V. Santiago: Invisible.








El comienzo del día lo marcaba el sonido de una alarma, la que es, bajo cualquier circunstancia, la peor forma de comenzar un día. Allá abajo la razón era un poco más práctica, considerando la cons-tante penumbra de la mayoría de los espacios habitados, pero aún así el sonido era enervante. Juan Manuel lo odiaba. Lo peor no había sido tanto al principio, cuando aún estaba demasiado atontado y aturdido del impacto de la caída y de las drogas que evitaban que se diera cuenta del real impacto de la caída como para percartarse del coro de alarmas sonando al unísono. Como Time de Pink Floyd, pero peor: como cuando estás en la sala de espera de la urgencia dental y al lado tuyo una dulce ancianita, que poco y nada puede saber de tecnología, habiendo nacido antes de la Segunda Guerra, seguro, se dispone a intentar cambiar el ringtone de su celular, pasando previamente por todas las combinaciones de melodía y volumen posible. Así de mal se sentía.
Cuando el paso de los días se volvió el correr de las semanas, Juan Manuel fue descubriendo for-mas de hacerle el quite al ruido: pedir ciertos turnos de guardia, salir por las noches a recolectar fondos e insumos en la ciudad de arriba. Eran tiempo movidos, tras El Evento, y Juan Manuel supo encontrar rápidamente un espacio entre el colectivo de gente que había tenido la buena voluntad de cuidarlo y atenderlo cuando perfectamente lo podrían haber dejado tirado agonizando tras el olímpico porrazo que se había dado. Le gustaba estar en un lugar donde la gratitud todavía valor. Si no fuera por esas malditas alarmas.
No eran solo la gratitud lo que le llamó la atención del lugar donde se encontraba. Había escu-chado rumores e incluso había leído un libro que contaba del Santiago subterráneo. En el libro, creía recordar, se hablaba de una estación de ferrocarril subterráneo que había sido construida como proto-tipo, décadas antes del metro. En esta estación se había refugiado un colectivo mitad sociedad-secreta, mitad caudillos experimentales, empecinados en vivir una vida lejana de lo que ya anticipaban como una ciudad viciosa y corrupta. Una suerte de refugio para los más conservadores de los conservadores, esos que, en vez de dictar las reglas para que los demás vivan como ellos quieren, optan por ponerse ellos mismo en conserva, convencidos de ser la más granada y fina selección de los valores humanos. Como los peregrinos que fundaron Estados Unidos, salvo que acá no hay lugar adónde ir. O nuestros conservadores son demasiado cobardes para siquiera enfrentar el clima del Sur o la sequedad del Norte. Tiene sentido, si es gente que está dispuesta a vivir bajotierra.
La realidad de las cosas era otra, naturalmente, y Juan Manuel tomó poco tiempo en darse cuen-ta de que la fauna que habitaba esos túneles, ahora medio intersectados con viejos edificios de depar-tamento y casas que habían caído íntegras al nivel de esta subciudad, no podía estar ahí por designio propio. Uno o dos quizás habrían escuchado el mito y habrían salido a buscarlo hasta encontrarlo o hasta que este los encontrar a ellos, pero los demás… Juan Manuel se quedó, esas primeras semanas, precisamente para observar a los demás. Para escucharlos, entenderlos, aprender de ellos. Había una frescura en sus rostros ajados y una energía en sus pasos, por cansinos que estos fueran, que sencilla-mente ya no se veía en Santiago. Y había algo más, algo inefable, que le rondaba y que le hacía sentirse imposiblemente bienvenido entre esta gente.
“Esta gente”, como si fueran otros. Otros con mayúscula, otra clase. Esa distinción que se hace con las que no son como uno. Esta gente que pasa todos los días al lado tuyo y te mira y te mira hasta que le sacas la vista, en automático, y aún así te siguen mirando. Te miran como queriendo infectarte con algo, como queriendo arrastrarte a su subterránea invisibilidad. El origen secreto del mal de ojo, quizás. O de esos dichos sobre las miradas que matan. Pero los tiempos cambiaron y ya no estamos para brujerías ni miradas fatales, demasiada información circulando, demasiados estímulos visuales, neón y cristales líquidos y plasmas. Y esta fue la inflación que devaluó la mirada, haciendo más fácil que esta gente desapareciera. O quizás fue que se volvieron tantos: primero eran los mendigos, después fueron los borrachos, después los mendigos borrachos, y los sucios, los mal vestidos, los oficinistas, los que parece que fueran a asaltarte, los que no tienen pinta de vivir en ese barrio. Tantos que se volvieron todos, o casi todos: una masa informe irreconocible, gris como los edificios del centro. Opaco como las sombras de los edificios, tapando la luz del sol diez de las doce horas del día. Uno tras otro, desposeídos de todo, fueron haciéndose de aquello que estaba ahí, de la zona cubierta por sus aureolas de invisibilidad. Mientras el resto, la gente como Juan Manuel, la gente como uno, cedían y cedían terreno, cerrando sus puertas con tres chapas y una cadena cada noche, esta gente se hacía de los espacios públicos, se tomaba los parques y las plazas; tomaba en los parques y en las plazas, mientras la gente como uno construía fortalecidas torres donde refugiarse a hacer básicamente lo mismo pero con una falsa sensación de seguridad para un falso temor. Todo lo que tenían que hacer era gritar, reírse fuerte, hacer retumbar el aire de noche y los otros, la gente como uno, más se refugiaba y más se escondía. Instalaron cámaras en todas las esquinas para no verlos, para poder justificar su invisibilidad y construir el miedo que cimentaría todos esos desafíos. Y a esta gente le pareció perfecto.
Juan Manuel convivía con ellos, día a día, con los oficinistas que nadie se percató que un día fue-ron despedidos y los padres que fueron olvidados por sus hijos. Se despertaba con sus alarmas y abría los ojos, mirando el grisáceo túnel, imaginándose bajo un cielo extraño. Fantaseaba con un retorno triunfal a la sociedad que conocía, pero lo postergaba día a día. Había días en los que se soñaba como un corresponsal enviado a enlazar estos dos mundos, estas dos ciudades paralelas; y había días en los que se imaginaba atrapado en ese inframundo, como un héroe cautivo, esperando encontrar la palabra mágica que lo transformara, revelándolo ante todos como el elegido y héroe de esta, su historia.
¡SHAZAM!
Francamente, podría haber dejado el campamento y la ciudad subterránea en cualquier minuto. Nadie le iba a impedir salir y el estado de las cosas después de El Evento era lo suficientemente nebulo-so como para que nadie tuviera realmente claro qué iba a pasar con ese Santiago Invisible. Desde las ruinas, todo parecía más o menos lo mismo y costaba saber a quién le tocaba qué parte de la ciudad. Más arriba, eso sí, el joven empresario comunicacional Marcel Arteaga alistaba un virtual ejercito de grúas, plumas, topadoras y betoneras. Sus armas de construcción masiva, las llamaba sonrientes frente a las cámaras de ATV, TVM, CHM y todos los demás canales de los que era dueño.
Abajo, Juan Manuel veía esa sonrisa y tenía menos ganas que nunca de aparecerse por sus viejos lares. Pensaba en su (¡ex!) novia y ni siquiera tenía ganas de levantarse, a pesar de las alarmas. A veces, eso sí, lo iba a sacar de su sopor la muchacha que lo había encontrado y cuidado, la chica que tenía el botón que él mismo había diseñado, dos vidas enteras atrás. Lo iba a sacar de su sopor, tal y como lo había prometido, a fuerza de patadas, cosa que parecía satisfacerla inmensamente. No tenía idea cuántos años tenía, pero pateaba fuerte y tenía mucha rabia acumulada, ciertamente. La primera vez Juan Manuel recibió la pateadura medio sorprendido y medio atontado, pero consciente de que se la habían prometido. La segunda vez lo indignó un poco y al tercer día ya la esperaba de antemano. Y estaba buena. Ella, no la pateadura; aunque como ya se ha dicho, si uno fuera a emitir un juicio técnico que contemplase indumentaria, fuerza e intención de los golpes, la muchacha no salía nada de mal parada.
La muchacha se llamaba Nicole y había nacido ahí, en el Santiago subterráneo, o así corría la voz. Tenía un odio acérrimo por la gente como uno y era demasiado joven para haber participado de cualquier revolución política y no lo suficientemente niña para haber formado parte de movimiento ciudadano alguno. Fantasma entre fantasmas, se había construido una personalidad remedada con to-dos los modelos de combate y lucha que había encontrado. Todos los trozos que había recogido aquí y allá, todo lo que había caído por entre las rendijas de la ciudad que odiaba, paradojalmente. Entre esas cosas, por supuesto, la chapita de edición única y limitada por obligación a cincuenta ejemplares del símbolo de lo que dos adolescentes muy disímiles que hace años ya habían mutado a adultos más disí-miles todavía habían dado llamar terrorismo óntico.
Juan Manuel también había caído por entre las rendijas de la ciudad, así es que Nicole se dispuso a hacerlo suyo.
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No tenía la menor idea de dónde había salido ni cuál era el significado último del emblema que portaba, pero la chica no tenía un pelo de tonta. Juan Manuel, adolescente aún en su tercera década, sintió un resplandor de complacencia cuando la muchacha le explicó
– Es un recordatorio en forma de amenaza. Y una amenaza que es recordatorio. Sería así de fácil di-namitarlo todo. Si estás leyendo este botón o mirando esta bomba de cartón, podrías estar frente a un explosivo de verdad. Y todo se vendría abajo. Así de fácil.
El mensaje, concebido por dos adolescentes, claramente no requería de mayor intelecto para ser descifrado. Es más, como Nicole sí tenía mayor intelecto, lo expresaba mejor que lo que sus creadores habían hecho jamás. Juan Manuel estaba fascinado. Le explicó a Nicole los preceptos del terrorismo óntico: la idea de concebir una idea de la forma más acabada posible y comportarse como si esta ya existiera, hasta el punto en que esta no tuviera mayor opción que materializarse efectivamente, irrum-piendo en la realidad a pesar de esta y de lo que la gente pudiera creer.
– Una real paja – fue el comentario de la brillante muchacha. – Esa hueá es no hacer nada y quedarse en el escritorio rezando o mandando mensajes de texto. Puras pajas para maricones que con suerte pasan por reaccionarios.
Juan Manuel se exasperó y no pudo contener su indignación, propia de los que han recibido un golpe en el lugar preciso. Con los años había empezado a sospechar que todos sus antecedentes revolu-cionarios habían degenerado y expirado, amenazando con convertirlo en lo que más despreciaba: un reaccionario cobarde de esos que se dedican a mandar mensajes de texto en pro de una libertad y justi-cia que no podrían reconocer ni soportar si la vieran, y mucho menos practicarla.
Pero tenía razón. Por eso le dolió el comentario. Trató en vano de justificarlo con las historias de las bombas de cartón y los pueriles intentos de bomba que casi le habían costado la vida a él y a su amigo. Prudentemente, nunca mencionó que su amigo ahora estaba empecinado en construir edificios tan o más monstruosos que los que habían pretendido tumbar.
No fue sólo la prudencia lo que le hizo frenarse en su historia. Lo que había empezado como una acalorada demostración de Lo Increíble que Él Era y Lo Consecuente de Su Sistema de Pensamiento rápidamente termino decayendo en una lamentación interna de lo decadente que se había puesto. Ni-cole lo escuchaba y lo miraba con sonrisa triunfal.
– Lo que te faltó fue esto, cabrito.- Le dijo, levantándose sutilmente la polera, lo justo y necesario para revelar lo que a todas luces parecía ser una faja de explosivos plásticos.
Juan Manuel no quiso ni preguntar ni que le contaran si acaso eran de verdad o era parte de la pose casi performática de la niña esta. Sí quiso ponerlos a buen uso, lo antes posible.
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Se dejaban mensajes en los muros y rayando ciertos bancos en las plazas. Usaban los pocos telé-fonos públicos que iban quedando. Pasaban días así, uno dejándole pistas al otro, perdiéndose para buscarse.
A Juan Manuel le gustaba la cacería, el juego de correr tras un objetivo lo suficientemente bien definido para verlo desde lejos, pero ni tan claro como para que no sentirse sorprendido. Sabía que le gustaba, sabía que la quería para sí, pero también a veces pensaba en qué se estaría metiendo. En un día con ojeras, Nicole no podía tener más de diecinueve años. No es que le importar realmente, la ciu-dad se había venido abajo y con ello la perspectiva facilitaba que todo se viera más intrascendente. Procuraba no pensar en Gabriela, cuando lo hacía era con un pequeño cortocircuito, sacudía la cabeza y sentía un escalofrío. De lejos, la adolescente que a ratos era su guía y mentora en un estilo de vida que él mismo había concebido hacía años se reía cada vez que lo veía sacudir la cabeza con la violencia de los que están convencidos que así se espantan los peores pensamientos.
No podía dejar de llamarle la atención que hubiera un método a todo esto. Los intentos de sabo-taje, la organización de una suerte de secuestro al sistema. Y sin embargo, algo no le hacía sentido. O le hacía todo el sentido del mundo, y era precisamente esa sensación de movimiento estático. De ir de un lado para otro y no lograr nada, nada mucho. Cada tanto derribaban un edificio en construcción, para asegurarse que no hubiera muertes inocentes, cada otra tanto los animales del zoológico cambiaban sus jaulas de siempre por los estudios de televisión donde amanecían, misteriosamente transportados la noche anterior. Había una cierta gracia en todo, sí, era innegable, y el método tenía una espeluznante atención al detalle, al punto que los animales liberados en los canales pequeños, esos que compran la mayoría de su programación al extranjero, habían sido precisamente los animales de los zoológicos pequeños, incluso de ese zoológico “reserva” que solía ubicarse en las afueras de la ciudad, adonde iban a parar las hienas sin dientes, los guanacos con tiña y otra fauna mortalmente parecida a los animadores de esos canales pequeños.
Aún así no pasaba nada.
No realmente, sentía Juan Manuel, y a ratos se dejaba llegar por el ritmo y el vértigo y dejaba de cuestionarse si acaso no era este movimiento contra el sistema precisamente parte del sistema, una suerte de aparato excretor del gran organismo humano. Había un plan, le decía Gabriela, una suerte de Gran Plan delineado, descifrado y elaborado desde los apuntes garrapateados en libros perdidos, en cuadernos encontrados en medio de tanto objeto olvidado. Juan Manuel no sabía hasta que punto pre-sionar para saber más del susodicho plan, no sabía si acaso se había acostumbrado a la diligencia ejecutiva de gente como Marcel o si acaso siempre había sido así. Mientras tanto, confundido como quien se levanta con el sol en contra y sin tan clara idea de dónde está nada, se dejaba llevar por la luz nomás. Despacio en su velocidad, sin percibir realmente mucho, Juan Manuel decidió acostumbrarse, ver qué pasaba, si acaso las cosas se desarrollaban. Había vivido tanto tiempo en movimiento que una pequeña pausa no le vendría mal. Más cosas habrían de pasar, sin duda y para eso tenía una suerte de cronograma, pequeños recordatorios que, de ser necesario, lo llevarían a casa. Cosas de las que no quería realmente acordarse, pero que creía bueno tener ahí, por si acaso. Seguía las noticias y podía leer entrelíneas, podía intuir hacia donde iban exactamente los pasos de tanta reconstrucción, tanta campaña solidaria, tanta, pero tanta maniobra de distracción. Calculó que a Marcel le tomaría algo así como un mes sacar a la venta algún tipo de producto que capitalizara ya no con la destrucción y el dolor ajeno ni con la reconstrucción de emergencia, sino algo más permanente, algo que dictaría la pauta de sus siguientes pasos.
Se equivocó, aunque no por tanto. Sucedió en tres semanas más.
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Tres semanas. Tan sólo tres semanas atrás la ciudad se había caído a pedazos. Tres semanas atrás tres cuartos de la población corría o se escondía, chillando como ratas despavoridas; las casas se venían abajo, las lozas se rompían, los corazones se detenían y el Fin del Mundo tomaba una forma bien definida en el inconsciente colectivo santiaguino.
Ahora todo era reconstrucción, campañas alegóricas. programas con “impactantes testimonios”, “desoladoras imágenes” y “desgarradoras escenas”. Había un gobierno que ponía la cara y cortaba las cintas, pero detrás de todo el operativo había en realidad, como suele haberlo, un puñado de corporaciones que se encargaban y beneficiaban de todo esto. Y detrás de esas corporaciones había un solo hombre. Este hombre había diseñado los logos, compuesto los jingles y hasta efectuado la primera gran donación en la correspondiente transmisión televisiva en cadena. Como una serpiente devorando su propia cola, Marcel Arteaga se enroscaba sobre la ciudad, formando un anillo diseñado para contener, definir, sofocar y quizás, algún día, triturar.
Mientras tanto era el momento de levantar los ánimos, levantar complejos habitacionales, aglutinar a la gente en pequeñas cajas rectangulares. Cajas bonitas y bien iluminadas, lejos de las fonolas y la maderas opacas que alguna vez dieron parchada formada a sus hogares. Del mismo modo, estaban también cordialmente invitados a vivir en la ciudad del futuro aquellos que antes le habían dado la espalda al Nuevo Extremo y habían procedido a vivir entre sus sombras, aspirando a la invisibilidad, eligiendo la obsolescencia como forma de vida. Consciente de que la mitigación de un dolor colectivo consiste en la lenta degradación de la memoria mórbida hacia el olvido más banal, Marcel, que a estas alturas de la historia ya era un Magnate por derecho propio, se empecinaba en la creación de un proyecto de reality show que prometía buscar al primer team de superhéroes locales. Las encuestas habían corroborado lo que Marcel bien sabía: a la gente el término equipo le suena a competitividad y rivalidad, mientras que el inglés team les evoca muestras gratis y regalías. Y como cualquiera que haya estado en alguna playa del litoral central puede atestiguar, no hay nada que los chilenos amen más que las muestras gratis, sin importar lo inútiles que estas les puedan ser.
El día del apoteósico lanzamiento del programa, a realizarse en el edificio Gabriela Mistral, que anteriormente se había llamado Diego Portales, y que anteriormente se había llamado Gabriela Mis-tral, Arteaga se levantó, miró la ciudad y sonrío, sabiéndose victorioso. Siempre había sabido anticiparse a los eventos, y anticiparse a las consecuencias de El Evento había bastado para garantizarle lo que más había querido siempre: la posibilidad de reconstruir bajo su designio.
Desde lo alto, vio salir el sol por las montañas, dejó que los primeros rayos le dieran de frente mientras miraba las calles en reconstrucción, parcialmente vacías. Abajo, en la distancia, pequeños peatones, que perfectamente podrían ser muñecos en una ciudad maqueta, se movían con torpe lentitud camino a sus trabajos, aferrándose más que nunca a la ilusión de permanencia de una rutina. La falsa seguridad de vivir mal para no tener que vivir peor.
Marcel entrecerró los ojos, intentando ver los patrones que nadie puede ver, los cuadrados que hacen de la ciudad un tablero de ajedrez o una red de contención o un circuito electrónico. Faltaban demasiadas horas para que las renovadas luces artificiales pudieran ayudarle en su fantasía, así es que intentó concentrarse en la gente. Los veía como hormigas, ejecutando los mismos movimientos de siempre, entregándose mensajes químicos que ni ellos mismos entendían, haciendo pausas en las esqui-nas, como temiendo ser atropellados por los fantasmas de autos descontrolados o de buses amarillos en eterna carrera espectral unos con otros.
No tenían cómo sospechar que sus destinos estaba ya trazados por el hombre que los miraba des-de arriba, vestido aún en uno de esos pantalones de pijama cuyo diseño sueña con ser mantel, y con una ajada polera que había subsistido a base de ser dos tallas más grande de lo requerido. Le gustaba mirarse al espejo en las mañanas y verse tal y como se imaginaba de niño que se habría de ver un adul-to, o como el reverso de Tom Hanks en Big. Para ser el autoproclamado guionista de los destinos de la ciudad y alguien tan consciente de la importancia de la imagen a la hora de imponer una idea, Arteaga no tenía pinta de ser la gran cosa.
Quizás por eso fue que todo terminó saliéndole mal ese día.

Porque el entramado de una ciudad contiene mucho más que sus límites concretos y sus patrones invisibles. Como un organismo viviente, la ciudad secreta individuos, los que le dan forma para que ella les de forma a ellos. Una ciudad es el mecanismo de movimiento perpetuo por excelencia, diseñado para absorber y contener a todos sus componentes. Incluso aquellos que parecen estar abandonados a su suerte. Especialmente aquellos que están abandonados a su suerte. La jerarquía de una ciudad no se mide por sus edificios típicos ni sus parques y plazas, sino por como trata a aquellos que no tienen más techo y hogar que la ciudad misma.
Desde lo alto de la torre que había edificado para poder dominar mejor todos los puntos de esta, su ciudad, Marcel Arteaga menos podía ver lo que pasaba bajo ella. Menos podía dialogar con la gente y escuchar los mensajes que se esconden entre los pulsos y ritmos de la contaminación acústica de un día cualquiera en la metrópolis. Los mismos ritmos que algún artista conceptual ruso alguna vez pro-clamara famosamente encapsular en una serie de diez discos adquirible por venta telefónica. Y ya se sabe cómo fue a terminar ese artista conceptual ruso.
Desafectado, Marcel no podía intuir que la ciudad iba a asestarle su primer golpe desde lo más profundo de sus entrañas. Como tantos otros reformistas, había empezado a perder de vista la natura-leza sistémica del medio que estaba reformando. Privilegiando el ascenso propio por sobre el cambio, no anticipó que era la ciudad la que lo había cambiado y no al revés. La ciudad necesita gente que la renueve y le asegure longevidad. Gente que, mediante cambios aparentes, termine perpetuando el sis-tema por siempre. De tanto planear cambios y diseñar futuros alternativos, Marcel había terminado volviéndose precisamente en la antítesis de lo que quería ser. De tanto añorar cambios, Marcel había terminado volviéndose un revolucionario.

Abajo, más abajo de lo que los ojos de un simple empleado de los designios de la ciudad podían cubrir, Nicole y Juan Manuel revisaban por tercera vez que las cargas estuvieran dispuestas y los deto-nadores en buen estado.

_____________
Así comenzaba lo que sería, a ojos del público general, una constante campaña de demolición apuntada expresamente hacia el corazón del Imperio Arteaga. A un ojo un poco mejor informado, esto no era más que la continuación lógica y natural de la carrera de lo que había empezado como una ac-ción de arte y no se había demorado tanto en volverse célula terrorista. Se sabe, creación y destrucción van de la mano en el proceso creativo; y en esos años parecía que ya no quedaban espacios para hacer cosas, la ciudad se sofocaba entre construcciones y la única salida era hacer los espacios. A punta de bombas, de ser necesario. O así lo entendía Juan Manuel, el más motivado de los tres con “la causa”. Para Marcel no había causa realmente, o ya había sido más que llevada a buen puerto con la implanta-ción estratégica de bombas de cartón en los edificios gubernamentales y principales bancos del país. Las bombas llevaban pintada la ya-legendaria leyenda “Sería así de fácil”, y apuntaban a desnudar lo frágil del sistema. De El Sistema, en realidad. Marcel lo tomaba como un ejercicio de poder, una muestra de que, ya a sus diecinueve años, tenía a la sociedad en la palma de su mano y era cosa de que se le ocurriera cerrarla para que todos sintiéramos sus consecuencias. Para Gabriela era una forma de pasar tiempo con su novio, de ejercitar los músculo del diseño, cosa que siempre le había gustado hacer, y también de probar un poquito la experiencia liminal. Cada tanto, ya en esos días, Gabriela sentía que su vida se ralentizaba y que ella misma se conformaba con tal lentitud, por lo mismo, necesitaba sentir que estaba haciendo cosas, otras cosas. Necesitaba también saber que había un mundo afuera, que sus relaciones y sus acciones tenían un límite y que más allá de ese límite le esperaban cosas nuevas. Aunque no las fuera a conocer nunca, le bastaba saber con que podía caminar por la cornisa, sentir el vértigo y sonreír.
Juan Manuel se fue secretamente frustrando cuando los años y la ocupación de sus dos socios en esto hicieron que la idea del Terrorismo Óntico no pasara de poleras, chapitas, rayados de muro y au-toadhesivos dispuestos en lugares estratégicos. Le enorgullecía cuando veía imágenes creativas, como las sombras atómicas pintarrajeadas en torno a los bancos de Plaza de Armas, portando el signo que él mismo había concebido; aunque esto también le generaba una extraña alienación. Lo frustraba saber que había otra gente como él allá afuera y no tener cómo contactarlos. Eran los años en que aún podía sentir la diferencia precisa entre cuando un movimiento es una auténtica revolución y cuando es parte del sistema como un resfrío más nomás. Eran los años en que trazaba planes en cuadernos y guardaba copiosos apuntes en libretas de todos los colores y tamaños. Cuando Gabriela la preguntaba algo al respecto, le decía que era un proyecto más solamente, una fantasía, una proyección de lo que podía haber sido. Cuando Marcel le preguntaba, se limitaba a sonreír y decirle que era “algo grande”.
– ¿Algo grande?
– Si, algo grande, como tu idea de telefilme sobre Allende y Pinochet.
– Hey, eso sí que es algo grande. Este país no está listo para…
– Sí, sí, sí. Bla, bla, bla. Bueno, es como eso.
– Ok
– Pero Más Grande.
Y se sonreiría, en silencio, mirando para otro lado, sabiendo que eso era precisamente lo que más la molestaba a su amigo. Podían discutir por horas, pero ignorarlo, o más bien dejarlo sin poder saber algo, lo volvía loco. Y se lo tenía merecido, pensaba. Aunque después se arrepintiera, sin saber muy bien de dónde salían esos odios repentinos hacia el que era su mejor amigo de todos esos años.
No importaba. No realmente, no mientras pudiera sentarse y escribir. Cerrar los ojos y repensar el mundo, buscando las formas de infectar al orden actual y cambiarlo, para siempre. Delineó un pro-yecto de trabajo, que iba desde lo estético hasta lo político, en una secuencia estricta que involucraba presentar una idea al mundo como ficción hasta volverla realidad paso a paso. Filmaría la historia de las bombas, de los atentados artísticos y después, en su otra vida, en lo que sería su verdadero trabajo, por las noches formaría al grupo de locos que se toma esas películas demasiado en serio y saldría a poner las bombas. Un paso después del otro, ejecutaría los llamados a la conciencia y la responsabilidad social y por las noches discurriría sobre la conciencia y la responsabilidad social. De la estética al conocimiento, del conocimiento a la construcción, en pasos modelados con acción y ficción. Sería perfecto.

– Si sólo no fueras Tan Ingenuo y Tan Buena Persona. – Juan Manuel no se acostumbraba a las inte-rrupciones súbitas de El Magnate, quien jamás saludaba y siempre empezaba sus conversaciones en la tercera o cuarta frase. Y además, Juan Manuel odiaba que lo interrumpieran en los escasos mo-mentos en que disfrutaba estar solo, o en general cuando estaba trabajando en algo privado. En ver-dad, odiaba que lo asustaran de súbito, cosa que su padre gustaba de hacer desde que tenía uso de razón. Guardó su rabia en silencio, casi con el mismo instinto con el que ignoraba a Marcel en me-dio de sus discusiones.
– Como un hámster, un cuyi o cualquiera de esos roedores gordos que corren y corren y corren y co-rren y corren en círculos eternos en un caja de veinticinco por quince. Tierno, pero irrelevante. Sin ningún tipo de voluntad o resolución ver-da-de-ra.- Visiblemente sobrexcitado, El Magnate tenía un puño en alto, una mano enguantada para el frío de la mañana que le daba un aire a Peter Sellers en Doctor Strangelove.
– Y si no, ¿cómo? ¿Amasando fortunas siendo el autor anónimo de “Cómo identificar y levantar ma-dres solteras en los supermercados”? – Juan Manuel tenía de buena fuente que una de las divisiones de publicación de El Magnate encubría el hecho de que era Él Mismo quien redactaba esos super-ventas. Tomos de portada brillante y papel extremadamente blanco y barato, elegido especialmente para darle un aire de seriedad al método, como si fuera un legajo de documentos oficiales, como si al comprar los libros de autoayuda el lector se hubiera vuelto tácitamente un empleado más de la cor-poración del Cliente Feliz.
– Creando. Controlando. Ahora te sientas en el rinconcito, como el artista adolescente, anotando lo práctico que es eso de no tener liderazgo. Seguro que dibujas una serpiente, detallando hasta la más insignificante de sus escamas. Media hora después, sin nada que decir, anotas algo así como “sin lí-deres no hay cabezas que aplastar”.
Juan Manuel había hecho precisamente eso, haría ya unos cuarenta minutos.
– Y es ahí donde lo haces todo mal, ahí donde te equivocas. Si no hay cabeza para aplastar es porque no hay nadie para gobernar. Y nada puede ser si no es gobernable, sino tiene una cabeza. Lo demás son guerrillas. Pero las guerrillas no ganan nada.
– ¿Y quién dijo que había que ganar algo? ¿Por qué hay que ponerse siempre en una situación de ga-na/pierde? Ese es el problema del mundo corporativo, siempre buscan ganar, ganar, ganar; sin con-siderar la alternativa, la complejidad de las cosas.
– ¿Sí? ¿Qué tan cerca del “mundo corporativo” has estado? No te parece acaso que es realmente todo lo contrario, que las corporaciones consumimos todo a nuestro paso, que la única forma que tienes de oponerte a nosotros necesariamente te vuelve un bien valioso, algo que podemos comodificar y vender. Si trabajas con nosotros, te mantendremos siempre a distancia, en tu lugar, sin salir; si te opones a nosotros, te volveremos algo que podamos usar…
– pero la infiltación…
– ¡La infiltración! La. Infiltración. Déjame decirte algo – se notaba que todo esto era el relleno en el cuál El Magnate suprimía su ira de saberse interrumpido, para no concederle a su contrincante la satisfacción de saber que lo había alterado- La infiltración es acercarte a tu enemigo, para ganar su confianza, para trabajar con él, para cuando él menos lo espere darle una puñalada. Et tu, Brutte? Et tu? Pero un buen día, de tanta infiltración, te levantas y te das cuenta que no puedes dejar esta ritmo de vida, que en realidad no es tan malo como decía, que. te. gusta. Te miras al espejo y no hay enemigo porque el enemigo eres tú. La infiltración perfecta es la captura. Como en un anillo de Moebius, te das la vuelta y ves que tu sociedad invisible era lo mismo que despreciaste todo este tiempo. Yo SOY tu sociedad invisible.
– Mírate nomás. El millonario que hablaba como villano de cómic…
– Y VIVO como uno – El Magnate se dio una ligera vuelta en 90 grados para que Juan Manuel pudie-ra admirar la vasta construcción que encarnaba su fortuna en esta vida, y Juan Manuel no pudo evi-tar sentir que, contrario a sus propósitos, había conseguido halagar al insoportable personaje. – en cambio tú y tus pequeños sueños no van a llegar nunca a ninguna parte. Como si poniendo una bomba aquí y tirando unos panfletos allá se pudiera lograr algo. Te lo digo ahora.
El silencio se apoderó de los dos y sólo lo interrumpió el ajetreo del rodaje que empezaba a tomar for-ma, a lo lejos. Durante esos minutos de debate no había habido conciencia de la realidad alguna, Juan Manuel no había pensado como esto significaba, obviamente, que estaba, cuando menos, fuera del proyecto. Recién cuando sintió el ruido de los camiones de vestuario ubicándose en el jardín frente a ellos tuvo noción de lo irresponsable de su actuar. Dado el carácter y reputación de El Magnate, lo creía perfectamente capaz de clausurar completamente el proyecto y asegurarse que ni él ni Marcel volvieran jamás a pisar un estudio ni de televisión, ni de cine, ni de nada. Pero El Magnate en esto de-notaba su experticia y talento manipulador. Sabía que el peor castigo posible para Juan Manuel sería precisamente seguir siendo su empleado, como tal procedió a darle un pequeño sermón.
– Jovenzuelo, con el tiempo entenderás cuál es la realidad de las cosas. La realidad, que parece ser sólo la base, pero no por eso deja de ser la base de todo lo que hacemos, es aquello que, cuando logres entenderlo o cuando creas entenderlos te demostrará todo lo equivocado que estabas. Acabará con tus sueños y tus pretensiones, y hará que te avergüences de lo que antes creías que eran tus momentos de gloria. El paso de los años va a hacer eso y mucho más. Por lo tanto, el único consejo que puedo darte es que dejes que el tiempo pase. Recordarás este momento y cuando ya seas viejo y todos los proyectos cuyos riesgos no supiste calcular te hayan explotado en la cara, deformándote hasta convertirte en un gruñón que patalea por todo, sabrás que Yo tenía la razón.

Mientras tanto, tienes una película que terminar de dirigir

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