentirse profundamente avergonzado cuando Joaquím, al enterarse de la noticias en el televisor de la cocina , dijo
-Mira si no son pelotudos estos cabros de ahora, Juan. Salir con una bomba en bicicleta. Eso es pedir a gritos un accidente. ¡Cuánta estupidez!
Tampoco le dio para retrocar que podía no ser culpa de ellos porque, mal que mal, nadie te en-seña estas cosas en el colegio. Que quizás si quienquiera que hubiera sido el que intentó poner esa bomba hubiera tenido un papá que le enseñara…


Nicole se las sabía todas. Podía hacer detonar cosas que Juan Manuel no sabía que eran explosi-vas apenas discando un número de teléfono. Es todo un asunto de química y física, decía constante-mente. Y si bien tener el poder de hacer colapsar estructuras a distancia le parecía lo más natural del mundo, había algo en el acto de poner una bomba, de entrar en una locación física, perceptible con los cinco sentidos, encontrar el punto idóneo para causar el mayor colapso con la menor cantidad de ex-plosivos posibles, activar el detonador y salir justo, justo en el momento anterior a la gran detonación era algo que no podía resistir. Juan Manuel, intuyendo que con la lectura del índice de un libro de Freud uno estaba más que bien provisto de las herramientas teóricas para interpretar dicho interés, encontró aquí la primera de sus aperturas para avanzar en su relación con ella. Conocerla más o algo. Sí, claro.


Porque no parecía impresionarlo tanto el hecho de estar viviendo, de llevar semanas, en efecto, viviendo en ese espacio, debajo de la ciudad, saliendo de cuando en vez, imperceptible para el común de los santiaguinos. Esa vida de intersticio, de ser uno más de esas sombras que se desaparecen en cuanto uno se da vuelta para mirarlas, parecía sentarle bien. O no importarle, al menos. Tenía la cabeza en otras cosas. Tampoco se acordaba mucho de su vida anterior, parecía. No quería, ciertamente. Estaba bien sin Marcel, sin tener que dirigir proyectos y viviendo sin sentir que tenía que hacer algo al día siguiente, estaba bueno ya de eso de excusarse de una buena fiesta porque mañana hay que trabajar. Estaba bien sin Gabriela y sus histerias, a ratos no tan bien sin Gabriela y sus mimos, los besos en la espalda por la mañana y la mejor y única manera de entrar a la ducha fría un día cualquiera… pero después de eso venían las recriminaciones, las peleas, esta idea de ella de ser una especie de proyecto inmobiliario…y por algo era que estaba viviendo con su madre después de todos esos años. Nada ahuyenta a una novia y conviviente en potencia como una buena madre.
Supo que ella lo había dado por muerto, lo que le dio un renovado sentido de libertad y un ex-traño alivio. Quizás fue eso lo que lo motivó a quedarse, o quizás lo tenía decidido de antes. El resto de la familia no le importaba mucho, los primos imbéciles, las tías de personalidad limítrofe. Desde lejos vio a su papá, que había vuelto de España para la ocasión fúnebre. Pero nada más. Le había tomado quince años de jugar al buen tipo, de hacerlas de complemento de las ideas de alguien mas, de frenarse a sí mismo para frenar los problemas de otros, de ceder en pos del bien común y vivir en una realidad de colores diluidos, de gente amarga y mujeres tristes. Pero ya no más. Nada más. Ahora iba a hacer cuanto él quisiera, para ser quien él era. No podía evitarlo, él era Juan Manuel Urzaiz, fuerza irresisti-ble, objeto inamovible, voluntad infinita.
Y lo que más quería ahora era acostarse con una pendeja de 16 y poner bombas en cuánto edificio se le antojara.


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Esa noche, la primera noche, faltaban seis minutos para la detonación. Todo había salido bien, como lo habían practicado y dispuesto una y otra vez. La entrada sencilla, el distractor a la hora precisa en algún lugar del cuadrante de carabineros pero que los mantuviera alejados. Sin guardias, sin más vigilancia que un par de perros dopados y dispuestos en la vereda de al frente. Quedaba tiempo para algo más. Quedaba tiempo para algo más que postergado en esos meses de entrenamiento y sublimación. Juan Manuel, que sería muy neófito en esas, las otras materias, pero que tenía más que algo de viejo zorro, le cortó el paso en un pasillo, encerrándola contra un pilar.
Nicole hizo el amago de oponer resistencia, pero los nervios la vencieron. Al fin la podía ver así, quebrada, y podía ver a través de la trizadura. Se intentó reponer con un
– ¿En serio? ¿Seis minutos? Me esperaba…
Que no alcanzó a llegar a más. Sucumbió a los nervios, a sus brazos, a sus mordiscos y los movimientos suaves y bruscos propios de un hombre experimentado, a las ganas de dejarse llevar y pensar que sería una buena forma de morir, si es que todo salía mal.
Pero todas las cosas que pueden salir mal no salen realmente mal, como los pesimistas amigos de la profecía autocumplida creen, sino que permiten que otras, imposibles de anticipar, sí salgan mal. Pasaba por ahí a esas horas un cuidador de otro edificio, haciendo ronda, vio a los perros, vio una bicicleta, le pareció ver una luz. Y si hay algo seguro en esta vida es que un ser humano que ha sido designado con el mínimo de poder para cuidar un espacio tratará inevitablemente de extender su rol a otros sitios, de acumular y acaparar hasta el más mínimo resquicio de poder disponible. La autoridad es así, avara. De ahí que Rodrigo Morales, cuarenta y siete años, casado, dos hijos, no pensara en más que en la posibilidad de darles un buen susto a los eventuales cabros de mierda que estarían al otro lado de la reja. Alcanzó a pasarse por la reja, sacar su luma de guardia de seguridad, que todavía tenía el nombre del banco que las había rechazado por defectuosas inscrito en su base, e iluminó a lo que sería, en unos meses más, el despacho del edificio Alto Ponto. Quién sabe, pensó Rodrigo Morales, cuarenta y siete años, padre de familia, quizás si esto se sabe podría llegar a ser conserje.
Esto, lo que tenía que saberse era el espectáculo descubierto y aplacado por la luz de la linterna. Un tipo de unos treinta y tantos fornicaba con una niña que no podía haber salido del colegio aún. En medio de un edificio vacío. Quizás debería haberlos filmado un rato.
Fue cuando pensó la idea de volverse conserje, un paso más en esa avaricia del poder, que recibió el primer y único tiro. Entró directo por la frente, pasando sin detenerse por el lóbulo temporal para alojarse en el parental. Fin de la carrera de Rodrigo Morales, cuarenta y siete años, padre de familia, héroe.
Nicole estaba consternada. Le quedaban quince segundos para entrar en shock histérico. Afortu-nadamente, a la bomba le quedaban doce segundos para estallar, así es que Juan Manuel la sacudió, la zamarreó y alcanzó a ser lo suficientemente rápido para darse cuenta que la única forma de sacarla de ahí sería sobre su espalda. Y así lo hizo. Treinta y cinco minutos después figuraban en un parque, cerca de ahí, en el mismo silencio que se había hecho después del disparo, a través de la explosión. Un silen-cio impermeable, de una incomodidad a toda prueba. Juan Manuel no sabía qué hacer, se sentía exta-siado, feliz, aturdido, espantado. La miraba y no sabía siquiera qué sentir. Ella temblaba y tenía frío por primera vez en sus dieciséis años. No decía nada. Sus ojos, fijos, hacían otro tanto. Pensó en pegarle, pensó en aferrarse a él, en no dejarlo ir más. En ponerse de cualquier forma que hiciera que no la viera así. Terminó mordiéndolo. En el cuello, en el hombro.
Después de ver la cabeza de un hombre explotar, tener sexo en un espacio público se siente parti-cularmente pedestre. Para Nicole entregarse así fue el puente, el paso siguiente en el descenso controla-do de la adrenalina que amenazaba con dejarla en paro. Para Juan Manuel entregarse así fue el puente, el paso siguiente en el que el esperar fuera un largo ascenso. Quizás había dejado de caer. Como se apreciará, ella, a sus dieciséis años, era considerablemente más sensata qué él.
Esa noche la terminaron volviendo al Santiago Invisible. Fue la última noche que pasaron sepa-rados en un largo tiempo. La siguiente sería años después, una noche de lluvia, en otra ciudad, en la Otra ciudad. Esa que se había levantado después de tanta sacudida, de tanto terremoto y militar y bombazo y campaña solidaria. Esa que ellos mismos habían modelado.
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– Porque Allende y Pinochet eran masones los dos ¿no?
– Sí ¿y?
– Nada, que es obvio lo que pasó…
– ¿?
– Piénsalo un segundo. Masones. La masonería ha estado siempre ligada a posiciones de poder, a altos cargos, influencias reales donde hubo monarquía, influencias capitales en todo el mundo.
– …
– ¿No leíste “El secreto de los Sabios de Sión”? Ahí está todo. La francmasonería judía, los altos estra-tos, los iniciados en el grado trescientos treinta y tres de la orden orquestaron toda esa acumulación de riqueza. Por eso fue que el pueblo alemán se alzó después y terminó todo como terminó.
– ¿No será, genio, que por la publicación de un libro así de loquito de la conspiración a un par de ahue-vonados se les empezó a ocurrir la idea, a justificar las ideas en verdad que ya traían?
– ¿Y la diferencia está dónde? Pasó lo que pasó, terminó como terminó. Huevo, gallina. Si vinimos o nos trajeron, ya estamos acá ¿no?
– Sí, pero…
– Pero la cosa es que acá, en los setentas la cosa venías más o menos así: el mundo se debatía aún entre capitalismo y socialismo. Esa batalla estaba en desarrollo todavía. La Union Soviética, Cuba, Estados Unidos, Alemania Federal. En medio de eso, como en un juego de Ataque, el mundo entero se vuelve un tablero, se necesita conquistar territorios. A veces se gana destruyendo al contrario, pero muchas veces basta con Conquistar 20 Territorios y punto. ¿Y qué es mejor que conquistar un territorio destruyendo al contrario? Destruirlo y humillarlo de paso, obvio. Por eso los masones pusieron un socialista en el poder, para hacer la caricatura del gobierno revolucionario, para asfixiarlo por todas partes. Después, en total acuerdo, ubican a otro de los suyos como comandante en jefe del ejército, como dictador, ejecutor, presidente. ¡El mismo masón que había sido asignado por otro masón como edecán militar cuando Castro vino a Chile!


– ¿En-ton-ces ?
– Eso. Imagínatelo y es obvio. Allende y Pinochet decidiendo el destino de Chile. ¿Quién va a ser el eje-cutor y quién el ejecutado?El plan está claro, hacer de este un país de economía neoliberal, un territo-rio más para el imperio francmasón. Lo echan a la suerte, tiran una moneda al aire. Pinochet se queda con vida y país, Allende pasa a la historia como mártir. El país deja de lado, a base de sangre y fusil, cualquier tipo de ilusión socialista. La masonería gana de nuevo. Fin.
– …
– … ¿Y? Sería una tremenda novela ¿no? Una serie de televisión también, pero nadie nos va a dejar, como son de quisquillosos. En cambio la novela es perfecta, se imprime y se paga con las puras entre-vistas, después es todo ganancia. Piensa en la publicidad, el revuelo. Número 1 de ventas en Ficción, Revista de Libros de El Mercurio, Artes y Letras, todo.
– …
– ¿Y?
– Y a vos, rechucha de tu madre, no te torturaron ni mataron ningún familiar ¿verdad?
– …


La idea a Marcel le quedó por años. No era mala, pensó Juan Manuel cuando los años pasaron, cuando se hallo viviendo en un lugar subterráneo, al que se llegaba por túneles y catacumbas y esta-ciones de trenes olvidadas. Marcel siempre le describía, muy a su pesar, la escena en que Pinochet y Allende sorteaban sus roles históricos. Le había venido en un sueño, decía. Lo decía con tanto candor que era imposible no quererlo igual. Era imposible sentirse ofendido ni recordarle todo lo que él tuvo que pasar por culpa de esos dos. O del país entero. Prefería no pensarlo, le daban ganas de irse del país, de irse a otro lado. Pero cuando ya estuvo en otro lado, precisamente con ellos que lo habían hecho antes que él, pudo por fin mirar la historia y darse cuenta que sí, era una buena idea, y sí, se habría vendido como pan caliente. Ese Marcel. Si algo tenía era ojo para los negocios.


El correr de los años los había distanciado, había acentuado las diferencias. Algo había cambiado en los dos, ciertamente, durante la grabación de ese largometraje a pedido. Desde ese momento surreal, recibiendo instrucciones de una cebra robotizada, en que uno quedó a cargo de la producción y el otro de la dirección misma, el momento en que el cielo y las aguas se separaron, que nada fue lo mismo. Uno se dedicó a explotar más un talento, un aspecto pragmático de su vida. Y el otro se quedó con los mismo sueños de siempre, de a poco sin compañía para realizarlos, aunque también con más dinero para acercarse a ellos. De esos acercamientos que trae la plata, que te van empujando más y más, pero que nunca llegan exactamente a donde se quiere.
Los otros acercamientos, los amorosos, hacían lo suyo también, empujándolo de a poco, aleján-dolo de la persona que él quería, sin darse mayor cuenta. Gabriela había crecido en los espacios que los amigos y la profesión le habían dejado, esperando el día en que estos fueran conscientemente desecha-dos, esperando que fuera una iniciativa de él. Pero eso no alcanzó a pasar, porque la iniciativa siempre vino de otra parte. Cuando chicos siempre había circunstancias, después gente, instituciones, lugares. Alcanzó a postergar sus planes de estudio, sus ganas de salir del país una, dos, tres veces. Cada vez se hacía peor, cada vez le costaba más convencerse que esto iba a alguna parte. Parecía, alrededor suyo, haber tanta otra gente más interesada en que las cosas funcionaran. Marcel, por ejemplo. Aunque si Marcel no hubiese estado, quién sabe qué habría sido de todos ellos. Marcel no estaba, eso sí, cuando ella llegó al Terminal de Oriente, en Caracas, con sus dieciocho años a la vuelta de la esquina, para encontrárselo ahí, medio tumbado, tan a mal traer. Cuatro mil ochocientos kilómetros había recorrido para verla, para terminar una conversación que, según él, no podía esperar. Porque hay prioridades en esta vida. Frase que le cobró sólo en un par de ocasiones años después, frase que antecedía siempre al peor de los silencios. Ese que es viscoso y se desprende lento del paladar, las cabezas, los espacios de quienes conversan. Para cuando la viscosidad de los silencios se fosilizó, pasando a un estado de dureza quebrantable y aventable, Gabriela optó por aventar y arrojar la loza de su (ex?)suegra. Después parece que tembló, pero eso es otra historia. ¿Por qué no hubo más gestos así? Se había quedado todo ahí, se pasó buena parte de la década siguiente descontando los kilómetros de ese viaje largo, tan largo pero no tan largo como para durar una vida entera. Un viaje largo no hace a un viajero frecuente y ella quería alguien así, que la acompañara de su propia volición, un hombre al que no hubiera que empujarlo a todo, que no estuviera siempre esperando que todos hicieran antes de hacer él, para no molestar a nadie. Un hombre, no un niño. Y Juan Manuel había sido un niño todos esos años. El más lindo, leal, divertido y a veces hasta atento de los niños, pero un niño al fin.
La adolescencia le llegó después, en forma de terremoto. Quizás por eso su relación con Nicole fue así, perfecta en su intensidad, desbocada en sus ritmos. Ella tenía dieciséis y el se sentía de dieciséis. Para los dos significaba un paso hacia adelante. Bajo la pretensa de una madurez que no era tal, Juan Manuel actuó como la voz de la experiencia, el locutor oficial de un evento en el que todo el mundo sabe lo que va a pasar. Era ella la que realmente aportaba algo. Ella sabía y no tenía miedo a demostrar nada de lo que sabía en ningún terreno. La que sería, en definitiva, la lección primera y más larga que él se llevaría. Duró todo lo que duró su romance. Un romance que se sostenía bien en un espacio así, entre sombras, perdido entre la invisibilidad subterránea de la parte escondida de la ciudad y esos espacios oscuros en los que pasan todas las cosas que sostienen a los santiaguinos sin que estos se enteren. Así era fácil. Allí abajo a nadie le importaba que tuvieran la edad que tuvieran, ni que se dedicaran a lo que estaban haciendo. Pero no podían vivir abajo toda la vida. O al menos uno de ellos no iba a poder.



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Chile es un país donde la gente tiene la costumbre de acumular cosas. Quizás por su naturaleza sísmica, por vivir bajo esa incertidumbre de lo imprevisible, porque hoy todo está en pie y mañana se viene abajo. El mañana se le viene abajo a un país que se ufana de estar lleno de gente trabajadora y esforzada. Esforzado había que ser para irse a vivir allá en los comienzos de su historia. Situada en el territorio que a nadie le importó demasiado entre los virreinatos del Perú y de La Plata, la Capitanía General de Chile era un lugar de condiciones extremas y duras, donde había que trabajar para que algo creciera, mientras en el resto del continente la naturaleza se mostraba muchísimo más pródiga con sus pobladores, los viejos y los nuevos. Quizás por eso el afán de acumular. El chileno cree siempre que puede salir perdiendo, que puede despertarse y encontrarse con nada.
En conformidad con dicho afán de acumular, ciertos chilenos acumulan oficios, talentos a medio camino, habilidades que caen en zonas nebulosas donde ningún profesional ni técnico va a ir a meterse. Se les conoce como “maestros chasquilla” o sencillamente “maestros”. Arreglan calefones por la mañana, hacen trabajo de carpintería al mediodía y rematan el día estucando muros. Si sale un auto que reparar o dos, mejor. Si el problema no es muy grave, ellos lo solucionan. Saben de todo sin saber realmente de nada. Forma parte de la tradición republicana del país tener uno o dos ministros, como mínimo, que formen parte del gremio.
Esa noche, la noche de la fiesta, Juan Manuel, que sabía bien de eso de ser un profesional multi-propósito, hacía como que se interesaba en la colección de trastos de su anfitrión, un hombre de esos que deciden tempranamente que no aportarán nada nuevo al mundo, por lo que se dedican a recopilar trabajos de otros. O quizás simplemente tienen mucho tiempo libre. El estante con las Monedas del Mundo, las repisas con cerámica indígena, las paredes con afiches de películas, el baño con calcoma-nías de caricaturas de la década pasada. Todos los espacios del departamento parecían ser un conden-sado de cultura muerta. Es tan poco lo que separa al museo del basural.
Aún así rodeado de tanta parafernalia y por entre los mimos intermitentes de Nicole, por entre las miradas con distintos grados de incomodidad que los demás invitados le echaban, miradas que se volvían densas y molestosas, como cientos de punteros láser en medio de un concierto más bien aburri-do se las ingeniaba para no perder de vista al que fuera su socio y mejor amigo. Tenía claro a lo que había ido, sabía que Marcel no se iba a perder la oportunidad de verlo con sus propios ojos, y estaba bien que así fuera. Era todo parte del plan, por más que el plan no considerara la presencia de Gabriela ni del séquito de individuos que ahora lo miraban a él y a Nicole con cara de guarisapos encadilados. Se rió por lo bajo y pensó que todo el agobio no estaba más que en su cabeza. Nicole producía ese efec-to en la gente. Lo había producido en él, mal que mal.
Lo mareaba un poco el ambiente. Fiestas eran las de antes, ciertamente. Antes en la historia de la humanidad y antes en su historia personal. Con el correr de los años, los jóvenes cometían el craso error de querer comportarse como adultos, matando efectivamente cualquier esponteidad festiva. A veces ser adulto se trata precisamente de fingir ser adulto. En su cabeza. Juan Manuel establecía una ecuación y tarjaba algunos términos semejantes:
Ser adulto se trata de fingir.
Era algo que se lo había dicho Nicole, que estaba más en condiciones de encontrarle algo nuevo a ser adulto que él, y por ende lanzaba aforismos así más a menudo. Juan Manuel los estudiaba, los ponía de frente, de perfil y los miraba desde arriba. Al principio los cuestionaba más, ahora los disfrutaba de otra forma. Trataba de construir algo sobre ellos.
Ser adulto se trata de saber cuándo fingir.
Ser adulto se trata de saber cuándo fingir responsablemente para evitar que los demás sufran in-necesariamente.
No, de eso se trata ser papá. Y no son todos los demás, son sólo tus hijos. Se lo había dicho el papá de Marcel, un hombre sin grandes secretos ni que apareciera de buenas a primeras muy dado a fingir nada que no fuera un poco de sorpresa al ver llegar a su hijo un tanto acongojado de la escuela. Y Juan Manuel, que no era padre, pero que esperaba serlo algún día, había tomado la frase, la había do-blado y la había guardado ahí, en el pliegue de la otra, tanto más cínica, tanto más slogan.
Esa noche había ido a la fiesta a conversar con el rey de los slogans, con su (ex)amigo. Y su (ex)amigo había ido a conversar con él. A la primera oportunidad que tuvieron de sacudirse a los séqui-tos varios, sin que se notara mucho, se encontraron en esa zona fronteriza que comunica la entrada a la cocina con la recepción de los departamentos, una especie de limbo donde los asistentes a cada fiesta llegan a dar en distintos estados de ebriedad y timidez (las dos fuerzas que se debaten en el corazón de toda fiesta) y deciden si acaso unirse a la conversación principal, o si acaso necesitan hacer un alto e ir a la cocina, punto neurálgico para la gente que, más tímida que ebria, busca una conversación sólo ligeramente inconexa, profundamente honesta, y con ninguna intención de secuela. En la medida en que se percató de los movimientos de su compañero y acompañante, Nicole, ojos pequeños y brillantes como el más astuto de todos los animales en una fábula, fue conteniendo el movimiento y se retiró sólo cuando estaba asegura que su gesto garantizaba la conversación que iba a tener lugar pronto. Arrastró en su camino hacia la terraza, donde la otra mujer yacía mirando las estrellas, todas las miradas y atenciones posibles y, como en los mejores trucos de magia, cuando hubo concluido, el truco ya había pasado hace rato. La desaparición perfecta.


Sobre la azotea, los dos amigos se materializaban como los cándidos asistentes del público, como si los acabaran de reunir después de haberlos cortados en dos mitades ante la atónita mirada de la audiencia. Esta reunión, eso sí, era bastante más tensa.
Marcel, siempre más teatral y calculador, la inauguró prendiendo un cigarro. Así podría dominar las pausas dramáticas y poder tener un poco más de tiempo para responder, de ser necesario.
Ante semejante apertura, Juan Manuel no podía sino responder de alguna manera que balanceara las cosas hacia su lado.
– Como te habrás imaginado, el propósito de esta conversación es clarificar cómo y cuándo vas a ser asesinado.
Marcel lo miró, sólo ligeramente intimidado. Cuánta verdad habría en las palabras de su amigo, tras todo este tiempo. Palabras elegidas con la misma atención al detalle con la que se elige un cachorro de mascota, palabras destinadas a instigar algo de ternura, generar conversación y, eventualmente, crecer hasta volverse el tipo de guardianes que da miedo.
Desde antes de conocerse les había llamado la atención la forma en que Al Pacino dice, tanto en El Padrino I como El Padrino II “voy a ser asesinado”, como parte de una enumeración de lista de su-permercado. Como si todo fuera parte de un plan. Desde sus respectivas esquinas, los dos habían admirado esa frialdad, ese desapego de aquellos que, aún rodeados de matones, estranguladores y decapitadores, logran ser peores que todos juntos a sola fuerza de tener un temple resuelto y decidido. Ese era el Gran Juego, pensaba Marcel. De eso se había tratado todos estos años, de ver quién mantenía la vista más fija, quién pestañaba después. Y no iba a ser él.
– Ah, pero si me matas, sólo me voy a volver más poderoso de lo que podrías imaginar.
Citar a Obi-Wan Kenobi a minutos de encontrar la muerte a manos de su antiguo aprendiz cumplía perfectamente todos los propósitos que Marcel podría tener: reconocía su amistad antigua, lo ponía a él en condición de maestro, era una referencia pop. Le iba a ir bien en este juego.
– ¿Sí? ¿Se puede ser más poderoso que Marcel Arteaga? Pensé que eras dueño del país a estas alturas.
– Pero qué exagerado. De la mitad del país nomás. Aparte, qué aburrido sería ser dueño del país ente-ro. No tendría estas manifestaciones que aplacar ni me entretendría con los ilusos que les ponen bombas a mis edificios y después tiran panfletos. ¿Sabías que el último dice que saben quién soy y que me van a matar cuando menos lo espere? Así es que no te asustes si ves tres puntos de una mira telescópica o algo. No es que venga depredador. O quizás sí manden a Depredador a despacharme.
Juan Manuel sabía muy bien de estas cosas. El panfleto lo había escrito Nicole al lado de él. Y ahora sabía que Marecel sabía también. No tenía mucho caso hacerse ilusiones de lo contrario. Lo frontal de su otrora amigo lo hizo perder el foco y sintió un extraño vértigo, como no sentía hace mucho tiempo, una debilidad en las rodillas, como si el piso se le fuera a ir encima. Caminó hacia el borde de la azotea y miró a los edificios de al frente. Seguía la música. Sonaba algo de Led Zeppelin
– ¿No te pasa a veces que sientes que algún día tus hijos van a tener una banda y van a tocar covers de todas esas canciones que te gustaban cuando eras adolescente? Y que en el momento mismo en que los oigas te vas a ir a la chucha. Te vas a ir a la chucha porque te vas a dar cuenta que te fuiste a la chucha hace dieceiséis, diecisiete años. Viviste dos décadas corriendo en el aire como el Coyote después de que el Correcaminos lo ha dejado atrás. Y así, dejado atrás, vas a encontrar este momento, esta decisión; y vas a saber que te equivocaste y que esa debería ser tu banda y no deberían estar tocando covers, deberían estar tocando tu canción.
– Por eso es que no planeo tener hijos, para evitarme miserias como esa. Pero no, en serio, no creo en esas cosas. En la vida como una colección de oportunidades perdidas y arrepentimientos y todas esa hueá. ¿Tú sí? Cualquiera diría que has pasado los últimos veinticinco años sentado detrás de un es-critorio, marcando tarjetas de 7 a 7, aguantando un jefe que es más tonto que tú pero que nació con mejores amigos, oprimido por un mando medio de mierda que es más tonto que tú y tu jefe juntos pero que gruñe como bulldog a cada comentario y jura que no se equivoca nunca. A mí me parece que hemos vivido una buena vida.
– Sí, pero…
– ¿O te están dando ganas de formar una banda? ¿De eso se trata este retorno a la civilización? Por-que no hay tal cosa como oportunidades perdidas. Si lo calculas bien, todo es una oportunidad, de todo puedes sacar ganancia. Mírame a mí, sino. Una y otra vez he tenido problemas, pero de cada caída me he levantado mejor y más indestructible. Ha muerto gente en esos bombazos, te cuento. Y por cada muerto no he encontrado más que familias agradecidas, gente que me mira, sonríe, aprecia el gesto amable y juran que van a estar conmigo en todas.
– Hijo de puta.
– ¿Qué? Me va a decir que te sorprende ahora. ¿Qué iba a hacer sino? A eso me refiero. De todo se puede sacar algo. No hay tal cosa como un irrealizable.
– El rey de los slogans.
– Esa es nuestra cultura, JM. Eso es todo lo que va a quedar de nosotros: un obituario, un recuerdo breve. Un slogan, replicándose una y otra vez. Esas son las cosas que perduran y lo que perdura es importante y no al revés. Nadie se acordaba de las fechas de las grandes catástrofes hasta que las volvimos una marca, 11/S, 27/F, 21/12. Pasa lo mismo con todo. Entonces…¿de qué te vas a arre-pentir si tú mismo has hecho tu parte en levantar todo esto?
– ¿Yo? ¿Qué tengo que ver yo con esto? Yo quería hacer películas, contar algunas historias, vivir tranquilo…
– follarte adolescentes, a juzgar por tu compañía actual…
– …tú eras el de la ambición y la ambición te ha sentado bien. A costa de todos nosotros, sí, pero ahí estás, un tirano más. Camino a ser un viejo gagá que cree que todo es una guerra y todos están en contra de él.
– Yo no fui el que derrumbó todos esos edificios.
– Eran sitios en construcción.
– No todos. Y no todos estaban vacíos. Y lo tienes bien claro.
– …
– Se necesitan dos para esto, JM. Como todos los actos de magia, las estafas, todo. Alguien tiene que organizar el carnaval mientras los otros se roban el país. Alguien hace de víctima, el otro de ejecutor y mientras todos están mirando el espectáculo ni se enteran de lo que está pasando detrás de ellos. Debimos haber filmado esa película.
– ¿Y tu punto es?
– Ninguno. No quiero que pierdas la perspectiva nomás, ni creas, por un segundo, que tienes algún ti-po de ventaja moral en todo esto. Quiero que sepas que sé, que siempre he sabido lo que has estado haciendo, y que entiendes que con eso no has hecho más que ayudarme, y que me vas a seguir ayu-dando. Yo sé como termina todo esto…
– ¿ah sí? ¿Qué es esto? Otra Realización de Arteaga Producciones.
– Esto. Esto es la Realización de Artega Producciones. En el más estricto sentido de cada una de esas palabras.
– ¿Quién escribe tus diálogos? Despídelo y contrátame a mí mejor, por la misma plata te puedo dejar hablando un poquito menos como El Villano Invitado.
– Y yo que creía que tú eras ese. ¿O en medio de todo este entuerto, esta Cabalgata Deportiva de la Irresponsabilidad se te pasó por la cabeza que tú eras el héroe? Yo no soy el que anda poniendo bombas, Juanitomanuel.
Fue en ese momento que Juan Manuel se dio cuenta que nunca antes, en todos los años que lo había conocido, había tenido ganas de estrangular a su amigo. Juntar sus manos en torno al cuello, dejar que el largo de sus brazos lo protegiera de cualquier pataleta que este pudiera hacer y apretar, apretar, apretar. Constantemente, buscando la asfixia, aunque con la suficiente fuerza para quebrar lo que se pudiera quebrar. Triturar cartílagos y huesos por igual. Nunca, en todos esos años ¿Cómo no se le había ocurrido? Cuando eran chicos habría sido, oh ironías de la vida, tan fácil. Ahora ya era un poco tarde para esas cosas. Por más que mantenga su estatus de clásico de todos los tiempos, la violencia física es como la moda, llega un momento en que sólo acentúa lo ridículo y viejo que eres.
Lo miró con cara de Toro Salvaje, le telegrafió de todas las formas posibles que podría muy fá-cilmente tirarlo azotea abajo. No iba a ser ni la primera ni la última fiesta capitalina que terminaba así.
– ¿Me vas a empujar? Podría ser, podría ser. Tanta gente toma de más y se cae así, de la nada. La impresión de volver a ver a un viejo amigo, tras tantos años, también, cosas que te afectan y hacen que las rodillas te tiemblen y te de ese extraño vértigo que sienten los que han tenido accidentes con caídas catastróficas. ¿No te pasa? Lo que sí tengo que decirte que no he tomado nada esta noche, así es que va a ser un poco difícil justificarlo por ese lado. Además… – hizo el exagerado gesto de sacar un reloj de cadena y mirar la hora – tengo que estar en otra parte. Y me imagino que tú también.
Con un gesto rápido apagó el cigarro contra el piso, se dirigió hacia la puerta que comunicaba con el interior del edificio, pero vaciló un instante y se devolvió, recogió la colilla y la tiró hacia la calle desde lo alto. Juan Manuel parecía ni siquiera estar ahí, a tal extremo llegaba su intento por sofocar las ganas de triturar al que fuera su amigo. Marcel a veces tenía ese efecto en la gente.
Pausada y artificialmente, Marcel bajó las escaleras. Su corazón galopaba como si lo persiguiera una jauría de perros, como si alguien acabara de comunicarle cuándo y cómo sería asesinado. Sabía que abajo estaba Gabriela, sabía, o intuía, lo que iba a pasar a continuación. Esto no era una cita con una mujer cualquiera.Esto era una cita con el destino mismo.
Arriba, en la azotea, las primeras gotas de una larga lluvia empezaban a caer. Juan Manuel, un poco menos polarizado, había canalizado su ira hacia nuevos planes y nuevas bombas y nuevas tácticas de guerrilla. Una organización sin cabeza visible no puede ser pisoteada. Y la cabeza de Arteaga Producciones era tan visible.

Dejó que la lluvia lo mojara un poco más, después comenzó a bajar las escaleras.

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