Dejarlas partir.

Dejarlas partir no es sólo una de mis canciones favoritas del Circo Beat, el último disco realmente bueno de Fito Paez (casi 20 años ya, muchachos); también es un acto necesario, un gesto que en nuestra sociedad occidental pasa por zen, como si ser un hijo de puta egoísta y temeroso fuera la norma y el desapego un paso a la santidad. Como a los hijos únicos traemos nos cae el estigma a priori de ser hijos de puta egoístas, no deja de sorprenderme lo estandarizada que está esta práctica de retener, retener y retener. Quizás somos más de lo que pensamos.

En el cambio de casa venía un equipaje de más que es Otra Torre se Levanta, la novela impacto que llevo varios años royendo con miras a publicar algún día. Hace dos días la saque, esparcí las prendas de la escritura sobre la mesa: los borradores, los archivos en Word, en Scrivener,en Pages, las moleskines de tapa blanda, dura y tamaño gigante. Vi todo lo que le falta para ser una buena novela, toda la auténtica REescritura por la que debe pasar, las cosas que fallan para tener una estructura sólida y la forma en que corregir esas cosas se llevaría la novela hacia otra parte. Esta semana mi obsesión con la estructura me ha llevado a estudiar la forma en que las arañas tejen su red, y el primer hilo, el paso fundamental es un salto al vacío que el viento se lleva a otro lado. Corregir Otra Torre es mover ese hilo y alterar todo el continuo espaciotiempo de ese pequeño universo.

Me pasa también que la leo y es la novela que escribí antes de terminar una novela, sin tener mucha idea de cómo se hacía esto. Y tiene momentos sólidos, tiene momentos tan sólidos que son hérmeticos e intentar editarlos es atomizar un bloque que desmoronaría otros bloques y todo terminaría precipitándose recursivamente. Es probable que lo haga, en mi tiempo libre, como jugando con un cubo de Rubick. Pero la verdad es que es hora de dejarla partir.

Estoy escribiendo otra historia, creo.  No sé muy bien hacia dónde va o más bien aún no descubro cómo llegar hacia dónde debe ir, pero estoy aún en el proceso entretenido de capturar las notas en la secuencia correcta y perderla y volver a empezar. Pero estoy desafinando mucho porque en medio de los personajes nuevos aparecen los viejos, me miran con cara de pena, me piden ayuda y definición. Lo habríamos pasado tan bien juntos, si tan sólo yo hubiera sido un mejor narrador y menos predicador; si tuviera menos pontificado y más acción. Pero el río está cruzado ya y no voy a volver a escribir de nuevo esa novela. Me pegué el salto sin tener las herramientas y el resultado así lo refleja. La experiencia es preciosa e invaluable a la vez, y es lo mejor de todo y una recompensa en sí. Es lo que más satisfecho me deja.

Ahora bien, como tanto le he dado la lata, mi querido lector, con la novelita esta, me parece que lo mínimo que usted puede hacer es leerla. Así es que, de ahora en más, cada viernes voy a publicar un capítulo, para que los lea, opine y me cuente qué le parecen. Es parte del acto de dejarlas partir. . .

Va a ser entretenido.

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