El ingrediente secreto.

Vi “It” la miniserie del 90 (vuelta película de tres horas!) y solo voy a decir que, a pesar de todas sus pifias y fallas, que son muchas, no es mucho peor que Stranger Things. Me gustó Stranger Things, pero no vamos a decir que fue la reinvención de la rueda y, curiosamente, no me pegó el efecto nostalgia. Sí me pegó el gesto de tributo a Stephen King y eso estuvo bien. Pero, con todas sus fallas y pifias, nadie hace a Stephen King como Stephen King. La primera hora de It es redondita en su presentación de los personajes y sus niños son inmediatamente personajes con los que se puede empatizar y a quienes se puede querer. En Stranger Things, por otra parte, los niños son de cartón y en el segundo capítulo uno tiene más ganas de hacerles bullying que de otra cosa.

El ingrediente secreto es el sufrimiento, naturalmente.

Mientras en Stranger Things hay un niño desaparecido, la angustia de una madre y un mínimo de tensión de clase (la familia de Wynona Ryder es pobre, pero se nota poquito), en IT cada uno de los personajes carga una cruz especial. La miniserie se toma su tiempo para mostrarnos qué les duele, dónde les duele y por qué; y a pesar de caer muchas veces en el lugar común (como en el caso del personaje que es un avatar de Stephen King), el cliché funciona porque es común a todos – los niños del Loser’s Club de IT representan nuestra desesperación al sentir que nadie nos quiere y el miedo profundo que nos da pensar que esto va a durar por siempre; en contraste, los amigos de Stranger Things son tan felices siendo nerds que no importa mucho que les pasen cosas malas, total tienen la última edición de Dungeons and Dragons a mano para consolarse.

No quiero teorizar ni dar la lata adentrándome en cómo Stranger Things es producto de un mundo en que ser nerd y geek no es el sinónimo de ser un paria como en los tiempos de IT, así es que terminemos este párrafo aquí.

Cuando uno tiene poco menos de seis horas para contar una historia – y por ende puede desarrollar sus personajes con una soltura que, por ejemplo, una película no puede tomarse, creo yo que tiene la obligación de hacer algo mejor que poner a un niño gracioso al que le faltan unos dientes como TODA señal de que lo pasa mal en el colegio. Si los dientes se le cayeron porque el padrastro le pegó, o si pasa todos los días mirándose al espejo preguntándose cuándo oh cuándo le crecerán los dientes, estoy interesado. Si me va a decir “así es la vida”…hermano, mándame una postal sobre los limones y la limonada y reescríbeme el personaje, por favor.

El ingrediente secreto es el sufrimiento, pero no gratuito, sino como el diferencial/exprimido del choque entre la esperanza y la frustración.

 

También vi Fargo, la película, y recordé Fargo, la serie. Todavía hay días en los que me quiero ir a vivir entre las notas de esta melodía:

 

 

Veíamos la ceremonia inaugural de los juegos olímpicos y cuando desfilaban, felices, todos los atletas, dando saltos, riéndose, tomándose selfies, tomándole fotos a la gente que les tomaba fotos; mi corazón se sentía de lo más en paz. Normalmente, habría sacado el bastón y empezado a recriminarle al aire que cómo es posible que estos jóvenes en vez de vivir el momento se dediquen a filtrar la experiencia por medio de una micropantalla táctil y bla, bla, bla… pero ahora, en vez de eso: paz.

Porque claro, pensaba, he aquí un grupo de gente que, en grupo o por separado, pasa todo los días de su vida dedicados a una disciplina específica. Y te aseguro que ninguno de los atletas que desfiló ese día se pasa cuatro horas al día metido en los comentarios de algún foro de poca monta, tirándole mierda al mundo y exigiendo cosas que no tiene derecho a exigir.

Palabra clave del párrafo anterior: disciplina.

“Vale más el que llega a entrenar/trabajar/escribir todos los días que el genio que aparece a última hora y desarma estanterías, moldes y preconcepciones quedándose a jugar/trabajar/escribir una noche entera sin dormir.”

Cuando reescriba la biblia, el párrafo anterior va ir en uno de los evangelios, o en proverbios, en por ahí.

Cuando reescriba la biblia, Jesús va a tener afro, ser mujer, y será descrito por uno de los cinco televangelistas como “mortalmente parecido a Pam Grier”.

Cuando reescriba la biblia, vamos a cerrarla con un libro del post-apocalipsis, que será el genesis/la teoría evolutiva de Darwin en reversa. El hombre, cansado de mirar a los cielos, caminará encorvado mirando su teléfono, iniciando así su retorno el simio, a las aguas primordiales, al horizonte infinito, que será reunificado por el anticreador para bajar la cortina de este mundo. Se escuchará una voz atronadora, el espíritu de dios se sumergirá en la nada y, el final, quedará un solo sustantivo. De tres letras.

 

 

Cronoarchivo.

Buckminster Fuller, erudito en múltiples áreas del saber y santo patrono de todos los que han pasado una noche en un domo, intentó llevar un registro completo de su vida, desde los 25 años en adelante. Así fue como agarró papel y lápiz y escribió cada quince minutos desde 1920 hasta 1983. Cada quince minutos, durante sesenta y tres años. Y al archivo/proyecto lo llamó Dymaxion Chronofile. Dymaxion es la marca registrada de las ideas de Bucky Fuller y es un acrónimo de Dynamic, Maximum y Tension. Hay un cronoarchivo Dymaxion, una casa Dymaxion, y un auto Dymaxion, entre otros.

En este mundo nadie es mejor ni peor que nadie más, pero Buckminster Fuller es mejor que tú y mejor que yo.

Ahora tenemos aplicaciones que miden los pasos que damos, la cantidad de agua que tomamos; aplicaciones que nos recuerdan qué películas hemos visto, qué series nos gustaron, qué música bajamos, etc., etc. Nuestros chats y correos registran la huella textual de nuestras relaciones a distancia y distintas compañías y corporaciones nos regalan servicios con tal de acceder a nuestra información, a nuestro cronoarchivo.

Parte del genio del cronoarchivo está en no discriminar. Como su intención es documentar y no seleccionar ni construir, el archivista se libera de su condición de editor y registra todo, porque quién es uno para decir qué es lo importante o lo bueno en la vida. La vida, simplemente es. En ese sentido, un cronoarchivo es lo contrario de un perfil de red electrónica: no hay construcción de identidad, sino datos e información. En otras palabra, el cronoarchivo no es la canción ni la foto que subes para hacerte el cool; es el registro de los perfiles que miraste acechando frenéticamente y el número de reproducciones de tu placer culpable de la semana.

 

Vivo.

Estoy vivo y nadie se ha muerto alrededor mío y el invierno está de salida y hace mucho que no escribía en el blog y cuántos oh cuántos posts en la breve historia de la Internet habrán dicho alguna vez “hace tiempo que no escribía”. Ese es el tipo de cosas que, siento, algún día estudiarán estadísticamente los bots del futuro para ayudar a sus amos, maestros de los Estudios Culturales, a reconstruir lo que era ser humano en el siglo XXI. Porque cuando logremos atomizar completamente la cultura como idea, los Estudios Culturales van a tomar un aire de arqueología antropológica semi religiosa, que será propagada por freakies de la peor laya en el equivalente futuro de la Internet. Qué duda cabe.

En estos dos meses sin escribir por acá anduve escribiendo por hartas otras partes y de paso le dimos el segundo envión a la máquina invisible. Detalles más adelante (pero no más adelante que Noviembre). Terminé con Margarita, que no es mi polola sino un personaje de una novela que llevaba años gestándose en mi cabeza y que tomó una forma más inesperada y extraña. De paso, no creo que sea su última forma, pero al menos ya existe en un primer borrador. Terminé con Margarita, pero Margarita también terminó conmigo, y de manera más bien escandalosa.

Es un cliché y un lugar común entre algunos escritores eso de que los personajes a veces cobran voluntad propia y hacen cosas que no son las que uno como [El Autor] tenía pensadas para ellos. Eso está bien y es en buena parte porque uno no siempre conoce a sus personajes muy bien cuando planifica su historia y los descubre en el camino y de repente algunas elecciones empiezan, con suerte, a seguir la lógica del personaje y no la lógica de la historia o la de uno mismo. Esto pasa harto cuando uno es de esa gente que planifica y planifica y planifica la historia antes de lanzarse a escribirla. Otra gente se pasa meses conociendo, precisamente, a sus personajes, entonces no se encuentra con estas sorpresitas.

Margarita, superespía de tomo y lomo y nuestra heroína por siempre, había sorteado todos los obstáculos que la novela le había lanzado: desde aviones que explotan y caen en medio de la ciudad, hasta el incendio de su base de operaciones, pasando por meses de depresión y un cúmulo de cosas, todo en un proceso de mejoramiento personal. En el tercer acto de la novela, mi querida Margarita se enfrentó como si nada a las tentaciones de la fama y la fortuna, descubrió que todo lo que había deseado por casi una vida ya no le satisfacía porque, en efecto, había cambiado en el proceso. Todo esto en el curso de 4 días de insomnio y escritura de [El Autor], que una madrugada al ver despuntar el sol decidió que estaba todo en su lugar y que la cola de novela que quedaba se escribiría casi sola. [El Autor] tenía claro que Margarita se enfrentaría a un personaje de su pasado y, renovada en su perspectiva y con un nuevo conocimiento de mundo, confirmaría todo lo aprendido y avanzaría triunfal hacia el final de su historia.

Y Margarita fue e hizo exactamente lo contrario. Y por toda explicación me dejó solo esta canción:

 

 

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Había una vez un niño que lloraba porque le robaron su bicicleta. Con la cara cubierta de lágrimas, buscó al policía más cercano y le contó cómo un grupo de niños más grandes que él le habían pegado para quitársela. El policía le preguntó si acaso no estaba interesado en aprender a boxear, para que nadie le volviera a robar su bicicleta.

Había una vez un joven prodigio, que fue el campeón más joven de la historia de los pesos completos. Se enfrentó a un monstruo, que intentó cegarlo y aun medio ciego lo derrotó. Jubiloso, se subió a las cuerdas y se transfiguró en una leyenda al encarar a la prensa, gritándoles “¡Cómanse sus palabras! ¡Soy el más grande! ¡Estremecí al mundo! ¡Soy lo más lindo que ha existido!”.

Había una vez un ciudadano ejemplar que, cuando su país le pidió que agarrara un fúsil y fuera a matar a desconocidos en otro país se negó. Le quitaron sus títulos, lo condenaron dos veces y le impidieron practicar su profesión por más de tres años. Habrían sido los mejores años de su carrera.

Había una vez un luchador que para reconquistar lo que le habían quitado tuvo que batirse con un coloso imbatible, la encarnación del objeto inamovible y la fuerza irresistible. Aguantó los embistes del gigante y cuando logró que este se cansara salió con el trueno y el relámpago en sus puños. Su apoteosis fue tal, que ni bien terminó la pelea, los cielos se abrieron y cayó el monzón sobre el Congo.

Había una vez un guerrero que se enfrentó por tercera vez a un rival que ya lo había vencido. Como un destello de significado en un mundo banal, pelearon con la intensidad de tiempos pasados, como si afuera los esperasen dos ejércitos para dirimir un conflicto milenario. Victorioso, golpeado y gastado del combate singular, el guerrero se refirió a su rival como “el mejor peleador de todos los tiempo, junto a mi”.

Atleta, activista, poeta, personalidad, profeta. Chispazo divino, cuando la gente pregunta por qué le pedimos a los deportistas que además opinen con inteligencia y nos entretengan, es porque alguna vez en este mundo había un Mohammed Alí.

Buenas noches, campeón; buenas noches, prettiest thing that ever lived.

 

Quedaban quince minutos para el final del partido y el United salió de las cuerdas en las que el Leicester lo tuvo buena parte del segundo tiempo. Por primera vez en todo el encuentro se empezó a jugar sucesivamente en cada área, atacaban los zorros, atacaba el United, después la contra, pero la contra te deja expuesto a otra contra, y así.

Por quince minutos, todos tuvimos miedo.

No lo sabía en su momento, pero lo sentía. Después fui hablando con mis amigos y lo confirmé:

– Me levanté temprano para ver al Leicester

– Puse el despertador para ver la Premier.

– Pasé de largo para ver el partido.

Todos los vimos. Todos hinchamos por los zorros, todos esperamos el momento clave. A todos se nos hundió el corazón con el gol de Martial y con esos primeros veinte minutos en que el United dio una clase de como anular al futuro campeón de Inglaterra. Después, sin merecerlo, vino el empate. Después empezó a ganar terreno. Y el segundo tiempo ya fue el equipo que deleitó toda la temporada.

Después vinieron esos quince finales. En la transmisión pasaban mensajes de las redes electrónicas, todas taggeadas #lcfc. Cuando uno ve la final de Master Chef o algo similar, los tweets siempre son tan poco imaginativos y tan plásticos que parecen publicidad armada por un community manager más que otra cosa. Con estos no pasaba lo mismo. Por un segundo, sentimos todos que estábamos viendo lo mismo, sintiendo lo mismo, creyendo en lo mismo.

 

Cuando estábamos en la fase de diseño preliminar de la nueva web con Perucca, teníamos la idea de separar el contenido en una grilla al estilo Mega Man. Al medio, pensamos, habría de ir un zorro. Por muchas razones mitológicas y personales. Pero hoy por esta:

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Sigo

Sigo pensando en Horace and Pete.

Anoche escribí esos párrafos con mucho sueño y bajo la manifiesta influencia del antigripal de turno. Si hubiera estado más lúcido habría contado de cómo no pude dejar de llorar al escuchar el tema de cierre en los últimos tres capítulos, de mi ligera desilusión con la primera mitad del último capítulo; del miedo primario que me asaltó al ver la penúltima escena del último capítulo….

Miedo primario, esencial, no porque lo que pasa entre Buscemi y CK en esa escena; sí, un poco por la forma en que pasa – que es de esas que se ahorran efectos dejando las cosas a tu imaginación y, dios, mi imaginación ( y la tuya también) está siempre lista para llenar el vacío atroz con la peor de las atrocidades. Pero, sobre todo, por el miedo a sentirme con nueve años de nuevo, en el departamento viejo y chico, viendo una de esas presentaciones de Teatro como en  el Teatro con Pepe Vilar en Canal Once. Todos los martes en el once, el canal de la Universidad de Chile. Me iba a la cama de mis papás y veíamos esas obras que no quiero volver a ver nunca más por miedo a que sean fomes o fachas o algo peor. Nos reíamos los tres: papá, mamá y yo, pero no era un momento particularmente feliz, porque cuando eres chico no sabes que estás siendo feliz. Eres nomás.

Hubo dos o tres de esos martes en que, por cosas de los horarios y el jugo en exceso, me hice pipí en la cama después, estando un poco grande para eso y por última vez en la vida.

 

 

Uno dice cosas como “me meé en la cama por última vez en la vida” pero sabe que está la vejez esperándote y quién sabe qué reputa enfermedad degenerativa, y que, bueno, quién sabe cuándo será esa última vez. Y no puede dejar de sentirse en el punto medio de la vida, entendiendo que cada uno de estos días tiene su afán y su forma y su intensidad justa… si es que existe tal cosa, si es que el cinismo de ser adulto no nos gana, si es que los resabidos ingenuos de una adolescencia eterna no nos atacan.

 

Todas, todas estas cosas están presentes en Horace & Pete. No es solo una serie para gente inteligente, también es, y sobre todas las cosas es, una serie para gente que ha vivido un rato ya.

Smart TV

Hay, en lo profundo del multiverso, una versión de la Tierra en la que la televisión es más que un mecanismo para transmitir publicidad. En esta versión de la Tierra, que ha evolucionado lejos de las redes electrónicas, donde la gente se toma su tiempo para contar historias y no existe tal cosa como creer que el espectador es tonto dan una serie que se llama “Horace and Pete”.

Louis C.K., de su propio bolsillo, sin un auspiciador ni un solo compromiso financiero, ha traído a nuestro universo, quizás el opuesto polar del anterior esta serie. Lorne Michaels, santo patrón de la comedia neoyorquina le dijo “acepta un poco de plata por esto. La gente va a querer darte plata sin alterar tu visión ni pedirte nada a cambio”. Y Louie le dijo que no, porque no se trata de eso.

Louie estaba a punto de renovar su millonario contrato con FX, que produce y distribuye Louie, la serie por la que le dieron un Emmy y que el mismo CK puso en alto, para dedicarse a proyectos más satisfactorios creativamente. Días antes de firmar, Louie se da cuenta que el proyecto que más lo satisface está cobrando tal tamaño que, quizás, sería bueno contarle a la gente de FX. Nadie lo obligaba, pero no se trata de eso.

“Horace and Pete” se trata de un bar en Brooklyn que ha sido administrado por la misma familia por 100 años, siempre por un par de hermanos o primos llamados Horace y Pete. En el estilo de las obras de teatro televisadas, Louis CK escribe, dirige, produce y actúa en una historia profunda, humana, crocante. Una historia de familias y secretos, de la gente que está siempre en los bares, y del mundo que sigue girando allá afuera mientras eso pasa. Verlo a CK es sinónimo de comedia, y la serie tiene mucho de cómico, pero está lejos de ser una comedia. Tampoco es un “drama” como tal, aunque tiene elementos dramáticos. Es curioso como la televisión y el cine nos llevan a poner esas dos cosas como extremos binarios cuando, antiguamente, lo que estaba del otro lado de la comedia era la tragedia. Que es justamente lo que “Horace and Pete” es.

Una tragedia en diez capítulos que duran lo que tienen que durar. Aquí no hay reglas de formato – porque no hay auspiciadores – no hay que irse a comerciales, ni cumplir con un número determinado de….nada. El primer capítulo dura más de una hora, el cuarto media y todos los demás oscilan por ahí. Cada capítulo se toma su tiempo para contarnos su historia y no podemos predecir los cortes de cada acto ni los giros dramáticos. Nadie se muere en el minuto 35 para que los protagonistas miren al horizonte por cinco minutos más.

Louie está muy bien en la serie, como también lo están Steve Buscemi (Pete!) y Edie Falco hace lo suyo. Considerando los temas de la serie, que Alan Alda y Jessica Lange se roben la película no es nada raro, pero digno de notarse. Alan Alda, diossanto, en un rol pensado originalmente para Joe Pesci, que pudo haber sido Jack Nicholson y que Cristopher Walken dejó pasar por encontrar que era un personaje que él ya había hecho antes. Pero Alan “Hawkeye” Alda no había hecho a nadie así y verlo es una delicia.

Todo en “Horace and Pete” surge de la ética de trabajo de Louis CK. La riqueza de sus diálogos, lo intenso de su historia, sus decorados mínimos, su formato cambiante. Un capítulo es una sola conversación y otro es una obra en dos actos que ocurren separados por 30 años. Todo en el mismo bar, todo en la misma familia. Con recursos limitados, todo es posible. De eso se trata esto.

 

El buen Louie se ha gastado todo lo que le dejaron sus contratos millonarios y cayó en deuda por autofinanciar diez episodios (a medio millón de dólares el episodio, es harta deuda); pero no tenemos que temer por él. Aún así, es un buen momento para ir a http://www.louisck.net y comprar la serie. Cinco dólares por capítulo, los 10 por 30. Yo la vi vía torrent pirata, pero ni bien terminó fui y la compré. Me pregunto cuánto de esos cinco millones de dólares de deuda serán por el costo aduanero de importar un auténtico producto del universo de la televisión inteligente.

 

 

 

The Killers

El correo trajo los cuentos completos de Hemingway, así es que dejé todo lo que estaba haciendo y me fui a un sucucho a leer The Killers.

Pedí un churrasco italiano con empanadas y una bebida, y me senté en el mostrador, la mano derecha babosa de mayonesa, palta y ketchup; la izquierda inmaculada con las grandes obras de Papa.

No sé qué mierda les harán leer a los jóvenes en los ramos de lengua inglesa en las universidades hoy pero en mi época eran todo artículillos de revista y de página web. “Lo importante es la lengua, no el contenido”, decían. Todas menos Mary Jane.

Mary Jane nos hacía leer a Hemingway y a Steinbeck y a Tennesee Williams. Mis otras profesoras le ponían caras y le decían que era muy complicado, que por qué leer literatura en esas clases. Mis otras profesoras eran de esa gente que tiene problemas con lo literario. Y quien tiene problemas con lo literario necesariamente tiene problemas con lo literal, también.

Al y Max entran a un sucucho porque van a matar un hombre. Nick Adams está en el sucucho, lo amordazan, lo liberan, se van. El dueño del local le dice Nick que le vaya a avisar al sueco Andreson que hay dos hombres en el pueblo que quieren matarlo. Nick va y el sueco le dice que gracias, pero que no va a arrancar. Que le ha llegado su hora, y que su problema ahora es decidirse a salir de su pieza a enfrentar su destino.

Nick Adams, y buena parte de la crítica, quedan impresionados de lo entregado a la vida (y a la muerte) que está Andreson. A mí siempre me interesó más la primera parte de la historia. Siempre he pensado que un día voy a estar comiendo en un sucucho y dos hombres vestidos en idénticos abrigos un poco chicos para su porte van a entrar y…

La primera vez que leí The Killers, hace ya más de diez años, me vino el Baader-Meinhof en mala. Dos hombres se subían a una micro, dos hombres entraban a una tienda, dos hombres conversaban en una esquina. Todos eran los killers.

Terminé la historia, pagué y me fui. Llegué a la casa y le mandé un mail de agradecimiento a Mary Jane. A veces uno es el sueco, a veces uno es Nick Adams, y a veces…

 

 

Hay una hora

Tengo amigos en Senegal, y tengo amigos en Inglaterra. Tengo amigos en Corea y amigos en California. También tengo amigos en la madre Rusia y algunos conocidos en la República Checa. Colombia, China, Uruguay, Argentina, Bélgica, Francia, Holanda, Nepal, México y Alemania.

 

Y si bien es imposible, sé que hay una hora del día en la que todos están durmiendo.

 

Una de las pomadas más comunes y menos refrescantes que nos venden estos tiempos que corren es esa de que no tenemos límites y que podemos lograrlo todo si nos lo proponemos – o si contratamos AHORA el plan de 27G para poder transmitir nuestras vacaciones en live stream a todos nuestros amigos, quienes se van a morir de envidia y van a querer, sin duda ni falta, irse de vacaciones al mismo lugar al que nosotros fuimos. Todos nos van a tener envidia y la envidia es la medida honesta de la admiración, dice la pomada esta en su letra chica.

Nada bueno puede salir de una filosofía cuyo corolario fundamental es una canción de 2Unlimited:

 

Ponte límites. Construye algo dentro de esos límites. La realidad, en su infinito torrente de sorpresas, no deja de ser más que la repetición infinita de un número limitado de elementos. TODO en la vida es producto de la combinación de cuatro elementos macromoleculares. ¿Para qué más? Ponle un máximo de palabras a ese cuento, un número de escenas a ese corto, un tiempo determinado a esa canción. Los resultados siempre son mejores así.

 

Me quedan 10 minutos para completar 24 horas despierto. Y no puedo sacarme No Limit de la cabeza. Hora de ponerle fin al día.

My Shot

De rebote y rebote, me llegó la manía por Hamilton, el musical que reinventa a los padres de la patria gringos en código hip-hop, y que se va a ganar con justicia todos los Tonys.

Me cargan los musicales, en general, tienen esa visión de la vida medio inocentona tontona – esa que hace creer que todo va a estar bien, si tan solo uno es lo suficientemente estúpido –  o funcionan con códigos para los que no estoy muy bien equipado. Pero Hamilton está bien lejos de tener esa visión de mundo y de paso me ha servido como introducción al género. Porque es una joya y el fruto de un genio en acción. El hiperventilado Lin-Manuel Miranda, quien en toda entrevista parece estar pensando doce mil cosas al mismo tiempo – y todas inspiradores/mejores que las que tú y yo pensamos en el mismo rato – es, en efecto, uno de esos hombres de genio que aparecen cada tanto y son capaces de crear una pieza que funciona tan bien en cada una de sus partes como en el todo – un sistema orgánico, perfecto, que respira e inspira en su espectador el ímpetu creativo, la reflexión profunda desde las cosas más sencillas hacia el infinito. En fin, el arte.

Lo tenía por un hombre de talento a Miranda, y no de poco talento. Y recién me enteré que la segunda canción del musical, que es el refrán que canta el personaje principal – y por ende el núcleo emocional de la historia – le tomó un año de escritura. Un año para una canción. Para la canción más importante. Por allá por el 2009, tenía lista una versión preliminar de la primera canción, la que funciona como sus apuntes, como la carnada para retener a una idea poderosa que se estaba gestando en su mente (y que se puede ver en su aparición en la noche de poesía de la Casa Blanca de finales de ese año – ojo con el lenguaje corporal del bardo antes de cantar, y ojo con como dice que esto va a ser un álbum conceptual [¡qué lindas son las ideas cuando se están gestando aun!]) . Pero durante ese mismo año solo había estado trabajando en una canción.

En tiempos de la inmediatez, del tweet fácil y del libro que vamos a armar con lo mejor de tu blog; me rindo y me arrodillo ante el genio de un hombre de talento que pasa un año hasta dar con la pieza perfecta. La dedicación artesanal al propio trabajo es la virtud más admirable de todas.

Me enteré de esto recién y no pude evitar venir a contártelo por acá, querido lector.

Un año para una canción, cinco años para un musical.

Vivimos inmersos en el pasar de los días y todo necesita tiempo para crecer.

Tómate tu tiempo. Ahí está el arte.

 

Four (more) years.

Hace cuatro años, cuando el mundo – de entonces – se me caía un poco a pedazos, me fui a tomar unos tragos con mi amigo Juan Manuel y cuando volví a casa la conversación y el alcohol me habían dado la pendiente justa de felicidad para hacer algo de lo que venía hablando hace un rato. Compré el dominio punto com, moví las camas, valijas y petacas desde blogger (hogar por cinco años), o más bien las dejé tiradas allá y empecé con este espacio. Que no es tan humilde, porque nada humilde termina en punto com.  Prueba soyhumilde.com (nada) o humildad.com (te redirecciona a una página de artículos para espías).

En estos cuatros años el mundo se me vino abajo y lo tuve que reconstruir. Publiqué dos libros, edité otros tantos. Colaboré en un documental que nunca nadie verá, pero que fue un lujo de experiencia. Empecé a grabar un podcast (detalles más adelante). Escribí al menos tres novelas. La que vio la luz del día y las otras, que siguen ahí, navegando por un eterno canal de parto. Cada una es mejor que la anterior y esa es la único satisfacción que vale la pena.

De a poco trato de hablar menos de cosas personales. Mi papá está muy enfermo y eso me ha llevado a reconectar con él y a enfrentar más cosas de las que puedo procesar. Esos posts con el enganche “Después va a ser…” podrían, pensaba, llevar a un “Después va a ser tu padre”. Pero no tengo nada inteligente, coherente o iluminador que decir al respecto y tampoco he procesado muy verbalmente la experiencia. Ir al hospital se siente como ser un lobo o un zorro pequeño que aúlla frágil y agudo junto al cuerpo herido de un zorro mayor. Y la parte de mi que escribe, que está tomando notas siempre, a veces quiere ir cuando no está mi papá, generando una pequeña adicción al ambiente de hospital, a la tensión en el aire, a la desesperación y la liberación con la que caminan los que visitan, los que se sienten quizás más vivos de no estar un poco menos muertos. Pero fuera de eso, solo me rondan sensaciones de zorro pequeño.

Por poco este año no renuevo el dominio porque (detalles más adelante). Pero aquí estamos de nuevo. Escribo para soltar un poquito la mano antes de atacar lo que sería la quinta versión de un manuscrito que tiene casi un año y medio. Empecé escuchando Hallo Spaceboy de Bowie, porque la novela ocurre en el espacio, y de ahí me acordé que aparecen por ahí los Pet Shop Boys. Revisé su catálogo preguntándome cómo es que a alguien le puede llegar un grupo como los Pet Shop Boys. Le gustan mucho a un viejo amigo que va camino a ser el cappo di tutti cappi de la Academia letrada…y a mi papá, que es un poco lo contrario de eso. Con esos antecedentes, puse “What I’ve done to deserve this”. No sabía que la voz invitada era la Dusty Springfield – la que nos cantó eso de que el único hombre que le podía enseñar algo era el hijo de un predicador (lo que es bien sensato considerando su vida) pero que recuerdo más por Wherever Would I be (el cover de Cheap Trick que estoy seguro que sale en una película que no es Mientras Dormías).

El momento en el que uno está dispuesto a escribir un párrafo entero sobre la genuina cara de aturdido que tiene Peter Gallagher es un buen momento para dejar de escribir.

Hey, cuatro años. El jueves quedé de verlo a Juan Manuel. Quizás programe mi propia red social después de eso.

Just saying.

Después va a ser Umberto Eco, después…

INTERVIEWER

You are one of the world’s most famous public intellectuals. How would you define the term intellectual? Does it still have a particular meaning?

ECO

If by intellectual you mean somebody who works only with his head and not with his hands, then the bank clerk is an intellectual and Michelangelo is not. And today, with a computer, everybody is an intellectual. So I don’t think it has anything to do with someone’s profession or with someone’s social class. According to me, an intellectual is anyone who is creatively producing new knowledge. A peasant who understands that a new kind of graft can produce a new species of apples has at that moment produced an intellectual activity. Whereas the professor of philosophy who all his life repeats the same lecture on Heidegger doesn’t amount to an intellectual. Critical creativity—criticizing what we are doing or inventing better ways of doing it—is the only mark of the intellectual function.

vía

 

Y así…

 

Genio

La cultura de la hipérbole de plástico – y pienso en Solabarrieta intentando ser Víctor Hugo Morales… [Porque esos falsos llantos de Solabarrieta son estructuralmente idénticos  al momento de inspiración genuina de Morales cuando Maradona le hace ese gol a los ingleses – curiosamente, la única frase que no ha sido plagiada hasta el cansancio es la más linda: “viva el fútbol”] nos ha dejado un poco cortos de adjetivos para referirnos al verdadero genio. A ese que hace fácil lo difícil, que toma un objeto cotidiano y lo vuelve un caleidoscopio de sensaciones; a ese que no sabemos cómo, pero lo hace. Genio, ídolo, monstruo, grosso. Vivimos a veces tan rodeados de cheerleaders que los verdaderos genios se nos pasan, tímidos, caminando al lado como no queriendo ser parte de esta fiesta donde todos los globos son canje publicitario.

Esto por Charlie Kaufmann en general y por Anomalisa en particular.

Hay una sola cosa que puedo decir sobre Anomalisa y sobre Kaufmann en Anomalisa. Hay una escena en la que uno de los personajes canta, a capella, “Girls Just Wanna Have Fun”, el hit que inauguró la carrera de Cindy López y que lleva treinta y tres años animando cualquier fiesta donde suene. Cualquiera. Hace siglos estábamos con una polola en casa de uno de sus amigos y éramos un grupo de gente que, básicamente, nos odiábamos los unos a los otros. Había micro alianzas entremedio pero la velada era como la sala de espera a una colonoscopía. El único momento bueno de esa noche fue cuando sonó Girls Just Wanna Have Fun. Viva el fútbol, viva el pop.

La cosa  es que en Anomalisa hay un personaje cantando “Girls Just Wanna Have Fun” a capella y la canción toma un nivel de profundidad y emoción que en verdad no tiene ni nunca tuvo. El genio, el inesperado movimiento de pies, la zurda inmortal, lo pone Kaufmann al cortarle dos estrofas a la canción. Así, como si nada, snip snip y el himno pop se vuelve una reflexión sobre sentirse excluido y tener baja autoestima.

Tomar un objeto de todos los días, modificarlo mínimamente y convertirlo en una muestra de un propósito superior. Si eso no es el arte, el arte donde está.

¿Y sobre la película en sí? Nada, existe en ese plano de las mejores historias, quince segundos en el futuro, siempre. Y la gente de Pixar podría tener la decencia de darle a la buena gente detrás de la producción de Anomalisa todos esos premios que inevitablemente les van a dar a Inside Out.

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