La primera vez que vine a este, mi departamento, era el departamento de Luzamérica. Temeroso y tembloroso, venía yo con unas copias del primerísimo de los borradores completos de Otra Torre se Levanta. Hacían unos meses que me había quedado sin mi lectora oficial y Katty sugirió a Luzamérica, que harto sabe de estas cosas editoriales. Esa primera vez no es tan importante.

La segunda vez que vine a este departamento, venía menos tembloroso (ya conocía a la dueña de casa) pero venía con más tiempo y pausa, a escuchar lo que ella tenía que decirme sobre la novelita en cuestión. Puros aciertos, puras críticas bien puestas. Había cosas que le gustaban y cosas que no le gustaban. Mejor aún, había cosas que no le gustaban que yo sabía que no tenían que gustarle, y esas se sentían particularmente bien. Esa segunda vez vine de mediatarde y me quedé para el vino a la noche. Y aprecié el departamento, que me pareció un espacio grato, rico, acogedor. Y de techo alto, como ya no los hacen.

Vine varias veces más. Fuimos socios en la edición y amigos con Luzámerica; jugamos Scrabble. A petición de Katty, dejé en esta casa el Scrabble que compramos cuando vivíamos juntos, para que la dueña de casa la sacara partido. Vine a un cumpleaños, rompí una silla, vine un verano, fuimos a componer la silla.

De los tres editores que trabajábamos juntos, Katty fue la primera en irse. Su hogar está en la Patagonia y Santiago es un hábitat hostil para quienes tienen su corazón batiendo con un pulso de aires más puros y nubes que pasan sin cordillera que las obstruya. Antes de irse, le dijo a Luzámerica, que estaba pronta a volver a su México natal, que el refrigerador de esta casa, que alguna vez fuera el refrigerador de nuestra casa con Katty, habría de quedar en mi poder. Antes de irse, Katty me dijo que hablara con Luzámerica por lo del refrigerador. Y a mí se me ocurrió que no tenía mucho caso tener dos refrigeradores en un departamento pequeño y que lo mejor sería quedarme con el departamento entero.

Llamadas fueron, llamadas vinieron, y aquí estoy. Escribo esto en mi computador sobre la mesa donde alguna vez nos sentamos a leer ese primerísimo corte de Otra Torre se Levanta, la mesa donde tomamos once, vino, y jugamos Scrabble. Hay otro librero, otro sillón, otros libros. Y ya no está Luzamérica.

Estoy yo. Soy yo.

Mamá me cuenta que en este mismo departamento vivió, hace más de cuarenta años ya, la hermana de mi bisabuela. Mamá vivía en Los Angeles y cuando venían a la capital pasaban a saludar a la Estela, una mujer mayor ya, solterona. Mamá lo pasaba bien acá, como venía de una familia grande, le daba ternura que la Estela tuviera ollas chicas, sartenes chicos, y todo tipo de utensilios en tamaño pequeño, para una persona que está sola y piensa seguir estando sola; pero que a mi mamá a sus 10 años le parecía que era el paso siguiente en la evolución de sus juguetes de cocina. Naturalmente, la Estela ya no está. Estoy yo. Con todos los servicios y utensilios del tamaño justo para vivir y estar solo, aunque en el número justo para recibir siempre invitados.

Como le dije a Luzamérica el día que ella se fue a México, el día que llegué a mi casa, siento que mi relación con este departamento fue como ir a una fiesta y conocer a una amiga, a una muchacha que está en el fondo, que es de todo el gusto pero que no alcanza a ocupar el espacio suficiente en el imaginario para desearla. El tipo de muchachas con las que uno se encuentra en la calle y en otro devenir de la vida y con las que ya no se necesita presentación para iniciar una conversación. El tipo de muchachas en las que uno se sorprende pensando a propósito de nada, hasta el punto en que uno termina diciendo “…igual ¿ah?”, y a los dos meses no sabe cómo va a vivir alguna vez sin ella.

Esa es la historia de mi relación con este departamento. La configuración del espacio, la proyección y construcción de un modelo de exo-psíquis que están siendo estos días serán materia de comentario en otro momento. Más adelante.

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