MY RADIOACTIVE VALENTINE.

Historia Vieja: Ella me dice “Me pidieron un cuento para una antología sobre El Día de los Enamorados y no se me ocurre nada”. Arrogante y con la claridad del que no tiene la presión, le digo “Mira, toma el día y mézclalo con algo y del cruce te va a salir la historia…algo como…Godzilla, qué se yo” (había un cómic con un monstruo gigante dando vueltas). Y ella me dice, asertiva “Eso suena más como  tipo de historia”. 

MY RADIOACTIVE VALENTINE.

La historia se ha vuelto ya un cliché. Primer día en una universidad (estadounidense, siempre) y el nuevo que llega a su dormitorio, descubre que hay un montón de cajas de alguien más y se apresta a conocer a su compañero de pieza. El nuevo, su cara aún cubierta con espinillas y aún con los movimientos de alguien que se equivocó en la mañana y se puso un cuerpo demasiado largo, tiene toda la expresión de un conejo antes del atropello inminente al constatar que su compañero de cuarto es en verdad una atractiva-pero-tierna alumna extranjera. La gente de admisiones en su ignorancia (estadounidense, siempre) se ha equivocado al leer el nombre de la chica y la han asignado a un dormitorio de hombres.

Es un cliché porque ha pasado. Nos pasó a nosotros.

Es un cliché porque las películas, los libros y las series los escribimos nosotros.

Once cincuenta y cuatro PM del trece de Febrero y escribo estas líneas en el silencio de la noche, para combatir el insomnio, para hacer algo productivo. También para acordarme. Mi señora se ha vuelto a dormir tras retozar y darse unas vueltas cuando prendí el computador. Me dijo un par de cosas que no recordará ni recordaré mañana en la mañana, nada particularmente gracioso o por lo que valga la pena despertarla, y se volvió a dormir. Mañana es el cumpleaños del menor de nuestros hijos. Qué mejor momento para escribir sobre el pasado, así escondido en la noche misma.

No, en verdad no. Cualquier momento es bueno para escribir sobre el pasado.

Cuando la conocí, Kimiko me lanzó una sonrisa tímida, se presentó y me dijo que pretendía averiguar cuánto tiempo iba a pasar hasta que la noticia se difundiera y el error se rectificara. Yo con suerte le dije mi nombre y me dediqué a acomodar mis maletas.

A sabiendas de que no iba a durar mucho, Kimiko no desempacó nada. O casi nada. Sacó algunos implementos básicos de supervivencia, un par de mudas de ropa, y una réplica de tamaño mediano de aquél lagarto radioactivo que los japoneses conocen como Gojira pero que al resto del mundo nos es más dado llamar Godzilla. Asumiendo a mis diecisiete años que para los japoneses una efigie de Godzilla sería el equivalente de una figura del papa para las señoras de mi perturbado país de origen, no hice ningún comentario. A mis diecisiete años, además, no sólo mi visión de mundo estaba así de torcida, sino que además tampoco dominaba muy bien ese arte de hablar con miembros activos del sexo opuesto, así es que preferí no agregar un perfecto balbuceo. Para qué, el ridículo podría esperar.

El ridículo no se demoró tanto en esperar y salió del bolso de Kimiko, que parecía haber sido elaborado por la misma compañía responsable del bolso del Gato Félix. El ridículo tenía forma de una extraña abeja multicolor de peluche, que Kimiko procedió a colgar de la lámpara que separaba las dos mitades de la pieza. “Para el ambiente” me dijo. Yo sonreí y pensé que ella era bien linda después de todo. Pero el peluche no se habría visto bien ni en la más pintada micro del Caribe. Le debo haber puesto cara de signo de interrogación, porque no tardó en apuntarlo y disponerse a cambiar el curso de mi vida con una palabra:

“Mothra”

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La Mothra, o Mothra a secas, resulta ser uno de los enemigos más clásicos de Godzilla. Al parecer incuba sus huevos en una isla cercana a Japón, o en una de esas islas que conforman el Japón y de ahí en más, como todo monstruo radioactivo gigante (porque Mothra no es una abeja multicolor, es una polilla gigante y estaba en perfecta escala con el Godzilla de Kimiko, todos esos años atrás) sigue su instinto natural y peregrina hacia Tokio devastando todo a su paso para ser finalmente repelida por Godzilla, ante la mirada atónita de miles de japoneses que ven como su temido lagarto se vuelve de pronto el protector de su ciudad.

Eso creo, al menos.

La verdad es que por años mi copia definitiva de Godzilla vs Mothra fue un VHS doblado al italiano que un compañero tuvo la cortesía de prestarme. La vi unas cinco veces y de ahí en más me negué a comprármela en un idioma que entendiera del todo. No resistiría verla con las voces originales, verla en buena calidad y con subtítulos impecables. Mi versión es y será siempre en una cinta que con los años no hizo más que estropearse y adquirir nuevos saltos y distorsiones de imagen y sonido.

Pero fue la cinta que vimos en nuestra primera cita.

Les tomó una semana y media a los encargados hacer todo el papeleo y llevarse definitivamente a Kimiko. En su lugar llegó Daniel, a quién le tomó la mitad de ese tiempo invitarla a salir, con la excusa/chiste del intercambio de papeles y de ahí en más nuestras vidas siguieron sus cursos. Llegado el segundo año los veía intermitentemente, pero orbitábamos de alguna forma uno tras el otro tras el otro. Daniel estaba bien encaminado hacia alguna ingeniería y Kimiko podría elegir la carrera que quisiera en las Ciencias Biológicas. Yo, como todos los que alguna vez han estudiado una carrera que tiene un idioma en el título, no tenía idea qué sería de mí en el futuro. Eso es lo lindo de dedicarse a las letras, el éxito y la limosna están ahí, equidistantes.

Eventualmente las cosas se empezaron a alinear, los proyectos se concretaron y alguna buena gente se atrevió a prestarnos a mi y a mis compañeros alguno que otro dinero para poder filmar alguna que otra cosa. La noche que terminamos de filmar nuestro primer proyecto pagado, nos fuimos a festejar con lo poco que teníamos y yo en mi euforia llamé a la muchacha con la que había querido salir desde más o menos una semana y media después de haber entrado a la universidad.

Cuando uno llama desde un bar de pésima muerte, rodeado por amigos que están real o psicosomáticamente ebrios, sabe que la respuesta al otro lado del teléfono va a significar sí o sí un contraste con la realidad visible. Pero da igual, una vez presionado el primer botón no hay vuelta atrás. En verdad sí la hay, pero todavía no conozco a nadie que haya tomado el teléfono, marcado un número y después se haya arrepentido.

Lo que me esperaba, al otro lado del teléfono, era un funeral.

No literalmente, claro está. No se había muerto nadie, ni me querían matar a mí por hacer ESTE tipo de llamadas a ESTA hora (era un jueves, su señoría, un jueves es casi un viernes), pero había un ambiente más sombrío de lo que uno se esperaría. Kimiko me respondió ligeramente evasiva, aún para sus estándares, y así fue como yo mismo me fui moviendo, evasiva tras evasiva, como bailando con las fintas de la voz al otro lado, alejándome del grupo, y terminé dejando a mis amigos un rato para salir a hablar al frío de Enero.

Llevaba dos semanas así, de funeral. Daniel había terminado con ella y le había entregado el pack completo empezando a salir de inmediato con una de esas rubias desopilantes. De esas que los medios se han encargado de hacernos creer que son tontas y que hacen que los peores y más estúpidos de los hombres caigan a sus pies rendidos al instante, dejando por lo general una buena chica atrás.

¿Dije ya que las películas y las series las escribimos nosotros?

Conversamos un rato, quedamos de vernos pronto. Me felicitó por mis logros y cortó. Me tomó un tiempo evaluar la situación y volver con mis amigos. Me encontraba milagrosamente sobrio.

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En esta vida existen una serie de instantes que vienen, se manifiestan en nuestras vidas y cambian todo de un plumazo. Por lo general es difícil percibirlos o anticiparlos, como es el caso de la súbita muerte de un familiar cercano o el darnos cuenta que el paracaídas NO se va a abrir, supongo. Otras veces, como cuando nace un hijo o encontramos el restaurant perfecto para ESA ocasión, es todo más controlado, aunque la emoción final termine siendo siempre desproporcionadamente intensa y sorpresiva. Quizás el momento definitorio que sí podemos, hasta cierto punto controlar, es el del primer beso. Ese que se sabe correspondido, pero ignora aún los ritmos del otro, ese que va a cambiar las cosas y puede terminar en el nacimiento del hijo o la expulsión del ya mencionado restaurant perfecto. Desde mis tremendamente tímidos principios me fascinó ese momento, ese suspenso delicioso. Y pecaría de mentiroso si no les dijera que quizás por prolongarlo mucho terminé negándome más de uno de esos besos. Pecaría de mentiroso si no les contara que he pecado de ganso.

Quizás el truco sea la anticipación, el momento de las voluntades condensadas y deseosas de saciarse y ansiosas de saberse prontas a la saciedad. De ser así, se entenderá mis nervioso nerviosismo, mi nerviosísimamente nervioso nerviosismo el día de mi primera cita con Kimiko. El hecho de que le llame “primera cita” ya debiera dar una buena impresión de mi nerviosismo. Después de haberme preguntado por nueve días si acaso Daniel se habría acostado con ella la primera vez que salieron (la gente cool sale, nosotros tenemos primeras citas) al punto de casi llegar a preguntarle directamente la vez que me lo encontré en la biblioteca, decidí bloquear cualquier tipo de noción semejante de mi cabeza y organicé un panorama más bien clásico, so pena de caer en lo trillado: Ciclo de cine en el centro, cena en el restaurant perfecto (o lo que mis estándares universitarios creían el restaurant perfecto – Y esta es la cuarta vez que lo menciono, lo sé, es el hambre a estas horas mucho me temo) y después, quizás, sólo quizás, una botella de vino blanco a temperatura perfecta nos esperaría de vuelta en mi pieza, que hacía un par de semestres que ya no era compartida y que no quedaba en aquella pieza donde dormimos “juntos” por una semana y media.

Por supuesto, esa tarde se dejó caer el vendaval de nieve, todo cerró antes de hora y terminó siendo un día de San Valentín con pizza recalentada y películas en video. La opulenta botella de vino decidió esconderse para no desentonar con el aire de fracaso que circundaba en la velada. Cuando le fui a ofrecer a Kimiko algo para tomar, me encontré una nota en el refrigerador que decía “Olvídalo”. Firmaba, la botella de vino blanco a temperatura perfecta.

Cuando volví con las cervezas, Kimiko había encontrado y puesto el VHS en italiano, idioma del que ella entendía menos que yo, pero que para el caso daba lo mismo. Se sabía la película de memoria.

Quizás fue la cerveza o el espíritu de frustración que tenía la noche o mi naciente convencimiento de que nunca más la iba a ver tan linda como en ese momento, pero algo me hizo empezar a contarle la historia, la verdadera historia y origen secreto de esa cinta. Mi interés por encontrar información en una era preinternet sobre un monstruo japonés, mi acabado conocimiento sobre la materia ahora y el acoso al que había sometido a mi compañero para conseguir esa cinta; todos elementos concatenados a la patética y triste realidad: quería tener algo para conversar con ella. Algo que no fuera tan simple, que fuera un genuino punto de encuentro.

Se rió de lo paradójico que es forzar un genuino punto de encuentro y me pareció ver mi reflejo en la botella pasar del rojo al ultravioleta. Farfullé algún tipo de respuesta y lo siguiente que supe fue una oscuridad profunda, la tibieza de sus labios y ese extraño brinco en el corazón que dice sí, esto está pasando. En el mismo gesto con el que dejé mi botella sobre la mesa terminé empujándonos al piso. Nos reímos y antes de que esa, la mejor oscuridad de todas volviera, escuché nítido en el fondo, palabras más dulces que toda la obra del Dante:

¡Godzilla sta attaccando Mothra!

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Y el resto es historia. O quizás no tanto. Es otra historia, ciertamente. Los años que siguieron, salir de la universidad, encontrar un lugar en el mundo. Descubrir que ni el éxito ni la limosna estaban tan cerca y experienciar un poco de ambas. Escribir todas esas historias y verlas llevadas a los distintos medios. Historias de mutantes, robots gigantes, criaturas radioactivas, romances universitarios y errores administrativos. Si no hubiéramos sido nosotros, a alguien más se le habrían ocurrido, qué duda puede llegar a caber; tuvimos al menos la suerte de haber estado ahí en el momento justo para aprovechar la oportunidad que se nos presentó. Kimiko tenía un mundo de referencias y toda la sapiencia en biología para hacer que esas historias absurdas sonaran tan técnicas que nadie se atrevía a cuestionar su futurismo deslumbrante. Así pavimentamos el camino al éxito.

Ahora ya es catorce y cuando el sol de verano salga, será un nuevo cumpleaños de mi hijo. De nuestro segundo hijo que poco sabe de Godzilla porque la era de los monstruos gigantes y la pseudobiología dio paso hace rato ya a la era de los vampiros y la pseudotecnología, esa que es pseudo un año, realidad al siguiente y moda vieja en dos más. Kimiko lo supo anticipar bien, de la misma forma en que anticipó que el camino pavimentado al éxito tiene, naturalmente, que tener bifurcaciones. Yo siempre fui más ingenuo en ese sentido. El que es ganso, muere ganso.

Hace un par de noches mi señora me despertó, porque me estaba dando vueltas en la cama y hablando dormido. Si alguno de los dos dice algo gracioso tratamos de recordarlo o de despertarnos, no sin antes intentar grabarnos y hacer conversación. Me despertó porque pensó que estaba teniendo una pesadilla. Hablaba de Godzilla me dijo, así es que me imaginó perseguido en sueños por el bicho verde gigante y por quién sabe qué otro monstruo radioactivo tratando de aplastarme. Le di las gracias y no atiné a mucho más. Seguimos durmiendo.

No creo que haya sido un mal sueño.

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