Foster Wallace

Llevo un poco más de dos semanas obsesionado con David Foster Wallace. No tengo muy claro cómo llegó a pasar esto, pero una de esas noches me quedé viendo una entrevista y después otra entrevista y después otra entrevista. Me va a tomar otras dos semanas escuchar/ver el resto de las entrevistas que hay disponibles, pero ya llegué a la parte en que hago búsquedas secundarias o me tengo que meter en foros o sitios especializados. Me devoré “A supossedly fun thing I’ll never do again” y “Consider the Lobster”, las dos colecciones de piezas periodísticas que hay publicadas. No quiero, por ningún motivo, tocar “Infinite Jest” o siquiera “The Broom of the System”. Me da miedo leer la ficción de Foster Wallace. No puedo explicarlo, no puedo explicármelo ciertamente, pero es un espacio en el que no quiero perderme…o quizás tengo la esperanza de conectar más con la figura humana, con la persona que habla de libros que con sus libros.

Me impresiona verlo a Foster Wallace, su planta de movimientos, sus muletillas, su expresión tímida y a la vez decidida – la marca inequívoca del ego del escritor: pequeño como una moneda pero con la gravedad de Júpiter – como con ningún otro personaje ya muerto me da la sensación de estar viendo un fantasma, el eco de una persona que ya no está, pero que es. Verlo es hacerlo vivir, y yo me quedo mirando mi pantalla de catorce pulgadas con la sorpresa y fascinación de un indígena de las Azores ante un espejo de divinación. Y me impresiona pensar en su muerte.

David Foster Wallace se suicidió a los cuarenta y seis años. Demasiado joven para un autor, demasiado viejo para un suicida. Se suicidó como consecuencia de una depresión que pudo controlar durante 20 años, pero tuvo que dejar el tratamiento y cuando intentó retomarlo ya era demasiado tarde: los medicamentos no funcionaba, la terapia de shock no funcionó. Todas las descripciones biográficas breves dicen que “pasó sus últimos meses sumido en una depresión tremenda”. Y yo no necesito que nadie me describa más. No pienso en pormenores, pero cierro los ojos y veo el sepia manchado que es el mundo en depresión: el sepia del polvo de cortinas que no se volvieron a abrir, de la luz mortecina del atardecer, de la luz mortecina de las ampolletas prendidas toda la noche. La luz que no calienta ni alumbra, sino que solo permite intuir que allá afuera hay una realidad palpable, pero que uno no está ahí.

David Foster Wallace se suicidió ahorcándose. No es un suicidio impulsivo, no es el diferido de las pastillas, ni el salto precipitado desde el puente, ni la instantaneidad del disparo. David Foster Wallace se levantó una mañana, cansado de no poder más con la existencia, consideró una viga, observó una soga, pensó y preparó un nudo. Es una muerte metódica, estudiada. Mucho puede salir mal al colgarse. Requiere tiempo y dedicación. Cierro los ojos y veo, en primera persona, mis manos como sus manos tomando la soga, pensando el nudo.

No puedo dejar de pensar en ese momento. Hacía años que no encontraba tal resonancia con mi propia sensación y certeza de que se puede vivir y querer vivir tanto; y simultánealternadamente querer dejar de vivir a cada momento.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: