II. ORIGEN SECRETO.






El último sobreviviente de un planeta condenado, enviado a la Tierra por sus padres, dedica su vida a luchar por la justicia…

…habiendo sido testigo de la muerte de sus padres a tan temprana edad, hizo de su vida una cruzada contra el crimen, así, vestido en oscuro manto protege a los inocentes, inspirando miedo en los supersticiosos criminales…

…tras haber sido mordido por una araña radioactiva, dejó escapar a un ladrón que, horas más tarde, se convertiría en el asesino de su tío. Así aprendió que con un gran poder siempre ha de venir una gran responsabilidad…

…estando en el lugar equivocado, en el momento preciso. Por salvar a su mejor amigo, se vio expuesto a una terrible ola de radiación gamma, la que lo fisuró por siempre, separando al tímido doctor de la imparable abominación conocida como…

…rescate de una nave estrellada, un extraterrestre moribundo le lega un anillo de poderes insondables, cuyo único límite es la voluntad de quien lo use…

… y la tormenta eléctrica. La caída de un rayo, combinada con la extraña solución en la que trabajaba lo transformaron en el hombre más rápido sobre la faz de la Tierra…

…un enjuto y desnutrido conscripto, que se somete voluntariamente a un programa experimental del ejército. Alimentado por un suero especial e irrepetible nace un icono, protector de la verdad, el orden y el estilo de vida Americano…

…como una pareja de científicos, un par de aventureros. Amigos y familia. Desafían a la autoridad para poner en marcha un proyecto personal. Abordan un transbordador espacial, sin considerar los efectos que los rayos cósmicos tendrán sobre sus cuerpos…

…y la condición cardíaca que llevó al egoísta magnate a diseñar la armadura que hoy es un símbolo de advertencia para aquellos que codician el poder en el nombre del mal…

Todos tenemos uno.

Y hay ciertas constantes que se mantienen, o al menos se repiten con la frecuencia suficiente para  dar la ilusión de permanencia. La venganza, el dinero, la exposición a la radioactividad,la tragedia. La radioactiva tragedia de tener mucho dinero para vengarse es mi favorita. Ese es mi origen secreto. Ese y todos los anteriores y unos cuántos más.

Yo tenía quince años cuando leí un cómic en el que El Villano Absoluto triunfaba en sus intentos de asesinar a un dios. Era el número 7 (de 12, porque siempre son el número algo de algo) de Hyper Final Adventures. El Villano le disparaba una bala especialmente confeccionada, rellena con un elemento radioactivo fatal para este ser divino,que vestía unas apretadas mallas celestes con charreteras rojas. El asunto, eso sí, estaba lejos de ser tan pedestre tampoco. Para nada. La clave del plan estaba en que el disparo se efectuaba desde el final mismo de los tiempos. La bala viajaba así siglos de siglos en reversa contra la historia, desgarrando la realidad a su paso hasta alojarse en el presente en el cuerpo del desprevenido dios. Todo lo que un coleccionista de cómics llama “un clásico instantáneo”.

Cómo llovía esa noche.

Recuerdo llegar a mi casa, al pequeño departamento donde vivíamos mi padre, mi madre, mi tío y yo, bajo esa lluvia torrencial. El pronóstico del tiempo había anunciado esta misma lluvia para dos días más, así es que yo había salido esa mañana al colegio muy mal equipado para las circunstancias. No me había importado mucho a la hora de salida y de igual forma había partido a comprarme el último número de ese cómic. Me importó,sí,  una vez que lo compré, guardé en una, dos bolsas protectoras y cubrí con mi chaleco antes de guardarlo en mi mochila y salir corriendo a eludir la lluvia y la pulmonía que venía seguro con ella, como quien intenta eludir una bala  perdida y su radiación.

Me gané no sólo la sorna de mi tío, el reto de papá y la mirada apenada de mamá, sino también un par de días sin ir al colegio, mucho aburrimiento y treinta y nueve grados de fiebre que, en retrospectiva, algo puede que tengan que ver con esta historia.

Treinta y nueve grados es el punto donde la realidad limita con la alucinación. El punto donde las cosas se disuelven. Ahora las ves y ahora no las ves. Lo invisible se vuelve evidente y uno entiende, entre tersianas y sudores y paños fríos y termómetros que eso de lo esencial y los ojos son niñerías para niños más bien pasmados. Y adultos asustados. Adultos que no se atreven a mirar y admitir que no hay nada bajo la cama, que  todo está perfectamente bien así, que no hay que levantarse mañana si uno no quiere.

Treinta y nueve grados es el punto de fundición de la corteza cerebral. El punto donde la percepción se vuelve maleable y es fácil dejar un recuerdo grabado en esas paredes mantequillosas. Como el rayado en un banco o el tallado en un árbol. “S y A, S.A.L.”, “Marianito estuvo aquí”, “Café Tacuba vale callampa”, y así.

Ahí fue donde yo escribí “Una bala en el tiempo”.

Afuera llovía y yo acercaba, una y otra vez, la lupa a la página, para ver los cuadritos, para llegar a ese punto en que la imagen se descompone a tal nivel que cada uno de esos pequeños elementos no pueden siquiera remotamente hacer sentido, ellos mismos no pueden entender su destino superior, su parte en el Orden Mayor de las Cosas. Así mismo debe vernos Dios, pensaba yo, que todavía tenía miedo a no ser una de sus creaciones, a no sentirme parte de un plan infinito o comulgar con un destino manifiesto y superior. Entonces cayó un relámpago, a lo lejos, en la cordillera, quizás en la casa de alguien, y mi mente se fundió con otras cosas.

Me gustaba leer historietas. Me gustó siempre, incluso antes del final. Me gustaban, sobretodo, las historietas con superhéroes, ese género tan vilipendiado, pero con tanta libertad para transgredir los límites del absurdo. Cuando la tecnología empezó a avanzar a pasos agigantados, trayéndonos un avance tras otro, primero con meses de distancia, luego con semanas o meros días, el cine de efectos especiales se dedicó a adaptar no sólo todos mis clásicos, sino que además se volvió una suerte de desfile de colores y texturas tan sofisticado y lejano a todo lo que había visto antes, falló miserablemente a la hora de impresionarme con la misma efectividad que esas historias sencillas en cuatro colores. Historias donde un hombre se volvía tan tan rápido que podía hacer vibrar sus moléculas hasta el punto de acceder a universos paralelos que se escondían ahí, a dos pasos del nuestro; historias donde un científico brillante se convertía en una abominación de fuerza incontenible cada vez que perdía el control de sus emociones;  historias donde un cuerpo de policías interestelares patrullaba la galaxia armados con una lámpara maravillosa, cuya única debilidad eran los objetos de color amarillo, el color de los cobardes, y cuyo único límite era la fuerza de voluntad. Pasé buena parte de mi infancia tratando encontrar una de esas lámparas. En cada vacación familiar, en cada paseo me alejaba del grupo principal y procedía a explorar los alrededores, a veces sin que nadie lo notara, a veces procurando la excusa de ir al baño. Lo más cerca de encontrar mi codiciado objeto mágico que estuve fue en un atardecer en una de esas playas que son más para mirar el atardecer que para bañarse u otra cosa. Me había separado de mi familia, yendo al extremo más despoblado de la costa. Salté un roquerío y descubrí una pequeña cueva donde, por supuesto, no encontré más que latas de cerveza abandonadas y colillas de cigarro bien avanzadas en su proceso de asimilación con el musgo y sarro de la caverna. Lo que sí, al salir de esta, en el camino de vuelta, me encontré con una mujer, anciana ya, que venía siguiendo el rastro de mis pasos ida. Vestía como una gitana, era al menos veinte centímetros más baja que yo, que a mis catorce años no era particularmente alto, y tenía un ademán hastiado, como si alguien la hubiera despertado de su resaca para decirle que saliera a buscarme. Pasó a mi lado, sin mirarme, se limitó a invadir mi espacio personal y gruñir, amenazante:

-Así, así igual que yo ahora, embarrada y harapienta. Así vas a tener que aprender a vivir un día.

Dicho lo cual siguió su camino y yo seguí el mío, demasiado asustado para siquiera salir corriendo, perplejo, con miedo hasta de mirar atrás, porque nada de lo que pudiera ver iba a hacer las cosas mejor.

Me tomó un tiempo comprender que los objetos mágicos no son cosas que se busquen y encuentren tan sencillamente. La vida se parece muchísimo más a cualquier cuento de las Mil y Una Noches que a una de Indiana Jones. Los objetos mágicos no se buscan con la obsesión de un arqueólogo aventurero, sino que se encuentran casual y azarosamente, cuando uno menos lo espera. Impaciente e impulsivo por naturaleza, esto no me podía nada de satisfecho. Decidí entonces que en el diseño estaba la clave. Y así dilapidé buena parte de mi adolescencia y temprana juventud intentando encontrar la forma de poder plasmar en este mundo aquello que sólo había podido ver y experienciar en esos mundos bidimensionales. Mundos portátiles que se atomizaban ante el más simple de los exámenes de la lupa. Mundos a los que se les miraba desde arriba, dominando el tiempo y el ritmo, más no la forma de los acontecimientos.

Me tomó un poco menos darme cuenta que la única forma de dominar la forma, tiempo y ritmo de los acontecimientos; la única forma de saber exactamente qué pasaría y todo lo que podía o no pasar, de poder, efectivamente, tener como límite sólo la propia voluntad; la única forma de alterar y controlar la Historia era escribir la historia. Forjé, entonces, el único objeto mágico posible, con el que ahora estoy escribiendo esto.

El origen secreto de Juan Manuel es más o menos el siguiente: Juan Manuel, como todo los superhéroes, como todos los agentes encubiertos, como todos los que huyen de algo, tiene un nombre secreto. No es un nombre rebuscado,  no responde a la onomástica de un planeta remoto y en ruinas, ni siquiera es una aliteración rebuscada, como Peter Parker, Bruce Banner, Wally West, Buddy Baker,Reed Richards, Matt Murdock, Stephen Strange, y así. Juan Manuel iba a ser Joan Manuel. Así de desilusionante, lo siento. Un desliz, un alcance vocálico, una letra mal leída en algún registro civil perdido. Eso era todo lo que había bastado para generar la más mínima bifurcación del ego. Eso y la dictadura por supuesto.

La dictadura se había encargado de hacer del cambio de nombre familiar una suerte de tradición. La familia de Juan Manuel podía ser rastreada, efectivamente, hasta sus orígenes patagónicos y de vuelta al centro del país pasando por esa larga y forzada estadía en el el país contiguo, pero para efectuar dicho se rastreo se requerirían más recursos que un simple apellido, que un mero nombre. La familia de Juan Manuel, como el mismo Juan Manuel, había cultivado el arte del escape, la inasibilidad de sus miembros resbalosos, en fuga constante, siempre listos a partir. No eran de esos animales domésticos que atienden zonzos al llamado de un vocativo de dos sílabas.

La familia de Marcel era todo lo contrario. Tradición, arraigo y apego al nombre, aunque el nombre fuera lo único que quedara. De antiguo esplendor, de patriarcas visionarios que sentaron las bases sobre las que herederos malhadados sentaron un imperio de derroche y despilfarro, la familia Arteaga había conocido de buenos tiempos y de pésimos tiempos. Y en toda era su arribismo y su desprecio por aquellos que se contentan con tener poco había sido su única gran constante. Y sin embargo…

Y sin embargo se habían encontrado, hace años ya, cumpliendo castigo por un desorden que no cometieron en la biblioteca de su colegio. Y sin embargo se volvieron los mejores amigos, compañeros inseparables, a prueba de cualquier evento o contratiempo que la vida quisiera tirarles encima. Y sin embargo…

Y sin embargo habían logrado levantar un imperio comunicacional. Y sin embargo el dinero de Marcel y las ideas de Juan Manuel habían conquistado a un país entero, les habían abierto todas las puertas que de niños habían soñado cruzar. Habían logrado todas esas cosas que se escriben como un hiperbólico deseo en los anuarios escolares, todo aquello que está bien poner en papel por que la realidad no lo aguanta. “Esperamos que filmes la película de nuestras vidas”, “Seguro serás un gran millonario y dueño de la mitad del país”. Habían demostrado que los sueños imposibles son un lugar tan común que realizarlos no cuesta nada. Y sin embargo…

Y sin embargo había ciertas cosas que no cuajaban del todo. Estaba Gabriela, por ejemplo. Y también ese componente impredecible, ese que hacía que la gente, primero sus compañeros y luego el amplio público de la nación, se sorprendiera de que dos personas tan disímiles pudieran ser tan unidas. Esas cosas que funcionan bien en la ficción, pero que dejan un aire de sospecha en lo cotidiano. Esas cosas que hacían que uno y otro dudaran del milagro y tomaran los recaudos necesarios, los seguros de vida y las separaciones de bienes, para eventualmente seguir su camino separados. El pasado de la familia de Juan Manuel le producía un cierto escozor a Marcel. No era que tuvieran grandes diferencias ideológicas, sino todo lo contrario. Marcel quería ser él el de la familia perseguida, él el del papá que cruzó la pampa a pie huyendo del inminente arresto, tortura y muerte que le pisaban los talones. Marcel escuchaba con dedicada atención cuando Juan Manuel le hablaba de los años que vivió en Argentina, con otro nombre, respondiendo a  otro apellido, en la lista del colegio, estando siempre listo para partir. Juan Manuel había vivido todas las historias que Marcel soñaba mientras su propia familia se ufanaba de haber pasado por esos tiempos de la manera más imperceptible posible. Juan Manuel, por su parte, admiraba la tranquilidad de Marcel, su suave invisibilidad, tan distinta de la suya. Él venía de una familia de corredores, una familia que sabía de dejar atrás hogares en segundos, de pasar de cero a cien en nada, de no quedarse quietos, de no detenerse. The Rolling Stones. Y Juan Manuel hubiera querido haber estado un poco más quieto, haber sido mejor para esconderse, no tanto para huir.

Sin embargo, sus leves atisbos de celos estaban bien compensados. Cada uno era querido en la casa opuesta, y así cuando dejaron atrás el colegio y empezaron sus años de estudio y trabajo, no era poco frecuente que Marcel llegara a casa en las noches de semana, agotado de andar cargando una o dos pesadas mochilas atiborradas de libros y se encontrara a su mejor amigo y a su padre completamente borrachos, luego de horas de horas de conversación en torno a una botella de whisky, vino y todo lo que hubieran podido encontrar después. Marcel los saludaba y pasaba presuroso a recoger algo para comer en la cocina y encerrarse en su cuarto a estudiar. Jamás se les unía. Prefería no pensar en lo similares que eran esas dos personas tan distintas que estaban ahí, riéndose, contándose historias y escuchando música, como si uno viviera veinticinco años en el pasado o el otro se hubiera quedado congelado todos estos años, como si su vida no hubiera pasado y su padre estuviera ahí, en esos instantes, retomando el pulso de su propia adolescencia, viviendo a través de sus amigos las cosas que no pudo vivir, ocupado como estaba en ser padre.

Sí, Marcel era así de grave en sus pensamientos. Pero eso lo hacía especialmente bienvenido en casa de Juan Manuel, cuyo padre estaba feliz de tener a alguien con quien poder platicar de libros y comparar notas sobre la situación política actual y el estado de las bellas artes en el mundo moderno. Joaquim no había encontrado en su hijo un interlocutor de profundos silencios y poderosas reflexiones, por lo que sintió un gran alivio esa primera vez que el amigo de Juan Manuel fue a almorzar a la casa y, como ninguno de los otros amigos que habían pasado por ese despacho, se tomó el tiempo de admirar la biblioteca familiar. Él y su hijo comían a ritmo normal, a veces conversando sin dejar que el tener comida en la boca fuera un impedimento para expresar una opinión si es que la ocasión realmente lo ameritaba, pero el otro niño, de postura más enjuta, comía pausadamente, observando todo a su alrededor dedicadamente en cada una de los múltiples descansos que tomaba, como lo hacen aquellos que saben que su único talento para la supervivencia es su capacidad de aprehender y anticipar los signos de su entorno, esperando el momento en que se supiera libre de las miradas de sus anfitriones para dar vuelta ligeramente la cabeza y atisbar un título en la distancia. Joaquim le tenía muchísimo cariño y lo creía el responsable directo de todo lo que había salido bien con su muchacho. Y algo de razón tenía.

Porque, claro, hasta aquél fatídico día en que se encontraron teniendo que limpiar y ordenar todos y cada uno de los libros de la biblioteca del colegio, todo parecía indicar que Juan Manuel tenía los días contados en el establecimiento aquél, la escuela San José de Copertino (alías El Santo Volador, pero ese es otro Origen Secreto). Profesores e inspectores, hartos de su arrogancia y sus respuestas temperamentales, contaban los días para el próximo consejo de profesores y afilaban sus puntiagudos zapatos, en preparación para el momento en que finalmente pudieran despedirlo con una patada proporcional a todas las vergüenzas y ridículos que el mocoso les había hecho pasar. Y sin embargo nada de eso pasó. Juan Manuel no hizo más problemas, subió sus calificaciones considerablemente y pasó a convertirse en aquello que los psicólogos y jefes de unidad técnico-pedagógica gustan tanto de llamar “un líder positivo”.

Un líder positivo que soñaba con filmar películas, que deslumbraba con su prestancia, su capacidad para, en efecto, dirigir a todos alrededor suyo. Alguien que parecía no tener enemigos, de cuya presencia emanaba un respeto que paralizaba hasta al más recalcitrante de los cretinos, que parecía tan dispuesto a mandar como a escuchar a aquellos que mandaba. Pasó los cuatro años de la educación media sin meterse en un sólo problema con las autoridades, por más que estos a veces fueran a buscarlo a la puerta de su sala. Como la vez que, estando en segundo año, los más altos, gordos y grandes de cuarto fueron a pedirle que por favor saliera al patio, sólo para encontrarse con su amigo golpeado, la camisa hecha jirones, la sangre brotando a borbotones de su nariz y quién sabe de donde más. O todas las veces que las había visto feas por defender a una compañera en apremios. Y de esas había varias. Su faceta de protector, acompañada de la corpulencia de adolescente tempranamente desarrollado, y  por sobre todas las cosas su afanosamente atenta dedicación al sexo opuesto le jugaron quizás las únicas malas pasadas de esos años. Claro, también le jugaron las malas pasadas de los años venideros. Pero eso es otra historia.

Marcel, por su parte, crecía a la sombra de su amigo, lo que le sentaba perfectamente a su disposición natural de volverse invisible y dejar que otros hicieran el trabajo, ya fuera para bien o para mal. Asimismo le generaba una serie de conflictos internos, pero la verdad es que la opción más cómoda era siempre su opción. Optimización de recursos, le decía. Claro que nada de esto lo había vuelto particularmente una mejor persona ni mucho menos alguien comedido en sus comentarios. No fue por capricho que ese cuarto medio había querido darle una golpiza y un tour completo por lo profundo de los excusados ese día. Ni era por capricho que la mayoría de sus compañeras le encontraran un tanto repelente. No es que fuera un muchacho mal parecido, pero uno no podía evitar sentirse un poquito menos bienvenido cuando él entraba a una habitación. Había algo en sus movimientos, rígidos, enfáticos, como si siempre estuviera en medio de una demostración matemática, como si las simplezas de la humanidad le fueran ajenas, algo que sencillamente hacía que uno no confiara del todo en él. Y eso que ni siquiera era un mal tipo.

No existe mayor prueba para dos mejores amigos de infancia que pasar por aquel engorroso y torpe proceso que es el primer amor. Algunos lo sortean dándole un pase largo a su amistad, para retomarla como si nada hubiera pasado una vez que la otra relación se acaba; otros se las ingenian para que sus parejas sean amigas o, de ser posible, hermanas; otros, no pocos, dejan de ser amigos. Se encuentran, años después, en algún restaurant, en algún evento de conocidos en común, y se ven obligados a mirarse y pensar si acaso valió la pena y de convencerse que sí, valió la pena, porque qué clase de amigo es aquél que se arranca en cuanto te ve con una mina, por favor. Pero la verdad es que uno nunca sabe qué podría haber pasado. Quizás haber apostado por el amigo en vez de la pareja habría resultado mejor, quizás así no habríamos evitado una o dos de esas amarguras que hacen que no quieras salir de tu pieza por una semana, que te vuelven un individuo absolutamente abyecto. O quizás no. Quizás esté bien así nomás.

Para Marcel y Juan Manuel la situación había sido más o menos poco problemática. Las novias de Juan Manuel desfilaron tomadas de su brazo a sabiendas de que compartirían algo de su espacio con el amigo raro ese. Las tardes de películas, algunas salidas breves, algunos frustrados intentos de emparejarlo con alguna amiga, ese tipo de cosas. El tiempo de los chicos estaba protegido con sello sagrado. Y el tiempo de la pareja tampoco se veía tan afectado, así es que no era problema. Y tampoco es que una pudiera ser la novia de Juan Manuel por mucho tiempo. Era una larga lista de espera y la siguiente siempre estaba ansiosa de hacer valer su tiempo. Pocas cosas más brutales que dos hembras de la especie humana peleando por la atención de un macho. Pocas cosas más penosas, también. Además, a Juan Manuel tampoco le molestaba el sentirse deseado y las eventuales rencillas entre sus parejas y sus pretendientes futuras o pasadas no hacían más que satisfacer sus aires de protector justiciero. Él estaba ahí para consolarlas a todas, quererlas a todas y claro, evitar que se sacaran los ojos todas contra todas. A fin de cuentas, todas tenían una actitud similar y todas cumplían una función similar. Todas menos una.

Todas menos Gabriela, obviamente.

Gabriela Gutierrez llegó un día, a mitad de año, con su nombre aliterado, como todas las novias y esposas de superhéroes, para sacudir la relativa calma y el orden social que un tercero medio pueden tener. Le costó dos minutos ganarse el odio y envidia de todas sus compañeras y un décimo de ese tiempo el deseo y lujuria de sus compañeritos. En dos semanas era amiga de todas y dos tercios de los chicos ya se habían percatado de que ella no estaba ni estaría al alcance de ellos, así es que porqué mejor no somos amigos, ¿ah?

Gabriela Gutierrez como Betty Brant la coqueta secretaria amiga del Hombre Araña, siempre sentada al pasar, siempre más experimentada y audaz. Gabriela Gutierrez como Vicky Vale, la pertinaz reportera amante del Hombre Murciélago, dedicada, inteligente y sofisticada, con experiencias de mundo y del mundo. Gabriela Gutierrez como Lois Lane, la adorada mujer del Hombre de Acero, antipáticamente atractiva, magnánima y pródiga hacia los demás en sus virtudes, inalcanzable. Gabriela Gutierrez como Sue Storm, la jefa de familia del Hombre de Elástico, protectora, familiar, sencilla para todas las complicaciones de su vida. Gabriela Gutierrez como Lana Lang, la eterna novia del Joven de Acero, primer amor, entrega incondicional, resoluta y tan simple que es para no creerlo. Gabriela Gutierrez como Gabriela Gutierrez, la novia que todos querían y nadie tenía, la que siempre estaba para algo mejor, para alguien mejor, y te hacía sentir que eso era lo más natural del mundo y que estaba muy bien que así fuera.

Gabriela había llegado ese día y había tomado el asiento vacío en la primera fila. El profesor jefe entró fuera de su hora para dar las explicaciones de turno: que era una compañera nueva (cosa harto evidente), que era chilena pero venía de otro país, que había que ser bueno con ella y enseñarle cómo funcionaban las cosas. Le cedió la palabra a ella por unos instantes y Gabriela, sin dudarlo ni un instante se paró de su silla, se giró sobre su eje con un movimiento que parecía haber sido ensayado gimnásticamente y se puso de pie y dijo algo que podría haber sido perfectamente el discurso de aceptación del Nobel o algo así de relevante. Treinta y siete pares de ojos se quedaron clavados en ella, que hablaba como reina de belleza. O al menos como se supone que una reina de belleza debía hablar. Como esas reinas de belleza que ganan concursos internacionales. No tenía mucho acento, pero a nadie le cupo duda que Gabriela tenía que venir de Venezuela.

Y de Venezuela venía, adonde su familia había huido y se había establecido. Lo mejor de dos mundos, el punto medio entre las realidades de dos amigos. Ahí había crecido, siempre con el fantasma de la patria apenas recordada, pero había crecido al fin y se había desarrollado con esa soltura y relajo que los chilenos apenas conocen. Tenía la mirada fija, siempre resoluta, y parecía que no había lugar para dudas en su cabeza, como si el libreto del día le llegara siempre con tiempo de sobra para estudiárselo y aprendérselo bien antes de que llegara la hora de actuar. Alumna impecable, aplicada en todo, incluso en las ciencias exactas, área que consideraba una ligera perdida de tiempo, nada parecía incomodarla. Nada salvo las conversaciones que giraban en torno a la familia. De su papá algo se sabía, al punto que los afortunados que fueron sus compañeros en las actividades grupales llegaron a conocerlo, pero de su madre no hablaba jamás. De su madre no se hablaba jamás. Si bien era su apoderada, y se sabía que era un personaje más bien amable, también se decían muchas cosas de ella, se esparcían  rumores varios. Se hablaba de programas de televisión, informes especiales de prensa, de su rol durante la dictadura, de lo que había hecho antes y lo que le había pasado que hacía que ahora actuara como actuaba. Humo en el aire, pero molesto como todo humo. Gabriela no aceptaba preguntas, aspirando a sofocar así estas versiones. Y en efecto, los rumores fueron menguando en crueldad a medida que Gaby se ganaba los corazones de todos y todas. Seguía siendo, en todo caso, la primera arma a disposición de la muchacha resentida de turno. Pero tampoco eran tantas.

A Juan Manuel le pareció que Gabriela no era la gran cosa. Sabía bien que cuando una chica es muy popular lo último que busca es tener más admiradores. Le tomó un tiempo caer en la confusión de si acaso esto lo hacía porque ella realmente no le interesaba o si lo que estaba haciendo era implementar la estrategia precisa para conquistarla. Para entonces habían pasado por su lado una compañera de curso y una chica de cuarto medio particularmente deseosa de llevarlo a su fiesta de graduación. Para cuando consiguió zanjar su adolescente dilema, ya era un poco tarde. Las vacaciones habían comenzado y habría que esperar tres meses para volver a verla. Eso o ir a Venezuela.

A Marcel le pareció que Gabriela debía ser de ahora en más el único motor y fuente de inspiración de su vida y obra. Supo que no había mucho caso en volverse uno más de su creciente fan club, y que la única forma en que una chica como ella estuviera con un tipo como él sería al estilo de Ricardo III. Así es que se contentó con musitar por lo bajo que ella sería suya y no le dio más importancia al asunto. Los grandes planes toman tiempo.

A nadie le sorprendió que Juan Manuel y Gabriela volvieran juntos de sus vacaciones. Era algo que debería haber pasado hacía al menos ocho meses. La historia, por supuesto, no se la contaron nunca a nadie ¿Era verdad que él la había ido a buscar al aeropuerto? ¿Era verdad que la esperaba en Caracas, tras pasar la noche durmiendo en la sala de arribos? ¿Sería cierto que la mamá de Gabriela había sido compañera subversiva del padre de Juan Manuel? ¿Podrían, acaso, estar Juan Manuel y Gabriela detrás de la nueva ola del así llamado “terrorismo óntico”, que tan de moda se había vuelto precisamente ese verano?

Por supuesto que no. Y por supuesto que sí. Todas las anteriores y cada una por sí misma.

El origen secreto de esa pareja era bastante más complejo de lo que ambos estaban dispuestos a admitir, o más de lo que ellos mismos incluso sabían. Tenía que ver con sus padres intentando dinamitar edificios públicos durante la dictadura. Tenía que ver con cierto retraso en el vuelo de Gabriela e incluía, en efecto, una noche de sueño a la intemperie de Juan Manuel, que no había viajado en avión sino en bus desde Santiago hasta Caracas. Cuatro mil ochocientos kilómetros de amor. Tenía que ver con ciertas ínfulas de artistas de la instalación que a ambos les habían bajado durante su estadía en el hemisferio Norte. Pero tenía muchísimo más que ver con los intereses personales de la tercera persona en cuestión. Tenía que ver con un boceto que Marcel le había pasado en una de esas horas de clases en las que ya no hay nada más que hacer que dibujar, dormir o hacerse el dormido. El boceto era bien sencillo: una gran circunferencia oscura con una mecha, una bomba clásica con una leyenda simple inscrita : SERÍA ASÍ DE FÁCIL.

A los jóvenes de hoy les cuesta entender que el terrorismo óntico se haya originado con un boceto en una hoja de cuaderno. En verdad es que es a los adultos jóvenes a los que les cuesta entender, pero claro, a ellos mismos les cuesta entender que ya de jóvenes no tienen mucho, así es que qué le vamos a hacer.

_________________________

Origen Secreto: Todo tiene uno. Todos tienen uno. Grandes accidentes le suceden a pequeñas personas y el universo entero se da una vuelta de carnero para generar un auténtico genio. O un auténtico desastre. O un auténtico mutante. Maldito y bendito por partes iguales, el sujeto se debate eternamente sobre si usar sus talentos para el bien de la humanidad o el beneficio personal. Porque esos dos parecen nunca estar del mismo lado, no señor. Y así…

….un senador ultraconservador entiende el valor real de la sustancia blanquizca que acaba de entrar a su sistema respiratorio. Pondera la rentabilidad, estima el costo/beneficio de internar la mercancía al país. Se siente eufórico, invencible.  Sabe que los militares lo ayudarán. Cierra los ojos, y aspira…

…tumbado en el viejo piso, el otrora potentado siente los pasos. Sabe que es inminente. Respira profundo. Se concentra. Un poco más, sólo un poco más. Siente el primer estruendo, luego otro y otro.  Alista su rifle..

…el presidente del mañana se reúne con su futuro edecán. La reunión transcurre abajo, en las catacumbas que sus antecesores eligieron, sabiendo que ahí la ciudad no tiene oídos. Es el mejor lugar para trazar el plano de la Historia de las próximas cuatro décadas. Una moneda al aire decide quien será el sacrificado y quien el ejecutor. El presidente pide sello…

…en medio de la tormenta, el señor De Foufax contempla las ruinas de su plan. Entiende que de esta no saldrá vivo de cualquier forma y sabe que a veces un buen mártir consigue más que un mal héroe. Mira la ciudad, por última vez. A lo lejos, una torre se levanta. Se deja caer…

…la música se torna un poco más lenta. La noche comienza a llegar a su fin, parece que en cualquier momento se va a largar a llover. Nicole lo mira, desde lejos, haciéndole entender que quiere quedarse. Entonces los ve, al otro lado del salón …

…cansado de caminar, le pareció ver una relámpago rojo cruzando las amplías sequedades, lo intentó seguir con su último esfuerzo vital y en su lugar descubrió un container metálico, de color negro, que parecía mirarlo, indolente…

Y así, hace años, un grupo de personas con un común amor por las cosas comunes, los proyectos compartidos y los sueños irrealizables en este plano de la sociedad se hizo de los planos secretos de la ciudad de Santiago. Entendiendo que hay ciertos eventos que son parte natural del desarrollo de una nación, que las sociedades pasan por ellos con la misma inevitabilidad y poca gracia con que se pasa por la adolescencia, este grupúsculo, esta comunidad, decidió alejarse de todo, para siempre. Perderse entre las grietas, vivir perdidos a plena vista de sus pares, esconderse en ese mundo subterráneo, para ser efectivamente invisibles. Vivir en una versión paralela de la ciudad, sin física cuántica, sin explicaciones de la Ciencia Ficción. Otro Chile no es posible, compañeros, pero sí otro Santiago. Un Santiago invisible a los ojos comunes, o más bien un Santiago al que los ojos comunes le hacían la vista gorda.

Albergado entre túneles antiguos y espacios construidos en complicidad con todas las autoridades de turno, ya fueren estas elegidas democráticamente o no, sus habitantes se acostumbraron rápidamente a la idea de vivir una vida artificial, una vida de luz de día envasada en ampolletas luz-día, con momentos de esparcimiento y salidas coordinadas con el movimiento de la ciudad arriba. Los niños del Santiago Invisible se acostumbraron a jugar de noche, a ser silenciosos, a ser esas sombras que hacen que los perros aúllen y los gatos lloren. Los mayores recolectaban cosas y organizaban oscuras transas con los dirigentes de turno en la ciudad arriba, con los que siempre estuvieron conectados, ya fuere por familia o por intereses. Tener un aliado bajo tierra, un aliado invisible que podía ir y venir por la ciudad sin que nadie se enterara era, ciertamente, un gran haber. Así lo supieron entender todas las partes que, a lo largo de la historia, fueron dándole cabida a este lugar, a esta ciudad alternativa.

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