III. Apocatástasis.






Lo decía en la primera página. El título, flamante, echando luz y sombra sobre su autor. Más abajo, “Un guión de Juan Manuel Urzais”. No dejaba indiferente a nadie. Sonaba bien, sonaba familiar y a la vez desconocido, como tiene que ser. Sonaba a un tipo de enfermedad al aparato excretor les dijo alguien una vez, un productor sin nombre que en esos tiempos ya experimentaba los problemas al orinar propios del adenoma prostático. Sonaba a erudición excesiva y otro productor sin nombre, Productor Viejo 2 en los créditos de esta película, les preguntó, años antes de que Google se adueñara de la frase:

– ¿Quizás quisieron decir “Apocalipsis”?

– No – se sonreían, sorteando en un instante quién sería el que diera la explicación – verá usted, el apocalipsis supone una destrucción definitiva, el fin de todo. Es tan de la década pasada. Una apocatástasis es el punto en el que las cosas vuelven a su orden establecido. Es más positivo, da esperanzas en que otro mundo es posible…- y luego el otro añadiría una frase, según fuera su apreciación del productor que estuviera al frente:

El capítulo siguiente.

El reseteo del juego.

La vuelta de página.

El tiempo alternativo.

Muy Quantum Theory.

Muy moderno.

Muy actual.

Muy postmo.

A los jóvenes les encanta.

Los niños lo entienden mejor que los adultos.

Y las puertas se cerrarían, indefectiblemente, una y otra vez. Pero Marcel sabía que la cosa era tan sencilla como golpearlas todas, que por probabilidad era imposible que todas dijeran que no. Era sólo cosa de tiempo. Y Juan Manuel sabía que la idea era buena, que no podían claudicar, jamás. Y Gabriela les hacía la comparsa. Buenos tiempos.

La idea original, como lo proclamaba la portada, había sido de Juan Manuel, que llegó un día al departamento que compartían casi falto de oxígeno de la ansiedad por decir lo que llevaba demasiado tiempo (media hora) en su cabeza. Los seres humanos somos frágiles vehículos para las ideas, de ahí que la mayoría de los pintores se vuelvan locos y los escritores sean en su inmensa mayoría alcohólicos de la peor ley. Pero Juan Manuel era joven y no había tenido tantas ideas en su vida, así es que soportó bien la carga. Había ido a una charla en su universidad, donde un científico con aspiraciones a surfista, o un surfista con aspiraciones científicas, nunca le quedó muy claro, había hablado sobre un modelo para entender la composición esencial del universo a partir de la más pequeña de sus partículas, entendidas en un espacio energético de 248 dimensiones.

La idea, por supuesto, no vino de ninguna de las inverosímiles ecuaciones descritas por el  surfista sino por una foto de unos corales que el muchacho usó para explicar la mecánica cuántica. Los corales, explicó el científico, compuestos como estaban de copias idénticas de un polipo base, tenían muy claro cómo se sentía eso de estar en dos lugares a la vez, de experienciar la realidad como una mulitplicidad de eventos, como todas las posibilidades sucediendo a la vez. De la foto de un arrecife al guión de la película que les daría el primer atisbo de fama había habido un paso. Y media hora. Y una larga explicación entre respiraciones entrecortadas y gigantescos sorbos de agua, más propios de un hiperventilado dibujo animado japonés que de un individuo creativo.

Y no era tan mala idea, tampoco. O, más bien, era una idea realizable. Un proyecto que necesitaba seis actores, una mínima post-producción digital y poco más. O eso era lo que Marcel iba a venderles, junto a su socio, a todas y cada una de las productoras, canales de televisión y fundaciones que había en el país. Sentían, eso sí, que el proyecto tenía que ser financiado y realizado íntegramente en su país, en su ciudad. No querían la precisión en los tiempos de entrega o la asesoría paso a paso de una eficiente organización europea, tampoco el rimbombante despliegue técnico y humano de las productoras brasileñas. Sentían que la historia iba a ganar con esos atrasos en los pagos, esos traslados limitados por los choferes somnolientos y toda esa descoordinación en el papeleo, todos esos permisos notariales iban a impregnar de una esencia completamente mundana a su opereta de ¿Ciencia-Ficción? ¿Fantasía? Dependía de a quién se lo preguntaran. Afortunadamente, hubo una corporación, más deseosa de descontar impuestos que de fomentar las ansías creadoras de un par de jovenzuelos cuyo impresionante currículum estaba lleno de vacíos, inconsistencias y números de referencia que en realidad eran los de las casas de sus amigos. Afortunadamente, la encargada de selección de proyectos, una mujer profundamente cansada de recibir órdenes sin razón ni fundamento de sus superiores y desinteresada como sólo lo están las personas realmente cercanas al retiro, tuvo el buen juicio de no hacerles muchas preguntas. Se limitó a dejarles en claro una cosa: la plata era la que había y ni un peso más. Los plazos daban más o menos lo mismo, pero tenían que tener claro que si sobrepasaban el presupuesto asignado no había forma alguna de dar marcha atrás y quedarían a su suerte con lo que fuera que hubieran filmado, si es que. Marcel y Juan Manuel firmaron tres tristes documentos en su respectivo triplicado solamente para dejar absolutamente claro que sí entendían que no había ni un peso más fuera del monto que les estaban dando. La mujer, que estaba tan cerca del retiro ya que ni un nombre en esta historia tiene, les sonrió, les dio la mano a cada uno a través de su escritorio, recibió el atolondrado beso de Marcel y los vio enfilar hacia la puerta de su despacho con la conciencia doblemente tranquila de aquellos que sienten haber hecho un gran bien y además acometido una merecida venganza en el mismo acto. Se dispuso a llenar una planilla de formulario, quizás la última de su carrera, y se percató de un pequeño recuadro.

-Disculpen.

-¿Sí? – Juan Manuel y Marcel se quedaron paralizados en sus talones, tal y como la vez que el profesor de química, el Señor Pinto, Dios lo tenga en su Santa Gracia, tras un par de milenios de purga infernal, los llamó de vuelta a su escritorio, cuando iban saliendo de la sala con esos tubos de ensayo llenos de peróxido de acetona.

-La película… ¿de qué se trata exactamente?

-…

-…

-No tienen que contarme mucho, es que tengo que llenar acá donde dice “Género”. ¿Romance, Comedia, Aventura, Acción?

-…

-Romance. Es una historia de amor.

-Ah, perfecto. Que les vaya bien chiquillos. Ya les va a llegar el correo de la gente de contabilidad, ¿sí?

-Gracias.

Y cerraron la puerta, y exhalaron con el mismo alivio con el que habían dejado la oficina de Pinto. Y se fueron caminando, con los fondos para filmar su primera película, con la misma seguridad con la que habían caminado con los materiales para fabricar su primera bomba.

_________

Empezar de cero con los mismos personajes, desarmar el Lego y construir algo radicalmente nuevo a partir de las mismas piezas. De eso se trataba la película realmente. Adolescente, perdida: en la película lo único que se mantenía constante era el amor de sus protagonistas, que se las ingeniaban para reencontrarse una y otra vez sin importar lo distintas que fueran sus vidas. ¿No había una película igual con Ashton Kutchner? Sí, pero en esa película las cosas no cambiaban debido al paso de un cometa que rasgaba las páginas de la historia obligando a que estas fueran reescritas por un dios perezoso. Sí, pero en esa película no hacía su primera aparición un extraño individuo vestido en suntuosa chaqueta blanca dominando todas y cada una de sus escenas con “Dedicated follower of fashion” de The Kinks sonando de fondo. Sí, pero esa película no recaudó un 2300% de lo que costó. Sí, pero esa película la vio mucha más gente.

Pero el primer paso estaba dado, y el segundo no demoró en seguirle, como tampoco el tercero ni el cuarto. Algo tenían estos chicos que se las ingeniaban para hacer rendir los recursos, entregar historias populares y que no eran del todo defenestradas por la crítica. Así vinieron los primeros pasos en TV con “La Agencia”, un exótico policial en donde una pareja de detectives mortalmente parecidos a Juan Manuel y Marcel recorrían la ciudad arrestando narcos y baleándose con criminales de irrisoria sofisticación, mientras dedicaban su tiempo libre a hacerlas de consejeros sentimentales. “El Acorde”, telefilme que narraba las desventuras de un pobre músico venido a menos que recorría el país entero en busca de inspiración para su segundo disco, sólo para encontrarlo en una guitarra mística, propiedad de Sn. Juan Mateo, el guitarrista de Los Vidrios Quebrados que se había transformado décadas atrás en un ermitaño en el valle del Elqui. Vino el “diseño de contenidos creativos” (reality shows), la “asesoría en guión dramático” (teleseries), los trabajos con seudónimo (porno), y corrían rumores de que el capital inicial de su productora había venido casi íntegramente de lo que habían ganado haciendo una película por encargo para un extraño ejemplar: un millonario chileno dispuesto a gastar la fortuna que no había tanto como amasado sino más bien se había encontrado pasando un día por el lugar preciso a la hora señalada. Habían recibido el enigmático llamado de un número no identificado una tarde de invierno.

-Aló, ¿quién habla?

-Habla el que habla y quiero que me escuchen. – Decir “habla el que habla” estaba lejos de ser una referencia crística por esos días, y nadie en su sano juicio podría haber creído que este millonario hiciera una alusión al Nuevo Testamento. Pero era una línea que se había puesto de moda en la boca del anónimo mafioso, vestido siempre en riguroso blanco y con música de The Kinks cada vez que salía en escena, que había sido revelado como el archivillano de “La Agencia”.

-…

-Tengo una propuesta para ustedes, para su productora. Es sencilla y, me parece, muy conveniente para todos los involucrados…

Y sin más pasó a detallar meticulosamente la situación en la que se encontraba. Les explicó porqué necesitaba tener una película lista en menos de 2 meses, porqué tenían que actuar a lo menos dos personas en roles muy específicos, porqué había ciertas escenas en las que él tenía que estar presente y que no podían bajo ningún motivo ser filmadas sin su presencia, porqué la película no la verían más que un puñado de personas y porqué sería exhibida solo una vez durante las próximas celebraciones de su cumpleaños. Les aclaró cuanto estaba dispuesto a pagar y les detalló el listado de actores que podían pedir, tanto del medio local como del continente y de las factorías de Hollywood y Bombay si es que así lo creían. Les aclaró que nada de japoneses ni estrellas de las artes marciales. Les indicó cada una de las escenas de la película, llegando incluso a leer extractos del guión para dejar en claro porqué esas escenas no podían filmarse sin su presencia. Les dejó muy de manifiesto cómo beneficiaría a sus carreras este pequeño favor, cómo durante las semanas de rodaje trabajarían con lo más selecto de la industria a nivel planetario y les leyó los nombres del puñado de personas que verían la película durante las celebraciones de su cumpleaños, haciendo las aclaraciones de rigor cuando el nombre de algún potentado no les sonaba familiar o no sabían bien donde quedaba el país de tal o cual jefe de gobierno .

Por supuesto, Marcel y Juan Manuel pensaron que esto no podía ser obra de otro que de Carlos Alfonso, el tramoya que llevaba más tiempo trabajando con ellos y que hace rato que estaba pidiendo que le hicieran el nexo algún canal para hacerlas de imitador en el horario estelar, siempre ávido de gente así. Cuando lo manifestaron se hizo un silencio.

-…

-¿Loncho? Ya pues, ¿qué pasa?

-Harían bien en recordar con quién están tratando caballeros. Todo lo bueno que les va a pasar después de este proyecto está ahí, como un peso sobre sus cabezas ahora mismo. Y sería cosa de que dijeran que no para que todo lo bueno se fuera lejos, a pasarle a otra persona. Y el peso les caería a ustedes. Las malas vibras son una cosa muy seria ¿saben? ¿O acaso su Carlos Alfonso iba a llamarlos simultáneamente a sus celulares? ¿Puede él hacer eso?

En efecto, Juan Manuel y Marcel se encontraban en dos puntos bien distantes de la ciudad, pero El Magnate en su perorata no los había dejado siquiera darse cuenta de compartían la línea.

-Tiene acaso su amiguito los recursos para hacer…esto.

Y en dos puntos bien distantes de la ciudad de Santiago pasó una caravana de vehículos tocando sus bocinas para formar el climático coro del suspenso por excelencia:

TAN TAN TAAAAAAAAAAAAAN

Y en dos puntos bien distantes de la ciudad de Santiago se escuchó, al otro lado de la línea, una risa atronadora, de esa que Dios sacaría si tuviera un sentido del humor y estuviera a un whisky de perder la conciencia.

____________

El eco de esa risa se le vino a la mente a Juan Manuel mientras caía, tragado por la ciudad partida en dos. Mucho tiempo después estuvo dispuesto a jurar que ese precisamente era el ruido que la ciudad hizo al romperse, y que fue lo que le hizo darse cuenta que su caída era una suerte de descenso a la entraña misma de la ciudad. Eso explicaría muchas cosas, como que viviera para contarlo, cosa que no era menor. Fue una caída muy larga, lo suficientemente larga para reflexionar sobre su situación, recordar al Magnate y su risa, acordarse de los tiempos de “Apocatástasis” y pensar un buen rato en Gabriela y qué sería de ella y no fuera a ser que al final de esa caída estuviera ella.

Después pensó en su amigo Marcel, en lo raro que había estado recientemente y cómo cada día parecía ser más su mecenas que su amigo. ¿Qué le había pasado al chico tímido que siempre estaba ahí, a su lado, contándole todo, pidiéndole consejos hasta sobre su modo de andar? Marcel había sido tan generoso con él y parecía siempre tener una opinión para todo, tenía un sentido de la anticipación increíble y sin embargo…

Sin embargo ni apuro, como una bolsa plástica haciéndolas de monigote artístico en una horrible película yankee, seguía cayendo. Lo rodeaba una oscuridad total, en la que no podía intuir nada y parecía que no hubiera nada que intuir. Tener los ojos abiertos o cerrados hacía escasa diferencia y si bien al principio le pareció desesperante, luego se entretuvo jugando a comprobar la transparencia de sus párpados, y al rato se aburrió del todo y si acaso alguna vez hubo algo más allá de la oscuridad, bien por ello. Él estaba demasiado ocupado para atender a cosas como la luz o el espectro visible, él caía.

Y caía

Y caía.

Si se durmió o perdió la conciencia antes del impacto nadie lo supo jamás. Lo siguiente que vieron sus ojos tuvo lugar en una sala escasamente iluminada, que se asemejaba en algo a otra habitación en la que alguna vez estuviera, en otro país, más al Norte, esa vez había ido a dar deshidratado, tanto de viaje peregrino como del haber tomado agua en una fuente más emparentada con el pozo séptico que con un canal potable. En esta sala, como en aquella del país tropical, había también una mujer a su lado haciendo vigilia. Enfocó la vista y le pareció que la conocía, que había estado con ella, hace poco quizás. Le trajo recuerdos o algo parecido a recuerdos y le pareció entender qué era lo que le había sucedido.

– ¿Gaby? Tuve un sueño eterno. Como el que contó el viejo Aravena el otro día, ese en que soñó que lo mandaban a la cárcel por veinte años y se soñó cada día de la sentencia y despertó justo el día que quedaba libre ¿te acuerdas?

-Si te quedara un hueso bueno, te lo habría quebrado ahora mismo- le dijo la mujer dándose vuelta para mirarlo, brazos en la cintura, con una mirada que daba entender que no lo despreciaba en serio, pero que sí estaba un poco harta de él. Estaba vestida con una chaqueta corta de un tono verdoso semi-militar, una polera de los Sex Pistols de esas que existían antes de los Sex Pistols, una minifalda de jeans que daba paso a sus piernas cubiertas por harapientas medias de red. Las botas, que podrían o no haber venido de la cabeza del Doctor Martens, complementaban la idea de combatiente punk que Nicole acentuaba con frases clichés y miradas de desprecio hacia toda la humanidad cada vez que podía. Cuando Juan Manuel pudo pensar en enfocar la vista, lejos de formarse cualquier impresión de la muchacha, que no podía tener en ningún caso más de diecinueve años, se quedó fijo en una esfera que colgaba de su cinturón. Parecía una bomba de caricatura, de esas que Willy E. Coyote parece tener siempre a mano cuando el Correcaminos pasa. Esta se veía harto menos inofensiva que esas eso sí. Y no era marca ACME. Juan Manuel forzó su reestrenada vista y pudo leer, con toda claridad, la inscripción:

“SERÍA ASÍ DE FÁCIL”

____________

Un camino nuevo, una oportunidad de empezar de cero. De reescribir esta historia con los mismos actores y otros destinos. Mitad física cuántica, mitad la irresponsabilidad de no hacerse cargo de los propios actos y la posibilidad cierta de hacer que todo el mundo hiciera lo que él quisiera.  Eso era para él “Apocatástasis”, no una fantasía de amor entre una pareja perdida en los pliegues del tiempo ni nada, nada por el estilo.  ¿Qué fue lo que hizo que Juan Manuel le dijera eso a la vieja? Ni idea, seguro que sus problemas del momento con Gabriela. Para entonces ya empezaban a verse las primeras grietas, se apreciaban las capas de pintura que daban pie a una relación menos profunda y más de fachada. Los planes de Marcel estaban entrando a algo parecido a una segunda fase.

Una fase a la que realmente entrarían, para no salir más, cuando conoció al Magnate. Había algo en su forma de conducirse por la vida, algo que le recordaba un ideal que alguna vez había tenido. Un sueño que había dejado plasmado en ese personaje que se repetía en todas sus producciones, ese señor bien vestido con esa canción de fondo.

Filmando con El Magnate Marcel entendió o creyó entender más de la vida de  lo que había entendido en sus veintitantos años anteriores. Ver el respeto que generaba en sus empleados (El Magnate jamás los llamaba “trabajadores”, porque sabía que el trabajo era una actividad dignificante y quería recordarles constantemente que ellos estaban siendo, efectivamente, usados por él. El Magnate, conocedor de los secretos del mundo, conocía bien el poder que supone nombrar a alguien por un adjetivo en vez de un sustantivo) y la extraña repulsión que sus pares le demostraban le hizo apreciar las cosas de otra forma. Se dio cuenta de que a veces ser querido no era nada de importante y de que existe un reverso de la vanidad humana, que es perfectamente posible vivir aislado de todas las cosas que la gente da por importantes en sus películas y tarjetas de navidad, que es  cosa de estar dispuesto a pagar un pequeño precio para obtener grandes ganancias para cobrar inmensos precios y ofrecer escasas ganancias. Y esto no sucedió sino hasta el último día, cuando la película ya estaba lista, los invitados sentados en sus divanes, cojines, algunos incluso colgaban de los majestuosos candelabros del salón principal.

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