Rushdie

Salman Rushdie entró a mi vida, como a la de tanta gente, un 14 de Febrero de 1989. Quizás un par de días después, pero hay una cierta poesía en que haya sido cerca de mi cumpleaños. En las noticias, que por esos años veía religiosamente, hablaban de él y de las amenazas de muerte y decían que había escrito un libro llamado Los Versos Satánicos. A mis ocho años, nada me podía parecer más atractivo que un libro que tuviera a Satán en el título, y la noticia se quedó fraguada en mi memoria desde ese mismo día. Quizás, algún día, podría leer los famosos versos y saber qué era lo que tenía que decir Satán.

Cuando estaba en la universidad Rushdie asomó su cabeza en medio de un salpicón en formato asociación libre que un profesor inglés, que dictaba un curso cuya bibliografía constaba de un solo ejemplar (que le daba título al curso), lanzó un lunes por la tarde, diciendo cómo era que Los Versos Satánicos no tenían nada de Satánicos, sino que eran un libro que iba en contra de los poderosos y como los poderosos se habían hecho cargo de hacerle la vida imposible a este pobre autor y bla y bla y la conspiración y bla y bla y el Rey Arturo, y bla y bla.  De nuevo: en mi cerebro hubo una serie de sinapsis formando un cuadro como el de un bonito video de Daft Punk. Algo se activaba en mi con esos nombres.

A Rushdie recién lo vine a leer seis meses después, en Union, en uno de los múltiples cursos que tomé con anupama jain, profesora de ascendencia india que insistía en que no le pusiéramos mayúsculas a su nombre. anu era un encanto y tomé un total de tres cursos con ella, lo que me signficó leer varios ensayos de Rushdie y Shalimar The Clown. Shalimar me pareció buena, pero a ratos tenía cierta chispa que revelaba que había Algo Mejor detrás. Los ensayos, en cambio, me cautivaron y fulminaron desde el comienzo. En Inside the Whale, por ejemplo, dice algo así como:

“I should be happier about this, the quietist option (…) if I did not believe that it matters, it always matters, to name rubbish as rubbish; that to do otherwise is to legitimize it.”

Y yo supe que me iba a llevar esa frase a todos lados y que, en mis momentos de cansada cavilación, esta era una frase que me iba a mostrar el camino hacia adelante.

Y así fue, y así ha sido.

Recién después de la inserción académica me dediqué a ser un lector de Rushdie:Midnight’s Children, The Enchantress of Venice, y sí, finalmente, The Satanic Verses. Y la verdad no es otra que esta: The Satanic Verses es lejos su mejor novela. La que mejor fluye, la que tiene la mayor cantidad de escenas inolvidables, la que se sostiene en un estructura que llega a ser un monumento a la arquitectura literaria. Esta es. Esa es. Quizás siempre lo supe, desde que había cumplido 8 años y el ayatola Jomeini, quizás celoso del diseño de esa diégesis, decidió condenar a muerte a su autor…

Años después, durante mi momento más triste y duro en DC, Rushdie se fue de tour por los Estados y pasó por mi ciudad. Con mis fondos perdidos en el limbo bancario, a duras penas tenía plata para comer y el invierno era como el de una canción de Los Prisioneros, pero con más frío todavía. Yo tenía una compañera, que me había invitado a cenar un par de semanas antes, como para “conocernos mejor” antes de ir a lo de Rushdie, en lo que había terminado siendo una especie de cita por emboscada y uno de los momentos más incómodos de mi vida. De esos en los que uno termina pagando la cuenta completa a pesar de estar casi en la bancarrota solo para poder salir rápido de la situción. Aún así, dos semanas después estábamos escuchando y viendo al autor de los Versos aquellos, en una sinagoga de todos los lugares. Ella había comprado las entradas con una promoción que le daba derecho a una copia gratis del libro (Luka and the Fire of Life), la que decidió quedarse, pese a que ni siquiera le gustaba tanto el autor. Nunca entendí muy bien porqué había sido ella la que había intentado que fuéramos como curso a ver a Rusdhie y porqué terminé yendo solo yo con ella. Pero la cosa es que hicimos la cola, Salman Rushdie le firmó el libro a ella (libro que intentó venderme después) y yo, sin nada que firmar, y habiendo caido en cuenta que no tenía plata para el pasaje de vuelta en metro a mi casa, me limité a darle la mano y darle las gracias. Por “Inside the Whale”, le dije. Y Rushdie, con cara de cansado y de no disfrutar mucho de esto de firmar libros, me dice “¿Por Inside the Whale?” y yo le pude decir la frase y contarle que me había sacado de un par de entuertos.

Y me fui feliz. Y como me había sacado mi timidez atávica para decirle algo tan sencillo a uno de mis autores favoritos, hice lo que tenía que hacer y le dije a mi acompañante que no le iba a comprar el libro y que si acaso me podía prestar plata para tomar el metro.

Y me la prestó, y me fui. Feliz.

Todo esto porque estoy leyendo ahora Joseph Anton, las memorias de los años de la fatwa. Y lo disfruto inmensamente. Incluso he podido jugar al hypertexto: el otro día, ni bien llegué a la parte en que el autor cuenta de la primera vez que pudo ir encubierto a Estados Unidos a dar un discurso en pro de su causa frente a una asamblea de luminarias del medio, recordé que dicho texto está en Imaginary Homelands, el libro de ensayos y crítica. Lo desempolvé, me dispuse a leerlo, pero antes tuve el tino de googlear…y encontré el audio de la presentación. Dejé todo lo que estaba haciendo y leí y escuché. Y fue cuando llegué a

“(…)those who do not have power over the story that dominates their lives, power to retell it, to rethink it, deconstruct it, joke about it, and change it as times change, truly are powerless, because they cannot think new thoughts.”

que me di cuenta de que si pudiera cambiar una sola cosa de mi encuentro con Rushdie, esta sería la frase que motivó el agradecimiento. Me gusta pensar que el tiempo, ese vasto coloide en el que chapoteamos y nos deslizamos torpemente día a día, se corta y conecta con cosas como esta: como tener 8 años y recordar tan vívidamente a quien sería el autor de dos frases que están ahí, en los pilares de mi vida.

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