VII. LA PARTE DE GABRIELA










En algún punto del tiempo, las inmobiliarias de Marcel Arteaga construían y construían, torre tras torre, edificando hacia lo alto, intentando no sólo tocar el cielo sino también monopolizarlo y hacer de la idea del cielo una franquicia de Industrias Arteaga. Eran esos los años en que Juan Manuel Urzaiz caía y caía, y una vez caído se propuso tumbar todo aquello cuanto su amigo levantar y, más aún, tumbarlo todo y punto. Dos fuerzas alejándose frenéticamente, como dos luchadores tomando vuelo antes de lanzarse el uno contra el otro.
Después de esa noche, después de la que sería una intensa conversación en la azotea, los dos hombres en su masculina estupidez se alejaron frenéticos, acelerados; sintiéndose como dos trenes en una intersección, jurando ser como los dos samurais que ya han dado el corte y esperan que la cabeza del otro ruede por el suelo en cualquier momento. Mientras todo esto pasaba, mientras se alejaban en-ceguecidos, Gabriela Gutierrez recién estaba comenzando a moverse. Sentía que el tiempo a su alrede-dor se derretía, se fundía en un deshielo lento al principio, de a poco más y más precipitado. Como si el invierno hubiera terminado de pronto.

Gabriela Gutierrez llevaba más de un década congelada en el tiempo.

Mujer ambiciosa, avezada, resoluta y de innumerables talentos, se encontró un día confiando, cayendo en la trampa de un momento perfecto. No habiendo necesitado realmente nunca a nadie en esta vida, viviendo un lúcida independencia que había heredado mediante algún tipo de osmosis de su madre y de los años viviendo en el exilio, terminó construyendo un espacio de ficción, una aventura para vivir sola, puesto que no había quien estuviera en condiciones de acompañarla, un futuro perfecto y sin riesgos. Lamentablemente, la persona justa para acompañarla apareció antes de que Gabriela hubiera hecho madurar su fantasía lo suficiente para poder hacer concesiones con aquellos que algunos gustan de llamar “realidad”.

Cuando conoció a Juan Manuel, este le pareció un tipo de lo más arrogante y pesado. Guapo, sí, pero de esos que se saben guapos y esperan que el mundo gire en torno a ellos, de los que creen que todos se mueren por él. Gabriela había conocidos alrededor de doscientos de esos en su corta vida y sabía bien cómo tratarlos. Sin mayores intenciones de cortejo ni de hacerse la interesante,procedió a ignorarlo. Le habría bien saber que NO TODAS se morían por él.


Y sin embargo…


Y sin embargo no era una mala persona el tal Juan Manuel. Tenía un buen corazón y una genuina buena disposición para con el tal Marcel, el compañero extraño que a todo el resto del curso le ge-neraba una desconfianza extraña y les parecía demasiado repelente para siquiera considerarlo mucho en su diario vivir. Tenían algo esos dos. Una amistad quizás un poco paternalista, pero una amistad genuina al fin. Una de esas sociedades que funcionan perfecto a pesar de sí mismas.
Se encontró pensando más y más en ellos con el correr de los días. Había visto una revista con fotos de rockeros veinte años después y se había sorprendido de lo deforme que era Mick Jones así de pelado. Juan Manuel y Marcel, había pensado en ese momento, eran como Joe Strummer y Mick Jones. Su forma de inventar cosas, con esa suerte de irreverencia intensa, a veces tierna de lo ingenua que podía llegar a hacer, pero que a veces era increíblemente aguda y podía, intuía Gabriela, llegar a ser genuinamente peligrosa, como las mejores duplas creativas. Sí, Marcel como Mick Jones y Juan Ma-nuel como Strummer. Marcel como el Jones pelado y viejo eso sí. Juan Manuel como Strummer de jo-ven, jeans blancos y polera roja en el Rock Against Racism del 76.
El problema estuvo en que ninguna de sus amiguitas de la época iba a entender la imagen, pen-dientes como estaban de los últimos acontecimientos del pop adolescente. No tenía cómo explicarles siquiera quienes eran Joe Strummer y Mick Jones, así es que no le quedó otra alternativa que reírse sola al verlos. Así, de a poco fue queriendo acercarse más a ellos, pasar el poco tiempo que había entre cla-ses, hacer trabajos en grupo juntos. Juan Manuel rotaba de polola en polola, así es que no había mucha chance, pensaba ella, de verlos fuera de la escuela. Y para qué iba a querer verlos fuera de la clase ¿verdad?
En esos años, decir en voz alta “me gusta [INSERTE AQUÍ NOMBRE DEL OBJETO DEL DESEO ADOLESCENTE]” como un conjuro, destinado a alterar radicalmente la realidad de las co-sas simplemente articulando un puñado de palabras. La potestad de la magia de las palabras, como con todas las magias en su comienzo histórico, le pertenecía particularmente a las mujeres. De los hombres se esperaba un cierto actuar cavernícola, de gestos amatorios tan amables y gráciles como un garrotazo en la sien. Había, como siempre los hay, algunos individuos adelantados; poseedores innatos de los rudimentos necesarios para hacer fuego y conseguir que todas se rindieran a sus pies. Pero eso es otra historia.
Las mujeres en su círculo podían iterar la fórmula mágica y el mismo círculo de inmediato las haría de caja de resonancia, enviando así las señales necesarias para que el macho cavernícola pudiera salir de caza. A veces tomaba más esfuerzos que una mera insinuación y nunca faltaba la enviada espe-cial a esclarecer la situación hasta que fuera imposible hacerla más obvia. Los hombres siempre han tenido problemas con lo obvio.
– Me gusta – Alcanzó a decir Gabriela Gutiérrez, 17 años.
– Ah, ya la viste – dijo, semi-desilusionado Juan Manuel Urzaiz, 17 años y medio.
– Pero la vería de nuevo. Feliz – dijo Gabriela Gutierrez, empezando a pensar si acaso ese “feliz” no había sido, como quien dijera, un poquito musho.

Y así quedó concertada su primera “cita”. Que no era realmente una cita, era ver una película. Una película vieja más encima. Un poco pretenciosa quizás. La cita, no la película. La película era 81/2 de Fellini. Exactamente el tipo de cosas que les salía natural a Juan Manuel y compañía. Y era por esas coas que Gabriela quería pasar más tiempo con él. Nada más.

Era TAN una primera cita.

Asa Nisi Masa.
La invocación, que en la película es el espíritu, el ánima en jerigonza, la palabra mágica que hace que las imágenes se muevan, que lo inanimado cobre vida y la vida entera se desborde, no fue suficiente para concretar el encuentro. Pasó algo y alguien hizo algo que hizo que algo más que termino haciendo que no pudieran juntarse y así se fue una semana y la otra y sucedió que el fin de año llegó inexorable y entre pruebas y disertaciones no había tiempo para más que dormir y quizás ir a una fiesta o dos y para colmo Gabriela se iba a pasar el verano entero con su padrastro en Venezuela, y si acaso no quisiera ella ir a la fiesta de cumpleaños de Eduardo con él.
– Me gusta. Ya fui pero iría de nuevo. Feliz.


Y Juan Manuel se devolvió al pupitre donde Marcel estaba tomando copiosos Apuntes para Algo sin percartarse que a su alrededor el resto de los cavernícolas se arrejuntaban para dejar salir una pro-funda entonación ululante.

-UUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUH

Y la fiesta fue linda y torpe y perfecta. Bailaron los mismos éxitos de los que se burlaban durante la semana. A Gabriela le gustaba. Iría de nuevo. Feliz.
Bailaron un lento y todo y la tensión de la inevitabilidad del beso le parecía deliciosa e insoporta-ble por partes iguales. Le sorprendía lo torpe que podía llegar a ser el engreído y pesado Juan Manuel.

Tres semanas después se encontraba pensando precisamente en ese momento, el instante en que uno sabe que las cosas van a cambiar para siempre y cuando uno no puede hacer más que dejarse lle-var a la deriva del Tiempo como en un rápido acercándose inexorable a las cataratas mismas de lo des-conocido.
Pensaba en eso cuando sonó el teléfono de su casa. Juan Manuel la llamaba todos los días, a pesar de sus advertencias en pro del presupuesto familiar. Adoraba hablar con él, pero no quería incurrir en la cólera familiarr, llevándolos a la bancarrota vía Discado Directo Internacional, antes de siquiera conocerlos en persona.
Pero esta vez el llamado no venía por DDI. Ni siquiera por su pariente pobre, el Discado Directo Distante. Juan Manuel estaba en un terminal de buses…
Y si bien Gabriela casi no dejó caer el teléfono en lo que se demoró en ir a buscarlo, al llegar lo encontró en mal estado, como si hubiera llegado caminando desde Santiago o desde más lejos, incluso.

Pasó las primeras semanas de verdadero pololeo siendo su enfermera, teniéndolo a su disposición, dependiente de ella en más de un sentido. Lo más raro de todo esto era lo bien que se sentía, lo increíblemente feliz y en paz que la hacía sentir… acaso era ese el instante que tanto había buscado. Acaso su compañero de viaje perfecto dormía ahí, afiebrado bajo su mirada atenta y cautelosa.
Las semanas siguientes a la recuperación total de Juan Manuel fueron la prueba empírica de la existencia de la felicidad. De esas que descuadran todos los márgenes y alteran todos los planes, rebo-zando y rebalsando el sistema y las expectativas de hasta el más centrado de los mortales. De esa que hace que la gente tome decisiones insospechadas, se ponga anillos y compre propiedades conjuntas.
Nada de eso pasó entre Juan Manuel y Gabriela. Lo que sí pasó aconteció a un nivel tan privado, secreto e intenso que ni siquiera ellos mismos se dieron cuenta.
Años después, en cada pelea, en cada separación, en cada “nunca más”, Gabriela sentiría esos días de felicidad jalándola como un campo gravitacional imposible. A veces como la estrella más bri-llante, a veces como el más denso y oscuro de los hoyos negros.
La felicidad pura a veces descuadra nuestros valores e impide que jamás los podamos volver a poner en el mismo lugar. Jamás.

Cuando salió corriendo, esa tarde, después de la quebrazón de los platos, que había empezado siendo un gran gesto definitivo, pero que pronto se vio borrado por la ridícula insignificancia de su es-cala en comparación con la quebrazón de la ciudad en general; Gabriela supo que lo que estaba ha-ciendo era dejando atrás un período completo de su vida. De un portazo intentó cerrar un pasado que contenía en sí la idea de un imposible futuro perfecto.

Pero es difícil sacudirse una idea tan poderosa y tan bien alimentada por el entorno desde la in-fancia hasta la adultez, como la del futuro perfecto. La idea que la hacía seguir adelante y tolerar más de lo que realmente estaba dispuesta a tolerar era como un secreto perfecto. Como tener una idea mi-llonaria o encontrarse con un boleto premiado, Gabriela vivía sabiendo que sólo ella podía apreciar lo inmenso de esta felicidad y esa era su cárcel y su refugio. Si hubiera confiado plenamente en alguien, en cualquiera de sus amigas, en cualquiera que no tuviera nada que ver con el mundo de Juan Manuel y Marcel, se habría quizás dado cuenta de lo absurda de su prerrogativa; pero así, protegida por el secre-to, no tenía cómo saber que lo que le pasaba no era ni lógico ni normal.
Aún así, tras el portazo, tras el estruendo y el terremoto, no miró atrás nunca. No incurrió en la tentación de llamar al ex para saber si todos estaban bien en casa ni nada por el estilo. El pánico gene-rado por El Evento había sido mucho y ya había bastante de que hacerse cargo en casa para andar llamando a alguien a quien se pretendía olvidar.
Fue su (ex)suegra la que la llamó para darle las noticias. En verdad, la llamó con la esperanza de que las noticias no fueran sino un error de esos que pululan por las situaciones catastróficas cuando las comunicaciones fallan. Pero Gabriela no sabía nada de Juan Manuel y no lo había sabido por días. Tras la llamada sí supo algo, o al menos lo sintió. Sintió que si Juan Manuel no aparecía todo lo que había hecho hasta ese punto no iba a valerle de nada. Se iba a quedar esperando, viuda de nadie, como se espera que vuelva un astronauta que se perdió el transbordador a casa. No quería decirlo en voz alta, y no quería siquiera articular las palabras una junta a otra en su mente. Se iba a quedar esperando como se espera a un detenido desaparecido.
Cuando el polvo empezó a asentarse y los escombros fueron removidos, Gabriela hizo todas las averiguaciones de rigor. Recorrió todos los hospitales, visitó todas las comisarías, no dejó espacio al-guno sin peinar. Se encontró desarrollando un lazo de amistad con su (ex)suegra y viviendo una vida suspendida así en el tiempo. Alrededor suyo, el espacio empezó a converger, desgastándola. Su aspecto descuidado reflejaba su estado fósil; acumulaba kilos y desaliños como un río acumula sedimentos. Si al dejar a Juan Manuel estaba jurando que nunca más se encerraría así por nadie, al no poder cerrar el proceso había vuelto a la misma cámara de frío.
De niña había visto el incendio de una torre por televisión. Allá en Chile, una torre diseñada para ser el espejo de las torres gemelas de Nueva York se encendía desde su décimo piso. El padrastro de Gabriela viajaba a Santiago por esos días. Y hacía negocios en esa torre. Desde su pantalla remota, Gabriela sentía como el pánico se expandía desde su pecho hacia todo su cuerpo, paralizándola de la incertidumbre. Pensó en llamar a su mamá, pero no iba a saber bien qué decirle y si acaso tendría algún tipo de caso. El suceso mismo estaba tan lejos.
Aún así, el instinto pudo más y fue a buscar el auricular del teléfono de su casa, que estaba no tan lejos del lugar donde el televisor le seguía mostrando gente que clamaba por ayuda, gente que rompía vidrios para poder respirar. En eso alguien saltó al vacío, con la esperanza de caer en una feble malla que los bomberos habían puesto para contenerlo. Y falló.
Del solo estremecimiento Gabriela Gutiérrez dejó caer el auricular que apenas sostenía con su pequeña mano izquierda. Se puso de pie, como si así fuera a poder mirar en perspectiva más de lo que las imágenes le mostraban. Quería asegurarse que no fuera de su padrastro el cuerpo caído y fractura-do, el cuerpo que ahora retiraban los bomberos en camilla, mientras el periodista lo daba por muerto o fallecido, como si fallecer fuera menos duro que morir. Alcanzó a vislumbrar la vida de su madre viuda y su vida como huérfana. Pudo pensar en la forma en que se había reído de un compañero que no tenía papá, sólo porque los demás habían empezado a molestarlo y cantarle cosas, algunas de las cuáles eran genuinamente graciosas. Nunca más. Pensó que no lo haría nunca, nunca más. Y fue entonces cuando se percató que lo que estaba viendo eran imágenes de archivo, que había pasado hacía dos años ya, cuando nadie que ella conociera realmente estaba en las dependencias de esa torre.
Gabriela tenía entonces cuatro años. No le contó esto a nadie jamás. Aún así, lo recordó siempre.

Años después, ya viviendo el país aquél, le tocó visitar la infame torre que la había hecho experi-mentar por primera vez la angustia del tiempo congelado. A medida que se acercaba, sintió que algo se volvía más espeso en su sangre, algún anticuerpo diseñado para prevenirle un mal rato, para hacer que se quedara un poco más en el tiempo. Se sacudió la sensación pensando en otra cosa. En su carrera, en su futuro. Llevaba años sin saber de Juan Manuel y Marcel sólo aparecía en su vida para invitarla pe-riódicamente a salir. Por lo general le inventaba excusas, aunque las más de las veces no tenía que in-ventarlas. Su vida estaba mejor así, ocupada en ella misma y ocupada en general.
Sus estudios de derecho habían llegado hasta la licenciatura, punto en el cuál recibió su primer cartón y decidió que el ritmo de vida de una auténtica abogada le sería insufrible, por lo que optó por iniciar su propio negocio. Seguía teniendo muchísimo talento para el diseño y la universidad le había dado un mundo de contactos, entre los que destacaban un par de amigas, condenadas a ser esposas-trofeo de algunos de sus compañeros, a quienes Gabriela había jurado secretamente rescatar de su anodina vida. Y le estaba funcionando. Y con ello volvía esa sensación de resolución absoluta, quizás su característica más esencial y atractiva. Se sentía bien.
A medida que el vehículo avanzaba y la torre se hacía más y más grande se sentía un poco menos nerviosa y un poco más tensa. Era, después de todo, una reunión importante, donde se discutiría el financiamiento de una nueva línea de productos infantiles. Gabriela siempre se sentía más cómoda en las reuniones en las que tenía que mostrar catálogos de parafernalia adolescente, la que muchas veces vestía ella misma, aprovechando las pocas marcas que el tiempo había dejado en su cara; pero negocios son negocios y la plata estaba ahí, en la compra compulsiva de los padres para los niños, en la dictadura de la moda para el futuro.
Cuando bajó del auto y se encontró en el zócalo de entrada a la torre no pudo contener la mirada hacia arriba. Levantó su cabeza y quedó suspendida en la simpleza arquitectónica de esta, la torre que había conseguido parar el tiempo. Inevitablemente, la contingencia internacional la hizo completar la torre con pisos fantasma, recordando aquellas que fueron tumbas y cayeron en perfecta demolición en otro lado del mundo. Torres que habían caído para no levantarse jamás.
– Iban a ser dos torres.
– ¿Cómo?
A su lado, su asistente, nerviosa por llegar ligeramente atrasada, nerviosa por ser más o menos nueva en el puesto, y nerviosa porque era una de esas personas que siempre andan ligeramente nervio-sas, como vibrando suavemente; intentó apurar el paso con el dato rosa del día:
– Cuando la construyeron la idea era que fueran dos torres. Por eso también se parece tanto a las To-rres Gemelas. Tenía una gemela, pero costó mucho vender las oficinas de esta, así es que construir dos era poco rentable…
– (Una gemela abortada)
– …hay que pensar que en esos años esto era bien periférico a Santiago, no estaba la autopista, el centro financiero estaba lejos. Así es que finalmente quedó sólo esta torre. Que casi se quema ¿se acuerda? Yo ni había nacido, pero mi papá siempre me contaba. Hablaba del infierno en la torre.
– …
– Y ahora tenemos que ir a nuestro propio infierno en la torre, Gabriela ¿vamos?

Y fueron. Sin nervios ni tensión alguna, Gabriela hizo la presentación perfecta, como una rutina de ballet. Cada tanto miraba por la ventana, intentando vislumbrar el fantasma de una torre.

________________

Le tomó tiempo recuperar el que había perdido. Con los años pudo llegar a perdonarse la necedad y pactar una suerte de tregua consigo misma basada en la siguiente versión de la realidad: si no hubiera estado detenida esos años, si no se hubiera quedado esperando algún tipo de cambio en Juan Manuel en pos de un proyecto común; nunca habría llegado al punto de su vida en el que estaba ahora. Hubiera bastado con el más pequeño de los cambios para propulsarla en una dirección completamente distinta, y le gustaba el lugar donde estaba, le gustaba la persona que era. El calvario había terminado siendo una prueba y ella, Gabriela Gutierrez, única heroína y personaje principal de su vida, la había pasado.
Cuando supo que Juan Manuel había vuelto de donde quiera que hubiera estado metido todos estos años, entendió que a la gran prueba de su vida le esperaba un examen de defensa. Precisamente el tipo de experiencias que le había hecho abandonar el prospecto de la abogacía. Enfrentada así ante una doble tribulación, la llamada mensual de Marcel con sus invitaciones le pareció como una manifiesta señal del destino: había una fiesta y Juan Manuel estaría ahí. Este era el final de su capítulo.
La experiencia fue tortuosa, pero la sobrellevó hidalgamente. Todo lo mal que lo pudiera pasar obedecía a un designio simbólico mayor. Así, la espera tensa, las horas hasta que llegara el momento, los incómodos y torpes avances de Marcel, todo parecía refleja un momento de su vida. Se encontró confrontando y derrotando a la mujer tímida que había crecido en torno a ella durante sus años como parte del trío creativo aquél; conociendo gente a pesar de los poco interesantes aspectos que tenían aquellos que no tenían intimidantes aspectos. Conversaba, de hecho, con un arquitecto que aspiraba a irse a vivir a lo más profundo del desierto de Atacama a tocar el laúd y (susurraba) encontrar el armónico fundamental del universo. Gabriela intuía que estaba a dos comentarios de invitarla a dejarlo todo e ir a buscar dicha resonancia musical cuando la puerta se abrió y el tiempo colapsó como si alguien hubiera retirado el tapón de la tinaja donde los últimos diez años de experiencias se habían acumulado.

El mareo inicial fue fuerte, pero lo contuvo bien. O eso creyó al menos. Se sorprendió buscando a Marcel, como el borracho busca el poste. Lo encontró al tiempo que procesaba la dificultad agregada de verlo acompañado de alguien más. La niña, por no decir la pendeja, que lo acompañaba alternaba entre despreciarlo y colgarse de él como hiedra desesperada. Por independiente que fuera, la muchacha parecía estar atada por cadenas invisibles. O quizás era él el atado, no podía saberlo todavía. Pero lo más insultante eran los diseños en la ropa “de combate” del adefesio ese. Gabriela conocía el catálogo completo de sus creaciones y jamás olvidaba un modelo, una textura, un efecto de color.
Fue esa misma sensación, la recargada intensidad de verse creadora de sus propios demonios, la que le dio la fuerza para pasar la noche. Se acercó a saludar, discreta, dándole espacio a Juan Manuel para gravitar hacia ella, sin desesperación. Tomó un trago con calma y recién al segundo, cuando todo el estruendo de la recepción al recién retornado ya había cedido que se puso a tiro de conversación.
– ¿Qué es esto? ¿Una bienvenida sorpresa?
Fueron los incómodos intentos de Juan Manuel por tender un puente más o menos risible a través de la incomodidad. Gabriela ahora tenía que elegir: podía reírse y caer en el juego, como si nada hu-biera pasado; o podía cortarlo en seco y acabar con todo. Eligió la tercera opción, la sonrisa compasiva y defensiva. La suya, había decidido Gabriela al hacerse real cargo de su vida, no sería una historia de absolutos e hipérboles. Aún as, o quizás precisamente por eso la conversación se le hizo insoportable e insostenible. En este tiempo Gabriela había tomado caminos mucho más calmos, análogos, de a pie. El hombre frente a él conversaba con toda la delicadeza de un amplificador chillando de retroalimentación. Comprendiendo el panorama general de las cosas, abandonó cualquier intento de hacer contacto con él rápidamente. Tomó otro vaso y salió al balcón, al tiempo que Marcel y Juan Manuel quedaban atrás hasta desaparecer de escena. Se sentó en una silla de playa que daba al edificio de al frente, donde aún aullaban los jóvenes de la fiesta realmente festiva. Saboreó su trago, dejándolo reposar en la boca, jugando a moverlo como las olas frente al mar que debería estar frente a ella. Sonrió de saberse pensando así, de ver el mar y las luces de la fiesta en la otra orilla.
Cuando miro a su derecha se dio cuenta que la pendeja estaba sentada a pocos metros, en una actitud parecida, pero radicalmente distinta. Todo en ella parecía tener puntas: la chaqueta, las botas, el pelo, sus silencios. Quiso hablarle, sólo por un segundo. Preguntarle, quizás, de dónde había sacado esa polera, qué pensaba del diseño, cómo había conocido a Juan Manuel, a qué se dedicaba… algo en ella tenía el desplante de las auténticas estrellas del rock, esas que muchas veces se mueren sin que na-die sepa que vivieron y murieron en un desenfreno extático y de las que sólo se viene a saber por los recuentos de otros, los que vivieron para contarlo. Probablemente sólo era una punkie a destiempo, un anacronismo más. Tantos años de evolución en la moda y siempre hay un eslabón perdido, siempre hay alguien reciclando una época a destiempo y así todo se va mezclando. Gabriela cerró los ojos, trató de verse a la edad de la muchacha, trató de evocar la sensación de cerrar los ojos y ser así de joven, de saber así de nada de nada.
– La vida es así. Está llena de incertidumbres, miserias y mentiras a medias. Pero cada tanto hay ver-dades a medias que nos entusiasman y nos hacen seguir, nos mediodeleitan y salimos corriendo ha-cia esa otra mediofelicidad que en verdad no llega nunca, pero que siempre está ahí, esperando, di-ciendo “ven, ven”. Y lo mejor de todo es que en el proceso, en las incertidumbres y miserias esas se pasa tan, pero tan bien.
Habría sido su consejo para la muchacha, que no podía tener más de diecinueve, claramente, si sólo esta hubiera estado ahí para oírlo. Cuando Gabriela abrió los ojos estaba sola en la terraza. Tenía frío y pensó que quizás se había quedado dormida por un rato, pero no tenía cómo saberlo. Entró y los vio. Marcel y Juan Manuel. Habían discutido. Nadie más se habría dado cuenta y la verdad es que no había ningún tipo de evidencia de esto que fuera comprobable por un observador imparcial, pero Ga-briela lo sabía. Lo sentía y percibía como un radioaficionado en la frecuencia justa. Le molestó un poco sentir esa frecuencia ahí aún, como si no lo hubiera dejado del todo atrás. Quizás siempre le llevaría consigo. Quizás envejecer era eso, dejar de abandonar las cosas y llevárselas a cuestas sin saberlo realmente. No lo tenía del todo claro, esto de dejar pasar el tiempo era una experiencia nueva.
Ponderó las cosas y decidió que era hora de salir de ahí. Lo vio a Marcel, pobre Marcel, mitad buen tipo, mitad egoísta hijo de puta, siempre en conflicto entre lo que realmente quería y lo que se esperaba que quisiera. Si hubiera salido con él todos esos años atrás quizás la habría adorado y hoy serían una de esas parejas perfectamente suburbanas donde él trabaja en cosas que en realidad no le satisfacen porque su felicidad es ella, y ella sería una mujer plena y realizada y feliz…y ligeramente incómoda de tener a un hombre que no parece estar muy motivado con nada. No estamos para hipotéticos, pensó y le hizo un gesto de cabeza a Marcel, que este pareció no captar del todo.

– Vámonos de aquí.
Para ser un tipo tan brillante y un hombre de negocios ridículamente prospero, Marcel podía ser tan lento con estas cosas. Los hombres y lo obvio.
– A tu departamento.
Gabriela sabía que lo que venía después era un gesto necesario. Ni una utilización ni una cruel-dad, simplemente el paso de un estado a otro, su ticket de salida de una historia que ya no era la de ella y que estaba bien que así fuera. Si se hubiera ido sola a su casa esa noche habría quedado esa posibilidad, ese hilacha colgando, como el camino de retorno al laberinto y la curiosidad habría sido mucha, habría sido más que ella. Estaba clara de ese hipotético al menos. La llamada inocente que de inocente no tendría nada, el encuentro furtivo, los enredos posteriores. Y no quería enredos posteriores. Por eso fue, ritualmente, a donde quería ir, estuvo con el hombre con el que podría quizás haber estado tanto, tanto tiempo atrás si hubiera querido y llegada la mañana se fue. Tomó las cursilerías como parte del trayecto nomás, la música de fondo, las premuras en las caricias y las frases cliché, todo contribuía a darle la sensación de que estaba experimentando una vida alternativa, un camino a no ser recorrido nunca, nunca. El alcohol ayudaba también.

La mañana siguiente se despertó con la mente absolutamente despejada. Se escabulló de debajo del brazo de Marcel y se vistió en el living, donde quedaban algunas prendas esparcidas todavía. El sol de la mañana entraba por la ventana, volviendo al aire denso y espero, de ese que parece ser escalable. Miró el departamento, revisó unos cuadernos de apuntes que había por ahí, medio tentando a la curio-sidad y el destino. Respiró, segura y se decidió a salir por la puerta, con el mayor sigilo posible. Era la hora de abandonar esta historia y de empezar una nueva.

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