El desamor y el laberinto.

Casi, casi una teleserie de Sabatini. Casi, casi, un mal borrador de poema de Borges. Resulta que hace unos ocho o nueve años ya, yo me encontraba en el proceso doble de lidiar con mi primer gran desamor y, al mismo tiempo, aumentar mi conocimiento musical del mundo. El primero termino más o menos bien, aprendí harto de mi y de cómo lidiar con el mundo; y el segundo no terminará jamás. Eso sí, el primero inevitablemente afectó al segundo, paralizándolo por un tiempo. Yo estaba tanteando y re-conociendo terreno dentro de la discografía de Bowie cuando terminé con mi primera novia, tras un par de años de estar juntos; y en medio de esa sensación de estar en nada, de no ser capaz de amar a nadie más y creer que todo será un mundo de frivolidad de ahora en adelante, lo único que sonó en repeat fue la banda sonora de Labyrinth. El tiempo se detiene cuando alguien te dice que no quiere seguir estando contigo, y al parecer el mío se había detenido ahí, entre Magic Dance y la adecuada As the World Falls Down. El disco lo tenía bajado de audiogalaxy y el prospecto de bajar una película dada la infraestructura de la época era absurdo. Así es que anoté en la lista de pendientes algún día repetirme el film que había visto con mis papás en un VHS unos diez años atrás.

Pasó el desamor, conocí a otra mujer, más increíble que la anterior; y después conocí a otra y así. Pasaron los años. Todo se termina. El tiempo avanza en espirales; la tecnología, en línea recta. Bajé la película años después, cuando ya estaba viviendo con mi novia de entonces. Nunca la vimos, porque el listado de películas pendientes de esos días nos persigue hasta hoy. Así da gusto.

Hubo un terremoto y en una de sus réplicas el disco duro removible que contenía Labyrinth cayó al piso y dejó de existir. Como en todos los casos en los que algo o alguien toma la función de un predecesor, el nuevo disco duro nunca consiguió tener el mismo contenido del anterior. Ya no estaba con la chica de las películas pendientes, y hace rato que había terminado mi periplo por la discografía de Bowie.

Esta semana tuve un momento de claridad suprema: me saqué un gran secreto de encima y la verdad, carajo, me liberó. Empecé a sanar y superar procesos que se arrastraban desde unos ocho o nueve años ya (cfr. “más increíble” en el párrafo 2 de esta entrada) y todo fue mejor. Se encendieron los motores, empecé a escribir (nótese el incremento en los posteos de este humilde espacio) y un ciclo volvió a empezar. Así, con los ojos frescos y el desamor en franca retirada, sin darme ni cuenta bajé Labyrinth y la vi. Ayer en la tarde, en cama, reponiéndome de haber escrito hasta las 6 am. Descubrí que la escribe Terry Jones, lo cual explica el tono pythonesco de las marionetas. No es una buena película. Es más bien mala, de hecho; pero dan ganas de que las películas malas de ahora fueran así. Siempre es gracioso ver a Bowie en pantalla. Y no hay ningún mensaje mayor o trascendente en ella, salvo que Jim Henson era un genio de los títeres y que un psicoanalista se daría un picnic analizando los símbolos en la peli. Pero la vi. Y se me quedó pegada Magic Dance, como corresponde.

Después, en la noche, me di cuenta de esto, de las dos veces en mi vida en que el cierre de un proceso había estado mediado por Labyrinth. Iba camino a casa de Luza, donde Katty había prometido cocinar gnocchi para todos. Pensaba en esto, sonriendo un poco, cuando miré al piso…

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Tras lo cual dije “Después de esto, ya no pienso más”. Y me fui, con más sonrisa.

(jump, magic jump)
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