Treinta y seis

Llegamos. Hurray, hurrah.

Han pasado tres días y recién tengo un tiempo para sentarme a escribir esto, porque la vida está entretenida, interesante y está, por sobre todas las cosas, vital. Me quedan un par de correos de cumpleaños que responder con calma y tiza, pero sus recipientes ya están al tanto.

Un mes antes de terminar los treinta y cinco tuve una sensación de pacífico bienestar: resté el lugar donde empecé del lugar donde estoy y la diferencia me dejo satisfecho – esta ha sido una buena vida, y si bien la voz inconformista siempre va a gritar “no lo suficiente”, algo de estructura y de firmeza en las estructuras ya llegó para quedarse. This is your life, Charlie Brown; todo lo que viene ahora se construirá a largo plazo, afirmándose en el tiempo con seguridad y tranquilidad. Incluso los impulsos se desprenden de eso, como decorados arquitectónicos del Gran Edificio Bárroco de la vida.

Mi cumpleaños fue un día perfecto. Gracias a todos los involucrados en eso. Almorcé con mi papá y fue un día perfecto. Antes de avanzar hacia lo desconocido y de acercarnos todos un poco más a la muerte, bueno es saber cuándo es suficiente.

De nuevo: gracias.

 

Lidia

Ayer terminé la maqueta de un proyecto, grabamos un capítulo nuevo con los invisibles.

Vuelvo a ciertas cosas:

 

 

 

Jeanne Moreau como Lidia, a los 33, y como ella misma, a los 79.

 

¡Estamos en iTunes!

(frase con el mismo número de sílabas que “estamos al aire” y que por ende es difícil de leer sin la entonación de Juanín de 31 minutos).

Piano y lontano, los primeros diez episodios de 3Rondas, el podcast de Los Invisibles,  ya están en la aplicación de podcasts de iTunes, y usted puede suscribirse/escucharlos aquí. O aquí:

https://itunes.apple.com/cl/podcast/3rondas/id1180466861?l=en&mt=2

Nos queda un capítulo más antes de hacer una breve pausa, pero en la pausa van a pasar cosas interesantes, por lo que suscribirse vale la pena.

Detalles más adelante.

 

El próximo capítulo, por ejemplo, gira en torno a Paterson, la última de Jarmusch. Qué. Buena. Que. Es.

 

Ahora sí, detalles más adelante.

 

 

Star Wars, de mejor a peor.

1.The Empire Strikes Back.

2. The Force Awakens.

3. Star Wars.

4. Return of the Jedi.

5. Revenge of the Sith.

6. The Phantom Menace.

7. Attack of the Clones.

8. Rogue One.

 

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Garry Shandling siempre me trae una dosis de paz. Esta es la cita con la que termina el episodio 9 de Horace & Pete.

Nos vemos en un rato más.

El escritorio

Mañana me voy de vacaciones en lo que, intuyo, será una experiencia transformativa. Cuando cumpla cuarenta voy a mirar a esta década y diré que en vez de tomar vacaciones lo que hice cada vez fue darme un espacio para cambiar más rápido que lo usual.

Por pura intuición, querido lector, quiero compartir contigo el escritorio de mi computador, hace instantes, antes de -idealemente- irme a dormir. Son algunos apuntes y notas sueltas, con la entrevista del 98 de Charlie Rose a Garry Shandling.

En los apuntes, la primera cita de Wallace es una declaración de principios. La segunda es un grito de batalla medio desesperado. La tercera es una descripción del proceso y un auténtico regalo de los dioses de la investigación.

escritorio

Dos de dos

Yo estaba en la puerta listo para irme y, como suele pasar en la vida, lo mejor de la fiesta estaba por pasar. La cuarta (¿y última ahora sí que sí?) temporada de Sherlock está siendo, a todas luces, la mejor de la serie.

The Lying Detective, el segundo episodio de los tres que componen esta temporada parte un poquito flojo y rebuscado. No ayuda al guión de Moffat – que siempre quiere desconcertarnos al principio para darnos todas las soluciones todas al final – algunas decisiones de dirección extrañas de Nick Hurran (esas tomas deformadas), como tampoco gastarse el humor de un capítulo –  que podría haber funcionado mucho mejor con un poco más de consistencia – en las secuencias de Sherlock como adicto. O quizás no es humor y lo que pasa es que, a pesar de los sinceros esfuerzos del equipo de producción, el aspecto de adicto del Gran Detective nunca ha congeniado bien con esta encarnación actualizada (en la primera temporada el tono eran los parches de nicotina como suplentes de la heroína y cocaína, que ahora por fin vemos abiertamente, ahora que la serie puede hacer más lo que quiere, claro).

Pero, más allá de eso, todo camina de maravilla en The Lying Detective. Toby Jones se come la pantalla en cada aparición como el villano invitado y llega, por momentos, a alturas que dan miedo por sí solas. Mucho queremos a Lars Mikkelsen en esta ( Lars>Mads, tb.) pero Toby Jones es nuestro villano invitado favorito en Sherlock – asumiendo que Andrew Scott es nuestro villano local, siempre.

El capítulo maneja bien la tensión del misterio, los artilugios del tipo “parece que Sherlock no sale de esta” a la que la serie nos tiene tan acostumbrados, y algo en la magnitud del poder del personaje de Jones nos hace parecer verosímil los cuasi super-póderes deductivos de este Sherlock. Donde otros villanos invitados caían en el cliché del secreto y de ser tan temibles que nadie los conoce realmente, el poder y el ímpetu corporativo tras Culverton Smith, mezcla entre filántropo, hombre de medios y asesino compulsivo, están realmente a la altura del conflicto. Solo un superhombre podría derrotar a una corporación. Y este Sherlock se presenta como tal y como tal lo logra.

Fuera de lo sobrehumano, la  evolución del personaje POR FIN toma un giro creíble. La escena de reunión con Watson y el segundo de los tres finales que tiene el capítulo funcionan increíblemente bien y de una manera que no se siente forzada ni exagerada, sino armoniosa al punto que uno llega a dudar de si acaso está viendo a Watson y Holmes o hay algo de Freeman y Cumberbatch expuesto realmente en pantalla. Ahora que uno es Bilbo y el otro el Dr. Strange, es difícil mantener los costos de producción de la serie y todo adiós y reencuentro en pantalla tiene un tufillo a algo-más-que-historia. Pero ese momento al final, en que Sherlock aparece no solo menos deshumanizado, sino que también menos como el savant que nos han presentado los últimos años, es perfecto. Y si bien es algo que el Gran Detective de Conan Doyle jamás habría hecho, no importa, acá funciona y es, honestamente, el mejor triunfo de la serie como una narración propia.

Dos capítulos emitidos y dos capítulos buenos. Invicta, esta temporada está ad portas de ser la temporada perfecta. Sin escritores invitados (otro portento de que el final está realmente cerca), cierran la serie Gattis y Moffatt escribiendo en conjunto. La primera vez que escribieron un guión en tandem fue para el especial de Navidad aquél y quiero creer que así como ese capítulo reunió los defectos de ambos, el que se estrenará este domingo va a ser su antítesis y será lo mejor de lo mejor. Dato anecdótico, tras años de adaptar los títulos de historias clásicas (A study in scarlet->A study in pink; The Dying Detective->The Lying Detective), el próximo capítulo mantiene el nombre de una historia original.

Se llama: The Final Problem.

Hasta la próxima semana

Me demoré un poco en ver el nuevo episodio de Sherlock porque los últimos habían estado bien flojitos y pensé que ya era hora de decirle adiós a este versión del Gran Detective. Como es probable que lo mencionemos con los invisibles, le di la oportunidad a “The Six Thatchers”. Me habían advertido que tenía musho smartphone, musho de ese ritmo raro que la serie agarra a veces. Así es que lo empecé a ver más como una despedida que con una mente bien abierta.

Y no es nada malo, fíjate.

No es fácil hacer una temporada 4 de nada en esta vida. Hay presiones, desgastes, gente que quiere ver más de esto, marketing que quiere ver más de lo otro; está el riesgo de repetirse, y también – como pasa en Sherlock – los personajes empiezan a cobrar una vida propia. Mark Gatiss se salta esto escribiendo un capítulo bien apegado al género. En vez de hacer uno de los buenos cuentos de Conan Doyle, “The Six Thatchers” funciona mejor como una de las novelas débiles; como, por ejemplo, The Sign of Four, que está medio referenciada en el capítulo.

El principal problema que tiene el episodio es su falta de consistencia, esos saltos que se pega hacia un humor que no le va a la serie nomás – si bien Gattis tiene entrenamiento como comediante, es mucho más sólido como escritor de género puro y duro. El argumento principal se diluye e incluso se evapora a ratos, PERO – he aquí el quid del asunto – ¿te has releído alguna de las novelas de Conan Doyle recientemente? Yo sí. De hecho, ni bien terminé el capítulo me releí la ya mencionada Sign of Four y le pasa lo mismo-lo mismo que al episodio. En su afán de explicar y entretener, el argumento se da una vueltas y se vuela del todo y después aterriza súbitamente con la explicación de algún misterio.

El Holmes de Cumberbatch con su hiperlalia se me hace cada vez más tedioso y más un recurso barato que una muestra del personaje. De igual forma, el capítulo no se decide a qué hacer con su personaje titular: si tratarlo como un savant desadaptado y hacernos sentir inferiores a él o señalarlo como raro y anómalo y hacer de esto una falla trágica. Juega para todos lados y no cubre realmente ninguna zona y ahí también la serie sufre.

Aún así, es un episodio bien disfrutable, bien apegado a la idea de hacer una adaptación moderna de las historias del Gran Detective; y que si bien recurre a los mensajes de texto en pantalla y a algunos trucos de cámara medio chulos (perspectiva del sabueso, por ejemplo), no depende de ellos para mover la historia (como en los últimos capítulos en que todo pasaba en la mente de Holmes). Más enfocado en el mundo apreciable y menos en hacer una metafísica barata, “The Six Thatchers” es un buen paso hacia un mejor Sherlock. Yo, que iba a despedirme, decidí quedarme, por lo menos, hasta la próxima semana.

El proceso

A las cinco de la mañana de ayer terminé mi ronda de escritura del día y me encontré un poco ansioso, un poco a la deriva, más solo en el desierto que en alta mar, francamente. Quería seguir trabajando pero no podía y empecé a sentir que, más que en el desierto, estaba en arenas movedizas. Salí de mi silla y agarré el índice del David Foster Wallace reader y dije “oh, un ensayo cortito que no he leído”. Se llama “The Nature of Fun” y me quedé agazapado leyéndolo en mi living, como si fuera un troll esperando sorprender a alguien o como si estuviera cagando a la intemperie. No pude dejarlo nomás y en el penúltimo párrafo dice algo parecido a esto:

“[…] escribir ficción se vuelve una forma de profundizar en ti mismo e iluminar precisamente las cosas cosas que no quieres ver o que no quieres que nada vea, y estas cosas generalmente resultan ser (paradojalmente) precisamente las que todos los escritores y lectores comparten, sienten y a las que responden.

La ficción se vuelve una extraña forma de examinar tu semblante y de contar la verdad, en vez de ser una forma de escapar de ti mismo o de presentarte de la forma en la que crees que serás lo más agradable posible. Este proceso es complicado y confuso e intimidador, y también es mucha pega, pero resulta ser la mejor diversión del mundo”

 

Y mi proceso confuso, complicado e intimidador se sintió un poquito menos de todo eso por un rato.

Bat-cow

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La imagen de arriba es un panel de Chris Burnham para un número de Batman Inc., casi al final de los seis años de Grant Morrison escribiendo Batman. Es un panel simple, sin mucho detalle en el fondo y pasa, a simple vista como un pequeño chiste.

Cada vez que lo leo me parte el alma.

La transformación de una imagen simple y algo sonsa en un momento emotivo crucial toma alrededor de mil ochocientas páginas previas y seis años de publicación serializada. Así uno lo haya leído mes a mes en su momento o en dos días, la lenta construcción de los personajes y sus dinámicas internas, sus peripecias, las veces que los vemos salir de embrollos, las veces que no los vemos salir pero que sabemos que van a estar bien, el suspenso, el high-concept, todo en ese millar de páginas para mi desemboca en el momento en que nuestro atribulado héroe, a escasos instantes de lanzarse en el que será el último gran desafío de esta historia, hace un pequeña pausa para hacerle cariño a una vaca.

La vaca, naturalmente, no es cualquier vaca (es bat-cow!), tiene una historia y el gesto en el panel no es casual, como tampoco la expresión ni la tipografía. Todos los elementos hacen eco de algo que ha pasado antes y contrastan con el presente, generando un diferencial de nostalgia, que es lo que está pasando en escena. Han pasado cuatro años desde esto, pero sé de al menos dos lectores de por acá que están trepando por esas páginas ahora, así es que no diré más.

Pero qué lindo momento es.

La depre

Hace poco más de un año leí que Matt Fraction no puede leer ciertas historias de David Foster Wallace porque tocan el tema de la adicción a las drogas y la fibra que le toca es demasiado cercana y lo deja mal. Estoy leyendo “Every Love Story is a Ghost Story”, que es una biografía de David Foster Wallace y que va urdiendo sus distintas etapas en el camino de la depresión y tocan una fibra que me es muy cercana, si bien lejana en el tiempo, pero aún así, algo hace “tuang!!” en mi interior. Hace 18 años yo tenía 18 años y estaba en el nadir de mi depresión.

La biografía en cuestión la voy leyendo de a poquito, como quien hace un rapel controlado por el precipicio de su vida. Hoy fui a leer un poco al café que queda a doscientos pasos de mi puerta (y que tiene un café frappé demoledor de rico) y aproveché de escuchar un podcast mientras hacía las diligencias del día.

El podcast era una entrevista a Tom King, que partía diciendo “qué raro es grabar esto el día que murió Carrie Fisher, siempre tan abierta con su experiencia siendo bipolar y yo mismo que tengo tantos problemas en ese sentido…”. La depre y la depre.

Y me gustaría decirte algo mejor articulado y más elocuente que un simple “todo se pasa”. Pero es verdad, todo se pasa. Y así Tom King escribió The Vision y ahora escribe Batman (post internación por crisis de pánico) y así Carrie Fisher resultó ser una vieja infinitamente más bacán que la ya-bacán muchacha de 19 que filmó la primera Star Wars. Y así Matt Fraction escribió Casanova y Hawkeye y Iron Fist, y tantas cosas que nos gustan. Y así Wallace…

Lo de Wallace es una tragedia médica más que otra cosa. Y aún así escribió ese ladrillo de amor al lenguaje puro que es Infinite Jest.

Nada es tan terrible, incluso en esos días en que uno nada en la nada y parece estar sumergido a tal profundidad que no hay arriba ni abajo ni indicadores de presión, como si uno se hubiera vuelto uno de esos peces que viven en las fosas abisales. Sería choro que por eso le dijeran depresión. Si estás en una de esas fosas, respira. Yo sé que no se ve salida, que el universo se siente como…bueno, no se siente. Pero está ahí. Todo el mundo está tratando de recordártelo y te desespera no sentirlo, pero no pesques al mundo. Cierra los ojos, respira, intuye hacia adónde van las corrientes. Todo se pasa y salir de la oscuridad te va a hacer sentir con superpoderes. Si viviste estos meses aguantando la presión de una fosa abisal como si nada, imagina cuán ligero se va a sentir estar al aire libre. Va a ser como volar.

Espera un poco. Aguanta un poco. Olvídate del resto. Cierra los ojos y respira. Esto va a pasar.

 

Dos mil dieciséis.

“Fue un año la raja. Fue un año como el hoyo” – De Carlitos Dickens, casi. 

Última semana del año y ya está bien entrado el asalto de los recuentos y listas de Lo Mejor De. De hecho, con los invisibles vamos a grabar este jueves el year-in-review respectivo (el especial de Navidad está acá). Eso en lo que respecta a lo cultural, de momento.

En lo personal, fue el año de la montaña rusa. O el año en que la montaña rusa se dio un loop en 360 grados y después siguió como si nada. Fue un año de revelaciones, un año en que llegaron un par de personas a quedarse en mi vida, y uno en que se fueron unas cuantas. En la balanza, la calidad de las que llegaron versus las que se fueron deja los números en azul. Fue el año en que parecía que cada día mi papá se podía morir y mientras tanto se fueron muriendo tantos otros. Estamos todos más viejos, pero no tan viejos como para lo que fue este año. Me fui a googlear “Carrie Fisher” en este rato. Y hay días en que, si no actualizan sus blogs, chequeo “Warren Ellis” y “Dan Harmon” y cuando la conexión va lenta cruzo los dedos. Es un nuevo tipo de neurosis, basado en la atávica necesidad de sentirse menos solo en el mundo.

En lo profesional fue un año feliz. Hartas visitas a varios colegios, cada una con un aprendizaje muy especial. Escribí dos borradores y ni bien termine con este post voy a seguir trabajando el tercero. No creo que escriba cada vez mejor, al contrario incluso, pero hay una cierta búsqueda del proceso creativo en la que he avanzado y eso me hace feliz. Me da la esperanza de que, algún día, quizás antes de los cincuenta años, escriba algo bueno. Con cero cinismo creo que es difícil escribir algo realmente bueno sin tener al menos veinte años de práctica. Por eso, queridos míos, pónganse a crear desde ya. Es la única forma. A nadie le importa que el primer millón de páginas que escribas sean terribles. A todos les ha pasado, a todos nos ha pasado. Es lo que pasa en la página un millón uno lo que importa. Llega ahí. Escribe. Pinta. Compone. Toca. Déjanos algo que antes no existía en el mundo.

[En ese sentido, decirle a mi amigo de la vida en Marzo “quiero tener un podcast” y terminar Diciembre con cinco episodios y dos especiales arriba – y esperando que iTunes nos dé esa aprobación, come on!! – no deja de sacarme una de esas sonrisas que se me ven poco, porque me salen cuando camino por la calle y mi mente va por otras calles y de pronto nos encontramos].

Uf, fue el año en que empecé a nadar todos los días, el año en que terminamos con la que había jurado (y mantengo) iba a ser mi última polola, el año de dos rechazos editoriales y un “ya, pero un poquito”, el año en que fuimos colistas y me eligieron mejor arquero, el año en que salimos segundos en la copa, el año en que ser hincha de la U se sintió un poquito como el 89, el año de los invisibles, de los  viajes locales, los silencios postales, el mes en la playa, el año del mouno de fueeego, el año en que volví a escribir La Crónica (y me di el gusto de hacer un horóscopo cada semana). ¿Qué hay en un año, mi querido Will? Nada, un año bajo cualquier otro nombre no es más que una colección de momentos encadenados al azar. El círculo de las historias se traza con diámetros que rara vez tienen 365 días y así es como un año contiene cientos de pequeños ciclos tanto más interesantes que la famosa órbita al sol. Los años tienen pantalones, como el libro de Eddie Campbell, primero son cortos y cada corte, cada caída nos hiere; después crecen y se rompen más rápido y después se endurecen y finalmente llega la hora de doblarles la basta y usarlos más laxos, relajarnos y dejar que el momento pase, porque hacernos más viejos significa, al menos en esta casa, confiar más en el curso de las cosas y abandonarse a las fuerzas que nos mueven y que siempre nos han movido.

Última nota cultural: pico con las listas de fin de año. Lo importante es lo que tú escuchaste/leíste/viste este año. Todo el mundo salió corriendo a gritar “Estreinyer thiiiiiings, quéwenastá Estrinyer Things” pero, querido y querida, si este fue el año que viste Twin Peaks, el año en que empezaste a ver La Dimensión Desconocida, Luz de Luna, The Prisoner o M.A.S.H.; si descubriste Arrested Development o el show de Larry Sanders; si en vez de de ver Avengers 34 fuiste al cine a luca a ver La Ventana Indiscreta o si este fue el primer año en que viste Mi Pobre Angelito entera; adelante, que cuando seamos una religión tú vas a heredar la tierra. Y yo te quiero y te deseo un muy feliz 2017.

 

3Rondas – Episodio 5

Otro lunes, y otro episodio más de nuestro querido podcast invisible. Esta semana hablamos de The Young Pope, lo que nos lleva a tocar algunos misterios divinos y otros no tanto. Está acá. Y bueno, también está acá:

 

La Ciudad y los Cuadernos

Las ideas vienen y van: un chispazo, la conjunción de dos cosas que nunca antes estuvieron juntas, o una mirada distinta a un fenómeno cotidiano; no se necesita más. Lo importante es lo que uno hace con esas ideas.

Resulta que en una vacación brasileña, mientras todo el mundo anda pendiente de as praias, o de tomarle fotos a las palmeras o usar el paloselfie, la Cata Vassiliú – futura diseñadora y amiga de la casa – andaba tomándole fotos a los edificios y descubrió que algo había en la repetición mosaica de las imágenes. O algo había en esas imágenes que le decía “ven, ven”. Una nueva textura nacía de la repetición. Una mirada distinta al fenómeno cotidiano.

Hoy por hoy, la Cata está haciendo libretas y todo tipo de productos (bolsas de tela, carteras [coming soon]) con sus mosaicos, con sus texturas de copo de nieve que en verdad esconden una historia de ciudad. Bajo el nombre comercial de Ciudad Modular, no solo hace libretas (vende unas libretitas a 4 lucas cada una y son el regalo perfecto para salir del paso esta Navidad), también acepta encargos personalizados. Como el que le hice yo, que necesitaba un cuaderno de apuntes y un cuaderno para usar de maqueta del libro nuevo. 100 y 120 páginas respectivamente.

Tienen un papel grueso que absorbe la tinta perfecto de los dos lados (y no solo de uno como las moleskine, ehem) y además ese gustillo de lo único y lo personalizado. Si usted es hijo único, sabe a lo que me refiero. Si usted no es hijo único, esta es su oportunidad para sentirse como el centro del universo y el depositario por defecto del amor y la atención del cosmos.

El viernes, una semana después del encargo, la Cata me pasó los cuadernos y al día siguiente, tras varios días de retención en aduana y mucho antes de la fecha oficial, me llegaron mis libros de amazon, los que estoy leyendo de referencia para el libro que va anotado y maqueteado en los cuadernos. Porque los cuadernos de Ciudad Modular además son mágicos, hacen que tu vida ande mejor y que tus proyectos caminen por si solos.

Pueden encontrarla en instagram.com/ciudadmodular o buscando Ciudad Modular en facebook, para los que están suscritos a esa red electrónica.

En la foto de abajo se aprecian los cuadernos, reunidos con los libros. Yo elegí en particular unos diseños en que los edificios no se hubieran todavía convertido en una forma propia, quería algo a medio transformar, como la mariposa rompiendo el capullo. Usted puede pedirlos como se le plazca.

Son megabacanes.

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