Así lo viví yo: Tricampeones

Voy a intentar ponerle palabras.

Anoche, tras pasar cuatro horas y media en el estadio para ver el título número dieciséis de mi equipo, me perdí buena parte de la vuelta olímpica. Me quedé pegado, tras todas las emociones de la tarde, cantando el himno de la U y mirando a mi lado a una señora que lo cantaba silenciosamente, moviendo los labios apenas, siguiendo línea por línea El Romántico Viajero.

La señora debe haber tenido fácil unas seis décadas a cuestas, había llegado, como nosotros, tres horas antes del comienzo del partido a la galería. De entrada me llamó la atención porque venía con challas en el pelo. Challas que seguían ahí horas más tarde, mientras cantaba.

Al lado, algunos de los más jóvenes se callaban al llegar a la segunda estrofa.

Ver las amadas ya olvidadas y dejadas al pasar…

La señora de las challas se sentó justó al lado nuestro, en la parte en que no había agua aposada, arriba de la puerta de entrada misma. Como en la semifinal de la Libertadores, llegamos temprano, elegimos el mejor asiento y, como tenía agua, pasamos parte de las tres horas de espera barriendola hacia la canaleta, que algún genio del diseño ubicó arriba de la pendiente de declive natural del estadio.

Se organizaba la cosa. ¿Puede usted identificar el hito urbano que perturba el horizonte santiaguino?

Una vez secos nuestros asientos y el piso en torno a ellos, vino la espera. Relajada, de buen ánimo y pocos nervios. Saludos a los amigos que estaban filmando en la cancha y poco más. Tenía buen prospecto el partido.

Ni bien sonó el pitazo inicial empezó la experiencia religiosa. Me carga taparle la vista a quienquiera que esté sentado detrás mío, así es que trato de pararme lo menos posible. Ayer encontré la solución para ver sin tapar a nadie quedándome bien pegado a la baranda de la entrada. Y la mejor vista se lograba de rodillas. La experiencia religiosa.

La U tocaba y tocaba sin profundidad, pero O’Higgins no planteaba nada ofensivamente. Esto empezaba a configurarse: íbamos a meter un gol antes de bajar al descanso, dos de entrada en el segundo tiempo y a festejar. Una tarde tranquila. La mala costumbre de haber sido campeón sin sobresaltos dos veces en un mes el año pasado.

En eso en una de las primeras intentonas del Capo de provincia por salir a hacer algo, Marcelo Díaz salta se gira y, desde donde yo estaba, se ve que la pelota le pega en el brazo, el codo o algo medio antirreglamentario. Pero se estaba girando. Más que la jugada, recuerdo la carrerita de Osses para marcar el penal. Como arrastrando un arado, se agachó y picó hacia el punto, cavando la zanja en donde iba a tirarnos. Gol de O’Higgins.

La debacle momentánea, la U que pierde la brújula y O’Higgins que se agranda. Herrera vuelve a salvar el campeonato en un achique de categoría. Osses se empieza a enredar, y desde el penal que está en otra. No muestra tarjetas, muestra cuando no tiene. Se le va de las manos el partido y el estadio se lo come. Le grito, le gritan, le gritamos. La señora de al lado se mantiene impávida. Tiene un rostro de esos que ya no comunican expresiones. A su altura de la vida, le queda la sonrisa de abuelita y sería.

La desesperación no me llegó sino hasta el entretiempo. Recién ahí pensé “El documental. Cómo mierda vamos a inscribir esto en el documental para que quede bien”. Se nos venía la noche y, en mi afán de racionalizar la experiencia, pensaba en eso, en pasar los segundo 45 minutos reescribiendo el tercer acto del documental. A pura fe y ya sin estar arrodillado, me viene la epifanía, mitad justificación mitad tabla de salvación

“La U lo va a dar vuelta de la forma más dramática posible y nos va a regalar el final perfecto”.

Eso era algo en lo que creer. Probado y testeado a lo largo de veintiseis años yendo al estadio. El viernes, después de la entrevista, Marcelo Díaz nos había dicho “El peor resultado de la U en el Nacional fue el empate a 0 con Boca. El peor”. Otra cosa en la que creer.

En esta vida hay que tener esperanza, en globos rojos y azules o en el cine de vanguardia…

Pero pasaba el tiempo y no pasaba mucho. Se desgastaba el equipo, las gargantas de todos. Las puteadas hacia el árbitro se ponían cada vez más creativas. Un expulsado para cada equipo y la sensación de que pudieron ser varios más por lado. Demoras en cambios, tonteras varias. Los nervios crecían en toda la cancha y yo que pasaba de estar arrodillado por conveniencia a estar en actitud de plegaria a estar como Willem Dafoe en Pelotón. “No hay forma de re-escribir esto. ¿Vamos a acortar los compactos? ¿Terminar con un flashback, una declaración de esas medio bielsistas de Sampaoli?”.

Cuando Aranguiz anotó el penal no lo vi patear. Arrodillado, tenía la vista fija en la nada. Periféricamente vi cómo la malla se inflaba.

Quedaban cinco minutos y me llega un mensaje al teléfono. Desde el borde de la cancha, Gonzo me pregunta

“¿Y? ¿La hacemos o no?”

Suena medio a chiste cruel, pero el mensaje es del descanso y la saturación de la red de celulares recién ahora lo deja pasar. Me quedo pensando si acaso la hacemos. O no.

Al Guille Marino le tengo un cariño especial. Desde que empezamos a planificar el documental y tiramos las primeras líneas argumentales me quedó claro que iba a ser pieza clave. Sampaoli llegó y dijo que no lo quería. Se fue a Argentina y se devolvió cuando recibió el llamado del club. Fue titular el primer torneo y apareció en momentos claves, siempre. Lento en un equipo que juega al avance rápido, puso siempre una nota distinta, a veces disonante incluso. Pero cuando la U se pierde, es él quien se encuentra. En los primeros quince minutos de vuelta con Deportivo Quito, en la segunda semi con Boca. En Rancagua. Así, cada jugada se la celebro y aplaudo y le grito. La encarnación del sacrificio, el eje de nuestro documental.

Y empalma una volea en el minuto 92 para empatar la serie.

Qué. Final. Más Perfecto.

De entre las tinieblas se hace la luz. Epifanía clásica.

Lo gritamos hasta quedar en trance místico. Cuarenta mil personas conectadas con el cosmos, y el concreto del ex-centro de torturas que vibra y retumba, vuelto monstruo mítico. Abajo, el partido está por reanudarse y el número 3 de O’Higgins sigue en el suelo, no lesionado, sino que tumbado de derrota. Ahí supe que los penales los ganábamos.

Nunca pensé que los íbamos a ganar tan holgadamente eso sí. A pesar de los nervios, tuvo más de trámite que de otra cosa y fue una pena ver a un rival, el más digno de todas nuestras finales, salir derrotado así.

Después vino el festejo, la algarabía en fase 2 del éxtasis dionisíaco. La vuelta olímpica como la bacante en comunión con sus seguidores. En medio de eso suena el himno de la U y yo me quedo mirando a la viejita esta. Todavía tiene las challas en el pelo. No mira la vuelta olímpica tampoco, mira hacia adelante, con la mirada perdida. Y canta.

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