El sueño

Bill+Clinton+Hosts+Barack+Obama+Harlem+Office+pXRHmGxQdvSl

Así, pero más relajados.

Soñé que estaba en mi casa, que era la vieja casa de mis abuelos pero refaccionada. Era la inauguración de una suerte de exhibición y entre sus asistentes figuraban un Obama y un Clinton muy relajados, echando la talla conmigo y otros visitantes. Obama parecía más relajado y Clinton más entrador. Estábamos en eso cuando me percaté de un vidrio quebrado, el que estaba seguro era más bien reciente. Le pregunté a uno de los asistentes y me dijo que no, que eso era nuevo. Era el vidrio pequeño de un ventanal por el que apenas cabía el objeto que lo había roto: una botella de cerveza de 350cc, rellena con mierda humana. “Será de alguno de mis detractores que quiere manchar estas blancas paredes con caca”, pensé con hiperbatón y todo, y pensé en no contarle a nadie, pero ¡zas! que uno de los agentes del servicio secreto va y se da cuenta y decide que esto no puede quedar así y empieza a evacuar lenta y discretamente a los asistentes al evento. Lo gracioso era el código que usaban los agentes para comunicar que estábamos en alerta mediana: volteaban sus corbatas rojas para dejarlas por el lado azul. Al ver las corbatas azules, se empezaban a movilizar todos, se llevaban a Clinton y a Obama.

En eso empezaron a sonar unos tiros, una balacera que parecía provenir de muchas armas de repetición automática, por lo que, recordando ciertos comentarios tras la última gran masacre escolar en los Estados, corrí al closet más cercano a esconderme, como también lo hizo un gordito de la audiencia, cuya respiración no pasaba piola en el espacio cerrado. Yo me agaché y cubrí mi cabeza con mis brazos, mientras el gordo se puso de pie, en puntillas casi, como si eso lo fuera hacer pasar desapercibido por los agresores. Sentí el sonido de los pasos y supe que había alguien de pie frente al closet. Después escuché los disparos.

El cuerpo del gordo cayó sobre mí al tiempo que las balas entraban en mi pecho, brazos, cara.

Lo último que escuché medio en vida, medio muerto fue una voz distorsionada, extraterrestre como los Transformers nos han enseñado que suenan los extraterrestres diciendo “Villarroel. Gutierrez. Listos”. Y eso, la precisión de estar en una lista, de que supieran nuestros nombres aún en medio del caos fue lo más terrorífico de la noche.

Me morí.

Sentí, como todas las veces que he muerto en sueños, que mi consciencia empezaba a expandirse. No como un acto de conquista e incorporación sino exactamente como cuando un chicle se estira más y más…esparciéndose, perdiendo profundidad y abarcando más. Lo último que pensé fue “Esto no puede ser así, va a ser un sueño muy fome y no voy a poder demostrarme a mi mismo que me puedo superar”. Así es que volví a la vida, en un gesto medio de videojuego.

Salí del literal closet, con el cuerpo del gordo en andas, para usarlo de escudo en caso de que siguieran nuestros agresores ahí. Pero no había nadie. Había un reguero de cuerpos y sangre y las paredes ya no eran blancas sino rojas y azules, porque era de noche y, si bien no había cadáveres, todos los asistentes habían muerto.

moebius2

Textura Moebius.

Salí a la calle y supe que lo que había pasado era que habíamos sido invadidos por extraterrestres. Los edificios estaban todos recubiertos de una especie de moco color verde radioactivo y la ciudad entera parecía un paisaje pintado por Jean Gira ud aka Moebius. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero los cadáveres parecían estar aún frescos, si bien fusionados por el ya mencionado moco verde, vueltos un esperpento extrañamente bien diseñado, como si nuestros invasores/conquistadores fueran una raza que se dedicara al diseño de interiores, pero con vísceras. JA, el verdadero diseño de interiores.

Recorrí y recorrí la ciudad vacía, evitando las patrullas de los alienígenas mojándome con agua fría o tapándome con cádaveres. Mi sueño venía con el conocimiento previo de que estos extraterrestres no me podrían percibir si podía ocultar mi temperatura corporal (Depredador much?) y de que, recíprocamente, no bastaría con paredes para ocultarme de su mirada termal.

Aún así conseguí llegar a los límites de la ciudad, colapsados de autos vacíos en un intento de huída inútil. Pasé esa noche en una auto viejo al lado del camino, tapado en restos que me enmascararan, si bien no vino nadie. . .

Al día siguiente el taco seguía ahí, pero ahora con autos llenos de personas. Hice dedo y me subí facilmente a uno (mal que mal, estaban detenidos). Era una familia de formación: papá-hija-hijo pequeño. Al poco conversar con ellos me percaté que no tenían la menor idea de que el mundo ya no era nuestro y de que la raza humana estaba cagada por siempre. Cuándo les pregunté si no sabían de esta invasión extraterrestre, la hija, una muchacha regordeta de unos 24 años que ocupaba el asiento del copiloto se dio vuelta, abrazando el apoyacabezas:

– Nah, esas son cosas de los santiaguinos. En Maipú no sabemos ná de esas tonteras.

Y ahí desperté, puteando a Laurence Golborne.

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