La neurosis del fútbol – Apuntes de un hincha (ya) mayor

 A mis 31 años ciertamente no soy ni estoy viejo para muchas cosas, pero de esos 31 llevo 25 yendo al estadio. El número de partidos al que he ido se cuenta por centenas, he asistido a estadios de primera, segunda, tercera. Tengo la suficiente memoria para recordar la época en que el gesto transgresor de las barras era cantar

Esta es la hinchada del Bulla

La que tiene aguante, que gana y que lushhha

con la sh bien marcada. Otros tiempos, medibles en otras cosas. Por años, por buenos años, la ilusión de ser campeón de algo se veía tan lejos que ni siquiera estaba en los planos. Después se volvió un tormento griego. Después llegó. Y cuando mi equipo fue campeón empezó una nueva fase en mi neurosis. El campeón del fútbol local tiene que defender su título año a año, nadie puede mantenerlo por siempre, y ganarlo un año es olvidarlo al siguiente. Ni con el bicampeonato se me pasó esa sensación de estar en fuga, la tensión de querer más o de saber que algo habíamos hecho mal y teníamos que seguir por ese camino o nos iban a pillar. Ayudaba quizás el medio: la adolescencia, los compañeros, el rival que tenía la única copa internacional de clubes en el país. El 96, cuando perdimos esa final con River, con robo, algo se quebró y no ganar el torneo ese año ni en un par de años más dio lo mismo.

De ahí en más se me vino encima una suerte de indolencia. Ganar uno, dos campeonatos, todo parecía un paso previo más que un fin-en-sí. Las alegrías de domingo a domingo se fueron gastando, porque uno puede saborear una victoria contra el mismo rival sólo un cierto número de veces en su vida. Y porque no se trata de las victorias, tampoco. Esa es la clave. A menudo comento que mis padres, lejos de darme un ejemplo de fidelidad y devoción marital el uno para el otro, sí me dieron un muy buen ejemplo de cómo era esto del amor incondicional mediante el fútbol. Estar ahí en las buenas y en las malas, enojarse y no dejar que el enojo se vuelva abandono; querer lo mejor para el otro, hacer todo lo posible por ser parte de eso, pero seguir ahí cuando lo peor pase. Un día tu mujer se despierta al lado tuyo tras semanas de enfermedad, se preocupa por no verse francamente horrible y tú piensas que si pasaste por la era Capitano, esto no es nada. O no lo piensas siquiera, está ahí. Esa es la fuerza de la prédica mediante el ejemplo.

Cuando el año pasado la U ganó su primera copa internacional, lejos de ir corriendo a cantarle la victoria en la cara al archirrival o de enrostrarle al minirival que ellos no tienen ninguna, se apoderó de mi una paz profunda. Al día siguiente comprendí que había pasado, como cualquier otra cosa, que había un partido por el torneo local en un par de días y que esta victoria, si bien se iba a recordar por siempre, no iba a volver más. Respiré aliviado y me di cuenta que nunca más iba a estar pendiente de otros equipos, nunca más iba a celebrar las derrotas de mis rivales clásicos y nunca más iba a sentir la envidia del fútbol. El año pasado y lo que va de este ha sido un año brillante para la U y eso la ha vuelto el blanco de toda la envidia de algunos hinchas rivales. Y se ven tan patéticos que me avergüenzo de haber sido así. Pero uno no puede esperar que todo el mundo tenga las mismas experiencias de uno.

Ayer tuve un día de lo más normal. Escribí-ví la Euro-Almorcé-ví la Euro-Escribí. La rutina de Junio. En un punto de la tarde sentí una angustia extraña, una pena sin motivos reales y me quedé pensando…creí que podía ser la frustración de no estar escribiendo a buen ritmo, pero vi el contador de palabras y vi la página de la moleskine grande y supe que no era eso. No podía ser eso. Eran las cinco de la tarde y mis nervios por el partido contra Boca ya habían empezado. Me di cuenta que, de sacar un buen resultado, de avanzar y llegar a la final y ganar la final, nunca más iba a sentir esto. La neurosis del fútbol se iba a terminar e iba a alcanzar el zen total del balompié.

Por supuesto, no fue un buen resultado. La clasificación se ve más difícil que nunca y ahí en el aire una convicción extraña. Tengo mis entradas para la vuelta y voy a ir, descubro, sin que me importe el resultado, sin esperar nada. Las alegrías llegan gratuitas y las penas se van así también. Sigo pensando en qué pasará si pasamos y si somos campeones. Quizás porque soy (ya) mayor no lo imagino como cuando niño, la gloria del puño en alto, la euforia total. Imagino la paz del día siguiente. Y en esa paradoja de bregar por la paz se va mi neurosis.

Para siempre.

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