V.

A V. la veo una vez al año. Vivimos en hemisferios distintos y la vida se suele acomodar para que nos encontremos en los inviernos del hemiferio sur. V. es un poco mayor que yo y fuimos al mismo colegio y la misma universidad, pero no nos conocimos realmente sino hasta  haber egresado de ambas. V. es tremendamente inteligente y tiene el conjunto de neurosis que suele ir de la mano con ello, cuando uno está en esto de las humanidades, cuando uno nació y se crió en un país esquizofrénico como el nuestro.

– Me carga juntarme con chilenos. O sea, por algo uno se fue a estudiar afuera, ¿no?

Me dice antes de contarme de La Amiga Chilena que ha hecho. Una amistad forjada con los forceps de “ay, pero si son chilenas TIENEN que conocerse”, pero que salió de lo mejor, a pesar de su resistencia.

 

Cuando hace tres semanas V. llegó de vuelta por acá pensé que nuestro encuentro este año sería una suerte de Calamity Report, y que quizás nuestras juntas se iban a empezar a tornar una serie de reflexiones sobre la Condición Adulta (más difícil que ser bebé) o Cómo es esto de vivir teniendo la cabeza para resolver cualquier problema y ninguno de los recursos/coyunturas necesarias para enfrentarlos. Un espectáculo patético y divertido, con moralinas postmodernas para la audiencia, o un montaje brechtiano si se quiere. Pero las cosas fueron cambiando para los dos y ayer nos encontramos, bajo la lluvia, y pudimos hacer nuestro show sobre la Condición Adulta con el sincero optimismo de los que no son muy adultos. Estuvo bien.

No. Estuvo la raja, francamente.

 

Tomamos como condenados y por solidaridad la acompañe con el vodka, destilado interesante que aparece en mi vida como V., una vez al año, como artista invitado. Cuatro rondas después la fui a dejar al departamento de su hermana, los dos un poco idos de la realidad, habiendo dejado como ancla solo la convicción de que la vida, aún en los momentos más neuróticos de la condición postmoderna, se pone mejor y uno, que no está más que jugando a Gánesela al Toro, tiene, en algunos segundos del vaivén insoportable, una ilusión de control o una aceptación de la inercia que lleva al equilibrio. Precioso.

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