Speedball de cine italiano: La Notte y 8½

La Notte (1961)

Hipertextual, llegué a La Notte por el corto de Theo Angelopoulos en Cada Cuál con su Cine, esa muestra de 33 cortos de 3 minutos que la gente del Festival de Cannes comisionó por allá por el 2007. En su corto, Jeanne Moreau vuelve, tras muchos años a encontrarse con un doble de Marcello Mastroianni y le recita una parte de su célebre monólogo del final de La Notte. Escuché ese minuto y medio y sentí la necesidad de ir por la película entera. Algo resonaba en esas palabras (dichas en francés y con subtítulos en portugués en mi versión) que me estremeció y me hizo saber ahí mismo a ciencia cierta que algo me estaba esperando en la película.

En la película me esperaba una de esas italianas clásicas, con tintes tristes y cómicos a la vez, con la mirada íntima, mínima de Antonioni: una pareja se está cayendo a pedazos en medio de su rutina y terminan viviendo un simulacro de la salida de su rutina en una fiesta. La entonces-joven Jeanne Moreau y Mastroianni van y vienen y se juntan y se separan en el transcurso de una noche simbólica en la que no falta nada del topos de la fiesta de esos años: la piscina, la lluvia intempestiva, los juegos de salón improvisados, las y los amantes furtivos. Todo converge en el momento en que el sol sale y los dos protagonistas tienen la conversación final, de la que Moreau hacía eco en otra lengua en el ya mencionado corto:

Ni bien ella sacó la carta recordé que alguna vez, hace muchos años ya, le escribí algo mortalmente parecido a una muchacha. A mano eso sí. La mirada perdida y la actitud indolente de Mastroianni la tiene que haber tenido todo hombre que ha discutido la realidad de su relación con una mujer ¿o no? El traje ayuda también, esa sensación de estar en medio de la nada nunca es tan patente como cuando uno está de terno y corbata en el pasto.

Quedé mal después de ver La Notte, tumbado, con el corazón abierto en tajos desiguales y sin ganas de verle la cara a nadie que no se expresara en términos tan elocuentes, sinceros y precisos como Antonioni a través de estos personajes. Se suponía que tenía un compromiso social a la noche, así es que en un intento de hacer un speedball fílmico puse

8½ (1963)

De nuevo con Mastroianni. Dos años después, Fellini lo ha adoptado como su alter-ego para una película que se trata de las películas en todos los sentidos posibles. Desde la trama, los diálogos interpelando al espectador y las secuencias de ensueño, todo en 8½ habla del cine o, si se quiere ir a un plano más general, de la ansiedad de crear. De la ansiedad en general también, de sentirse solo en un mundo que gira a otro ritmo. Y Mastroianni es sublime moviéndose a ese otro ritmo, con sus gestos pausados y su voz capaz de hacer dormir a un elefante encabritado. Treinta y nueve años tenía al momento de la película y, tras haberla visto por vez número cinco, recuerdo haberle escrito a Jo algo del corte “Hoy vi 8½, y si consigo llegar a los 39 como Mastroianni lo consideraré un triunfo. Es bueno tener role models en esta vida”. Sincerísima verdad.

No solo es un role model sobre como llegar a la mitad de la vida, su personaje siempre se me ha hecho un modelo a seguir en medio del caos. Si tan solo pudiera estar la mitad de tranquilo de lo que está Guido Anselmi mientras todos le hacen preguntas para las que no tiene la respuesta, la vida sería mucho más suave y relajada. De hecho, desde un par de años, sin importar cuán poco espacio tenga en mi disco duro, 8½ está siempre en el escritorio de mi computador, para relajarme en caso de emergencia.

 Hace unos años salí con una chica, unos 5 años menor que yo, y en algún momento del curso de esa no-primera-cita salió el tema de Fellini. Me dijo que 8½ la ponía nerviosa al punto de la histeria. Sigo hablando con ella, a veces, pero nunca más la he vuelto a ver. Es una de esas cosas fundamentales, ¿sabe?

Al final de la experiencia, Fellini consiguió devolverme el alma al cuerpo, relajarme un poco y cauterizar con el mismo gesto la apertura que Antonioni había dejado en mí. O quizás, yo espero y aspiro, fue un bálsamo, un mediador entre la intensidad de la propia vida vista en el espejo del cine y la realidad misma, que a veces aparece tan oscurecida por las pequeñeces que constituyen la cotidianeidad.

A modo de cierre, el corto que empezó todo esta secuencia. Perdón por los subtítulos en griego…

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