El cachito.

Eso dice la nota al borde. En uno de los primeros borradores, de esos que leyó Jo y nadie más, había un capítulo entero que murió en la primera gran poda. Pero el párrafo sobrevivió, porque me gustaba tanto (craso error). Pasó a ocupar relativamente el mismo lugar en la novela, y otro capítulo se levantó (¡ja!) en torno a él. Sin convencerme todavía, lo mandé a Otro Capítulo, conectando un par de secuencias más o menos vagamente. Pero se notaba, se veían el remedo mal parchado y no era la idea. Hace un par de día lo volví a reubicar, esta vez al final, en espera, junto con unas secuencias que me quedaban por acomodar al interior del flamantemente re-escrito capítulo V. Redoble de tambores, sesión de reescritura a todo ritmo, zabadaba zabadaba como diría James Brown. . . y nada. Pasó a seguir al final del capítulo, cuando este ya fue reacomodado del todo. Pasó a estar marcado con una nota gigante que dice

“EL CACHITO”.

Le sigo teniendo cariño, me sigue gustando harto. Pero ni junta ni pega con ningún lugar de la historia, así es que se va del todo, y se viene a vivir aquí, con ustedes queridos lectores, en este espacio en que van todas las cosas que me gustan harto, las cosas porque sí y por el puro antojo de [El Autor]. Con ustedes, el último sobreviviente de un capítulo extinto*, “El Cachito”:

Chile es un país donde la gente tiene la costumbre de acumular cosas. Quizás por su naturaleza sísmica, por vivir bajo esa incertidumbre de lo imprevisible, porque hoy todo está en pie y mañana se viene abajo. El mañana se le viene abajo a un país que se ufana de estar lleno de gente trabajadora y esforzada. Esforzado había que ser para irse a vivir allá en los comienzos de su historia. Situada en el territorio que a nadie le importó demasiado entre los virreinatos del Perú y de La Plata, la Capitanía General de Chile era un lugar de condiciones extremas y duras, donde había que trabajar para que algo creciera, mientras en el resto del continente la naturaleza se mostraba muchísimo más pródiga con sus pobladores, los viejos y los nuevos. Quizás por eso el afán de acumular. El chileno cree siempre que puede salir perdiendo, que puede despertarse y encontrarse con nada.

En conformidad con dicho afán de acumular, ciertos chilenos acumulan oficios, talentos a medio camino, habilidades que caen en zonas nebulosas donde ningún profesional ni técnico va a ir a meterse. Se les conoce como “maestros chasquilla” o sencillamente “maestros”. Arreglan calefones por la mañana, hacen trabajo de carpintería al mediodía y rematan el día estucando muros. Si sale un auto que reparar o dos, mejor. Si el problema no es muy grave, ellos lo solucionan. Saben de todo sin saber realmente de nada. Forma parte de la tradición republicana del país tener uno o dos ministros, como mínimo, que sean del gremio.

 *Para los interesados en estas cosas, el capítulo desaparecido se llamaba “Patrulla Pokemón”. Esa onda, Bridget Fonda.
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