VI. DOES ANYBODY REMEMBER LAUGHTER?








Fiestas eran las de antes. Las de antes de esa noche. Las de antes, cuando éramos jóvenes, cuando a la mitad de nosotros no le había dado ese ataque de pudor a hacer el ridículo que es creerse “adultos”. Cuando la otra mitad de nosotros no estaba demasiado cansada por las cosas que había que hacer, y cuando los otros, los que nunca estuvieron en ninguna de las dos mitades estaban vivos todavía.
No es que me importara mayormente. No esa noche al menos. La calidad de las fiestas se vendrá abajo con los años, pero los motivos para ir son siempre los mismos. Encontrarse con alguien, escaparse de alguien, buscar pendencia o buscar acueste. Cuando todas las anteriores se juntan, uno sencillamente no puede negarse. A lo largo de mi vida, todas y cada una de las veces que me quede en casa terminé arrepintiéndome. Mi adolescencia estuvo llena de esos arrepentimientos. Quizás por eso a los treinta y ocho me arrojaba sobre las fiestas con la vehemencia que mis quince nunca tuvieron. Quizás por eso me iba tan bien. A los más chicos siempre les hace bien tener un ejemplo a seguir, saber que la fiesta no para, los hace sentirse validados. A mí ser un ejemplo nunca me importó mucho, pero si captar la atención, por eso elegí ese estilo de vida e hice todas esas cosas. Para captar la atención del mundo entero, escuchar sus comentarios elogiosos, sus críticas positivas y sus preguntas impávidas, de esas que hacen los que no pueden entender y ni siquiera saben cómo llegar a entender eso que admiran. Para tomar toda esa atención, bajarla a la tierra y dársela en bandeja a la única persona cuya atención me importaba tener. La atención del mundo por la tuya. El mundo para ti. Cambiar el mundo para ti. Otro mundo no es posible, pero sí otro Santiago.
La culminación de años de esfuerzo, de señales secretas, de planes meticulosamente bien conce-bidos llegó esa noche, en esa fiesta. ¿Qué clase de persona está dispuesta a echar por la borda una ca-rrera entera de esfuerzos, triunfos y logros en una fiesta? Ya lo dije, mi adolescencia estuvo llena de sinsabores. Quizás por eso el sueño del final de comedia romántica juvenil. Y esta ocasión era, por lo demás, de lo más propicia. El anfitrión, un tipejo insignificante, de esos individuos que nacen con plata y no saben qué hacer con ella, por lo tanto intentan ser muchas cosas a la vez sin tener éxito alguno en nada, estaba más que ávido de tener a tanto personaje famoso en su casa. Pensaría quizás que de co-dearse con individuos creativos y exitosos algo se le pegaría. Entendiendo por “creativos y exitosos” gente que aparece en televisión haciendo la pose de ser creativos y exitosos. Pero este sujeto estaba feliz de tenerlos en su casa igual, porque era de la clase de gente que no puede distinguir entre fama y éxito, mucho menos reconocer un gesto creativo. Así es que me invitó, sugiriéndoselo a uno de los actores de la última teleserie. Realmente era la última teleserie, para entonces yo ya tenía claro que la ficción estaba acabada como negocio y como institución. Yo mismo me había encargado durante la última década que así fuera. Todo parte del plan.
Eran los días en que la programación televisiva giraba entorno a los reality shows, los programas de corte histórico, los shows de cocina y de viajes. Eran los días en que no le contábamos a la gente lo que podía hacer ni le dábamos ideas imposibles, sino que le mostrábamos las cosas que estaban ahí, en su entorno, pero que estaban demasiado ocupados para experimentar por si mismos. Siempre va a ser negocio evitarle a la gente el molesto trabajo de pasarse horas preparando un plato exquisito, cuando pueden ver cómo se hace y darse cuenta por sí mismos que sería lindo pero no, mejor pedir pizza de nuevo. Y la gente siempre necesita alguien que les explique las cosas, de la forma más gráfica posible, aunque sean cosas sencillas, incluso obvias. Así copada la pantalla chica, los demás medios no podían sino seguir. Inundamos el mercado con películas ‘basadas en hechos reales’ e hicimos que los videojuegos se trataran de recrear la vida y peripecias de alguien más. ¿Quién puede querer imaginar un mundo de fantasía, un ideal inalcanzable, cuando puede escaparse de su rutina de trivialidades tocando la guitarra como un dios (Nunca como Jimmy Page eso sí) o siendo un delincuente inaprehendible? Si yo mismo no hubiera estado detrás de todo esto, habría dejado que mi fortuna se administrara sola y me habría pasado los días jugando. Quizás un juego de rol en línea donde se recreara Santiago a la perfección con lujo de detalles. Mi Santiago, por supuesto, no el que había antes.
Llegué al departamento del tipejo este a eso de las once y media. Era ese tipo de fiestas acartona-das, preparadas con demasiado esmero, donde las cosas no salen nada de naturales. En la azotea de al frente un grupo tocaba algo que podría haber sido jazz o rock o guitarreo indie, pero se quedaba a mi-tad de camino entre las tres cosas. No eran una mala banda eso sí. Se alcanzaba a notar que lo estaban pasando bien, al menos hasta el punto en que se puso a llover. Entonces cayó el silencio en la fiesta de al frente, y en el departamento la cosa pasó a niveles fúnebres. Hasta ese punto de la noche la conversación había gravitado hacia los chicos de la azotea, que claramente lo estaban pasando muchísimo mejor. Conversación de nostalgias, de una añoranza de días más irresponsables. Una real lata.
Lo peor de todo era que yo conocía a casi todo el mundo y el anfitrión no, lo que me puso en la forzosa posición de tener que hacer presentaciones y de no poder disfrutar de la experiencia de conocer a nadie nuevo. Nadie que pudiera ofrecerme conversación novedosa o al menos la impunidad de reírme de él junto a algunos de mis conocidos. Si no hubiera sabido lo que iba a pasar a las once cincuenta y tres no me hubiera quedado jamás. Pero lo sabía.
A las once cincuenta y tres, ni un minuto más ni un minuto menos, Gabriela Gutierrez entró por la puerta principal. Yo estaba en la cocina, porque la cocina es el lugar donde el corazón de la fiesta se conserva como el fuego en las brasas casi extintas, pero aún así la sentí llegar. Así es el impulso del destino.
Gabriela, naturalmente, no conocía a nadie en la casa, había ido por otras razones, de eso estaba seguro. Se movió tímida al principio entre tanto actor y tanta modelo junta, pero luego, al avistarme, algo pareció cambiar en su rostro. Yo apenas sentí como el mío se iluminaba, mientras todo lo demás pasaba a tercer y cuarto plano. Verla fue sentirme de veinticinco, de veinte, de dieciocho, ese día que entró a la sala con su acento forzado y esa seguridad a toda prueba. La misma seguridad que se le había ido con los años al lado de Juan Manuel, y que le volvía cíclicamente en furiosas pataletas. La misma que ahora parecía titilar a ratos, en un cuarto lleno de desconocidos. Se abrió paso y se sacó el abrigo, tenía el pelo algo húmedo pero se dejó puesto el cintillo. Todavía usaba cintillos.
Dejé de hacerme el amistoso con mi anfitrión y me aparté de él en las tres zancadas que me tomó llegar a ella.
– Viniste…
– Vine.
– ¿Viniste?
– ¿Vine?
– ¡Viniste!
– ¡Vine!
Y nos abrazamos. Aferrándonos, un tanto nerviosos a la tabla que supone, a pesar del paso del tiempo, comprobar el sentido del humor intacto entre los restos de un naufragio. Le presenté a alguna gente, les hablé de ella, de cómo nos habíamos conocido y cuánto tiempo hacía que no nos veíamos. Tanta gente espera toda su vida por un momento que nunca llega y ahí estaba yo.
– ¿Te pasa algo?
– No, ¿por? – Claramente sí me pasaba algo, pero no era el momento para hablar de ello.
– Por nada. Creo que nunca te había visto sonreír así nomás.
– Bueno, uno puede cambiar ¿no?
– Sí claro. Tienes bonita sonrisa. Quién lo iba a decir.
Ciertamente no me esperaba ese comentario. Uno pasa años planeando y tramando meticulosa-mente una maraña que llegue a un momento decisivo y se encuentra desarticulado por los detalles más impensados y menores. Le pasa a todos los supervillanos, si se lo piensa bien.
– ¿Estás nervioso?
– Un poco…sí, la verdad. Han sido años de años…
– Imagínate como estoy yo.
Recién ahí, en esa confesión tan abierta, tan amistosamente honesta, comencé a sospechar que Algo no andaba del todo bien, que algo se me había escapado. Traté de pensar que no sería más que una sugestión, pero la idea siguió rondándome por el resto de la noche. Al frente, el grupo se había trasladado a uno de los departamentos y empezó a tocar. The Wanton Song. Un tributo a Led Zeppe-lin es todo lo que se necesita para una noche de triunfo.
Nos sentamos en un sillón lo bastante amplio para estar cómodos y lo bastante pequeño para que no cupiera nadie más. Sin embargo, nuestro anfitrión se nos vino encima como la séptima peste de Egipto y con él se dejaron caer algunos de los convidados. Nos vimos envueltos en un pantano de con-versación intrascendente, de gente desesperada por encontrar una unidad de conversión universal para el éxito. Mejor así, no sería cosa de esperar tanto para que pudiéramos salir de ahí precisamente con la excusa de escapar de tanto convencionalismo y estar solos. Al fin solos.
Alrededor nuestro la conversación derivó en películas y canciones, un terreno que no me podía ser más favorable y que me permitiría ciertamente retirarme con dignidad y actitud ganadora al cierre de mi noche. Sin embargo, la conversación se estancó rápidamente y de nuevo quedamos todos viéndonos las caras sin saber mucho qué decir o hacer. Afortunadamente, al frente la fiesta comenzaba a declinar también. La banda tocó Stairway to Heaven y en los dos departamentos, en torres paralelas, dos grupos muy distintos la escuchamos en silencio.
Afuera llovía más fuerte. Gabriela miraba por la ventana con un dejo de tristeza profunda, como si su pena fuera uno de esos canales pequeños donde los barcos se hunden y no aparecen más. Sus ojos ciertamente que eran un lugar donde hundirse y no aparecer más, pensaba yo. Se notaba eso sí que estaba ausente, en un lugar que no era ni un departamento ni el otro. Quizás fuera la canción.
Al llegar al momento justo antes de que todo lo que la canción ha ido lentamente acumulando se acelere y se apronte a despeñarse, la línea And the forest will echo with laughter, quienquiera que estuviera al frente de la banda tributo tuvo el buen tino de imitar a Robert Plant en el Madison Square Garden, en esa actuación que iría al disco en vivo de la película con el concierto, cuando extiende sus brazos de manos abiertas preguntándole a las sesenta mil personas que lo veían en ese instante.
– Does anybody remember laughter?
Y miré, de reojo, para constatar que Gabriela estaba moviendo sus labios. Esa era su parte favorita de la canción. Puse mi mano en su espalda y la acerqué hacia mi. Sorprendida, puso algo de resistencia, pero terminó dejándose llevar. Levantó la vista y le sonreí. Me sonrió de vuelta, conmovida por algo que bien podría ser la situación o el recuerdo. Recuerdo de esos almuerzos, en donde Joaquím pondría una y otra vez The Song Remains the Same, la película/concierto de Led Zeppelin. La dejaba puesta por horas y nos contaba la historia del día entero que pasó en un rotativo en Salta viéndola. Una y otra vez. Una y otra vez nos contaba la anécdota. Y la veíamos. Juan Manuel y yo; Juan Manuel, Gabriela y yo. Incluso una vez la vimos sólo los dos, habíamos llegado antes de que él volviera a casa de quién sabe dónde y al vernos tan solos, Joaquim, firmemente convencido por la experiencia antes mencionada de que la Mejor manera de pasar el tiempo era ver a Led Zeppelin en vivo, nos sentó en el sillón y puso la cinta. Era un VHS usado y gastado, clon exacto de otro VHS usado y gastado que había muerto de puro uso.
– La noche anterior no me había aguantado más. Había una chica que atendía en las noches un café frente a la iglesia. Yo la veía a veces, cuando iba a reuniones del comando regional, mi día empezaba y el de ella terminaba o al revés. La primera vez que la vi fue la única vez que coincidimos. Yo tenía que esperar a un contacto boliviano que había entrado al país hace poco, juntos íbamos a ir a Jujuy por un par de días a ayudar a unos compañeros que estaban en la cárcel. Como el bolita este llegaba siempre tarde, ocupado como era, había entrenado con paramilitares coreanos, así es que tenía su agenda más ocupada que la misma Moria Casán, me senté a esperarlo y le pedí un café a una de las garzonas que andaba por ahí. Cuando al rato me lo trajeron me quedé de una pieza: chica más linda no había visto nunca. O en un par de semanas o mucho tiempo. Andaba dando vueltas por esos años yo y no tenía mucho tiempo para mujeres ni nada, pero con ese café caí redondito. Unos ojos verdes como, les juro, no he vuelto a ver. Tenía el pelo medio rojizo y encrespado. Nunca me han gustado las crespas, pero ahí estaba yo, vuelto loco. De piernas cortas pero bien formadas, camarera que era, esa firmeza justa que lo dice todo. Una delicia de mujer, un encanto, que me lleva el café, me pide discul-pas por la demora, que no era ni tanta, ni la había notado. Y si la había notado, la olvidé ahí mismo. Todo disculpado. Yo le iba a entrar, canchero como siempre fui y como el exilio me había vuelto más todavía, pero en eso llegó el boliviano, sin disculparse por el atraso ni nada. Yo pensaba “esta precio-sura se demora dos minutos con el café y se deshace en disculpas, y este hijo de puta me hace esperar cuarenta y cinco minutos y no pide ni permiso para sentarse”. Era un buen tipo el boliviano ese, eso sí. Callado, pero leal y cumplidor. No se andaba con chicas. Tenía fama de oler una encerrona y de siempre cuadrarse con el partido. Nada de mandos medios ni tonteras. Una vez, en Mendoza, nos llamaron a hacer un trabajo unos dirigentes de las juventudes socialistas. Querían que sacáramos a unos compañeros y los ayudáramos a cruzar a Chile. Se ponían ellos con la plata, nos llamaron a mí y al boliviano. A mí porque era el único que sabía cruzar, que había cruzado a pie, y al bolita porque era como Charles Bronson. A medio camino desde Buenos Aires me dice “Oiga Nico, que así me co-nocía él, ¿no le parece raro esto?” “¿Qué de esto”” le digo yo. “No nada, pues. No ve que nos están mandando a un trabajo difícil, todavía no vemos el dinero para realizarlo y no hemos sabido nada de la provincial ni de los mandos centrales”. Se notaba que sospechaba y que me estaba probando. Le dije que llamáramos a la ciudad y que según eso decidiéramos. Me dijo que no, que mejor me devolvía yo y le informaba al comité central de lo que había pasado: que nos habían mandando a cazar pavos y que alguien estaba queriendo correr con colores propios, que él se iba igual a Mendoza y que los iba a llamar en un día más. Así hicimos. Después por los diarios me enteré de que todo era una encerrona. Veinte compañeros muertos en un “enfrentamiento” de esos que inventaban en todas partes. También dos capitanes del ejército argentino. Del boliviano ni idea. Lo vi meses después, con la misma sonrisa corta de siempre, pero no quise preguntar.
Después de esa noche, cuando partimos a Buenos Aires con el boliviano, no la vi sino a pases cortos. Yo me las ingeniaba para pasar siempre por ahí, saludarla. Le pedí prestado el sombrero a un amigo, cosa de poder levantarlo al pasar a su lado. Ella se reía nomás. A la semana intercambiábamos un “¿Cómo le va?”, y a las dos semanas me preguntó que cuándo iba a parar a tomar algo. Yo le dije que estaba muy ocupado, cosa que era cierta, pero que por ella me hacía un tiempo, que cuándo le tocaba turno en la tarde, para tomar algo en la noche fuera del trabajo. Me dijo que eso no pasaba sino hasta dos semanas más, porque tenía una compañera enferma. Le dije que era una verdadera pena, pero que quién sabe, mejor era así. Le dije que no quería pasarme mucho rato ahí porque sabía que el amor no se me iba a pasar tan rápido. Se rió. Esa línea nunca falla con las meseras.
Dos días después yo estaba sobre el escenario del lugar cantándole un tango. Yo, el chileno “primo” de los Fritzberg, cantando tango en un boliche argentino. No lo hacía nada de mal, les diré. Tampoco lo hacía qué bruto de bien, pero lo justo y necesario para que la chica supiera que estaba dispuesto a ha-cer el ridículo por ella. Esa noche nos acostamos en la pieza que arrendaba en un edificio a dos cuadras. De caliente, de enamorado y rendido le conté quien era yo. No le di mi nombre ni mucho menos, pero no podía mirar esos ojos brillando y no decirle que estaba arrancando. Quería que supiera para que no se hiciera falsas esperanzas, le dije. En verdad quería que supiera para que se fuera conmigo, para poder pedírselo algún día. Se quedó bien callada con la historia, al principio no me creyó mucho, pero después se quedó callada de una forma distinta. Me dijo que habían ido algunos tipos de la civil esta noche, que los había escuchado hablar de “sacarlos a todos”, “tomarlos por sorpresa” y cosas así. Ahí me asusté, no por mí, yo estaba seguro, sino por los demás. La dejé durmiendo esa noche y salí a avisarle a mis “primos” y a cuánto conocido del partido encontré. El día siguiente lo pasé en el cine local, viendo un rotativo. Me encantaba Led Zeppelin, yo era el revolucionario que escuchaba estas cosas en vez de a Víctor Jara o a la Negra, que me gustaban también, pero harto menos. Me traía recuerdos además. El concierto este fue en Julio del ’73. Yo ya la conocía a Margarita. Y después, ese día después de haberle cantado Por una cabeza a esta chica preciosa, figuraba yo ahí, embutido en mi asiento del único rotativo que había en Salta. Y ahí fui el día siguiente, y el siguiente. La debo haber visto unas trece veces, fácil. A veces ella me iba a ver. Se sentaba, por lo que duraba una función. Una vez estuvimos completamente solos.
En este punto del relato, a Joaquím algo lo delataba. No era que la voz se le quebrara, aunque lo hacía, ni que los ojos le lloraran, aunque pasaba. Había algo más. Yo lo iba a averiguar bien pronto, esa noche. Esa tarde, la tarde que vimos la película con Gabriela, la tarde en que yo la miraba de reojo, pensaba en todo lo que me gustaba, en los planes que tenía para alguna vez, quizás, estar con ella muchos años después, pensaba con una cuota no tan grande de vergüenza las veces que me había masturbado pensando en ella, esa tarde la puerta se abrió y no nos dimos cuenta, callados y tensos como estábamos (siempre era así cuando nos quedábamos solos en esos años) que alguien entrado, y cuando Juan Manuel gritó
– DOES ANYBODY REMEMBER LAUGHTER! –
sobrexagerando los amanerados gestos de Robert Plant, llegamos a saltar del susto. Al incorporarnos, dejé mi mano en el sillón y Gabriela puso la suya encima por una fracción de segundo, antes de apo-yarse e ir abrazarlo y besarlo a él. ¿Se estaría acordando de ese momento ahora, que la lluvia caía y la banda empezaba a acelerar el tempo de la canción, mientras nuestra fiesta no podía ponerse más abu-rrida? Quién sabe. Importó poco, porque al rato nuevamente se abrió una puerta. Y, nuevamente, en-tró por ella Juan Manuel Urzais.

___________________________________________

Mi cara se debe haber desencajado al verlo, tras todos esos años, tras no saber más de él que por los rumores que mis informantes recolectaban, relatos inverosímiles de una ciudad bajo tierra y mi me-jor amigo vuelto una suerte de caudillo cabeza de bomba dedicado a dinamitar edificios en construcción y dejar consignas mitad anarquistas mitad esteticistas; tras todo este tiempo considerándolo una pieza fuera del tablero. Sin embargo mi expresión no debe haber sido nada comparada con la que puso Gaby al verlo entrar del todo, llevando de la mano a la mujer más repulsivamente atractiva que he visto en mi vida. Punkie de varios aros en los labios, incontables en las orejas, vestida de pantaloncillos ínfimos y medias de red sobre calzas estruendosas en su colorido, bototos Doc Martens gastados de tanto patear cráneos y una polera sin mangas con un slogan demasiado familiar para ser cierto, llevaba su pelo erizado a más no poder. Y sin embargo verla era desearla. La quise para mí ahí mismo y la habría tomado frente a todos. Eso era lo que Nicole generaba en la gente. No es que yo tenga una fijación con las mujeres de mis amigos. Aunque sí, la tengo, la tuve.
El reencuentro fue de lo más torpe e incómodo. Los abrazos naturales de varios años se nos ha-bían olvidado, dando paso a un gesto atávicamente torpe, donde ninguno de los dos sabía si estrechar o abrazar y qué tanto estrechar o cuánto abrazar. Le pedí qué me presentara a su acompañante, su compañera, me corrigió, y así lo hizo. Nicole me miró de pies a cabeza con algo de asco y con algo de risa en la boca y movió su mentón hacia arriba. Eso fue todo. Mientras esto pasaba, yo miraba atento por el rabillo del ojo su saludo con Gabriela.
– No esperaba encontrarte acá – le dijo él.
– Te pasa eso todavía. Te encuentras conmigo cuando menos lo esperas – respondió ella, con una afec-tación que no sé si era tan evidente para todos los comensales o era idea mía.
Se abrazaron, él la abrazó a ella. Me pareció percibir una mirada distinta a través de los lentes oscuros de Nicole. Pero esto sí es más probable que sea idea mía. Era imposible ver a través de esos lentes y no fui el único en pensar que quizás la chica era ciega. Chica era, ciertamente, parecía tener por lo bajo diez o doce años menos que Juan Manuel. No le conocía estos gustos. Con razón andaba desaparecido.
Juan Manuel, como mi antiguo socio, conocía también a más gente en la fiesta que el propio anfi-trión, y dedicado como había estado, al parecer, a poner bombas, tenía mucho que conversar y com-partir con todos. Así, rápidamente nos dejó atrás, siendo muy amable, haciéndonos jurar que nos ve-ríamos pronto y conversaríamos “como corresponde, sin tanto ruido ni humo, como tiene que ser, con los cinco sentidos puestos en el interlocutor”, lo último dicho con un ligero guiño hacia su ex-pareja. Su ex-pareja que parecía echar humo de los oídos y que intentaba aplacar el incendio interior con tequila y jugo de limón. Su ex-pareja que alternaba su iracunda mirada entre el hombre a quién abandonó el día que la ciudad se vino abajo y el acto de contar los puntos corridos en las rasguñadas medias de Nicole, la sensación de la noche.
Llegado cierto punto, bajó el cuarto vaso que había tomado desde la llegada de la flamante pareja y con el mismo gesto me tomó la mano. Me la apretó con pulso ordeñador más bien. Entonces dijo las tres palabras que yo llevaba tanto rato queriendo oír.
– Vámonos de aquí.
Seguidas de las tres palabras que yo llevaba años queriendo oír.
– A tu departamento.

_____________________

Afuera llovía y yo vivía cerca, lo suficiente para que un taxi no se justificara y la lluvia nos sentaba bien. Tuve un recuerdo instantáneo, un flashback al momento en que mi vida cambió y decidí hacerme cargo de mi destino. ¿Qué habrá sido de esas miniaturas?
No intenté hacer mucha conversación porque sabía que estaba destinada al fracaso. Me aseguré de que no me soltara la mano y traté de que el apretón tomase ribetes más cariñosos. Sabía que esto era como el ajedrez, pieza soltada, pieza jugada. Abriendo la reja del departamento fue que la acerqué a mí y le di nuestro primer beso. De boca abierta antes de tiempo, de choque de dientes y el diluido gusto del alcohol en la lengua. Pero aún así.
Subimos las escaleras de esos tres pisos sin hacer mucho más que pausar de cuándo en cuándo para apretarnos contra las barandas, los muros. Le pasamos a tocar el timbre al departamento de abajo y subimos corriendo, entre risas. Nuestras primeras risas. Entramos de golpe al departamento, ella se dejó caer sobre el sillón y por un momento pensé que se iba a quedar dormida. Fui a poner música, a buscar algo para tomar, para seguir tomando. Algo había en el aire que no me cuadraba del todo.
Volví al living y ella estaba incorporada, apenas algo más despierta, me recibió la copa de vino y tomó un sorbo. De pronto, quebró el silencio.
– Entonces, ¿vamos a culear o no?
– Tan fina que te han de ver…
Se acercó a mí, abalanzándose como quien intenta controlar una caída. Me rodeó con sus brazos con un entusiasmo un poco desmesurado, con esa falta de sincronía que tienen los abrazos de quienes no saben abrazarse o se han olvidado con los años.
– ¿Y qué? ¿No te gustan finas, acaso?
Me besó. Fuerte, rápido, hundiendo sus dientes en el borde de mis labios, sin morder, con el puro impulso. Nuevamente se fundieron en nuestras bocas los vahos alcohólicos de cada uno, como una gran niebla empezando a cubrir la habitación, el departamento. En algún lugar de esa niebla, entre la mesa, el piso y el sofá-cama nos fuimos perdiendo, sin llegar jamás a la pieza. No hubo palabras, ni siquiera las cortesías de rigor ni las orientaciones del caso. Ni “cuidado con la cabeza” o “ayúdame con esto”. Hubo gemidos, se sintió el rasgar de jirones, el acompasado y neurótico golpeteo de dos cuerpos frustrados de no fundirse, frustrados de todo en realidad, el burbujeo salino del sudor conjunto sonando con esa desmesura y desatino que hace que los editen de las películas, sin importar el género. Después, un silencio. Después, la incomodidad.
¿Se había arrepentido ella ya? ¿Tan pronto? Se mordía el labio inferior, con los ojos cerrados. Me costaba pensar pero tenía algo más o menos claro.
– ¿Vamos a la pieza?
No dijo nada. Le bastó con cerrar los ojos más intensamente, mostrando más de su sonrisa cortada por ese mordisco. Movió la cabeza, exhalando, de arriba a abajo. Sin saber muy bien qué decir, me salí de encima, apoyándome contra una pared. Ella se escurrió bajo mío y pasó a la pieza, sin esperar que la siguiera, sin hacer el amago de siquiera darse cuenta de que su ropa estaba desperdigada por el living. Dio tres trancos automáticos y desapareció de mi vista.
Me dejé tumbar por el peso de la gravedad de las cosas y suspiré, mirando el cielo del departa-mento. Feliz, extático, incapaz de pensar mucho más, incapaz de creer algo más. Cerré los ojos, los abrí y fijé la vista en el librero y en el mueble con los discos, buscando una imagen en la que dejar guardado el momento, una señal de ruta para mi memoria. Había una revista, una entrevista a Calamaro, que salía igualito a Dylan. Supongo que esa era la idea. Supongo que esa siempre fue su idea.
– ¿Te molesta si cambio la música?
Ya no estoy seguro si escuché un “Sí, dale” o un gemido, o un ronquido. Me asomé por la puerta y ahí estaba, cubierta con la sábana, las frazadas en cualquier otra parte. Seguía con los ojos cerrados, tumbada de espaldas como yo mismo había estado recién en el sillón. No quise molestarla, tomé el “sí, dale” y puse un disco. Un auténtico disco. Nada de compactos ni versiones electrónicas. Dylan, Blood on the Tracks. La pintura de la portada era más grande que la portada de la revista en que salía Cala-maro. Las carátulas de los vinilos eran así. Uno compraba una obra musical y le regalaban otra pictórica por el mismo precio. Lo pensé un poco. El lado A tenía “You’re a Big Girl Now”, canción que le había “regalado” el día de su cumpleaños 21, con toda la intención del caso. Pero también tenía “Idiot Wind” y “You’re Gonna Make me Lonesome When You Go”… y después de quince años arrastrándome no iba a ponerme a lloriquear. No en esa de todas las noches. Mejor empezar al revés. Mejor con “Meet me in the morning”. Entré a la pieza caminando con su ritmo lento, con la voz del joven Bob diciendo que esta era nuestra hora más oscura, justo antes del amanecer.
Me acosté al lado de ella, que seguía mirando al techo en trance. La acerqué hacia mí y le pre-gunté si estaba bien. Se movía con toda la voluntad de un crash dummie, de esos muñecos sin expre-sión con los que experimentan los resultados en humanos de los accidentes, sobretodo los de autos. Pensé en hacerle algún chiste, decir algo inteligente al respecto, hablarle de Kraftwerk, el grupo elec-trónico alemán que le canta a La Autopista, pero las palabras que me salieron fueron
– ¿Qué pasa?
Desde el 89 que decir “¿Qué pasa?” debe ir seguido, en mi orden de cosas, por un “Mami, yo te quiero”, pero Gabriela ya me había puesto cara de asco con esa referencia las suficientes veces a lo lar-go de los años.
– Nada. En serio, nada. Está bien, está…
Esos puntos suspensivos servían para decir que estaba cualquier cosa menos bien. Lloró un poco y se aferró a mi abrazo. Pensé que apurar las cosas ahí podría ser mi error fatal y estaba seguro que después de que el episodio de pena pasara, dejaríamos todo esto atrás. Y podríamos, en efecto, culear hasta la hora de almuerzo del día subsiguiente. Pero en vez de pasar del abrazo compasivo a la caricia previa al sexo, Gabriela pasó de la cama al baño, excusándose por un segundo.
Un segundo que se transformó en minutos. Dos, tres, ocho. Lily, Rosemary and the Jack of Hearts siempre ha sido la canción que menos me gusta del disco ese. Esa noche le agregaba además un tono irónico, con sus guitarritas country dándole un aire cómico a una situación trágica. Pero pasó. Pasó y Gaby seguía en el baño. Empecé a pensar que se había quedado dormida o habría colapsado o algo. Cuando empezó a sonar “If you see her, say hello” me incorporé, le grité, y al no tener respuesta fui a la puerta del baño. Golpeé, llamé y no hubo reacción alguna de vuelta. Abrí y la vi, sentada en la taza, efectivamente dormida o absorta en pensamientos más profundos que el sueño. La ridiculez que supone estar desnudo en la taza del baño parecía no tocarla. Se sorprendió de verme, pero no tanto. Tenía algo más en sus ojos, no estaba seguro de qué, pero la mirada que me lanzó fue tanto un “No molestar” como un “¿No te das cuenta que estoy cagando?”. O quizás un “¿No te das cuenta que la estoy cagando?”.
– ¿SÍ?- preguntó con voz de portazo.
– Nada. Quería saber si estás bien.
– ¿Te parece que estoy bien?
– …
– Entonces. Déjame sola un rato, sí. Mejor así.

– (bueno).
Me fui a la cama y me tapé tanto con las sábanas como con las recogidas frazadas. Me tapé como buscando refugio de la tormenta que se venía. En el tocadiscos, Dylan cantaba algo parecido. Parecido nomás. También había sexo sin palabras. Pero, en la canción, ese era el refugio, como tiene que ser y no al revés, como me encontraba yo. Para colmo, Gabriela se tardaba y se tardaba. No pude evitar quedarme dormido.
Lo siguiente que supe del mundo fue que había luz de mañana, esa luz insoportable que te hace sentir deshidratado sin importar si la noche anterior tomaste mucho, poquito o nada. Me sentía bien, intrínsecamente contento, aunque la sensación me duró segundo y medio, asaltado como fui por un nerviosismo horrible, algo así como la sensación de tener que fundamentar en treinta segundos o menos porque te gusta el color azul frente a un pelotón de fusilamiento.

Busqué con mi brazo, sin saber bien qué buscaba, pero encontré que Gabriela ya no estaba, co-mo nunca había estado ahí a la hora de despertarme realmente, pero ahora… Ahora se suponía que sí, ¿verdad? Sentí un golpe seco, como de una puerta cerrándose, como de mi puerta cerrándose.
Apenas alcancé a incorporarme del todo cuando me paré y fui hacia el living, donde ya no había prendas esparcidas ni rastro alguno de la mujer con la que había pasado la noche, la noche que yo que-ría que fuera la primera de tantas cosas. Me pegué en el maldito borde de mi cama, donde todo el mundo se pega y me quedé mirando mis libros de notas y apuntes, abiertos, revisados quizás por Gaby antes de irse. No entendía mucho nada, pero sentía el impulso de correr. En mis manos, un libro abier-to. No pude evitar mirar. “IX. UNA BALA EN EL TIEMPO”, decía. Me gustaba ese capítulo. Lo escribí para, en algún momento, recordarme porqué había hecho todo esto. Para ayudarme a mantener la cabeza fría en los momentos en que fuera necesario, para no perder de vista mi objetivo. Iba a dar vuelta un par de páginas cuando me di cuenta que mi real objetivo se acababa de ir y a estas alturas debía estar dando la vuelta a alguna de las esquinas cerca de la casa. Y quizás no la vería más. Absurdo, por qué iba de no verla más. No sabía, pero lo sabía. Me alisté para salir, pantuflas, bata. ¿En qué momento me había puesto mi polera del Doctor Who? fue todo lo que atiné a pensar al mirarme al espejo un rato.
Después me di cuenta de que no tenía las llaves del departamento.

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