IV. Bibliotecas Ajenas.









–  Aquí están los secretos del mundo. Todos los secretos del mundo – dijo El Magnate a su espalda, dándole a entender que lo había estado observando todo este tiempo.

Marcel, afirmado contra la baranda del primer piso de la enorme habitación, no dudó de su palabra ni por un segundo. Tal despliegue bibliográfico sólo lo había visto en las películas, y estaba seguro que en esas escenas buena parte de los libros no eran otra cosa que bloques de cartón piedra con el lomo pintado para la ocasión. No aquí. Aquí, en efecto, parecían estar todos los libros del mundo. O todos los relacionados con los peculiares intereses de su anfitrión, por lo menos. Una exploración rápida le había dejado claro que  su benefactor tenía una especial predilección por la no-ficción, un gusto marcado por la historia, el diseño, las ciencias exactas, las religiones del mundo, e incluso el ocultismo más radical. No había mucho espacio para las creaciones particulares de individuos atormentados de ideas en esa gigantesca biblioteca. Los únicos tomos de ficción eran, comprobó Marcel con grata sorpresa, macizos compilados de revistas de historietas.

– Y muy especialmente ahí, en el pasillo de las historietas- agregó El Magnate, quien perfectamente podría no haber dicho nada y sencillamente haber proyectado sus pensamientos en la mente del impresionado Marcel, pero aún así eligió tener la deferencia de hablar en voz alta. Contrario a lo que sus rivales en el empresariado gustaban de cuchichear, El Magnate tenía muy buenos modales – Quizás quieras pasar un tiempo ahí, mientras tu socio filma los exteriores de noche.

Como ya se ha visto, Sus sugerencias eran ordenes para el mundo entero. Así es que Marcel pasó varias horas leyendo, revisando, tomando notas de todo lo que veía. Naturalmente, terminado el día, no había alcanzado a cubrir ni la quinta parte de todas las cosas que le habían llamado la atención en uno de los pasillos. Pero este era recién el primer día de filmación, había tiempo para más.

El segundo día resultó ser tanto más edificante que el primero. Esta vez tenía un lineamiento claro. Había encontrado entre los empastados del pasillo de historietas un viejo número de una de sus revistas favoritas de infancia. Y se sorprendió tanto del tremendo potencial que tenían esas historias, tan originales ahora como hacía quince años atrás, como de lo mucho que habían influido en su propio trabajo. Llegó a sentir que no había filmado ni tenido jamás una idea que no viniera de esas mente geniales, a veces febriles en su originalidad.

–  La Historieta es un medio noble – le había dicho El Magnate, durante los cinco minutos que había pasado con él en la biblioteca, antes de ir a supervisar el progreso de la filmación – Suele estar escrita y dibujada por individuos extremadamente talentosos, pero profundamente indisciplinados, y que por lo mismo no encuentran cabida en el mundo real. La Historieta los recoge, les da una limosna para que puedan vivir. Y ellos a cambio La expanden, La hacen crecer, La empujan estirando sus límites más allá de lo que la simple historia puede llegar. Y son estos artistas los que, al empujar la Historieta, mueven también la Historia. –

Cuando El Magnate hablaba, hasta el más analfabeto de los interlocutores conseguía darse cuenta cuando empleaba una mayúscula. No en vano él era El Magnate.

El tercer día, tras haber pasado la tarde leyendo los doce números completos de Hyper Final Adventures, la serie en la que un escritor y dibujante escocés había delineado a un mismo tiempo el crimen perfecto y los pasos para reescribir completamente la realidad como la conocemos. Involucraba una bala perdida en el tiempo y otras tantas peripecias imposibles que a Marcel lo llenaron de ternura. Recordó que esa historia le había gustado tanto que años después, de adolescente ya, había iniciado una suerte de pasquín, inmortalizado en el diario mural de su sala, con el sendo título de “Bullet(in) Time!”. Cuando le habían preguntado porqué un titulo tan rebuscado, usó a los hermanos Wachowsky y sus artes marciales en cámara lenta como referente. Le daba más que un poco de vergüenza hacer público su gusto por esas tiras con personajes en colores chillones. Aunque ahora le quedaba claro que no estaba solo.

Tampoco estaba solo, claramente, en su afán de traer a la realidad todas esas ideas e inventos que se ofrecían mes a mes en las páginas de esas colecciones. Le tomó los cinco primeros días de su trabajo en terreno para El Magnate darse cuenta que la biblioteca completa giraba en torno a esos doce números. Todas las referencias posibles, todos los trabajos necesarios para entender y reconstruir la experiencia de esa historieta estaban ahí, a su disposición. Desde el número 54 de Destruction! Inc. Comics (primera aparición de El Émbolo, villano invitado de la serie) hasta los tratados de Gerard’t Hooft sobre la posible estructura holográfica del universo. Ese salón tenía todo el conocimiento del mundo que él alguna vez hubiera querido tener.

Donde tampoco estaba solo era en la filmación del proyecto, pero no podía evitar sentirlo como algo secundario, como si hubiera sido nada más que el paso previo para llegar hasta donde realmente debía estar. Lo que a Juan Manuel no le parecía tanto, pues, si bien disfrutaba de esta nueva libertad creativa, el trabajo era arduo y contra el calendario, lo que hacía todo muchísimo más tenso y difícil. Sin embargo, no le dijo nada a nadie al respecto. De sus labios no salió jamás una queja, porque conocía a su socio y estaba acostumbrado a verlo así, absorto y perdido de toda noción de la realidad común, cada vez que encontraba algo que realmente lo interesaba.

–  ¿Te gusta ese? – Le había preguntado Joaquim, al sorprenderlo en su despacho, leyendo un poco a hurtadillas el primer tomo de “La Locura de las Masas”.

Marcel había asentido con la cabeza y dejado escapar un bufido inarticulado que podría haber sido cualquier cosa, pero que el gesto dejaba claro que era un sí.

–  Llévatelo entonces, es tuyo.

–  ¿En se rio? ¿Enserio, en serio?

–  En serio. Y en se ri o y Enserio también. – Joaquim se sonreía como no lo hacía desde el día que descubrió a Juan Manuel atándose los cordones de los zapatos, solo, tan torpe y tan perfectamente independiente a la vez.

–  Muchas, muchas gracias.- Y en eso Juan Manuel apareció en escena, era hora de volver al colegio. Así eran los días antes de que el gobierno dispusiera la Jornada Escolar Completa, uno podía ir a almorzar a la casa de su mejor amigo y llevarse un libro significativo de regalo entremedio de clases.

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Con el correr de los días, Marcel podía intuir cuando El Magnate iría a visitarlo. Había cierta tensión en el ambiente y esos minutos de conversación lo distendían. La biblioteca tenía dos grandes ventanales por los cuales entraba la luz, la vista del parque principal y, cada tanto el sonido de las rabietas de un Juan Manuel cada vez más sobrepasado por la filmación. El Magnate nunca iniciaba la conversación frente al ventanal, sino más bien lejos de él, en esos espacios donde la luz era siempre la misma. Había algo de coreografía muy bien aprendida en esas conversaciones, pero Marcel todavía no podía darse cuenta.

Ese día El Magnate lo había encontrado revisando la edición completa de “Delirios Multitudinarios y La Locura de las Masas”. Marcel lo releía con atención y tomaba notas. Tan absorto estaba que se sobresaltó cuando escuchó la tronante voz a sus espaldas.

–  Ese es el único libro en toda esta sala del que hay dos copias. Así es que si quieres llevártelo, es tuyo.

–  …

–  Es un excelente ejemplar de referencia. Mackay no debe haber tenido claro lo que estaba haciendo, pero los hombres que están destinados a jugar papeles menores en el Gran Esquema de Las Cosas rara vez lo tienen.

–  Yo lo tengo, lo tuve, lo leí hace tiempo ya.

–  ¿Y?

–  Me…gustó, supongo. Es buena muestra de cómo la gente es capaz de creer cualquier cosa.

–  No solo eso, mi joven amigo. Funciona como un plano de cómo construir todas esas cosas que la gente tiene tantas ganas de creer. Los monstruos, los miedos, las inseguridades. A la masa le encanta tener algo que temer para tener algo de qué aferrarse. La seguridad y la calma son cosas absolutamente gratuitas e inherentes al ser humano. Pero nadie en su sano juicio en estos días llegaría a creer que algo gratis puede ser de buena calidad ¿verdad?

–  Puede ser… están todas esas canciones y el discurso de que amar y morir…

–  ESO – Había que estar ahí para escuchar esa voz pronunciando una palabra completamente en mayúsculas- mi buen amigo, ESO es lo que llamamos Fase 2. Es la razón por la que una estampita sagrada o un crucifijo dan mejores resultados que la última tecnología en frenos, es esa coincidencia que buscas cuando repasas las cosas que te pasaron el día que conociste a esa chica. Son las cosas que hacen que, una vez que expusiste tu Gran Tesis para hacer de este un mundo mejor y solucionar todos los problemas en tu ambiente de trabajo te sientas irresistiblemente tentado a agregar un “¿o no?” y echarlo todo por la borda.

A Marcel le impresionó, más que toda esta perorata, el hecho en que El Magnate insistiera en tratarlo de “amigo”. La idea de ser el par de un individuo así le intoxicaba como los vapores de un buen vino intoxican a los bebedores primerizos. Afuera, su amigo de toda la vida gritaba “¡Corten!” y caminaba a pasos agigantados a intentar hacer que la muchacha que había animado el último festival de Viña entendiera que no tenía que estar sonriendo durante toda la escena.

Porque hay gente que, sencillamente, no puede parar de sonreír. Y eso molesta de sobremanera a aquellos que creen que toda sonrisa, toda risa, todo gesto es una mofa secreta en contra de sus débiles personalidades. Los colegios están llenos de esa gente. Son, en su inmensa mayoría, profesores. Así, de un ataque de risa colectivo, de un ego magullado y un chiste malo luchando por volverse gracioso, surgió la decisión de la Srta. Contreras de acompañar personalmente a inspectoría a los niños Urzaiz y Arteaga. El inspector entendió durante los cinco primeros minutos de la larga explicación de qué se trataba realmente todo esto. Sin embargo, no estaba dentro de las atribuciones de su trabajo tratar a las profesoras de Física de viejas histéricas, ni mucho menos mandarlas a la mierda. Además se acercaban las festividades de la semana del colegio y era deseable estar en excelentes términos con todos los miembros de los diversos estamentos estudiantiles. Mal que mal, estaba el asunto del amigo secreto, y nadie quería terminar recibiendo una regla graduada o un sapo disecado, como había pasado hace ya siete años cuando los departamentos de Matemáticas y Biología todavía estaban bajo el mismo mando directivo y se habían declarado en pie de guerra. El inspector no había escuchado siquiera de qué se trataba el chiste que habían iniciado supuestamente estos dos niños (Urzaiz seguro, ¿qué hacía Arteaga con él?¿no se suponía que Arteaga no tenía amigos?) habían empezado cuando ya tenía dictada la sentencia. Algo no muy terrible, pero que apelara a la noción de castigo terrible que existía en la cabeza de la vieja Contreras. ¿Había terminado ya con su historia? Qué mujer más chillona. Y pensar que echarla es más caro que mantenerla de aquí hasta que se muera.

–  Inés.

–  …y esa otra mocosa, la que tiene al papá en la clínica, y vive aprovechán…

–  ¡Inés!.

–  …si estos niños. Pensar que le hice clases al papá de…

–  INÉS.

–  …

–  Está bien. Déjame hablar a mí con los apoderados – Cosa que jamás estuvo ni siquiera remotamente pensando en hacer- Vuelve a la sala, yo les voy a explicar a estos dos de que se trata su castigo. Si te pregunta algo el resto, diles que va a ser un castigo ejemplar y que van a venir al colegio un día sábado. Eso es todo.

–  …

–  Eso. Es. Todo. Ve, ve, mujer, que hay una clase esperándote.

Y, una vez solos, procedió a explicarles lo que sucedería el próximo sábado a las dos de la tarde. La gente del aseo iba a estar tan contenta del buen sentido del humor que los dos habían demostrado. ¿Cuál era el chiste entonces?

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Ya hacía calor en las tardes ese Septiembre. Para colmo el colegio estaba lleno de gente entrando y saliendo. El lunes siguiente comenzaba la semana del colegio y todas las alianzas procuraban tener sus  aparatajes dispuestos, sus coreografías aprendidas, sus equipos bien entrenados. Se rumoreaba que ese año, para la presentación del Rey y la Reina, la Alianza Verde recrearía, arnés invisible mediante, el más famoso (y único) de los milagros de San José de Copertino, y pondría a volar a su Rey, haciéndolo aparecer enredado en la copa de un árbol. Quizás algo de razón tenían los rumores, porque, desde el interior de la biblioteca, Marcel y Juan Manuel veían como los chicos del cuarto medio amarraban cable tras cable a los pinos de la entrada. Estaban encerrados con llave hasta las siete de esa tarde, o hasta que la biblioteca estuviera efectivamente ordenada y limpia, con todos sus volúmenes en el lugar que el catálogo les había asignado.

Dados sus talentos y personalidades naturales, acordaron que Juan Manuel limpiaría todo mientras Marcel ordenaba los libros. La idea, naturalmente, la había propuesto Marcel, que sabía que nunca nadie sacaba muchos libros, y menos aún la semana previa a las competencias de alianzas. Tampoco era la gran cosa, porque la biblioteca la habían ordenado el viernes anterior. El castigo era, claramente, un gesto político del inspector hacia la Contreras y poco más que eso. El castigo era, realmente, pasar las cuatro horas y media desde que terminaran el trabajo hasta las siete de la tarde en compañía cada uno de un perfecto desconocido que no podía serle más ajeno y extraño.

Y sin embargo…

–  Y ahora…¿qué? – había preguntado Juan Manuel, claramente el más incómodo de los dos con el silencio. Marcel ya se iba camino a la estantería con novelas gráficas cuando su compañero se atrevió a dirigirle la palabra.

–  Ahora…nada, supongo. Podemos leer un rato, supongo. O rogar que nos dejen salir.

–  …

Todas alternativas altamente convincentes, como se podrá apreciar en la reacción de Juan Manuel.

–  …o ver una película.

–  ¡Eso! Veamos que tienen.

El poder de la partícula “eso” no ha de ser nunca subvalorado. Especialmente cuando en ese momento dos personas se atreven a mirarse a los ojos por vez primera, descubriendo que están absolutamente de acuerdo. Avanzaron a tranco más o menos rápido a la sección con las cintas. Los días del disco versátil estaban aún por llegar, pero la mayoría de la gente ya había olvidado qué era eso del Betamax. Pasaron rápidamente por la sección “Históricas” y ni siquiera pararon en “Material de Clases” para reírse un rato de lo que allí pudieran encontrar. Fueron rauda y dispuestamente a la sección “Películas”. Porque al parecer la bibliotecaria no se había podido decidir entre “Películas Contemporáneas” y “Películas que Estuvieron Hace Poco en el Cine” o algún rótulo igual de amplio, así es que decidió ir por el más amplio de todos. Total, ella se entendía y eso era lo que importaba. Marcel se adueñó rápidamente de la situación y lanzó una de sus típicas observaciones generalizadoras:

–  ¿Por qué es que en este colegio tienen solo las segundas partes de todas las trilogías?

–  ¿?

–  Mira, el Padrino II, El Imperio Contraataca, Volver al Futuro II… ¡pero no está ninguna de las otras!

–  Toda la razón. Tienen sólo “Aparajito”.

Años después, Marcel atribuiría, rastrearía a ese preciso instante el origen secreto de su amistad. Se dio vuelta para mirar a su amigo, que en ese entonces no era propiamente su amigo aún, pero estaba, claramente a punto de serlo y le dijo, con desorbitados ojos. Había sido, para Marcel, el punto en el cual podía sentarse y decir “y el resto es historia”. Y lo era, por supuesto. Esta historia.

–  ¿La conoces? ¿La viste?

Y Juan Manuel se encogió de hombros, con ese gesto familiar y humilde de los que saben, pero no por eso ostentan de su saber.

–  Tampoco quiero ver una película en bengalí ahora, claro…

Y se rieron, un poco de lo torpe de su conversación, un poco para amarrar lazos.

–  ¿Mad Max II: El Guerrero del Camino?

–  ¿Cuál es esa? ¿La con Tina Turner, las motos, We don’t need another hero y todo eso?

–  No, esa es la tres… que no está, obvio.

–  No, entonces no… quizás alguna que no sea parte de una serie. ¡Mira, tienen Tiburón!

–  Pero Tiburón es parte de una serie…

–  Sí claro, tan buena que era Tiburón 3-D…

–  …o Tiburón: La Venganza

Más risas.

–  ¿Te gusta?

–  La verdad sí, o sea los efectos no son la graaan cosa, pero…

–  …pero tampoco se trata de los efectos, está esa escena..

–  …en que están cenando…

–  ¡Sí! en que cenan y el niñito…

–  …imita todos los movimientos del jefe de policía…

–  …es mi escena favorita.

Y así quedó seleccionada la película, quedó sellado el comienzo de la amistad. A Juan Manuel le parecía que si bien es cierto que los efectos no eran gran cosa, que el otro muchacho se hubiera fijado precisamente en esa escena significaba que no podía ser tan idiota ni tan enajenado como todos sus compañeros decían. Marcel pasó el resto de la tarde poniéndole pausa a la película y comentándole a Juan Manuel cómo se habían hecho cada una de las escenas más significativas, en su afán de demostrarle que los efectos sí eran gran cosa, especialmente para su tiempo. De ahí en más, ahora sí, el resto es historia.

Como también historia podía llegar a volverse su consolidada amistad de años ese día Jueves, en la mansión de El Magnate. Juan Manuel llegó temprano, como siempre, y descubrió que era el primero en apersonarse en las dependencias. Al rato empezaron a llegar algunos actores, tramoyas, las modelos y personalidades del mundo público que actuaban o hacían como que actuaban en la producción. Los que no aparecían eran Marcel y El Magnate. Lo primero era insultante, lo segundo fundamental y grave. El modus operandi de la filmación había sido el siguiente: El Magnate convocaba a las personas que fueran a actuar ese día, a todo el equipo y gente necesaria para realizar la filmación, y a los directores mediante una serie de llamados y contactos diversos cada noche antes del día mismo del rodaje. Ese día, en la mañana, los participantes recibían las preciosas páginas del guión que se esperaba fueran filmadas en el curso de ese día. “Así no sólo obtengo lo mejor de estos improvisados que apenas saben actuar, sino además el talento más virgen y en bruto de ustedes mismos, mis queridos operarios” les había dicho a los directores un día. “Si bien el éxito de una empresa depende claramente de la preparación de sus participantes, es sólo en las situaciones más desesperadas donde aflora el verdadero talento” había añadido, en un acto de extrema generosidad, al ver sus confundidas caras.

Pero ese día no había aparecido. En su lugar estaba la troupe completa. Y una cebra. Cosa que a nadie le extrañó, primero porque la cebra no molestaba a nadie y segundo porque ese tipo de cosas era el pan de todos los días en la mansión de El Magnate. Lo que sí molestaba a todos en general y muy en particular a Juan Manuel era la ausencia de páginas para filmar, la ausencia de uno de los directores responsables, y en general la ausencia de alguna razón cuerda para estar ahí parados en medio de la nada bajo el frío de un día brumoso. La gente de vestuario hizo lo que pudo proveyendo de abrigos de utilería, diseñados precisamente para que quienes los usaran no se derritieran bajo el calor de los focos de interiores, por lo que mucho no abrigaban, pero más allá de eso la desazón y el mal ánimo matutino se palpaban en el aire. Juan Manuel no podía dejar de sentirse el responsable de todo esto. Mal que mal, lo era. Todas las miradas le pedían silenciosamente explicaciones, todas las preguntas versaban de lo mismo, y cuando el extra número cincuenta y cuatro le fue a preguntar qué iban a hacer, sencillamente no pudo más. Dejó en tres zancadas atrás al insistente extra y se precipitó al interior de la mansión. Sabía exactamente donde estaba su amigo y pretendía, de una buena vez, ponerlo en su sitio, que si no era la silla del director, cuando menos era la oficina del productor. No conocía tan bien el camino hacia la biblioteca, pero ver sobrepasados de semejante manera los límites de su paciencia bastaban para afinar su memoria a la perfección, aguzar sus sentidos e incrementar sus percepciones. El consolidado peso de toda la historia de la civilización no podrá jamás borrar de nuestra memoria el recuerdo de nuestras cacerías primeras, y es por eso que el camino de retorno del hombre moderno al troglodita original mide exactamente un paso. O tres zancadas.

Golpeó una hoja de la puerta, no para saber si acaso interrumpía, sino para medir qué tan resistente era. Su golpe le dio la mesura justa y de inmediato abrió las puertas de par en par con una patada precisa. Su entrada, absolutamente más digna del peor de los antros del lejano Oeste o de Teno que de un templo del saber, capaz de albergar sólo lo mejor de la humanidad.

Dio más o menos lo mismo.

La biblioteca estaba vacía.

Total y absolutamente vacía. No sólo no había rastros de Marcel o de Magnate alguno, sino que no había un sólo libro, anaquel o estante. Para todo propósito o espectador imparcial, Juan Manuel Urzaiz se encontraba de pie, solo, en un gran salón que podría haber sido cualquier cosa. Incluso haber albergado una réplica de esos antros del lejano Oeste. O de Teno.

Se sintió un tanto avergonzado y ridículo. Ni un ápice menos furioso. Pero sí avergonzado y ridículo. Estaba seguro de que no se había equivocado de habitación, pero aún así hizo el torpe ademán de verificar si acaso este era el caso. Más vergüenza, más ridículo. Ambas tomaron ribetes de humillación cuando, por el ventanal de la que hasta hacía veinticuatro horas fuera una de las más completas colecciones de física, esoterismo, mecánica e historietas del continente, vio que toda su gente, su equipo de filmación, sus actores, las personalidades públicas, la chica esa que lee el tiempo, se congregaban, con un paso no exento de cierto sonambulismo o hipnotismo de masas, en torno a la cebra.

Y la cebra, naturalmente, les habló.

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Mientras tanto, en otro lugar de la mansión, un pacto se sellaba. Marcel había llegado dos horas antes que el resto de los involucrados en la filmación. Lo había hecho a expresa petición de su mecenas, que lo esperaba a la hora señalada en su oficina privada. O en la oficina privada donde recibía a sus invitados de negocios. Tenía también una oficina privada para recibir dignatarios, zares de la droga y toda clase de gente de esa que se ofende fácilmente si uno no les da trato especial, una oficina privada para asuntos personales o placenteros o placenteramente personales; y una oficina privada donde no entraba nadie más que Él.  Marcel había traído una serie de respuestas a preguntas fundamentales que El Magnate le había dejado como tareas pendientes la noche anterior.

Las respuestas eran: “Sí, se puede”, “Sí, lo voy a hacer”, y “No, no me importa”.

Una vez intercambiados semejantes trozos de información, sellaron el pacto, firmaron los documentos y contrajeron formalmente los compromisos. De si hubo sangre o algún otro fluido corporal involucrado en el hecho no le corresponde a este capítulo informar.

De lo que sí le corresponde a este capítulo informar es de cómo, una vez terminados los procedimientos de rigor, El Magnate dio un par de pasos hacia la estantería más alejada de su escritorio. Sacó un pequeño aparato ovoide plateado, una suerte de cenicero importado directamente desde como nos imaginábamos el futuro en los setentas, y habló fuerte y claro hacia su centro.

-Buenos días, voy a proceder a contarles de ciertos cambios…

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…que han tenido lugar en este proceso- la voz de El Magnate llegaba sin distorsión alguna desde la boca de la cebra. La chica esa que lee el tiempo alcanzó a pensar que el rayado cuadrúpedo se había comido a su jefe.

–  A partir de hoy el proceso de filmación queda bajo la total potestad del señor Juan Manuel Urzaiz. Él se encargará de proveerlos con las páginas de guión, instrucciones de dirección y absolutamente cualquier otra cosa que puedan llegar a necesitar. Para los que no han tenido el gusto de conocerlo aún, es la persona que  este preciso instante los está mirando con cara de consternado desde el ventanal central del ala Sur de la Mansión. Procuren no darse vuelta todos al mismo tiempo, gracias.

Juan Manuel, en efecto, tenía una expresión desencajada, la que se veía particularmente ridícula a la distancia y en contraste con la impasible voz de El Magnate lo hacían ver como una grotesca caricatura de sí mismo. O como la imitación que un chimpancé haría de él, más bien.

El ensamble de personas y personajes convocados a la filmación no entendía mucho de nada de lo que estaba pasando en esos instantes. Sin embargo, nadie le hizo pregunta alguna a la cebra. Les habían cambiado de plano todas las reglas del juego, pero ellos seguían debiéndose a su patrón. Ese tipo de cosas eran pan de todos los días en la mansión de El Magnate.

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Marcel estaba todavía boquiabierto, muy a su pesar. No le gustaba cuando sus emociones se hacían así de evidentes. Le molestaba esa vulnerabilidad, saberse expuesto, que alguien pudiera saber lo que le pasaba mejor que él mismo y así anticiparlo, y eventualmente, derrotarlo. El Magnate estaba detrás de él, así es que al menos podía encontrar la ilusión de un consuelo y creer que no lo estaba viendo. Lo que era, por supuesto, ridículo. Marcel bien sabía que El Magnate lo veía todo. La habitación estaba en silencio.

–  Por eso es que tienes que dejarte de jugar al artista creativo si es que quieres llegar a algún lado. Puedes ser igual de creativo, y no me cabe duda que ya lo eres, pero jugando con otros materiales. Materiales concretos, reales, verdaderos, re-le-van-tes. Cualquiera puede escribir una historia o inventar un personaje. Todo el mundo lo hace día a día, sin darse cuenta siquiera. La clave está en no enfocarse en lo que no pasó, en no entender la ficción como una alternativa, sino como un proyecto. Esto no es lo que no pasó: es lo que no puede pasar. A veces sí, es necesario delimitar lo que no debe pasar… A veces más que eso.

Marcel nunca había escuchado un punto suspensivo de El Magnate. Lo sorprendió tanto como lo que acababa de ver, si bien de una manera diferente. Le pareció que ese momento de duda se condecía con su propia sorpresa, le pareció que El Magnate lo hacía a propósito, para rescatarlo, para apadrinarlo por segunda vez.

–  A veces en verdad nos muestra con toda certeza lo que va a pasar. Porque lo que no pasó ayer puede pasar hoy, de eso se trata vivir. Y si tú eres capaz de anticiparte a eso, si consigues dejar de jugar con las ideas de otros, dejar tus propios juguetes a un lado y te lanzas a construir con bloques de verdad, con hechos, con personas y no con personajes… entonces, este mundo va a ser todo tuyo. La ficción está ahí, como una puerta invisible. Por eso el común de la gente no se da cuenta cuando pasa. Un día alguien propone un concepto absurdo, una idea grotesca, exagerada, imposible. La noche de ese día, la misma persona piensa “después de todo no sería tan malo si…”, y de a poco la idea se empieza a gestar. Si la persona no es lo suficientemente proactiva, la idea se va,pasa de largo y se empieza a alimentar de otro huésped. Un comediante quizás, o un científico muy solo. Y tomará forma de chiste o de proyecto secreto. Y se difundirá y concretizará. Y un día, su huesped original la verá hecha real, tangible, tal y como tus compañeros de colegio te ven en la televisión ahora. Dirá “Yo sabía”, dirá “pudo haber sido…” Pero él NO sabía, si sabía fue un cobarde, y por lo mismo no pudo haber sido él. Quien controla esa puerta, quien controla la percepción que los demás tienen de ella, es el mago supremo y el justo dueño de este mundo. Que nadie te diga nunca lo contrario. El mundo es el mismo en sus funciones y en su estructura y nada ha cambiado realmente en todos estos años de historia. Como un musgo, como las células del cáncer, se ha replicado, ocupando más espacio, pero nada más. Por eso siempre habrá gente como tu amigo, gente que está dispuesta a dejar de lado sus comodidades con tal de trabajar haciendo lo que quieren. Y estarán siempre los demás, que renuncian a lo que más quieren con tal de hacer algo que les permita ganarse la vida. Y estamos tú y yo. Cada artista, cada hombre de negocios, cada constructor no es más que una función en el esquema mayor de las cosas. Por eso los escritores son todos borrachos y los empresarios son todos mezquinos. Vienen en distintos colores, sí, hay variantes, ediciones especiales, sí. Pero La Verdad es esta: si tú no estuvieras aquí, alguien más estaría en tu lugar haciendo exactamente lo mismo que tú ahora. Si tú no hubieras tenido esa idea, alguien más la habría tenido. De un tiempo a esta parte las ideas se están dejando caer más y más rápidamente. Trozos del futuro se desprenden y caen atrás en el tiempo, hacia nosotros, como terrones de una montaña imposible. La gente los esquiva, haciéndose los locos, viendo basura en la televisión, viviendo apilados. Donde antes vivía una familia ahora viven veintiocho. Musgo y más musgo, todo igual que antes, sólo que un poco más rápido.


































De este silencio no nos saca nadie – pensó Marcel, que no podía evitar pensar que así mismito se debe haber sentido el oficial imperial que vio la chamuscada calvicie de Darth Vader en El Imperio Contraataca.

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Instantes atrás, Marcel se había encontrado con El Magnate un poco antes de lo usual, y no en el lugar de siempre. Estaba de pie frente a la puerta que venía después de la biblioteca. No lo miraba, pero Marcel sabía que lo estaba viendo.

El Magnate le dijo:

-Ven.

Y fue.

El Magnate le dijo:

-Mira.

Y miró.

Frente a él, ocupando buena parte de la habitación, que era básicamente un duplicado de la biblioteca, se alzaba lo que parecía ser una réplica perfecta de la ciudad de Santiago, reducida a una  sexagésima cuarta parte de su tamaño original. Desde Pudahuel a La Dehesa y desde Huechuraba hasta Puente Alto (que pertenece a otra provincia, pero no es esto algo que importe realmente, porque así de improvisada es la planificación urbana de Santiago). Edificios en construcción, el Palacio de la Moneda, los treinta centros comerciales, la torre Entel, el edificio Telefónica, seis de los siete estadios de fútbol profesional (el Monumental, enclavado en un hoyo como está, costaba verlo), los dos cerros principales y la pléyade de cerros menores. Todo estaba en su correspondiente sitio. Estaba incluso su río ese que deslumbró a los conquistadores, se desbordó un par de inviernos, sirvió de cobijo a indigentes y deudores habitacionales, y que un candidato alguna vez prometió limpiar y volver navegable. Nada navegaba, eso sí, por la pequeña réplica del gran río. Seguía pareciendo más un hilo de agua con delirios de grandeza que otra cosa.

Alguna vez en el extremo Poniente de la ciudad de Santiago hubo un parque de diversiones para niños. En este parque, que se llamaba Mundomágico y que era habitado por hombres en trajes de animales y chicas en trajes de porrista, la líder de las cuales respondía al nombre de “Tía Paula”, había una réplica de la ciudad de Santiago también, aunque bastante diferente a la que ahora se extendía a los pies de Marcel, a la sombra de El Magnate. Era bastante más tosca, o más simbólica si se quiere. Sólo estaban representados los mayores hitos urbanos, ni siquiera en la misma escala. Lo importante era que los niños los conocieran y reconocieran, que se pasearan entre ellos y disfrutaran de las pequeñas ilusiones electrónicas, como esos novios que, mediante un mecanismo de poleas y luces, estaban perpetuamente saliendo de la Catedral Metropolitana, al compás de la marcha nupcial. Marcel nunca había visto un matrimonio en la Catedral, pero en Mundomágico había visto nada menos que trescientos veintidós matrimonios en un solo día. Tenía ocho años y ese mismo día decidió que había tenido suficientes matrimonios para el resto de su vida.

Al contemplar la ciudad en miniatura, Marcel no pudo sino recordar esa otra réplica, esa versión simplificada. Tenía ante sus ojos la edición remasterizada y en alta definición de la maqueta aquella. Buscó instintivamente la Catedral, esperando a ciencia cierta encontrarse con la pareja perpetua, los novios eternos, como Juan Manuel y Gabriela, saliendo de su inacabable boda, esperando la noche de bodas de Sísifo. Se sonrió al encontrarlos, tal y cómo los recordaba. Pero claro, el cerebro humano está naturalmente programado para encontrar aquello que busca sin que importe mucho la realidad de las cosas. Marcel había encontrado a los muñecos de boda de la misma forma en que Juan Manuel iba a creer, años después, que encontraba a Gabriela después de un terremoto, de la misma forma en que otros creen encontrar el amor o la efigie de Cristo en un frasco de mermelada.

Pero Marcel era, después y a pesar de todo, un tipo inteligente, con la mente lo suficientemente abierta para permitirse ser sorprendido con facilidad. Así, rápidamente se dio cuenta que los muñecos no se sucedían en el sinfín de entradas y salidas que esperaba. Le tomó, eso sí,  un poco más procesar que no eran exactamente muñecos. Los diminutos habitantes de esa pequeña en miniatura parecían no seguir ningún patrón de conducta algorítimicamente programado. La ciudad estaba repleta de estos pequeños seres, que parecían no tener facciones, y que se movían tan lento, vistos así desde la altura. Marcel se encuclilló, lenta y temerosamente, para observar mejor esta ciudad que se extendía a sus pies. Espero un rato. Se percató de que n espacio vacío, o que estaba vacío cuando lo avistó por vez primera, ahora parecía estar cercado. Centró su atención en ese punto en particular y pudo distinguir claramente la llegada de los obreros, los camiones con escombros, las grúas. Ahí, prácticamente al lado del río, estos pequeños individuos habían decidido levantar un mall. No sabía si reirse, vomitar, llorar o salir corriendo, pero no tuvo mucho tiempo para decidirse.

– iLife. O I-Life. Da lo mismo, ambas son marcas registradas de otra gente. Pero me gusta decirles así.

Desde atrás suyo, la voz del Magnate le pareció, por primera vez, humana. Marcel no salía de su asombro todavía, de ver a esas personas pequeñitas trabajando afanosamente, viviendo sus breves vidas en completa ignorancia del mundo que estaba más allá de esa pieza. Se sorprendió al sentir un inesperado arranque de súbito pudor, sintió que no tenía derecho a estar ahí viendo todo eso, que no estaba bien siquiera que molestara con su sombra a los habitantes de la ciudad-maqueta… ¿Podrían verlo? Se preguntó cómo lo percibirían, si acaso como Dios o como Godzilla.

– Son el mejor y más acabado invento de un gran hombre. El legado de un auténtico genio para la humanidad toda. Destinados a cambiar el curso de todas las ramas de la ciencia, podrían estar ahora mismo sanando tumores y eliminando el cáncer de la faz de la tierra. Sin embargo, con el estímulo correcto y apenas un poco de orientación divina, han decidido aglutinarse en comunidad y evolucionar juntos. Y construir centros comerciales, por supuesto.

El Magnate le hizo un sutil gesto con la ceja, para hacerle saber que tenía que subir con él a contemplar la ciudad desde lo alto de una plataforma equipada con prismáticos.

–  Empecé con cinco, de los siete que quedaban en existencia. Tienen una resistencia increíble y logran vivir proporcionalmente mucho más que un humano. Además, evolucionan a pasos exponencialmente agigantados. El secreto está en el estímulo, siempre. Basto con dejarlos en una maqueta antigua para que empezaran a hacerle modificaciones y cambios a su antojo. Llevan apenas una semana acá y la ciudad ya es perfectamente funcional e independiente de fuentes exógenas. Quizás se parece demasiado al Santiago que tú conoces, lo que me hace dudar de su inteligencia, pero espero que en un par de generaciones más hayan conseguido evolucionar más allá de eso. Seguro que de aquí al fin de semana ya han lanzado su primer astronauta a explorar el espacio exterior. Chile no puede, pero ellos sí que pueden.

Marcel que todavía no conseguía decir mucho, impresionado como estaba más que de la irrealidad de la situación, de la perspectiva que le otorgaba esta, de poder mirar, efectivamente, pequeñas vidas articulándose, como quién ve los puntos de colores que componen una fotografía, escudriñó la ciudad bonsai en busca de lugares familiares, quizás de caras conocidas. Le pareció encontrar el barrio donde estarían sus padres, cerca de ahí tenía que que estar el colegio San José de Copertino, y siguiendo el contorno de esa calle, desviándose un par de cuadras antes de la principal arteria comunal, pudo encontrar el edificio de departamentos donde vivía. Afuera de éste, había un vehículo pequeño, no se alcanzaba apreciar si acaso era un automóvil como tal o si se trataba de algún tipo de carro flotante. Fuere como fuera, el vehículo recibió a dos pequeñas figuras, que tenían mucho de familiar, y comenzó a dar vueltas alrededor de la cuadra. Primero una, después otra en el sentido contrario. Después se estacionó un rato en un edificio cercano, y luego partió, cruzando la ciudad hasta llegar a un pacífico sector residencial, en medio del cual se enclavaba un parque gigantesco, como Marcel no creía haber visto aún en su vida. En medio de este parque había una casa, que era, a todas luces, la casa del Magnate. Los dos pequeños pasajeros se bajaron del vehículo y fueron amablemente recibidos por el dueño de casa, quien caminó con ellos, y los invitó cortésmente a caminar con él, mientras parecía explicarles algo. Desde el observatorio, Marcel enfocaba afanosamente su visor pero apenas captaba borrosamente la escena. Decidió no perderle la pista al más pequeño de los muñecos, aunque con esto dejase de prestarle atención a todo lo demás. Había un cierto aire de incerteza, mitad miedo real, mitad tensión de videojuego, por saber qué pasaría después, que harían esas pequeñas réplicas, para quienes el tiempo pasaba en cosa de minutos y ni su longeva vida los salvaba de una pronta muerte a los ojos de cualquiera que mirara la construcción por el tiempo suficiente. Siguiéndolos así, con atención, Marcel se pudo dar cuenta de cómo pasaba el día y la noche para esas criaturas. Absorto, perdido en un lapso de tiempo indeterminado, los vio entrar y salir de la mansión día tras día. Se pudo percatar especialmente del día en que, mientras el muñeco a quién seguía especialmente estaba en la mansión, un grupo de sus pares pareció juntarse se reunía en el jardín central de la mansión en torno a un animal que podía ser un caballo o quizás un hipopótamo famélico, no se percibía bien. Y vaya uno a saber de dónde fue que estos seres sacaron semejante criatura. Pero Marcel ni siquiera reparó en eso, pasaban muchas cosas en la ciudad en miniatura, en ese preciso instante.

En ese preciso instante…

En ese preciso instante, el presidente en miniatura de un club de fútbol local en miniatura daba una conferencia de prensa para explicar que no habría más refuerzos para el plantel de ese año. Cuestionado sobre los rumores de una eventual contratación sorpresa, el atribulado presidente apenas atinó a levantar la vista y lanzar un tímido “La sorpresa es que no hay sorpresa”.

En ese preciso instante una iglesia en miniatura construida casi en su totalidad de hormigón hacía combustión espontánea. “Capilla Ardiente” titularían los diarios en miniatura al día siguiente. Se habló de milagro y se dispuso la creación de un comité especial dedicado exclusivamente a constatar la veracidad del hecho. En otro punto de la ciudad, un joven productor pensó que “Capilla Ardiente” podría servirle como acompañante a “Séxodo” en la parrilla programática la próxima Semana Santa.

En ese preciso instante un operario de televisión por cable en miniatura se quedó dormido sobre los controles, provocando que las setenta y ocho señales de esa empresa emitieran en cadena el mensaje evangelizador de la Iglesia Pare de Sufrir. Mientras tanto, la otra empresa proveedora de televisión paga en miniatura transmitía en todos sus canales la canción principal de Los Pitufos, repetida una y otra vez. Se supo posteriormente que quince alcohólicos en miniatura habían decidido dejar la bebida después de ese incidente, y que veintidós de los pequeños habitantes de esa ciudad en réplica habían atentado contra sus propias vidas durante los sesenta minutos que duró la experiencia.

En ese preciso instante se apagaron las luces de la ciudad por exactamente un minuto, porque el encargado del sistema interconectado central de luces leyó en una página web que había que darle sesenta segundos de respiro al planeta.

Pero a Marcel ninguna de las anteriores pareció importarle, absorto como estaba en el futuro de ese pequeño, quizás demasiado pequeño, fragmento de vida artificial o natural, qué diferencia hacía, que ahora caminaba, quién sabe cuanto tiempo después, sólo por las calles de su ciudad. Le parecía que llovía, le parecía que era de noche, aunque era difícil saberlo a ciencia cierta. Aislados del mundo exterior como lo estaban por esas cuatro paredes, los habitantes de esa ciudad poco se preocupaban por esas cosas, insertos como estaban en su autoreferencia, en sus programas de televisión y en sus diarios que cubrían lo que pasaba en los programas de televisión.

Marcel vio como, esa noche, ese día, ese instante su doble en miniatura se reunía con otra figura, en medio de la calle, en medio de un pasaje pequeño que conducía a una calle principal en el lugar donde empieza o termina el centro de la ciudad dependiendo de a quién le preguntemos. Dos pequeñas porciones de vida encontrándose en medio de un espacio solitario, abrazándose, estrechándose como queriendo hacer desaparecer su pequeña ciudad y estar solos en una soledad completada y perfeccionada por el otro. Se estremecían en los brazos del otro y verlos era algo estremecedor para cualquier espectador imparcial. Para Marcel el gesto tenía además una resonancia especial, su estremecimiento venía de un temblor interno mayor. Él sabía quién era el otro muñeco, a primera vista sin ningún rasgo distintivo que lo diferenciara de cualquiera de los otros habitantes de ese Santiago en miniatura. Él sabía.

Ciertamente, la tragedia de los seres humanos recae en su inherente capacidad de crear sentido donde no lo hay. La inteligencia de una persona se mide por su habilidad para adaptarse a situaciones nuevas, para transformar un escenario conocido, aplanándolo hasta volverlo una réplica de lo que su mente entiende y puede elucidar. Así, las personas más brillantes son esas que prontamente encuentran conexiones invisibles y actúan en conformidad a estas, haciendo y mostrándonos caminos donde creímos que sólo había caos. Pero esas personas no se consideran realmente brillantes, no pueden, no saben, es la forma en que han visto el mundo siempre. Y nada de lo que saben, ninguno de los talentos que los separa del común de sus pares puede evitar que un día, de tanto ver aquello que está ahí sin que los demás lo vean, terminen viendo algo que efectivamente los demás no ven porque no está ahí. La línea entre la genialidad y la locura se traza en ese movimiento. También la línea entre la euforia y la depresión. Todo lo que se necesita es una pequeña ilusión, un pequeño momento de desconcierto y los planes mejor armados se vienen abajo. Todo se viene abajo.

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