Esto es lo que opino de 2012…

Personalmente, fue un año de mierda. O así se sintió, desde la entrada, casi. Fue el año que empezó con muchos planes y que empecé con la confianza necesaria para no tener planes B o alternativas. Entre enero, febrero y marzo se habían desarticulado todos, para mayo se notaba que la cosa no tenía buena pinta, en octubre ya estaba todo-todo muerto. Una buena mujer (lo que es un decir, porque a esta altura me parece más o menos claro que no hay tal cosa como buenas o malas personas: hay personas nomás, con distintos puntos de presión y articulación) se encargó de hacerle a mis sentimientos más o menos lo que Obi-Wan le hace a Anakin al final del Episodio III. Cortado, quemado y mutilado quedé arrastrándome y a medio morir saltando y me comporté como un perfecto idiota por algo así como 10 meses, aprox.

Hace poco, hace días la verdad, tuve el shock adrenalínico de despertar y descubrir qué tan idiota me había puesto en estos 10 meses. Hasta qué punto me había desconectado de la gente y todas las implicancias que esto tenía. Siento la culpa del arquero que queda tirado en media cancha y que siente que tiene que correr, correr, correr a todo lo que le den los pies para alcanzar el arco antes que sea demasiado tarde. Aunque, naturalmente, ya es demasiado tarde y como tal la única culpa posible es la del arquero después del gol: ese momento en que todo en tu ego te dice que bajes los brazos y te vayas para la casa pero sabes que tienes que hacer exactamente lo contario, porque bajar los brazos e irse para la casa va a ser que todo sea peor.

Fue un mal año y fue un año imprevisto, desprovisto y emprobrecido de grandes estructuras y momentos. Aún así fue el año en que terminé la primera novela (que francamente encuentro tan mala que está bien que no pase nada con ella), el año en que trabajé en la película que vamos a estrenar en algún momento dentro de la primera mitad de este año que está por empezar. Fue el año en que aprendí a querer más a mis amigos y descubrí los dolores de preocuparse por los demás. Puta, fue el año en que pude estar en los entrenamientos y conocer a mis jugadores favoritos de la U. SI todos los malos años fueran como este…qué le queda a los buenos, pienso.

Conocí un kilo de gente nueva, interesante y distinta. Algunos tienen todo el perfil de actores invitados y otros parecen estar para quedarse. Eso siempre es bueno, siempre es lo mejor de esta vida, la verdad. Me declaro infinitamente agradecido de la gente que me soportó, de las mujeres que me quisieron y me hicieron sentir querido, de los amigos que se tomaron un trago conmigo y de los que se dieron un segundo para decirme que les había gustado algo que escribí. Multípliquense, sean prósperos y que sus hijos hereden la Tierra. También este año re-descubrí y revisité amistades abandonadas y dejé tiradas otras para empezar a recuperarlas de a poco. Tuve que lidiar con el negativismo escabroso de camarillas de morlocks, los que espero de todo corazón que encuentren una muerte rápida que los libre de su existencia o que se queden un fin de semana atrapados en un supermercado con los grandes éxitos de Kenny Rogers sonando en loop eterno.

Fui campeón por primera vez de un torneo de futbolito y gané mi primer partido de fútbol. Tuve la suerte de aportar con mi escaso grano de talento a la construcción de la identidad de una liga donde tan importante como jugar era tomar después y leer al día siguiente el pasquín informativo producido por yours truly. Pude ver como eso se iba de las manos y aprender en carne viva que lo importante siempre serán los acuerdos entre las personas, más allá de las leyes o reglamentos. Y ojalá así fuera siempre.

Fuera de la enumeración, de los momentos vividos, de la gente conocida y re-conocida, el año se siente como una derrota. Y lo mejor de todo es que es en la derrota donde más se aprende, en eso concuerdo con el rosarino. El precio de querer ser mejor persona es darse cuenta lo horrible que uno puede llegar a ser, el precio de querer producir “arte” o dedicarse a la vida creativa o cualquiera sea la expresión menos cargada que haya es andar con el corazón expuesto. Es tener un hoyo en el pecho por el cual filtrar la realidad para poder procesarla y entregar algo de vuelta. Porque es el imperativo de esta vida. 2012 fue el año de horadarme.

2012 empezó con planes de macroviaje interrumpidos y cancelados; y terminó con planes de microviaje interrumpidos y cancelados. Viajes con personas distintas, propósitos diferentes y cuya cancelación/reprogramación tienen sabores completamente distintos, pero la similitud estructural no deja de hacerme sonreír. Con cada día que pasa odio más esta ciudad y siento en sus calles, en sus ritmos, una suerte de ley line que me repugna y me deja más que claro que este no es mi lugar en el mundo. Quizás esa sea la lección principal del año.

Con todo, en estas últimas horas me inunda un sentir post-operatorio. Estoy cansado, sonrío, me duele el pecho y todo me afecta el triple, para bien o para mal. No me queda cinismo ni ganas de ser cínico. Y ese es mi gran triunfo en este año de mierda.

[cue-fanfarria de inicio del Himno Nacional]

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