Fuegos de Artificio

Los primeros fuegos artificiales que recuerdo cabalmente en mi vida son los del último clásico universitario que tuvo espectáculo previo. Fuimos al Nacional con mis papás y, por única vez en mi vida, mis abuelos y mi tía. Había una suerte de títere gigante sobre el marcador haciéndolas de viejo historiador de los clásicos, el mismo recurso que se usaría años después en el festival de Viña, y que ya en la segunda mitad de los 80s se veía algo ingenuo. Yo tenía 6 o 7 años, pero me daba cuenta que alrededor mío había algo quebrándose.

Del partido no recuerdo mucho, quizás fue uno de esos empates a uno que eran los peores de todos. Pero sí recuerdo que hubo fuegos artificiales, como los que ahora se realizan cada fin de año en el Nacional. La diferencia es que esta vez yo estaba adentro del estadio y tenía que mirar para arriba, estirando el cuello al máximo para ver las luces. Lo que más recuerdo es la sensación de inmensidad, en especial con esos que son como una galaxia en expansión. Alrededor mío la gente comentaba los distintos nombres: las viejas, las voladoras y qué se yo que más. Yo solo pensaba: “así se debe ver cuando te secuestran los ovnis”.

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