OTRA TORRE SE LEVANTA CAPÍTULO 1

Estaba por aquí.

Creo. Aquí la dejé, no hace mucho. La semana pasada, hoy en la mañana, una vida atrás, qué importa.
Entre estas páginas, en los pantalones, sobre la mesa. Todos los días pasa lo mismo. Todos los días de mi vida pareciera que me he levantado buscando las llaves de la casa. Desde que tuve mis primeras llaves, claro está. Antes no, antes era chico, antes estas cosas no importaban. Tocaba el timbre, jalaba el cordel de la campana, y todas las puertas se abrían para mí. A veces se abrían sin que siquiera tuviera que tocar. Así de cómodo, así de grato es ser el más chico de la casa. A veces, eso sí, las puertas sólo se abrían de entrada y no me dejaban jamás salir de vuelta. Así de fastidioso es ser el más chico de la casa.

La mañana que Gabriela se fue, sin despedirse, quise salir corriendo tras ella. Tuve el impulso de echarme escaleras abajo, y volar hasta la esquina por donde ella recién se había perdido, vestido como estaba apenas con mis ridículos calzoncillos de niño que no se sabe, ni quiere saberse, adulto aún y mi aún más ridícula polera del Dr. Who y sus Batallas en el Tiempo. Y lo hice, salté de mi cama impulsado por el trampolín que ningún atraso al trabajo y ninguna amenaza de autoridad alguna en mi vida habían conseguido instalar, golpeando de paso mi rodilla contra el infame borde de la cama en el que se pegaron alguna vez todas las personas que entraron a mi pieza, rompiendo de paso de un tirón la bata esa que de todas formas debía haber botado tres tallas atrás, llegando así con magullado paso a la puerta para, sin que importara en absoluto la gravedad de lo que allí estaba ocurriendo, preguntarme, como todas las mañanas, en esa voz alta que la sabiduría popular garantiza que es la mejor maniobra preventiva contra la locura:

– ¿Dónde dejé las llaves?

Y luego:

– La concha de tu madre…

Y luego las manifestaciones de apremio, los cajones revueltos, los bolsillos (exterior derecho, interior izquierdo, exterior izquierdo, interior derecho) de la chaqueta, los bolsillos (derecho frontal, izquierdo frontal, derecho trasero, izquierdo trasero) del pantalón de ayer, la rabia, la desesperación, la sudoración exagerada para el sol de las nueve de la mañana de una primavera que podría haber sido la mejor de todas pero no, parece que ya no. No aparecieron sino hasta largo, largo rato después. Estaban en el bolsillo de la solapa de la chaqueta, obviamente. Donde siempre las guardo. Y no fue sino hasta años, muchos años después que me pregunté porqué no había dejado la puerta trabada con una silla o algo. O cerrado simplemente. Cerrajeros hay de a uno en cada dos esquinas en el centro. Y a Gabriela, una vez que dio la vuelta a esa esquina no la vi más. Al menos no sin la ayuda de un especialista. Dio la vuelta a esa esquina y se volvió, para todos mis efectos, invisible. Pero eso es otra historia. Lo importante, aquí y ahora, no es Gabriela, dando vuelta a una esquina y a una página de su vida que ella habría arrancado feliz y donde yo me habría quedado viviendo por siempre con la misma felicidad. Lo importante no es la sensación de desazón total que me invadió en ese instante ni como esa mañana y la noche que la antecedió cambiaron el resto de mi vida y de las vidas de tanta gente. Lo importante es que ahí, cuando la única mujer que amé en esta vida se iba, espantada y arrepentida de haber despertado conmigo, yo me encontraba, como un loco, como un idiota, buscando las llaves de mi casa.

Tuve años para arrepentirme del gesto y pasé todas las eternidades que caben en tres semanas de insomnio imaginando los distintos escenarios posibles, las distintas realidades paralelas en las que yo tomaba una decisión más inteligente. Desde la llamada posterior al cerrajero hasta la forma en que habría de descolgarme del balcón, todo, absolutamente todo parecía ser más acertado que haberme puesto a registrar mis objetos personales en busca de algo por lo demás irrelevante y muy reemplazable. Pero claro, yo era joven en esos días. Joven y estúpido, huelga decirlo, mas ni aunque así no hubiera sido, no habría tenido forma alguna de entender la real significación de mi gesto. Ahora lo entiendo, ahora lo tengo claro. Ahora puedo recordar y perdonar ese pueril impulso de buscar algo a qué aferrarme, de no perder de vista el camino de vuelta, estando ad portas del fin. Los años han pasado y por fin puedo ver con toda claridad la similitud que existe entre esa búsqueda frenética y los desesperados intentos que hacen los que saben que se van a morir por encontrar algo que testimonie de su existencia. Grandes y pequeños hombres, de vidas con o sin trascendencia alguna, llorando en sus lechos de muerte, con la mirada perdida lejos de todos esos familiares y desconocidos, apostando sus vidas con tal de ganar algo, un instante, un memento, un souvenir que diga “este fue mi vida, esta es mi historia”. Algo que pasarle a quienquiera que tenga la buena o mala suerte de estar pasando justo por ahí, para así poder irse con la tranquilidad de haber dejado algo a alguien. Lo vi en los cansinos ojos de mis abuelos, lentamente consumidos en su octogenaria bondad; lo vi en mi padre, perdido y desesperado, como un hombre fuera de su tiempo, acabando con su vida precisamente en la búsqueda de ese camino de vuelta a casa. Lo vi en los ojos y lo leí en las vidas de todos los que se interpusieron en mi camino. Y ahí quedaron, alcanzo a pensar, a regalarme un gesto autocomplaciente.

Y, obviamente, lo veo ahora, en el reflejo de mis ojos.

Me estoy muriendo, y la muerte se me aparece como una comezón incontrolable consumiendo mi vida, comiéndose mis recuerdos, haciéndome retorcer en el piso de este departamento donde todo empezó hace tantos años ya. Esta vez no estoy solo, no como esa mañana, pero da lo mismo, no hay nadie a quien quiera mirar, nadie que me importa que me mire. Me queda poco, realmente poco y la comezón se hace más y más insoportable. Me queda poco y no puedo permitirme mirar a nadie más. Alrededor mío el aire empieza a enfriarse y el olor a pólvora  lo cubre todo, sofocando cualquier intento de recordar nada a partir de perfume alguno. Me queda poco, me queda una bala. No puedo mirar a nadie más. No puedo rascarme. La muerte está sobre mí. Está en mí. Rascarme esta comezón es morir. Mi vida ya es una costra vieja, cayéndose a pedazos. Qué ganas de arrancármela. Respiro profundo. Ultima vez. Hago el esfuerzo. Enfoco la vista. No acá, no en las pistolas ni en las manos que las empuñan. No en los muebles, ni siquiera en los libros, ni siquiera en esa pluma dorada sobre la estantería. Empiezo a cerrar los ojos. Los vuelvo una línea. Me vuelvo un cíclope. Me vuelvo la mira telescópica que nací para ser. Calculo. Un poco más. Escucho una canción. Nadie más la escucha. Esto está pasando. Me enfoco. Esto está funcionando. Escucho.

Bob Dylan.

If you see her, say hello.

Y entonces, finalmente, pasa. Entonces te veo, leyendo esto, haciéndote todo tipo de preguntas.

Te estoy viendo ahora mismo.

Pero no digo hola, sino…

¡Bang!

OTRA TORRE SE LEVANTA

PRIMERA PARTE – Santiago: Invisible


I. EL EVENTO.

Cuando el terremoto golpeó con todo a la ciudad de Santiago, promoviendo los agujeros de sus calles a la categoría de cráteres con tal potencia que de ahí en más los santiaguinos se refirieron al sismo como “El Evento”, una mujer y un hombre habían terminado de experimentar su propio movimiento telúrico hace escasos quince minutos. Lejos de cualquier burda metáfora que pueda o no haberse desprendido del enunciado anterior, lo que había pasado era lo siguiente: Juan Manuel y Gabriela habían acabado otra de esas muchas conversaciones “definitorias” de su situación de pareja que tanto parecía gustarles tener. Conversaciones que tenían harto de definitorias aunque nada de definitivas. Pero que esta vez había terminado no sólo a los gritos sino que además con quebrazón de platos. Escándalo y Espectáculo. Juan Manuel le había pedido a Gabriela que por favor saliera del departamento donde vivía con su madre, cuya loza favorita Gabriela acababa de transformar en confetti para robots. Y Gabriela, quien ya no sería nunca, nunca más la novia favorita, la única aprobada realmente por su (¿ex?)suegra, se había ido con un portazo de aquellos de los que a la gente en el mundo del cine les gusta llamar “de proporciones épicas”. Y Gabriela, que no había ido a una escuela sólo de mujeres a perder el tiempo precisamente, había cerrado la performance con una andanada de garabatos escaleras abajo, dejándole claro a quien tuviera algo de audición en dos cuadras a la redonda, cuál era exactamente la opinión que le merecía su (¿ex?) suegra.

A Juan Manuel nada de esto le está haciendo mucho sentido, todavía. El cerebro de Juan Manuel le pide a gritos a su pituitaria que secrete alguna enzima que le impida tomar conciencia real de lo que acaba de pasar. Sus procesos intelectuales se toman la hora libre y salen a emborracharse con el mejor cóctel de químicos disponible en este lado del sistema nervioso central. Si pudiera, se reiría de lo ridículo de la situación. De verse arrodillado, en medio del living de su departamento, rodeado de pedazos de loza, alternando sus pensamientos entre un “¿y esto cómo lo explico?” y un preguntarse si acaso Gabriela seguirá siendo tan regalona de mamá después del incidente este. Una desesperación desquiciada lo asalta cuando algo al interior de su cabeza hace contacto y se atreve a pensar que lo más probable es que su mamá y la suegra de Gabriela ya no sean la misma persona, desde hace un par de minutos atrás ya. De pronto se retuerce con un tímido primer espasmo, que le hace saltar unas pequeñas lágrimas. Luego, desde algún lugar entre el hígado y el corazón sale el segundo espasmo. Intenta contenerlo, resistirse, pero el dolor es inmenso. Otro espasmo viene, y luego otro, y otro. Abatido en el alma, Juan Manuel no puede hacer más que dejarse llevar por esta corriente de movimientos incontrolables. Dejarse ir y soltar aquello que llevaba más cuidadosamente encerrado.

Así fue como soltó la primera carcajada.

Desenfrenado y desencajado en su histeria, Juan Manuel reía y se oía reír en el solitario living de su departamento. Miró al resto de la loza, intacto, y decidió sacar el mejor partido posible a la situación, destruyendo todo el set. Volaron platos principales, soperos, de fondo, incluso una fuente, y no una, sino dos ensaladeras. Total, todo lo iba a cargar a la cuenta de Gabriela y su histeria. Ah, Gabriela.

Aunque, pensándolo bien, esa fuente no estaba con los demás platos. Pero a Juan Manuel, desconectado de todo como estaba, le tomó un par de instantes comprender que no, no había, finalmente, desatado su latente poder mutante para, acometido de furia justiciera y despecho, hacer volar esa fuente con sólo pensarlo.

“Está temblando”.

No sólo estaba temblando. Llevaba poco más de un minuto temblando, faltaba poco más de un minuto para que el temblor se volviera terremoto, para que el terremoto se volviera El Evento.

A Juan Manuel le tomó mucho menos hilvanar su siguiente pensamiento,el cual, si bien carecía de la gramática impecable del anterior y parecía venir no de la gran promesa de la industria filmográfica local sino de un simio bien entrenado, era bastante más complejo y rico en información:

“Temblando.Gabriela. Afuera”.

Lo que no quería decir ni que Gabriela estuviera temblando afuera, ni que él estuviera temblando cuando expulsó a Gabriela de su hogar, ni que le estuviera contando a Gabriela que afuera temblaba. Quería decir que allá afuera estaba temblando. Y Gabriela estaba allá afuera.

Y así, sin pensamientos de ninguna índole ni sentimientos que pudieran hacerle dar pie atrás, sin pensar en el camino de vuelta a casa ni en ninguna de las fruslerías en las que piensan los cobardes cuando no se deciden a actuar, Juan Manuel se lanzó corriendo escaleras abajo y hacia la calle, hacia una ciudad que se caía a pedazos, hacia una ciudad que aullaba como si estuviera dando a luz al fin del mundo, en pos de su (¿ex?)novia.

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Afuera, cundía el pánico. O habría cundido si el pánico hubiera tenido una superficie estable donde apoyarse. La gente corría de un lado para otro, hasta que de repente no se le veía más. Se escuchaban gritos atroces, con voces y timbres cambiantes, como si un director invisible reemplazara a los peores miembros de este macabro coro por gargantas nuevas, más frescas y aptas para elevar la voz en el segundo y tercer y cuarto movimientos de esta ciudad-sinfonía que parecía estar lista para en cualquier momento dejarse caer con esos estruendos de cierre de Wagner o Mähler.

El artista conceptual ruso Demitri Tolich se encontraba por esos días en Santiago, grabando el décimo segundo volumen de sus famosas cintas “Voces de la ciudad”. Las cintas no eran otra cosa que el percolado de una grabadora prendida por diez ininterrumpidas horas en algún rincón de la ciudad, pero el blondo artista aseguraba que escucharlas era “empaparse del alma misma de la ciudad, como sumergirse en una cálida tarde de verano en la fuente de la Villa d’Este para asomar la cabeza en la Buckingham Fountain”. Todo era, por supuesto, una gran mentira, y las cintas no eran otra cosa que el resultado de la cuidadosa edición de material de archivo recopilado por Demitri Tolich durante sus días como sonidista en Domashny TV. El negocio estaba en ir a países pequeños, de preferencia “en vías de desarrollo”, hacer la pantomima de la grabación y distribuir las cintas, preparadas con anterioridad, entre los ricos y los snobs de esos pequeños países esquina de algún continente con más ganas de igualarse con Europa más en las carátulas de un disco que en temas de igualdad social. Y el negocio funcionaba muy, muy bien en este pequeño país esquina con vista al mar. Demitri Tolich llevaba un buen rato viviendo a costa de sus mecenas santiaguinos y esperaba, cualquiera de estos días, ser invitado a cenar al palacio de gobierno. Eso, claro, hasta antes de El Evento.

El Evento en la vida de Demitri Tolich terminó siendo un auténtico camino hacia Damasco. Demitri Tolich se encontraba haciendo la parodia de una prueba de sonido en el Parque Forestal cuando la ciudad se partió en dos. Demitri Tolich se encontraba con todo su aparataje de alta fidelidad marca Boris Yeltsin cuando la ciudad de Santiago rugió en sus amplificados oídos. Demitri Tolich pasó las tres semanas que siguieron a El Evento completamente sordo y parcialmente mudo. Demitri Tolich juró, durante esas tres semanas, para sí mismo, con su perdida voz chocando en su cabeza como contra un muro de estudio de grabación, juró que nunca más se aprovecharía de la buena fe de esta gente crédula. Demitri Tolich juró no mentir más y, si sólo pudiera salir de esta, si sólo tuviera voz para decir la verdad y oídos para escuchar la infinidad de preguntas que caería sobre él, lo contaría todo. Demitri Tolich estaba dispuesto a dejar de traficar ruidos falsos para grabar una historia verdadera, la historia de cómo ese día, el día que tanta gente desapareció, el día que tanta gente comenzó a caer para no parar en años, el día que dejó de haber Virgen en el cerro y cuando todos los próceres se cayeron de sus caballos de hierro, ese día, Demitri Tolich escuchó la Verdadera Voz de la ciudad. Y la ciudad habló, claramente, ahí están las cintas, esto no es un montaje, ahora sí que no, se los juro por el tractor de mi padre. Demitri Tolich jura frente a todas esas cámaras que no saben qué pensar de este estafador confeso y converso, que jura por el tractor de su padre que la ciudad le hablo, que la ciudad nítida y claramente dijo:

¡Bang!

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En otro lado, Marcel Arteaga (no confundir con la top model y actriz porno Marcela Artega, protagonista de Séxodo la primera porno chilena de Semana Santa), eterno socio y compañero de Juan Manuel, se encontraba contemplando la ciudad desde su despacho, el que lejos de remecerse, sólo se cimbraba suavemente con el ronroneo propio de un gato satisfecho. Marcel miraba a la ciudad cubrirse de grietas, veía como los agujeros en el pavimento comenzaban a crecer y crecer, primero como burbujas en un caldero y luego como algo más. Como si una civilización subterránea de hombres-topo se hubiera decidido a invadirnos, o como si unas geológicas palomitas de maíz estuvieran finalmente listas.

¡TING!

Marcel no tenía mucha idea de qué hacer más que de quedarse quieto y esperar que todo pasara. Marcel era de esos que, habiendo pasado por la experiencia de un terremoto a temprana edad, le pierden todo respeto por los sismos. Marcel era de de esos que dormían o fingían estar enfermos cuando en el colegio se enseñaban los procedimientos de evacuación propios de estas situaciones. Marcel era de los que que creen que la operación DEYSE se llama en realidad operación DAISY.

¿No había una “modelo, presentadora y VJ” mexicana con ese nombre? Ahora que Marcel era, francamente, rico, podía darse el lujo de conocer a quien quisiera y quizás le vendría bien conseguirse una noche con una de sus fantasías adolescentes. De alguna forma de esto se trata vivir, pensó, mientras abajo la gente moría aplastada por gárgolas en caída libre, los menos, los afortunados, los estéticos; y por cornizas sin mayor gracia ni utilidad los más, el perraje, ese que no que puede ni siquiera morirse con estilo.

Marcel fue probablemente el único santiaguino que vio lo que realmente estaba pasando. El resto de la ciudad estaba demasiado ocupado arrancando o aferrándose a algo, y el resto de los potentados estaba recluído en sus respectivos bunkers en algún lugar del extrarradio citadino. Marcel no, Marcel tenía claro dónde estaba la acción, dónde pasaban las cosas y como tal había instalado su base de operaciones y residencia en el céntrico enclave que su abuelo había comprado y reforzado precisamente para una ocasión, ¡oh coincidencia!, tal y cómo la que estaba sucediendo en esos instantes. Marcel no tenía miedo. No tenía miedo ni ahí, cuando todo se caía a pedazos, ni nunca. Su vida entera la había construido bajo el mismo predicamento con el que Marcel Arteaga I había construido su primer y único edificio: si la burbuja es lo suficientemente resistente, nada puede entrar en ella. Si la burbuja es lo suficientemente fuerte, eventualmente deja de ser un mecanismo defensivo y se vuelve una bola de demolición. Todo está en atreverse, en no tener reparos ni miedos, en no seguir las lógicas convencionales. Por eso es que ahora Marcel estaba ahí, sacando cuentas de cuanto le costaría un polvo rápido con Daisy Fuentes, en vez de tener el más mínimo de reparo hacia sus conciudadanos. Aunque dentro de esos conciudadanos se encontrara Juan Manuel, su amigo, protegido, y director de todos sus proyectos más exitosos. Juan Manuel dirigía todo lo que a Marcel se le ocurría encomendarle, y a cambio Marcel financiaba uno o dos de sus proyectos más rentables al año. El dúo dinámico de las telecomunicaciones. Eran buenos tiempos.

Eran buenos tiempos y afuera el marco del mundo parecía no querer dejar de moverse. Marcel tomó asiento en su sillón favorito, quizás lo único que quedaba para demostrar que alguna vez fue un muchacho de clase media en una escuela pagada-pero-no-tan-cara-para-ser-buena. Un bergere gigantesco, propiedad del primer Marcel Arteaga, de color negro con remaches broncíneos en sus apoyaderas y todos los parches que cuatro generaciones de Arteagas habían podido instalarle para garantizar su continuidad como el trono familiar. Sentado en el sillón que alguna vez estuviera en el living de la vieja casa de sus padres, sacó papel y lápiz, activó la grabadora de voz y vídeo y se dispuso a imaginar y dictar el futuro de la ciudad que ahora estaba en el piso. La ciudad que él, consciente de que mientras mayor es el desastre mayor es la oportunidad, sería el encargado de levantar. Él, Marcel Arteaga IV sería el guionista de esta, la nueva cuidad de Santiago. Su nueva ciudad.

Ahí, en la soledad de ese inmenso despacho, entre cuatro oscuros muros de proporciones faraónicas, Marcel Arteaga bosquejó, diseñó y redactó el primer borrador de lo que sería el resto de nuestros días. Lo redactó con letra horrible y la pluma más hermosa de todas, una Waterman 52 hecha especialmente a la medida de su mano, de oro fundido y moldeada especialmente en cada una de sus cinco piezas constituyentes, como lo son todas las plumas mágicas, como todas las plumas de los que de la noche a la mañana se encuentran teniendo más dinero del que podrían gastar. Para cuando terminó, horas de horas más tarde, la ciudad todavía no se reponía del todo. Las réplicas (que, estudios posteriores determinaron, no eran tales, sino partes más pequeñas del mismo gran Evento) se sucedían con una frecuencia tal que parecía que la ciudad entera hubiera quedado a medio camino en un balancín, sacudiéndose con el más mínimo movimiento de cualquiera de sus habitantes. La gente en albergues y en los restos de sus casas tenía miedo hasta de estornudar, no fuera a ser cosa de que provocaran una avalancha. Y tenían todos tantas, pero tantas ganas de estornudar. Es de esas cosas que surgen y se imponen hasta a las peores de las catástrofes. Santiago entero estaba inserto en una nube de polvo de un color café terroso, como el río Mapocho en sus peores días, como si la Virgen del Carmen le hubiera cedido su rol protector al amigo cochino de Charlie Brown.

San Pig Pen ora pro nobis.

Marcel levantó la vista, aliviado de haber terminado su borrador de la Historia Futura de la ciudad de Santiago, miró por el gigantesco ventanal y tomó una última nota al margen en una de las páginas. En la nota solamente se leía “Pig Pen”. Aunque había apuntes más interesantes en su texto.

“Tiempos Deseperados: Revivir géneros de acción y terror. Invertir en vampiros, superheroes y monstruos en general. Dejar pasar un par de meses antes del romance y las aventuras. Por lo menos año y medio para la Ciencia Ficción”.

“Elegirlos según perfil psicológico. Que cinco sean seguidores, y uno marcadamente líder. El segundo al mando: conflictivo, con ansías de poder ¿Posible historia de abusos familiares? Antagonista: educado, bien vestido y de dicción impecable. Rasgos narcisistas. Dedicated Follower of Fashion. Que apele a todo lo bueno de la vieja escuela. Y que sea todo lo que odiamos de la vieja escuela”.

“Una nevazón es justo lo que esta ciudad necesita”.

“Todo esto para reencantar a la audiencia con la idea de lo desconocido. Viajes en el tiempo y realidades paralelas. Crear la sensación de que otra realidad es más que posible. Otras realidades ya existen. En algún lado. Y USTED PODRÍA SER EL SIGUIENTE GANADOR DE UNA”.

Al levantar la vista y repasar lo escrito, Marcel recién se preguntó en dónde estaría el encargado de filmar buena parte de lo que acababa de anotar. La noche ya se cernía sobre una ciudad tan a oscuras que hizo que Marcel bajara las luces de su oficina en un acto reflejo casi. En esta de todas las noches iba a ser mejor ser invisible. No fuera a ser cosa que la gente saliera a las calles, lo viera ahí, opulento, robusto y con servicios mínimos; y empezaran a hacerse ideas. Fue entonces que vio, en la distancia, un pequeño punto luminoso. Primero pensó que sería una linterna, o un camión de vialidad. Para cuando entendió de qué se trataba, ya era demasiado tarde.  La luz lo envolvía a él, a todos, a todo. Una luz poderosa, como si Dios estuviera buscando supervivientes o el Exterminador anduviera cerciorándose de que no, ya no quedan ratas y sí, se puede volver a vivir aquí. A Marcel el resplandor le generó una muy particular molestia. Habría que reescribir ese borrador inmediatamente. Iba a ser otra noche sin dormir.

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Horas antes, los animales del zoológico metropolitano estaban tan calmados que llegaba a dar sueño el solo mirarlos. Para ser criaturas con sentidos súper desarrollados, ninguno parecía estar mayormente preocupado por la catástrofe que se desataría de un minuto a otro. O quizás sus sentidos estaban tan desarrollados que sabían que no podían hacer nada al respecto, o que nada les pasaría. Nada malo al menos. Porque la percusión misma, el gatillo de El Evento tuvo lugar ahí, de todos los lugares de la ciudad. En ese extraño conjunto de pequeños espacios cerrados en la cima del cerro San Cristóbal, donde los animales no están tanto en cautiverio como en aburrimiento y atrofia eterna. La tarde de primavera seguía su curso de siempre: algunos dormían la siesta, satisfechos ya en su alimentación; otros esperaban que los cuidadores terminaran de alimentarse ellos para recibir su almuerzo, otros sabían que los cuidadores tendrían que almorzar y dormir siesta antes de que ellos recibieran un lote de paja o algunas semillas magras. Había visitas, sí, pero nada para el anecdotario. Ni  turistas ni estudiantes de intercambio. Unas cuantas parejas que caminaban con la mirada perdida y un loco de bufanda tomaba apuntes por todo en una libreta de bolsillo. Un tigre bostezó, uno de los camellos pestañeó y algo pasó. No es que algo haya sucedido  como tal, sino que, sencillamente, pasó, se abrió camino, cruzó el camino de las pobres bestias encarceladas. El elefante sintió cómo su corazón se olvidaba de latir una de las veintiocho veces del respectivo minuto y se sintió desfallecer. Un mono colorado, pasando de árbol en árbol como lo hacía doscientas treinta y dos veces en un día normal, encontró que su árbol de destino se le hacía más lejano y cómo tal se desplomó siete metros, cayendo al piso más confundido que herido. Fue entonces que la reja perimetral, aquella empalizada verde que desembocaba en las dos grandes puertas de fierro se cayó. Como si un espectro la hubiera empujado, como si hubiera decidido que todo esto era demasiado, como si fuera hora de que los minerales del mundo protestaran por los derechos animales. Se desmayó un barrote, y luego otro; luego los cercos que contenían a los rumiantes, y los puntiagudos enrejados que separaban a los felinos de las escasas visitas. La silicona del vidrio protector del serpentario perdió toda adherencia y el grueso panel cayó, en total silencio, sobre un montón de paja. Y fue ahí, antes de que las aves exóticas pudieran empezar su regreso furtivo a latitudes más templadas, antes de que el león alcanzara a despertarse, y antes de que se escuchara un rebuzne, un rumiar, un barritar o rugir de “¡LIIIIIBREEEES!” que se puso a temblar.

Los animales, dotados de una sabiduría a la que los humanos no pueden ni aspirar, y por lo mismo mucho menos describir, optaron por esperar, por dejar que se vinieran abajo no sólo sus rejas, sino todas las rejas de la ciudad, antes de empezar a rondar, libres y despreocupados.

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Lo que venía caminando en sentido contrario de Juan Manuel no era una estampida de animales huyendo del zoológico. Era una estampida de humanos que estarían tanto mejor si alguien los hubiera acorralado y encerrado en cualquier tipo de porqueriza. Costaba discernirlo, eso sí, porque sólo se veía una gran polvareda y se escuchaba el estruendo de las pisadas y el coro de gritos histéricos. Lo único que Juan Manuel tenía claro era la dirección que Gabriela podía haber tomado y estaba dispuesto a seguir esa corazonada porque era lo único para lo que su cerebro estaba habilitado en esos instantes. Algo le parecía recordar acerca de una loza de mamá, pero ni el paradero ni la existencia de alguien que lo hubiera acarreado durante nueve meses en su interior parecían hacerle sentido. Todos sus sentidos estaban puestos en distinguir una cabeza, un pelo oscuro y largo, tomado con un cintillo morado. Esa cinta las haría de lazo hacia ella, porque ya ni recordaba cómo estaba vestida y porque ninguno de los humanos en estampida parecía usar cintillos.

Buscó y buscó. Se tuvo que abrir paso a veces a gritos, a veces a codazo limpio. A ratos el polvo en suspensión era más oscuro y se producían pequeños eclipses. En medio de uno, juró haber pisoteado la espalda de alguien. Caían cornisas y cada vez que una cornisa caía se silenciaban un par de voces y otro tanto levantaba el tono de su chillido. Todavía no paraba de temblar, reparó tras lo que parecía haber sido una eternidad.

De repente le pareció ver un vestido similar al que Gabriela llevaba. Una chica corría dándole la espalda y la persiguió a todo lo que le daban sus piernas. La perdió de vista casi en el mismo momento en que recordó que Gabriela no se había puesto ese vestido ese día y que su recuerdo anterior era más un deseo que otra cosa. Hacía un año que Gabriela no se ponía ese vestido. Un año atrás, tarde de aniversario y noche con celebraciones varias. Habían llegado unas muy buenas críticas de su último trabajo y todo le sonreía. Parecía que se iba a quedar con la chica que le había gustado siempre, parecía que por fin podría dedicarse a hacer lo que más le gustaba hacer y que ganaría todo el dinero que necesitaba para tener siempre un nuevo proyecto por delante. Buenos tiempos. La sociedad con Marcel había funcionado mucho mejor de lo que se le habría ocurrido anticipar. Ya no filmaría más películas bajo seudónimo, ni haría proyectos por encargo para magnates excéntricos. No más Séxodo, no más Mi bella genio del placer.

Esto lo pensó, mas no se lo dijo a Gabriela cuando levantaron sus vasos disimuladamente, como sólo los amantes en la más descubierta intimidad de los lugares públicos pueden hacerlo, y brindaron. Era un día de Septiembre que había empezado con un sol esplendoroso, quien gentilmente le había cedido el paso a una suave lluvia. Habían estado recién en la oficina de Marcel, en el palacio de Marcel, y ahora por fin estaban solos, por fin un poco más solos. Afuera la lluvia se fue haciendo de a poco más intensa, y poco importó en esas cuadras de caminata el que Gabriela estuviera con ese vestido primaveral. Después por fin estuvieron solos, absolutamente solos. Buenos tiempos.

Ahora Juan Manuel también estaba un poco más solo. La gente ya no corría en desbocadas masas, sino que parecía estar toda guarecida del inminente temporal de escombros y desprendimientos citadinos. Estaba, en un nivel más profundo, harto más solo, pues no había señal alguna de Gabriela. No había señal alguna de nada, porque el paisaje era irreconocible. Había algo parecido o no tanto a una grúa de construcción y algo que podría ser un trozo de estatua o una betonera que nunca más mezclaría cemento ni nada. Le pareció estar junto a una ladera del San Cristóbal o el Santa Lucía o los restos de algún edificio corporativo o del Manquehue o el Manquehuito u otro de esos cerros. Lo invadió una profunda sed y se dio cuenta de que no recordaba cuánto rato llevaba corriendo ni podía determinar qué distancia había recorrido ni mucho menos hacía dónde la había recorrido. Agotado, se tumbó sobre el suelo y vio como a lo lejos se intuía el contorno de la gran nube de humo. Suspiró y respiró un poco, en bocanadas controladas y cortas. El aire alrededor no le daba ningún tipo de confianza. Intentó calmarse, retomar el control de la situación. El mismo control que se le había perdido en algún lugar del departamento, entre el portazo de Gabriela y la quebrazón de platos esa. Quizás todo esto no es más que una crisis nerviosa, pensó. Quizás en realidad estaba en el piso del departamento, tumbado entre platos rotos. Quizás se había reducido, producto de la exacerbada intensidad de sus emociones o de algún extraño químico de esos que parecen ser tan populares en la televisión mexicana y lo que lo rodeaba ahora no eran trozos de edificio sino de una loza de marca alemana, de esa que no traen a Chile desde los tiempos del abuelo.

Pensaba en eso cuando volteó la vista hacia a su derecha y se encontró cara a cara con un camello.

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Las noticias. Las noticias. Las últimas noticias corrían a cada hora el riesgo de ser, efectivamente, las últimas. O a eso le hacían hincapié los periodistas que despachaban mirando fijamente a unas cámaras que no estaban del todo seguro que funcionaran y que de hacerlo, nadie podría asegurar que hubiera alguien mirando.

Por supuesto que había alguien viendo todo esto. En todos los canales. Era Marcel.

Marcel sabía que tenía que actuar luego. Marcel había visto todo lo que había sucedido mejor que nadie. Mal que mal, nadie más lo había visto. Nadie le había prestado atención al resplandor que siguió a El Evento, ocupados como estaban todos en cuidar el propio pescuezo. Y como el pescuezo de Marcel estaba protegido por una burbuja indestructible, este había estado muy atento a todo lo que había pasado realmente. Por lo mismo era que en medio de una ciudad prácticamente a oscuras, Marcel Arteaga había cedido altruistamente todos sus generadores y equipos de producción para que las noticias siguieron saliendo al aire. Y aunque con el aire se iban todas esas emisiones, Marcel sabía que el poder de la emisión sólo es sobrepasado por el poder de la repetición. Le había quedado claro el día que su padre llegó a casa con un gigantesco equipo Betamax y era una de esas certezas que no le había fallado jamás. Además, cuando las imágenes estas fueran retransmitidas una y otra vez, a nivel local y mundial, cuando la gente estuviera en condiciones de sentarse a ver televisión y ver las imágenes de El Evento sin sentir mareos ni la compulsión de ir a esconderse bajo la mesa, todas todas estas imágenes llegarían a ellos como parte de un montaje perfecto y acabado. Llegarían listas, procesadas en su duración y en sus ángulos, y acompañadas de la banda sonora precisa y el relato perfecto. Marcel mismo lo había escrito. Con exagerada y ostentosa pluma de oro.

“Nos encontramos en el epicentro emblemático de El Evento, el movimiento sísmico que asoló la ciudad de Santiago, fracturándola en lo más profundo de su médula, enseñándonos nuestra tremenda fragilidad como santiaguinos, dejándonos más de una lección…”.

“…la ciudad quedó partida en cuatro mitades revueltas…”.

“Son tiempos difíciles, tiempos que llaman a la unidad, tiempos que llaman a construir una sociedad mejor y una ciudad mejor, más firme. Tiempos como estos requieren del héroe que todos llevamos dentro”.

“Si algo nos enseña este Evento es a mirar más allá de la superficialidad de cada día. Nos  compromete a ser mejores ciudadanos y a no olvidarnos de ese Santiago que siempre estuvo ahí, invisible, incomprensible para nuestros cómodos ojos. Es hora de surgir y levantarnos como uno solo”.

Marcel Arteaga, que siempre lo había sospechado, no tuvo que preguntarse dos veces por la procedencia de esa luz enceguecedora. Marcel sabía que el origen de esa luz era el origen secreto del desastre. Marcel había escuchado las historias, esas que decían que debajo de Santiago había otra ciudad, perdida entre los restos del Santiago original y donde un grupo de hippies obscenamente ricos había fundado una colonia donde poder perpetuar su lisérgico paraíso durante los años de la dictadura. Marcel, que era lo suficientemente inteligente para no creer en todo lo que escuchaba, era lo suficientemente inteligente para saber que no podía ser todo falso, que este es un país con escaso talento para los mitos urbanos y que nadie en él podría haber inventado algo tan rebuscado. Nadie que no trabajara para él o que no estuviera dispuesto a cederle los derechos de distribución, por supuesto.

Marcel entendió al instante que la luz era una señal, que lo que se veía en la distancia era un montón de gente y que la intensidad de los gritos durante El Evento se debía no tanto a la voracidad de la muerte tomándose la ciudad como al escandaloso espanto de todas esas personas cayendo. Cayendo hacia dónde, nadie lo sabía. Nadie salvo esas personas que operaban la luz blanca en la distancia, y que en cosa de minutos estarían contándole todo a él, Marcel Arteaga, operador mediático, escritor oficial del futuro de la ciudad de Santiago. Ese segundo borrador tendría que esperar un poco más, se acababan de sumar unos cuantos personajes. Mejor aún, una línea argumental entera. Tachó ese título inicial, todo con mayúsculas y subrayado, donde alguna vez escribió “OTRA TORRE SE LEVANTA” y donde ahora se leía, claramente “SANTIAGO: INVISIBLE”.

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¿Son los camellos animales agresivos por naturaleza? Al parecer no, pero si uno los provoca muerden, y muerden duro, como un caballo realmente bocón. Pueden arrancarte la mano como quien le da un mordisco a una manzana en un comercial de dentífrico. Mejor alejarse, de a poco, lentamente, mirándolo fijo. Tiene unos ojos tan pacíficos. Es tan calmo, si casi parece un animal que habla…

Juan Manuel seguía tumbado, paralizado, mirando al hediondo rumiante de la mirada serena. Considerando la lógica del día, que el camello hablara no habría tenido nada de excepcional.

Pero no le habló. No le dijo nada ni le hizo nada. Sólo se quedó mirándolo, con la inerme actitud de aquellos que están tan acostumbrados a estar lejos de casa que saben que todo lo que hagan se verá fuera de lugar. Juan Manuel se puso de pie a tientas, retrocediendo de a poco, temeroso no tanto de la posibilidad de un ataque animal, sino de que le pasara algo grave de la forma más ridícula posible. Tanta gente había tenido muertes trágicas ese día, que morir atacado por un camello en plena urbe sería una falta de respeto.

Y en ese tantear y retroceder, escapando de la emboscada del absurdo, fue que se encontró cayendo en la trampa del destino. Literalmente cayendo. No alcanzo a retroceder dos pasos cuando sintió que perdía el equilibrio y que todo fundía a negro por unos segundos. Después sintió que caía.
Y caía.
Y caía.

Y caía.
Y su caída fue tan larga que tuvo tiempo de incorporarse en el aire y tomar un poco de conciencia acerca de lo que le estaba pasando.

Pero aún así, siguió cayendo.

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