Mi lado izquierdo

Terminada la primera semana completa del año, la cosa está más o menos Dos Caras. En el curso de diez días me gané un moretón de aquellos en el brazo izquierdo al aguantar la carga de un delantero al que se le cortaron los frenos mientras yo recogía una pelota a la entrada del área; del año pasado traigo un corte en la comisura izquierdo del labio, que es una cosa menor, pero la zona más difícil de cicatrizar del mundo, en tanto debería quedarme callado o no abrir la boca al menos por un par de días para que esto llegara a suceder. Como si eso fuera a pasar. A todo esto se sumó, para rematar, otro choque a la entrada del área, esta vez en una salida a cortar en la final del campeonato, en el cual el delantero rival fue con las dos piernas de frente y yo hice lo mismo y mi pierna izquierda llegó un poco tarde a la cita. Tres días después, todavía cojeo. Pero, hey, el lado derecho anda fenómeno. El año ha empezado lento, pero sin grandes sobresaltos, así es que podríamos mantenernos con este ritmo un rato ¿ya?

Ahora, sobre la lesión en mi pierna izquierda podemos construir una pequeña fábula: Promediaba la mitad del partido y, tras haber comenzado perdiendo 0-2 contra un rival que había salido a defenderse y contragolpear y que no nos dejaba mucha opción de hacer nada; habíamos conseguido remontar y dar vuelta el partido: 8-3 iba la cosa y parecía que lo ganábamos fácil. Un pase en profundidad cruza en diagonal por entre mi línea de defensas y el delantero rival, que resulta ser mi amigo desde los 12 años, va derecho a ella. Si me quedo en el arco le doy espacio para que saque el derechazo cruzado, si salgo y cuido la posición me va a pillar a mitad de camino; así es que salgo con todo, rápido, a bloquear y mandar al corner, porque no tengo manos fuera del área. Como es mi mejor amigo de 12 años y no quiero que se envalentone con lo que sería su primer partido, voy con todo. Pero él llega tarde y me engancha la pantorilla izquierda. Me saca el zapato, de pasada.

Cojo, el resto del partido fue un desastre. Lo ganábamos 8-3, como se recordará del párrafo anterior, y lo terminamos ganando 9-8. Vino una seguidilla de goles mediante remates fáciles a los que no pude llegar. Casi todos al ángulo derecho, para el que necesito el impulso de mi pierna izquierda para llegar. En medio de la debacle, que se sintió como si nos estuviéramos agarrando como gatos a las paredes, tratando de frenar una caída; sentí como me subía la temperatura y me daban escalofríos, lo que asumo como una maniobra de mi cuerpo para lidiar con mi pierna sin que esta me molestara tanto el resto del partido.

La moraleja amarilla de la historia es la siguiente: si no hubiera salido tan fuerte y tan apurado en una pelota que, en el peor de los casos, habría terminado con el 8-4; habría estado en mejores condiciones para detener el 8-5, 9-6 y, ciertamente, no me habrían sacado la pelota de las manos en el 9-8 (el 9-7 fue un penal semi-inventado por el defensa, pero también habría salido mejor y no habría dado lugar a dudas en el cobro ese si hubiera estado en buenas condiciones). So, pick your battles, keep cool, and don’t despair over plays that may hinder your performance in the rest of the match.

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