Pynchon 201 y 202: Gravity’s Rainbow

Si usted se plantea una inserción sistemática en la obra del enigmático Thomas Pynchon, el más talentoso de todos los postmodernos, haría bien en tomar como curso introductorio The Crying of Lot 49, ciertamente. Aunque si usted es de esos impacientes, o si está muy convencido de que le va a gustar la experiencia puede pegarse el salto y leer Gravity’s Rainbow, que en nuestra malla curricular equivale a DOS(2) cursos sobre Pynchon. Una obra larga, intensa, de lenguaje oscuro a ratos, Gravity’s es, a mis ojos, una delicia.

La novela sigue a un piño de personajes muy disímiles en su búsqueda, a fines de las Segunda Guerra Mundial, del misil V-2. El V-2 (la V es de Vergeltunswaffe o Arma de Vengaza, porque ese chico Goebbels sí que tenía talento para ponerle nombre a las cosas) es, entre otras cosas, la base del sistema de propulsión que hasta el día de hoy mueve a los transbordadores espaciales, pero esta es solo una de las múltiples aristas que son explotadas por Pynchon. En la novela el misil se vuelve una metáfora para la vida, el destino; un objeto totémico en el que se va la vida de una tribu africana, la obsesión de rusos, ingleses y estadounidenses; el fetiche de holandeses; es el objeto fálico de Freud y el estímulo principal de Pavlov; todo en uno. Así, mediante iteraciones repetidas y diversas, Pynchon atomiza su significado y nos atomiza con él en el gesto: el cohete es TODO, el cohete es nada.

De párrafos largos y frases explicativas dentro de frases explicativas, Gravity’s Rainbow tiene un inglés que marea, que pega primero y explica después. Como el mismo V-2 que, supersónico, explota antes de que llegue el sonido de su trayectoria, la novela empuja a sus lectores a párrafos enormes y secciones enteras que no hacen sentido sino hasta llegar a la última línea. Fuera de la pléyade de personajes que desfilan por sus casi ochocientas páginas, cada tanto Pynchon se desencaja de la historia y se manda en riffs de una técnica exquisita en los que muchas veces no se entiende nada, salvo que estamos frente a un instrumento excelso. La claridad suele llegar después, pues si bien Pynchon exige de su lector, queda más que claro que exige aún más de su texto, y este se defiende solo, sin explicaciones ni notas al pie. Las hay por montón. Existen al menos dos volúmenes de anotaciones completas compiladas por otra gente para “entender” Gravity’s Rainbow. Lo mejor de todo es que no son necesarias. La novela está tan bien construida que todo funciona, si bien uno tiene que tener la apertura suficiente para no esperar que todo funcione en el plano argumental. Muchas de las salidas de Pynchon apuntan exclusivamente a crear una musicalidad, un ritmo mediado solamente por las palabras.

Ajústese el cinturón antes de leer Gravity’s Rainbow, la propulsión del despegue puede hacer que la novela se le caiga de las manos. Pero si se aferra a ella con la suficiente tozudez terminará descubriendo que es una gran experiencia. Hay pasajes en que no dan ganas de hacer otra cosa que irse a vivir en el texto. So riesgo de recibir un misilazo en cualquier momento.

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